El retuit borrado es un espejo del nivel de la política. En la cuenta presidencial se reprodujo un grotesco inolvidable, por burdo y por ridículo. Y aunque su exhibición fue efímera -alguien con criterio decidió quitar el retuit- su permanencia en los archivos documentales de la era de la bizarría en la que estamos sumergidos está garantizada.

Los tuits y sobre todo los retuits borrados tienen altísima legibilidad, esencialmente los de los políticos, y muchísimos más los de un presidente.

Lo borrado no quita lo publicado. Lo potencia.

La escena era tan tosca como la gestión de la economía y de casi todo. Un sujeto trajeado, con posaderas humanas y cabeza de gorila es apaciguado con algodón en sus nalgas por el enfermero Alberto Fernandez tras la aplicación de la pócima provista por Vladimir Putin en la caricatura, quien porta la jeringa castigadora de los incrédulos antropoides de la jungla anti oficialista.

Los tres personajes son una pesadilla estética y política por el cuadriculado rol simbólico que asumen en esos trazos.

La polémica caricatura que Alberto Fernández compartió en redes. Foto captura.

La polémica caricatura que Alberto Fernández compartió en redes. Foto captura.

La sola aparición de Putin en una cuenta presidencial es un dislate más para llorar que para reír. La inmensa madrecita Rusia está atravesada desde San Petersburgo hasta Vladivostok por manifestaciones contra el inhumano encarcelamiento de Alexei Navalny, apresado por “Ivan el Terrible” en condiciones inhumanas por el solo hecho de ser su opositor. Navalny agoniza en huelga de hambre. Antes habían querido matarlo tras envenenarlo como a otros que no le caían bien al Zar.

¿O no es un Zar del siglo XXI?

Además “Ivan” acecha como siempre o casi siempre a Ucrania con su estremecedor ejército expansivo.

Es curioso que los antiimperialistas argentinos no sepan que Rusia ha sido desde siempre y hasta hoy un gran imperio.

Putin en una caricatura es siempre una caricatura siniestra.

Es una suerte saber a la vez que Rusia es más grande y más profunda que Putin.

Y más sabia. Escribió Fedor Dostoyevsky: “Quien se miente y escucha sus propias mentiras no distingue ninguna verdad, ni en él, ni alrededor de él”.

Quien quiera oír que oiga.

A la vez nos enseña Leon Tolstoi: “En general se piensa que los conservadores más vulgares son los viejos y que los innovadores son jóvenes. Esto no es muy justo. Los conservadores más vulgares son los jóvenes. Los jóvenes que quieren vivir, pero que no piensan ni tienen tiempo para pensar en cómo hay que vivir, y que por eso toman como modelo a lo que han encontrado”.

Los jóvenes se han encontrado con el pasado en la Argentina.

Desde luego, no todos ellos. Pero sí los jóvenes adoctrinados.

Quizás por eso en las redes presidenciales apareció esa presuntamente cómica irrupción de la vulgaridad más plena, para adoctrinar con chabacanería prehistórica, y sembrar al futuro con la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser. Y esa voluntad de reencarnar en las momias del pasado.

El gorila vacunado a la vez, a quien se observa fornido y pasivo, representa a todos aquellos que no son obedientes al confuso pináculo gubernamental, a quien el presidente vacuna con rostro lúgubre pero a su manera triunfante.

Es una iconografía que atrasa eras.

El zoomorfismo del supuesto opositor al peronismo es tan viejo como el corazón del pasado mismo.

La connotación sexual de la vacunación, resignificada como la acción del sometimiento violatorio, es tan arcaica y tan perversa como el barrabravismo.

¿A quién divierte?

¿Al Primer Magistrado?

Salvo que caricaturicen así por miedo a que el gorila reaccione y se convierta en King Kong.

No correrían mucho peligro, porque la oposición orgánica aceptaría la postergación de las elecciones compartiendo un mismo eje corporativo: la voluntad de poder.

En pandemia se vuelve complejo hacer campaña. Esa coincidencia aúna al gobierno y a sus adversarios en la misma gota de esperanza: que la peste ceda algo, y las campañas de antaño vuelvan por sus fueros.

Ya no será posible. Todo cambió.

Las multitudes adoradoras de los políticos se volvieron virtuales o inexistentes.

La broma del retuit fue intervenida por innumerables usuarios de las redes ridiculizando a todo el elenco de capitostes, a Putin, al Primer Magistrado, y al vasto y desolador escenario copado por los protagonistas del grotesco político nacional.

Y produjeron collages, en los que el vacunado es el propio Primer Magistrado, y la vacunadora la señora Vicepresidenta, y otras tonterías que solo degradan a los que mandan.

Hay otra plaga que nos diezma; la bobería contagiosa.

La tontería que no impide ningún barbijo.

El anacronismo fosilizado nos ata al ‘45, o a los ‘70, a otros mundos que ya no existen pero que cierta nostalgia raigal no quiere soltar.

Esto es más que ignorancia. Es una falta de sentido de ubicación en el tiempo y en el espacio. También se denomina locura.

Todo confluye en la estupidez que es una enfermedad asintomática.

El último que la detecta es quien la padece.

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