Cuanto llegó a amar aquella india tan inocente y frugal cuando descubrió que esa estatua de acero que se metía al río a tomar agua con su casco, se desnudaba y gozaba del placentero río que lo acariciaba con sus agua vírgenes.Lo amaba intensamente y le hablaba en el idioma que el soldado no entendía como tampoco comprendía el idioma del amor que la india le profesaba sin reservas, con toda el alma e incondicionalmente. Se revolcaban en la hierba cuando la manta se arrugaba y quedaba chica ante los trajines de la pasión. Pero después de la turbulencia se repetía el acto cotidiano como si fuera un rito. Preguntaba por el oro, sabiendo que no obtendría respuesta y ella lo acariciaba con manos de seda. El día anterior de la partida cuando estuvieron juntos, él no le dijo ni tampoco tenía forma de hacerse entender  que se marcharía para siempre. Lo notó, eso sí, un poco raro y distante, como si algo le preocupara.  Al día siguiente se mantuvieron sentados un largo rato hasta que la india comenzó a inquietarse porque percibía el olor del peligro. Su cara se arreboló de adrenalina mostrándola más hermosa aún. Quiso levantarse pero él se lo impidió, ahora ella no entendía que pasaba y sus ojos comenzaron a agrandarse. Un tropel se abalanzó sobre sus espaldas, el soldado la soltó de golpe y ante el espanto que bruñía toda su piel comenzó a ser desgarrada y devorada por los perros. Estaba siendo mordida y despedazada por delante y por detrás. Chilló para que la auxiliara el hombre que amaba, pero el ingrato con sorna y desprecio se marchó sin quedarse a presenciar la orgía inhumana.

Como lobos hambrientos varios españoles penetraban, mordían y devoraban la codiciada presa después de tanta abstinencia desesperada. Amanda hacía un largo rato que había perdido el conocimiento pero la salvajada no se detenía ni siquiera ante quien ya tenía la inmovilidad de los muertos. Quedó como si fuera una bolsa de menudeos ensangrentados sobre los pastizales que alfombraba la orilla del triste río. Los soldados chacotearon en el agua hasta que abandonaron el lugar. Rápidamente la noche se apoderó de la profanación. Amaneció, pero Amanda no reaccionaba. Cuando despertó pudo observar varios rostros entre  ellos los de sus padres que la palpitaban con pánico. El brujo la espolvoreaba y  envolvía con una policromía de humos que la ahogaban. Estuvo agonizando durante días. Hasta que comenzó a sentirse mejor. Pero lo mejor en la medida que pasó el tiempo se convirtió en lo peor cuando no pudo disimular la turgencia de su vientre. El embarazo fue otra agonía por las insistentes consultas de sus padres que ella no contestaba. Todo ese tiempo estuvo presionada por la insistente pregunta de ¿quien era el padre del niño?.  ¿Quién la había sometido y ultrajado?. En la tribu reinaba el clima de nerviosismo y sospecha. Todos eran jueces y todos  culpables. Comenzaron los sacrificios y muchos indios debieron pagar con sus vidas, por un crimen que no habían cometido. Amanda que ya no aguantaba tanto derramamiento de sangre debió confesar. Fueron los intrusos que llegaron por el mar para sorprenderla en el río. Entonces todo cambió, porque los guerreros salieron a buscar venganza, los caciques se reunieron para la guerra, las mujeres lloraban y el brujo clamaba. No encontraron a nadie, porque los españoles ya se habían ido, pero al encontrar restos en los lugares que estuvieron tanto tiempo, sirvió de elemento de prueba para que le creyeran a Amanda. El invasor había profanado a la princesa y desde ese momento los bombos de la venganza retumbarían hasta el fin del mundo.

La india tuvo un varoncito que nació de madrugada. Las mujeres de la tribu lo lavaron y lo pusieron junto a la madre. Amanda sintió el bálsamo de un nuevo tipo de amor después de tanto dolor inexplicable. Esa noche se reunieron todos los indios junto al fuego, la reclinaron a Amanda junto al niño, mientras los tambores y el brujo rugían. Era una ceremonia lúgubre como la noche, hasta que el cacique de la tribu lanzó una sentencia que sería imperecedera. Dijo que no perdonarían jamás, que aquellos extraños en la persona de Amanda hubieran violado a sus mujeres, invadido sus territorios y avasallado a toda la tribu, profanando a los dioses. Esos dioses sentenciaban la venganza y no querían la impureza de la sangre. Amanda estaba dolorida y  casi no escuchaba lo que decía la máxima autoridad de la tribu. Quiso erguirse cuando dos indios le tomaron el niño y se lo entregaron al brujo. El cacique asintió con la cabeza. El retumbar de los tambores contrastaba con la solemnidad silenciosa ante la multitud de miradas atentas. El brujo tomó al niño que lloraba,  desde los pies, extendió su brazo y lo puso cabeza abajo. Amanda pensaba en aquella purificación. El humo y los rituales  envolvían al niño. Entonces fue cuando el brujo clamando venganza para saciar el apetito de los dioses, habló nuevamente de la purificación de la sangre que no debía mezclarse, para la continuidad de la especie, ante  la sentencia de los dioses,  que interpretada por los caciques, debía comenzar a cumplirse. Amanda se desmayó con los ojos abiertos y quedó así, en ese estado de estupor, para siempre. El brujo abrió su mano extendida y soltó el niño hacia el corazón de las llamas, donde rechinaba el fuego de la furia y de la indignación. El bebé se revolvió unos segundos hasta convertirse en una masa  sanguinolenta que se levantaba en lenguas como si fuera la lava de un volcán.

Cada indio volvió a su carpa, mientras el fuego iba consumiendo hasta el último vestigio de aquella historia que pasaría a la historia, porque engendraba un estigma premonitorio y trágico.

Amanda con sus ojos siempre desorbitados y abiertos no pudo salir nunca más de su estado letárgico. Entonces creyeron que el río trajo con ella la maldición, y había que devolverle lo que le pertenecía. Así, ni viva ni muerta, fue recostada en una balsa que el río se llevó para siempre, como lo hizo con sus prendas íntimas cuando el amor ingenuo fue violado por primera vez. El cervatillo que dejaba que Amanda se le acercara como nadie, miraba desde aquella orilla melancólica. Las flores se marchitaban al paso de tan singular cortejo, los pájaros ya no cantarían hasta morir, siglos más tarde un poeta advertiría; podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. Una mortaja de nubes, le tapó los ojos al sol, cuando éste, al paso del cortejo, no quiso que lo vieran llorar.

JUAN CARLOS MALÍS

 

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