No era la única encuesta. Había otras que empezaban a registrar la misma tendencia. Pero este sondeo propio había sido confeccionado por un consultor muy confiable para el peronismo, que fue funcionario, que conoce bien el país y el número no dejaba lugar a dudas. El Frente de Todos aparece cuatro puntos por debajo de Juntos por el Cambio cuando se mide la intención de voto en la provincia de Buenos Aires.

El distrito que obsesiona a Cristina y por el que más trabajan Máximo Kirchner y La Cámpora. El territorio en el que la Vicepresidenta había hecho base en las elecciones legislativas de 2017 y el que los había devuelto al poder con el resonante triunfo de Axel Kicillof dos años después. La señal cayó como una bomba.

La encuesta no contiene más sorpresas. No destaca candidatos con expectativas de estrellato en la oposición y mucho menos en el oficialismo. Registra, eso sí, el crecimiento de la imagen negativa de Kicillof y de Cristina. Y el derrumbe sin respiro de la imagen positiva de Alberto Fernández. Esos factores conjugados impactan, por primera vez en un año y medio, en ese último eslabón de los oráculos electorales que es la intención de voto. Corrió como un hilo de fuego por los teléfonos móviles de funcionarios, legisladores y sindicalistas. Fue entonces cuando la Vicepresidenta decidió que era hora de meterse de lleno en la campaña.

El primer cambio contundente fue el de volver a las clases presenciales en la provincia de Buenos Aires. La decisión de Cristina fue adelantada, como ya ha sucedido en otras ocasiones, por el perceptivo ministro de Salud, Daniel Gollán, en el mediodía del último viernes. Tan inesperado fue el cambio del viento que hubo varios funcionarios que seguían hablando de la imposibilidad del regreso de las clases sin percatarse de las nuevas noticias.

Axel Kicillof con Daniel Gollan y Carlos Bianco, el viernes cuando anunció la vuelta a las clases presenciales en el conurbano.

Axel Kicillof con Daniel Gollan y Carlos Bianco, el viernes cuando anunció la vuelta a las clases presenciales en el conurbano.

Le pasó a un par de voceros bonaerenses, al ministro de Educación Nicolás Trotta y al propio Presidente, que habló de mantener las restricciones en un acto por Malvinas tres horas antes de que Kicillof diera marcha atrás con la medida incomprensible de cerrar las escuelas antes de la llegada del invierno.

Entre las novedades que traía la discreta encuesta peronista, estaba el crecimiento de la imagen de Horacio Rodríguez Larreta en territorio bonaerense, un dato que para Cristina fue la gota que terminó de llenar el vaso. “¿Quieren hacerlo presidente al Pelado?, abramos las escuelas y dejémonos de joder”, fueron los términos científicos que utilizó la Vicepresidenta para hacer reaccionar a los suyos.

Las clases presenciales en las escuelas porteñas, sin mayor incidencia en la suba de contagios, produjo en los habitantes del Gran Buenos Aires un malestar que alcanza a una parte de los votantes habituales del peronismo. Así hay que leer la apuesta política del kirchnerismo para evitar el disgusto en las PASO, que apenas están a tres meses de distancia.

En la edición del último domingo, Guido Carelli Lynch, anticipó en Clarín que el Frente de Todos irá por una radicalización del discurso y buscará subir como contrincante a Mauricio Macri. Eso es justamente lo que puso en práctica Cristina este mismo lunes, junto a Kicillof en la puerta del Hospital de Niños de La Plata. Y puso como primeras víctimas de la campaña electoral a las empresas de medicina prepaga, los sanatorios privados y a las obras sociales sindicales, una de las mayores cajas de financiación de la política. “Vamos a tener que repensar todo el sistema de salud”, dijo la Vicepresidenta, para que todos quedaran avisados.

El proyecto del Instituto Patria

Se sabe que el kirchnerismo siempre tiene una definición benévola para disfrazar sus objetivos políticos. Si echar a los jueces que nos responden sus directivas era la Democratización de la Justicia, esta vez se trata de la Integración del Sistema de Salud. Es el proyecto diseñado en el Instituto Patria para extender los controles del Estado y ejercer sin obstáculos la tutoría política sobre el sistema de salud privada, que este martes iba a denunciar en la Justicia los perjuicios inminentes que avizoran detrás del avance estatal.

Las reuniones entre dirigentes del kirchnerismo y directivos de las prepagas venían de mal en peor y terminaron de la peor manera. “Lleven las bolsas negras”, les dijo uno de los funcionarios con una sonrisa, explicando el choque de planetas que se viene con la metáfora de los materiales que se usan en los centros de salud para envolver los cadáveres. Una imagen que, tristemente, se ha vuelto familiar con la pandemia y va de forma acelerada hacia la cifra escalofriante de los cien mil muertos.

La batalla por el control de la salud privada y sindical será muy áspera, pero los empresarios y también los gremialistas saben a esta altura que no pueden contar demasiado con la promesa de frenar al kirchnerismo que les hizo el Presidente. “Alberto aguantó hasta acá; ahora nadie sabe adonde termina todo esto”, explica el jefe veterano de un sindicato que vio pasar todas las desgracias posibles menos la de que lo jubilen en su intocable castillo de poder.

En definitiva, Cristina se pone otra vez al frente de la campaña electoral y lo hará a su estilo. El que la mantuvo ocho años como presidenta y el que le sirvió para el regreso triunfal con la máscara oportuna de Alberto Fernández. Ahora pide dejar la vacuna y la pandemia fuera de la competencia política. Justo en un territorio en el que las vacunas las aplica únicamente el kirchnerismo. En el que se han vacunado en forma privilegiada cientos de familiares, amigos y amigas de los funcionarios. La consigna es borrar como sea esa contradicción que ya le marcan las encuestas. Levantar la bandera que siempre le dio resultados. El estandarte engañoso con el que intenta convencer al país de la memoria liviana.

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