Se publicó en el Boletín Oficial en enero, pero para la mayoría pasó inadvertido. Por decisión del Gobierno nacional, 2021 ha sido designado como año de homenaje al Premio Nobel de Medicina César Milstein. La conmemoración recuerda que, sesenta años atrás, en 1961, el científico volvió de Cambridge, Inglaterra, para hacerse cargo del Departamento de Biología Molecular del Instituto Malbrán. Lástima que un año más tarde haya sido empujado a abandonar su puesto para regresar en forma definitiva al laboratorio inglés donde alcanzaría la consagración.

Golpes militares, prejuicios, miopía estatal, intolerancia, grieta en definitiva, por una causa o por otra. Argentinidad al palo podría ser una brevísima definición para resumir la historia de Milstein. Todavía resuenan aquí y en el mundo las desafortunadas frases del presidente Alberto Fernández, sobre orígenes, barcos y descendencias. También, los deseos manifiestos de jóvenes y no tanto por desandar el camino de sus antepasados, en busca de mejores oportunidades y más previsibilidad. Es oportuno en este marco repasar la historia del científico oficialmente homenajeado, que le dio al país, desde el exilio, uno de sus cinco Premios Nobel. Y que sin habérselo propuesto refleja también la tragedia argentina.

Máxima Vaspñarsky, la madre, maestra, fue parte de la primera generación de inmigrantes judíos nacida en las colonias de Entre Ríos. Lázaro Milstein, el padre, comerciante y anarquista, descendió de un barco: el que lo trajo desde Ucrania en 1912, con apenas 15 años. En Bahía Blanca nacieron César, el 8 de octubre de 1927, y sus hermanos Oscar y Ernesto. “Chele”, como llamaban a César, cursó primaria y cuatro años de secundaria en su ciudad natal. Su madre tuvo una influencia decisiva en su inclinación por las ciencias, que había despertado ya una prima que trabajaba en el Malbrán. Siempre recordaría él la fascinación que le provocó un regalo materno, el libro “Los cazadores de microbios”. De su padre heredó el compromiso político.

Después de completar el secundario en Buenos Aires ingresó a la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, de la UBA, para estudiar Química, donde se destacó más por presidir el Centro de Estudiantes que por su performance académica. Después de dejar la carrera y explorar el mundo del trabajo, retomó los estudios. Obtuvo la licenciatura, se casó con su compañera de facultad, Celia Prillleltensky, tomó un año sabático con ella recorriendo Europa, se doctoró. En 1957 se presentó a dos concursos: uno, para un cargo en el Instituto Malbrán. El otro, para una beca de la Universidad de Cambridge. Ganó los dos.

Con licencia en el Malbrán, puso proa a Cambridge donde trabajó tres años en el departamento de Bioquímica de esa universidad. La Inmunología se convirtió en su objeto de estudio. En 1961 decidió volver al país para hacerse cargo de la División de Biología Molecular del Malbrán. Era una época de esplendor en el Instituto, donde brillaban científicos jóvenes bajo la dirección de Ignacio Pirosky. Como tantas veces pasó en nuestra historia contemporánea, no podía durar.

El 29 de marzo de 1962 un golpe derrocó a Arturo Frondizi. José María Guido asumió como Presidente. Durante su gestión, el ministro de Asistencia Social y Salud Pública, Tiburcio Padilla, intervino el Malbrán. Primero llegó el despido de Pirosky; después, el desmantelamiento del equipo y la destrucción del proyecto. Entre otras consideraciones acerca de la relevancia de los profesionales echados, y “por la forma en que se ha pasado por alto al suscrito”, Milstein escribió al interventor en su carta de renuncia: “Resta, sin embargo, la posibilidad de que no me haya Ud. consultado porque tal vez sea su opinión que todas las tareas que desarrolla esta División son inútiles para el Instituto (…) esta interpretación es coherente con lo manifestado por el Excmo. Sr. Ministro Tiburcio Padilla (…) en cuyo caso me siento personalmente involucrado entre los que provocan ‘el malgasto a los fondos del Estado’”.

En 1963 Milstein se radicó definitivamente en Cambridge. Por su trabajo sobre inmunología y anticuerpos monoclonales, veintiún años más tarde ganó el Premio Nobel.

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