Lección cívica. Illia fue presidente entre el 12 de octubre de 1963 y el 28 de junio de 1966. Rechazó el cobro de la jubilación presidencial. ARCHIVO CLARÍN

El presidente de la Nación autografiaba la foto que alguien esperaba del otro lado de su escritorio. Un funcionario suyo advirtió con suerte esquiva al jefe de los intrusos: “No interrumpa al Presidente”. La máxima autoridad de la República levantó la vista. Tenía frente a sí al general Julio Alsogaray y a los coroneles Luis César Perlinger, Luis Prémoli, González Miatello, y Corbetta. No hubo lugar para la foto autografiada. Cruzaron palabras como espadas filosas ya desenvainadas. Illia habló primero.

-¿Quién es usted?

-Soy el general Alsogaray.

-Espere, estoy atendiendo a un ciudadano…

-Vengo a cumplir órdenes del comandante en jefe…

-El comandante en jefe soy yo. Mi autoridad emana de la Constitución que usted ha jurado cumplir. A lo sumo, usted es un general sublevado…Usted no representa a las Fuerzas Armadas, sólo representa a un grupo de insurrectos. Usted y quienes lo acompañan actúan como salteadores nocturnos que, como los bandidos, aparecen de madrugada.

-Lo invito a retirarse. No me obligue a usar la violencia.

-¿De qué violencia me habla? La violencia la desataron ustedes en la República …Ustedes le han causado muchos males a la Patria y se los seguirán causando con estos actos. ¡Retírense!

El cortejo golpista se va, pero una hora después regresan los coroneles, encabezados por Perlinger, y presentan el ultimátum de un modo más drástico. Cosa juzgada. Esta vez, el que habla primero es Perlinger.

-Doctor Illia, en nombre de las Fuerzas Armadas vengo a decirle que está destituido.

-Ya le he dicho al general que ustedes no representan a las Fuerzas Armadas.

-Me rectifico, en nombre de las fuerzas que poseo…

-Traiga esas fuerzas… Perlinger.

-Doctor, no lleguemos a esto.

Illia se mantiene firme, de pie, erguido. Perlinger se retira y alrededor de las 7 regresa con doce integrantes de la Guardia de la Policía Federal, armados con pistolas lanzagases, como si estuviesen frente a un delincuente perturbador del orden social y no ante la máxima jerarquía de la República. Perlinger habla de nuevo.

-Doctor Illia, su integridad física está plenamente asegurada. No puedo afirmar lo mismo de las personas que aquí se encuentran. Serán desalojadas por la fuerza…

-Yo sé que su conciencia le va a reprochar lo que está haciendo. El país les recriminará siempre esta usurpación… (Y luego se dirige a la patrulla policial): A muchos de ustedes les dará vergüenza cumplir las órdenes que les imparten estos indignos, que ni siquiera son sus jefes. Algún día tendrán que contar a sus hijos estos momentos y sentirán vergüenza.

-Usaremos la fuerza.

-Es lo único que tienen.

Años después. Illia contaría que en esos momentos estaba a su lado su hija Emma: “¿Saben lo que me dijo?… Papá, agarremos un revólver y empecemos a los tiros contra estos tipos”.

Lo que ocurrió fue otra cosa: sin disparar un solo tiro, ante una apatía cívica generalizada, sin que las calles se poblaran de voceríos rebeldes, comunes a la época, o de solidaridades opositoras, mucho menos de querellas sindicales, la asonada se imponía como un simple cambio de guardia.

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