Pasé, crucé el patio protegido por la enramada de enredaderas que se entrometían en la pérgola diluviando aromas que me mareaban. Llegué a la pieza y me detuve en la puerta. La madre me dijo. Él, Funes el Memorioso está ahí y espere que le hable. Así lo hice, solamente se veía la incandescencia del cigarrillo. Quien es ud? Escuché. Vengo de parte de Borges, me dijo que le hiciera una sola pregunta. Todo resplandecía. Hagalá me contestó. ¿Funes, dicen los científicos que ustedes los memoriosos, pueden memorizar cualquier cosa de cualquier tiempo en distintas circunstancias como si hubiesen escrito el manual de todos los secretos del universo? ¿y?….Ud puede memorizarlo todo, pero no puede crear, le sobra memoria, pero le falta imaginación es así?. Cuénteme un cuento lo desafié!. ¿ ha traído un grabador..porque ustedes tienen cada vez menos memoria y no va a recordar exactamente lo que le voy a contar, me despachó. Si, le dije con entusiasmo. Encienda esa porquería! Me indicó. Asi lo hice; esteee, Funes me puedo sentar, una silla?. No, me contestó y me dejó asombrado. A mi me gusta que el animal esté parado, erguido, vivo, a lo sumo solamente respire y no pregunte. Quedé desconcertado. Y comenzó: voy a contar un cuento que me imagino y que podría ser real o podría ser la realidad que se vuelve cuento. Se me ocurre que es la historia de un secuestro: los personajes son Alberto y Amanda que se aman y tienen un hijo, Gustavo. Yo tomé aliento y me bombardeó: Ni suspire, se lo dije!!!. Empecé a transpirar. A ella la secuestran, va a parir a una comisaría. Se la llevan y la matan. Alberto y su suegra rescatan el bebé recién nacido. Entre ellos y el padre de la secuestrada criarán al hijo..ya le dije se llama Gustavo. Amanda antes de que la maten la tienen secuestrada y torturada durante un año. Aparece un médico que empatiza con Amanda pero no la puede salvar, es el puente con la familia desesperada, Gustavo el pequeño crece mientras que Alberto deja su vida en zapatos malheridos de tanto caminar buscando a su amada. Termina loco. Aparece el profesor Lombardo quien crea una maqueta de lo que es este país. Yo transpiraba tenía la camisa empapada y rogaba a Dios que no se me trabara el grabador. Entonces, dice Funes el memorioso, Amanda le confiesa al médico, Eleázar que nunca descuide a su hijo porque ella volverá, de alguna forma, de cualquier manera, algún día se le manifestará a su hijo.

AHORA PUEDE SENTARSE.UFFFF. EMPIEZO A CONTAR:

 

 

Como en aquella capa de caballero arrojada galante sobre el barro, cual alfombra plebeya para que cruzaran los pasos de su majestad, la reina. Así caía la última o primera capa del centenario pino que ondulaba entre el verde azulado y el amarillo amarronado, a lo largo de toda la silueta de su escultura piramidal. Su pétreo tronco disimulado por el espeso follaje, dejaba entrever enrevesados nudos y protuberancias, añejos de tiempo y borrachos de humedad.

Una guardia imperial de sauces deprimidos, rosales sin perfumes y hortensias cansadas de florecer  para nadie, se apretujaban en torno a ese gigante nacido como algún día, moriría sin perder la elegancia natural de los que estoicamente siempre permanecen de pie. Mástil imperturbable, brotado de las ciegas combinaciones sedimentarias y cincelado por el paso invisible y añejo de los años. Era un mirador de rutinas eternas. Hormigas vestidas de blanco que ordenaban el andar a otras hormigas desnudas, algunas disfrazadas con colorinches, entre danzas de máscaras que alternan la realidad con la ficción. Algunas ambulancias desirenadas a las cuales había dejado de importarles las urgencias humanas, venían a contramano de la avenida de la cordura y los visitantes de siempre, que aparecían y desaparecían sin dejar de lado el estigma del prejuicio social de estar compartiendo pocillos de tiempo, con cuerpos a los que la sociedad por decreto del escrúpulo, los había desalojado del sistema.

La policromía de la vida en aquel lugar era una impertinencia y el blanco de la fachada del edificio, se parecía a un telón nublado que en el escenario de las acrobacias humanas, había caído para siempre. ¿ Y qué más..y qué menos?.

Una capilla sencilla, con la cruz ennegrecida de lluvias y oxidada de ausencias de fe regenteaba un semblante, que entornado por el silbido de pinos distantes, acompañaban el campanario olvidado de doblar para nadie. Era un lugar sin paz y con pax..Algún escultor distraído sacado del humanismo, había erigido sobre una mole de granito, la alegoría de Albert Sweitzer quien amagaba caminar sin mover los pies. Adheridos a miserias humanas urbanas; con el pie derecho se levantaba en un tránsito hacia otra dirección, descolgando jirones de modernas y sofisticadas civilizaciones ruinosas. En un aparente avance, estiraba las manos para proteger a niños sueltos, que masticaban con las encías y cuyas pancitas eran como bombas de hambre. La silueta del filántropo, se entregaba a la tragedia de la negritud desolada, y en lo alto, un buitre vigilaba atentamente los movimientos del científico. Desde otro costado de la civilización, el mismo buitre aparecía disfrazado de robot. Sweitzer se configuraba así, en una especie de Hércules que se debatía entre dos enormes aves de rapiña. Se levantaba así triunfante, la indiferencia del hombre por el hombre.

Sobre la entrada principal se levantaban columnas enroscadas que terminaban en sendos capiteles que subiendo al techo llegaban hasta las tejas descoloridas, las cuales deslizaban de vez en cuando, alguna que otra paloma distraída, para tomar el vuelo hacia algún cielo más alentador.

Bordeando las verjas de la entrada, los cipreses parecían escoltas bamboleantes ante la fuerza cambiante de los vientos, que llegaban libres y desdibujaban en los arenales, figuras caprichosas, y formas fantasmagóricas ante escenas extrañas que se abalanzaban ante aquel oasis de tristezas irrevocables.

El silbido de los pinos, los sonidos de pájaros multicolores, las voces humanas dispersas, no alcanzaban a enmudecer el trinar del silencio que retumbaba en el pasillo de las almas. A veces, algún grito desafinado rompía los acordes monótonos de aquel solitario lugar. Pero esos aullidos explícitos y sordos en un mundo de múltiples colores grises eran el marco perfecto para recibir a huéspedes escépticos.

Los automóviles entraban por detrás, salvo los de visitantes que debían estacionar enfrente, pero por el lado externo de la verja. No había ninguna otra edificación cercana y se llegaba por un camino pavimentado de mala gana. Solar solitario que parecía estar habitado por nadie y que ante el menor movimiento que denunciara vida, antes de nacer, parecía que ya estaban todos muertos.

Como el cementerio, las cárceles, los hospitales, los campos de concentración o aquellos lugares que se llaman “Hogar Escuela o El buen Pastor” donde hipócritamente con el eufemismo del nombre, se intenta desdramatizar tragedias, paradójicamente aquel sitio no dejaba de tener algunos encantos, calmos y patéticos al mismo tiempo. El olor que lo caracterizaba se mezclaba entre el aroma de las enredaderas que cual Penélope tejían y destejían las distancia que ponen las cercas con cagadas hediondas expulsadas de apuro o el perfume de jazmines aledaños, en contraste con las comidas vomitadas y nuevamente devoradas, por aquellos rumiantes del horror, quienes regurgitando deshechos, se complacían en revolver una vida sórdida, ausente de gustos y de disgustos. Ese olor típico se quedaba para siempre en el recuerdo de los visitantes que sin perder el coraje de llegar ya adivinaban esos olores ácidos, despedidos por la chimenea de la memoria. Perfumes degradados e íntimos, acompañado por sonidos suaves, estridentes y a veces calamitosos.

Detrás de los sauces, disimulaba su presencia, un viejo y vetusto santuario inhibido, construido ante el desgano de lo formal entre aquellas cosas que deben estar solamente porque forman parte de lo tradicional. Lúgubre por contagio, casi siempre estaba vacío, salvo los días domingos, cuando llegaba el cura para dar misa para el personal y para algunas almas curiosas que vagabundeaban hacia donde la absurdidad los llevara. Entraban, salían, se sentaban, se paraban, detenidos y extasiados ante algunas imágenes solían arrodillarse solamente con “las rodillas”. Se encolumnaban en el momento de la eucaristía  y cuando estaban frente al sacerdote eran obviados de la Hostia, salvo cierta distracción que les diera la posibilidad de masticar a un Dios desconocido. El cura refunfuñaba cuando alguno de estos personajes tomaba el sacramento y lo degustaban como si fuera una galletita insípida. Y a veces cuando terminaba la misa se llevaban esa figurita color blanca que se escondía entre el paladar y la lengua hasta el parque donde la lamían y cuando se derretían o quedaban percudidas, volvían al cura para pedirle que se las cambiara por una nueva. El cura se las recibía y ya les tenía preparada una de cartón. Eran figuritas bendecidas, manoseadas, lamidas y que ponían a prueba la paciencia del cura, hasta el punto de ver que había dioses vomitados.

En el interior había pabellones para hombres y para mujeres. División ficticia que nunca se cumplía cuando en el fragor de la pasión donde no llega la locura, no había poder administrativo que detuviera sexos desembocados que se revolcaban en las camas en la cocina, en los baños o debajo de los árboles a cualquier hora del día con o sin espectadores. Los pabellones estaban separados por una hilera de palos borrachos a veces ensangrentados por habitantes ansiosos de rascarse la espalda visitada por la sarna, alternados por jacarandaes y ceibos que le daban esplendor al nadir de las miserias humanas. Todo el patio, hasta el paredón era un desorden de pastizales con espinos, autos convertidos en chatarras anclados en presupuestos desolados, con algunos perros vagabundos que si se dieran cuenta les daría lástima el estado de la condición humana.

El horario de las actividades estaba regido por la impuntualidad de la indisciplina y esporádicamente cuando a algunas mujeres le venía la líbido, solían escaparse hacia algún hombre, el primero que encontrasen, en el  campo descabellado de deseos sin vergüenzas , que les devolviera el encanto de trozos de nostalgias que retumbaban desde el ayer. Los mismos enfermeros que se saciaban con aquellas pobres locas, salían desesperados detrás de aquellas jaurías y las traían de vuelta, arrastrando seres jadeantes y felices. Aquí la muerte no sabía cuando moría y la vida tampoco no distinguía la existencia.

Ya hace dos horas que estamos aquí y no llegan, dijo con cansancio Eleazar. Emilio trataba de destejer un bicho canasto que se empeñaba en no soltar la cerca donde se había anudado para siempre. Cerca de ambos, un dinosaurio con las fauces abiertas para siempre, trataba de alcanzar una rama que nunca sería suya.

Doscientos, trescientos, ochocientos millones de años ¡qué más da!, somos cortos y efímeros. Somos intolerablemente leves. Un soplo, un suspiro, quizás un tránsito de la nada a la nada. Aunque con una ventaja desgraciada a nuestro favor, dijo Eleazar.

Bueno, ¿ventaja o desventaja? Preguntó el cura, sin mirarlo.

Que el dinosaurio no sabía que era un dinosaurio, en cambio nosotros sabemos que somos dinosaurios o cucarachas civilizadas. ¡Nadie nos recordará Emilio!, le decía Eleazar, ni siquiera dentro de algunos meses si morimos y esta angustia existencial derrumba las obras más rutilantes de la empresa humana.

¡Estás deprimido porque el lugar no ayuda! Le dijo Emilio. ¡Por fin, ahí llegan!.

Entonces apareció una limusina alquilada de color blanco y cubierta de polvo. Se acercaba silenciosamente con toda solemnidad. El chofer era un hombre gordo, seguramente con traje prestado, estaba con lentes negros y de mirada solapada y vulgar. Apenas llegó se bajó y se dirigió raudamente hacia ellos.

¡Tarea cumplida, dijo, me tienen que pagar!.

Del nosocomio venían dos enfermeros y un médico, quienes se pusieron del lado de la puerta del visitante. Eleazar y Emilio se miraron y no pudieron ocultar el pesar que los embargaba ante la figura de Alberto y de su hijo Gustavo quien lo acompañaba. El padre parecía que tenía por lo menos veinte años más reflejados en su rostro con el que el sufrimiento había hecho estragos. Después del suicidio de su suegra se le vinieron encima todos los años, pero la locura comenzó desde el día que perdió a su amada. Nadie lo quería tener y a Gustavo se le volvió incontrolable por lo que debió resignarse a internar a su padre en el manicomio.

Desde hacía meses y con la ficticia recuperación de su familia perdida se incorporó en su ser la mimetización de la figura de quien hizo estragos en su alma y quizás como anticuerpo que la locura brinda  a la cordura insoportable, terminó por transformarse en un almirante, para lo cual con mucho disgusto y dolor, Gustavo le había hecho confeccionar el traje color blanco con la gorra a la medida. Alberto, en los últimos tiempos no toleraba que no se lo llamara por “el almirante” de lo contrario hacía escenas y escándalos memorables.

Descendió del automóvil y le pidió a Eleazar una opinión sobre su investidura y como encontraba a Amanda. El doctor Medina viendo a Gustavo de reojo, que tragaba saliva de bronca y de amargura, le dijo que ambos estaban encantadores. Se lo veía eufórico y le pedía permiso a su mujer ante cualquier movimiento haciendo de aquella figura invisible una relación donde no faltaba la galantería. Gustavo le clavó la mirada a uno de los enfermeros que osó reírse. “El almirante” se acercó hacia Emilio y le dijo en secreto que creía que su mujer estaba nuevamente embarazada y que Él sería el primero en saberlo en cuanto se confirmara esta buena nueva. Emilio le dijo al oído que no se olvidara de bautizar a Gustavo. Alberto se desorientó unos segundos pero asintió de lo que no tenia noción. El medico reclamó que se apuraran, entonces “el almirante” hizo la venia y a paso redoblado se fue con los enfermeros que reprimían la risa. Detrás de aquellas caricaturas quedaba el horror de la cordura.

Una polvareda grosera e impertinente se levantó entre los tres hombres, después de que raudamente una ambulancia ingresó.

La limusina cansada, marchaba hacia las primeras sombras de la noche mientras Gustavo veía por el espejo retrovisor la eterna lucha del gran Sweitzer debatiéndose entre las dos aves de rapiña, y por la mente del cura desfilaban atropellándose, recuerdos lacerantes como Gricel, la invisible desaparecida que  siempre se le confundía con la simultánea Amanda, el obispo que despreciaba y gesticuló un rictus cuando recordó los episodios de la pajarera. Ya no estaban y el vacío llenaba el sinsentido con más huecos. La noche se adueñó de cuerpos y almas.

El chofer los observaba por el espejo hasta que el enorme automóvil comenzó a arrastrar sus ruedas sobre el pavimento frío, desplazándose hacia la hondura de una helada y cósmica soledad.

*******   *******

Cada uno volvió a  lo suyo, pero el profesor Lombardo, después de leer el testamento, la obra, o los escritos como les llamaban, salió de su letargo y durante dos años estuvo preparando a jóvenes para que hicieran teatro. Escribió el guión y cuando estuvo listo comenzó con sus representaciones que fueron recorriendo todas las provincias. En esos tiempos los invitó al hijo de Amanda al médico y al cura una noche a presenciar lo que consideraba todo un éxito, aún cuando la crítica lo había demolido pero él tenía la convicción de que estaba refundando la cultura teatral en la Argentina. El espectáculo no duraba mucho tiempo pero era original, con la consigna de que antes de pagar la entrada se aclaraba a todos los espectadores que preferiblemente era una obra selectiva solamente para fracasados. De todas maneras entraba quien quería pero el mensaje que quería transmitir el profesor era claro y lo hacía en cuanto entrevista tuviera a mano, porque sostenía, en un país elitista, la obra teatral se dirige y se siente identificada con los fracasados, los ninguneados y todos aquellos que se sientan heridos por el solo hecho de ser argentinos. De manera que una noche y al aire libre, en un día de insoportable calor, los tres se encontraron frente a este espectáculo que Lombardo presentaba con gran entusiasmo.

Se hacia siempre sobre lugares abiertos y preferiblemente en canchas de fútbol. La obra se llamaba “El encubrimiento de América” y consistía en lo siguiente: La escena se presentaba en el desierto, donde aparecía una columna de hombres que parecían simios que en vez de ir, volvían desde la tierra prometida porque después de un largo camino donde habían pedido permiso a los dioses para descansar cayeron en la involución, siempre inspirándose en los escritos que había comenzado Amanda. Vagaban en el desierto, yendo y viniendo hasta volver a la evolución durante casi doscientos años. Los 300 años previos a la intervención de los dioses, se hacía la aclaración, fue el lapso de otras culturas valiosas que fueron masacradas por invasores que prometiendo la paz de la cruz, sometieron con la espada y de toda esa mezcolanza que devino en el mestizaje se le agregaron otras razas que hicieron de todo ese pueblo una sopa étnica autofágica.

En ese tránsito por el desierto que duraba 200 años, de vez en cuando aparecía un moisés con las tablas de la ley que eran confrontadas con las tablas de la trampa que elaboraban estos hombres por lo que el tal moisés se volvía loco de furia, rompía las tablas y se internaba nuevamente en las montañas. En ese trajinar las columnas se dividían, siendo la dispersión la razón de ser de ese “no ser”.  Nuevamente encontraban la tierra prometida donde todo era vacuo y feraz, entonces iban y venían sin elaborar la vida ni la muerte,  se exiliaban dentro y fuera de ese minué humano y de vez en cuando se reunían los representantes de todas las tribus para decidir el camino a seguir. En estos cónclaves los actores se identificaban de acuerdo a los siguientes clanes:

El representante de los mediocres

El representante de los sin identidad

El representante de los ilegales

El representante de los maniqueos

El representante de los desmemoriados

El representante de los imbéciles

El representante de los inecuánimes

El representante de los burlescos

El representante de los ociosos

El representante de los inmaduros

El representante de los impostores

También venían delegados de los “miedos de comunicación”, de los opulentos, de los indigentes, de la viveza criolla, de la cultura del naufragio, del no te metas, de los “algo habrán hecho”, tristes, sentimentales, del palpito, del espanto al ridículo y así por el estilo. Tal puchero social se había cocinado en estos 200 años de vagar en el desierto con el precedente que les dejaron sus antepasados. De vez en cuando se enfrentaban y esos bandos se debatían en verdaderas carnicerías humanas, aunque en realidad la sequía la llevaban por dentro y se las pasaban dando vueltas y vueltas en el mismo lugar. Entonces Lombardo explicaba al público el fenómeno de la “circularidad” en el sentido de que a pesar de los enfrentamientos, los bandos no eran antitéticos y se terminaban complementando porque en realidad todos querían los mismo, consumir, placer, y ocio, entonces la díada se convertía en mónada y todos se transformaban uniformemente en unisex.

El moisés ya harto de gravar las tablas de la ley y de la trampa, con todo el grupo de asesores, arreglaban con los dioses una jubilación eterna y de privilegio por todos los servicios prestados, mientras que el pueblo que se encontraba en la pirámide de Keops, en la cual se revelaba el enigma de la tragedia humana, para quedar todo sumido en un símbolo o ícono, al cual los habitantes le rendirían culto.

Los espectadores podían presenciar el interior de la pirámide que albergaba personajes importantes en la historia de este pueblo y que estaban hechos de cera.

Parecían reales, en esto Lombardo tuvo la suerte de incorporar artistas de calidad y estaban categorizados desde la cripta hasta el ápice. Obviamente los más despreciables estaban en la cripta y los más sublimes, de acuerdo a lo que se decía era el voto de los ciudadanos, estaban en la parte superior. Al costado de la pirámide fluía un río con mano y contramano es decir contradiciendo a Heráclito, era el único río de la historia donde los habitantes entraban dos veces en el mismo. Debajo aparecían las esculturas de San Martín, Belgrano, Sarmiento, Alberdi, Rosas, Y Urquiza. Estaban castigados históricamente porque el primero era masón, el segundo no era muy varonil, el tercero entregador de tierras,  el cuarto preeuropeo, el quinto por tirano y  el último por “copulador”.

Ascendiendo por la pirámide aparecían otras categorías de la proceridad y mitos como el morocho del abasto, Julio Argentino Roca, Yrigoyen, Juan Domingo Perón, Su esposa, y el Che Guevara entre otros. Del primero también se insistía sobre su presunta homosexualidad, el segundo por tirar al blanco con los indios, el tercero por ser el primer populista paradójicamente creador de los golpes de estado, el cuarto hizo un enorme movimiento pero fundó las guerrillas, la quinta era la protectora de la triple A mientras el quinto era un guerrillero romántico y nada más. En las dimensiones superiores se mezclaban Santucho, Firmenich, Videla, Massera, Suarez Mason, Echecolatz, tan iguales y mejor resumidos por el tango que se escuchaba, escrito por el filósofo argentino Enrique Santos Discépolo: Cambalache.

En esos laberintos embotados de la mente multitudinaria, se confundían esculturas como la de un tal Astiz, Maradona, Favaloro y de una tal María Elena que tenía un lugar asegurado como patrimonio cultural de los argentinos. En el lugar más alto por encima de todos los demás, como símbolo supremo que venía seguido de multitudes en los últimos veinte años, con alas de mito y alejado de toda profanación estaba un animador de televisión que se burlaba de la gente, y cuando quería podía darse el gusto inclusive de desestabilizar presidentes. Su poder, producto de la decadencia que acerca la frivolidad del abismo, era enorme. Este personaje era la meca de la ¿cultura? nacional.

Y sobre el final de la presentación después que Lombardo no se cansaba de explicar a cada paso personaje y acontecimiento con fuegos artificiales y cortocicuitos, los espectadores quedaban asustados porque se interpretaba un accidente con final de incendio. Entonces todo quedaba envuelto en llamas, la pirámide y sus esculturas eran devoradas por el fuego, se levantaba una humareda espesa, hasta que al diluirse después del derretimiento de todos los personajes de cera , quedaba solamente una especie de obelisco, que concitaba tantas dudas entre la multitud, porque no se veía bien hasta que se encendían nuevamente todas las luces y ahora sí como síntesis del encubrimiento de América y de la historia de este pueblo errático, emergía imponente ese obelisco  con forma de falo de un enorme tallo y el glande, iluminado, resplandeciente y vital.

Antes de que el público absorto se retirara, de la punta del obelisco libidinoso, como un geiser, salía a chorros con fuerte presión un líquido semi espeso que salpicaba a todos los espectadores, produciendo reacciones diversas, entre quienes se divertían, otros aplaudían a rabiar y no faltaban los que se iban envenenados por lo que consideraban que lejos de ser un espectáculo u obra de arte, era una gran burla o tomadura de pelo a la gente.

Fue resistido, pero Lombardo continuó mucho tiempo después con estas representaciones hasta que un día se cansó y decidió morirse. Lo encontraron los vecinos en el piso cerca de su cama y con el gato a su lado maullando. Fue su compañero inseparable.

A Eleazar le gustó mucho aquel espectáculo, a Emilio no le cayó en gracia y Gustavo creyó que Lombardo hacía estas cosas ininteligibles simplemente porque era un triste viejo.

**** *****

Cuando Gustavo volvió al departamento lloró intensamente porque se le juntaban muchas cosas que en realidad no podía manejar y la única descarga era la que venía practicando desde hacía mucho tiempo. Esta catarsis era para él como uno de los tesoros más recónditos no dispuesto a difundirlo para entorpecerlo y aún cuando se metía por los intrincados caminos que llevan hacia la magia del arte, no decaía y siempre volvía a ese lugar, cuando estaba  triste, cuando estaba alegre y cuando sentía la necesidad de que le quemaba el alma al tratar de construir su propia obra que no competía con la que debía continuar de su madre, esto era distinto, era el reto que había aceptado para no desfallecer. Ni siquiera había leído el libro que lo inspiró pero por el solo hecho de que le contaran el argumento, lo apasionó de tal manera que un día hacía cuatro años comenzó la obra. El libro que le comentó una amiga era El Retrato de Dorian Gray, cuando la pintura se va mimetizando en la degradación del personaje, hasta que éste muere y el cuadro vuelve a tomar el estado original. El desafío para Gustavo que comenzó tímidamente con unos pinceles después de romper varios lienzos, se basaba en la necesidad de reconstruir su obsesión, transformarla en obra, materializar su bronca. Como Vito Dumas que al ver a sus padres pasar hambre para que tengan comida él y su hermano, con el tiempo debe emprender el desafío de sublimar su amargura y hace la travesía más colosal que se conozca cuando en un barco pequeño como una cáscara de nuez en el océano, da la vuelta al mundo en nueve meses por la ruta de lo imposible.

Gustavo quería sublimar su vacío y un día comenzó a pintar el cuadro que retrataría a su madre en la celda, en la prisión que le contaron había terminado sus días. Lo ayudó su amor por los dibujos que en la niñez desesperadamente los hacía en los cuadernos, en las paredes o en cualquier lugar donde dibujaba todo lo que se le antojara pero siempre buscando y buscando la dimensión de un vacío que lo desesperaba. Los psicólogos estudiaban sus dibujos y siempre llegaban a la conclusión, de que como dice el tango..sentía un vacío imposible de llenar. Gustavo pintaba el retrato de su madre de acuerdo a sus estados anímicos, pero quería que este cuadro fuera legítimo, con la originalidad que sólo respetara a la imagen viva  y solamente lo podría hacer con materia prima que saliera de su alma, de lo contrario le parecía que estaba falsificando la realidad de la obra de arte que se había prometido.

Cuando pintaba solía poner una música suave, descendía a los yacimientos más profundos de su alma hasta abordar las zonas copadas por el dolor y cuando se figuraba al lado del cuerpo de su madre muerta, ambos en un laberinto sin salida, comenzaba a llorar hasta llegar al estado de la desconsolación. Luego cuando se estabilizaba pintaba. Nadie sabía de este rito tan particular como furtivo que el muchacho  reinventaba la relación que a través del dolor mantenía intacta con su madre. En cuatro años ya tenia una imagen, al menos se podía observa bastante nítida de un rostro, pero ¿ sería el rostro de su madre?.

Él solamente había visto algunas fotografías que nada tenían que ver con la última Amanda, y el único que la había visto por última vez, en aquellos días de angustia y euforia era Eleazar, el médico era quien había grabado en su memoria el verdadero rostro que su hijo ahora intentaba pintar.

Quizás por esa razón que los demás desconocían de Gustavo lo motivaba muy poco continuar con la obra de su madre cuando en realidad lo que quería era concretar en una pintura exacta, la maduración de aquellos dibujos desesperados que provenían desde su infancia.

El método que usaba Gustavo era muy suyo, muy original y no debía perder tiempo porque cuando comenzaba a pintar su tiempo de inspiración era muy intenso y escaso porque se basaba exclusivamente en el dolor y con los ojos cerrados, trataba de imaginar cada facción del rostro que estaba buscando, incorporarlo en su imaginación y a partir de ahí, como si fuera desde la memoria del alma trataba  que la relación entre el pincel y el lienzo no se traicionaran. No estaba copiando a un modelo, no miraba un paisaje, eran solamente unos pocos minutos hasta que se le terminaba  esa especie de trance, debiendo transformarse entre la pintura de la nostalgia y  su dolor, en cada componente de aquel rostro que no se permitía falsificar porque se había jurado que solamente él por ser el hijo tendría el derecho de que aquel cuadro algún día hablara por su madre.

Pero ¿ que quería?, resucitarla en un cuadro, es decir que al terminar la obra, la viese viva por primera vez, aunque  ello le llevara la vida, toda la vida, pero lo estaba haciendo y lo que no sabia es cómo seria el final y si realmente estaba pintando a su madre porque su imaginación nostálgica no le garantizaba la autenticidad del rostro que estaba pintando, además no podía equivocarse porque no tendría el coraje y la valentía de iniciar una nueva pintura después de haber roto tantos lienzos. ¿Estaría en el camino correcto?, el dilema lo desesperaba y tomaba a la otra obra como un estorbo y quizás con resentimiento, porque le quitaba energías.

Para colmo, de tanto llorar espontáneamente  con coacción se estaba volviendo distímico, porque a veces lloraba en cualquier parte, en los bares, en la ciudad, cuando estaba haciendo un trámite se le corrían ríos de lágrimas y cuando necesitaba llorar otras veces no podía.

Gustavo portaba en su mano derecha pinceles y tenía frente de sí una tela que debía ser la resultante de la única pintura viva de alguien jamás pintada que era su madre, pero su obsesión artística radicaba en la posibilidad de hacer una especie de transmigración de almas, donde la suya se transportara al mundo de la imaginación con su madre y recibiera el alma de quien estaba convencido que era ella. Lo hacia a través de la inspiración que le provenía del llanto sobre instantes supremos en estado de trance, él sentía que llegaba y habitaba, el cuarto el espíritu de su madre. La percibía nítidamente a través de manifestaciones que se posesionaban en todo su ser y haciendo un esfuerzo supremo creía que ella estaba allí, sentía las caricias en su cara, le rascaba el pelo y hasta llegaba a sentir el aliento de un beso profundo que le dejaba invariablemente en la frente. Se sentía maravillosamente poseído y aunque nunca llegó a escuchar voces, los signos inconfundibles de la visita materna se fueron acentuando cuando en las últimas semanas, terminando la función idílica con Amanda después de haber estado pintando en un tiempo que él no podía calcular, concluía con la brisa que le daba en la espalda de una ventaba que se abría sutilmente y que siempre estaba cerrada con el pasador. Volvía el rostro y la transparente cortina se bamboleaba al ritmo de la brisa pero avisaba que alguien acababa de irse. Temió que estuviera desarrollando algún poder mental como la telekinesia pero descreyó de esta facultad porque el avance de la pintura estaba confirmando que iba por buen puerto, no tan solo porque ya había rasgos que configuraban ciertamente el rostro de una mujer y que él debería revalidar algún día con el hombre que vio por última vez a Amanda, sino porque en las últimas sesiones o posesiones habían sucedido algunos fenómenos paranormales que cuando lo experimentó por primera vez casi se le detiene el corazón, por esa mano que  suponía era de su madre que se le posó en el pecho para calmarlo.

¿ Qué pasaba?. Y, lo que sucedía era que cuando el muchacho comenzó a dudar sobre el verdadero y último semblante de la “mujer en la celda”, su pulso comenzó a titubear y debió detener el pincel de la imaginación y así le sucedió durante algunos días. No podía darle el toque, el aspecto, las arrugas del cansancio que imaginaba avenidas profundas que venían desde el alma. Hacía esfuerzos, agotaba lágrimas pero la inspiración parecía decir, ¡hasta aquí llegué!.

Fue en ese tiempo cuando bastante deprimido con momentos donde montaba en cólera porque como una especie de Picasso rebuscado, no tenía a quien consultar, no sabía como continuar, despreciaba las fotos del recuerdo y por nada del mundo pediría ayuda a Eleazar para que le insinuara nada, además temía avergonzarse y que todo aquello terminara en el cesto de tantas cosas que arrojaba de su vida. Lo intentaba y de bronca, comenzó a pintar muchas veces con el llanto que no provenía del trance, de la nostalgia o del sentimiento de la transmigración sino de la bronca, de la rabia, lloraba de rabia, no podía pintar nada y se quedaba bloqueado. Se tiraba sobre un sillón, abría una cerveza y se decía: ¡ estoy tildado!, miraba hacia la ventana que ahora permanecía cerrada, como si la visitante hubiera dejado de hacerlo. Creyó estar volviéndose loco como su padre y se desesperaba caminando por los parques en la madrugada, a veces volvía totalmente borracho, no dormía, su aspecto desmejoraba y clamaba que la vida injusta le hubiese quitado la posibilidad de terminar ese cuadro, o que todo aquello fuera una alucinación. No contestaba el teléfono, se había alejado inexplicablemente de la novia que estaba embarazada,  encerrado en un autismo absoluto donde no volvería a salir al mundo si no terminaba su obra. Un día por descuido recibió un llamado de Eleazar que quería saber como estaba y cuando le preguntó sobre la continuación de los testimonios que había iniciado su madre, le contestó secamente que ya los había terminado. Ante la sorpresa  el médico le preguntó qué iba hacer, si los publicaría, Gustavo contestó  que sería un acontecimiento público, tenia todo preparado, y que seguramente se haría ante una multitud porque le daría un tinte político a la presentación.

Pero ¿ya lo imprimiste? Le preguntó el médico sorprendido. Si, le contestó Gustavo, un sponsor  me ayudó y próximamente largamos las memorias a toda la sociedad, lo único que me falta es el lugar de la presentación que seguramente se hará en un lugar céntrico. Eleazar miró con suspicacia el teléfono y luego que cortaron especuló  que el joven no le estuviese diciendo la verdad.

¡Qué mierda me importa ese mamotreto si lo que quiero es salir de esta otra cagada! dijo con ira. Estaba solo y había perdido la inspiración final, no sabía cómo hacer para que la esencia del alma de su madre quedara configurada en su historia  a través de  la pincelada final que a todos nos hace únicos y distintos. Tenía miedo, había perdido la confianza en sí mismo y lo que es peor, ahora comenzaba a descreer que  su madre fuera la que estuvo con él en los últimos tiempos. Un día al ver que la ventana permanecía cerrada, estrello una botella y rompió el vidrio, no estaba pasando por su mejor momento. Entonces, ya sin lágrimas, se detenía frente al lienzo, observaba la imagen, pero le faltaba lo fundamental, que a través del pincel le diera vida al rostro, que permanecía como si estuviera detrás de un velo. Quizás los demás hubiesen descubierto que esta dama en la celda era una verdadera obra de arte porque el tono sombrío así lo ameritaba al estar, prisionera y torturada, pero su hijo sabía que no era así y no se dejaría engañar por las ficciones de la mente. Su ser o mente primordial le exigían otra cosa, llegar al elixir, al éxtasis cuando uno sabe que la obra está terminada y que ya es una criatura viva aunque reciba todas las lluvias de críticas en contra.

Él estaba terminando una obra donde el rostro de su madre estaba opaco, inerte, sin vida. Había perdido el talento, la inspiración y las lágrimas. Le vinieron raptos de romper todo pero se detuvo cuando pensó que siempre no se la  pasaría rompiendo y quemando cosas por estar resentido con la vida.

Tuvo mil ideas y las desechó pero un día mientras visitaba a su padre en el manicomio, se le ocurrió algo y pidió permiso para  llevarlo de visita, por la noche lo traería de vuelta. Le puso el pantalón de salir, le lustró los zapatos y se lo llevó en un taxi al mediodía. Fracasó en su intento de comer en un restaurante porque la gente se dio cuenta de que no era normal cuando se le caía la comida de la boca, volcaba el vaso con la gaseosa, fastidiado pagó y nuevamente en un taxi se llevó al padre a su departamento. Cuando llegaron Alberto le dijo que tenía sueño, lo llevo a la pieza le sacó el pantalón, la camisa y lo zapatos y lo dejó dormir un par de horas.

A las cuatro de la tarde Alberto se apareció en la cocina donde estaba Gustavo en calzoncillos y orinado. Gustavo lo aseó, le cambió la ropa y le preparó una taza de leche con galletas dulces, que a su padre le encantaba. Luego lo llevo al comedor donde estaba la pintura, lo sentó frente a ella y le preguntó, viejo, ¿qué ves?.

Alberto no contestaba, en realidad desde hacía mucho tiempo que salvo algunas palabras reiterativas, prácticamente había dejado de hablar. Miraba en forma perdida, sus ojos no se detenían necesariamente frente al cuadro, sino que se paseaban por toda la sala, y a veces se quedaban unos instantes en algún objeto llamativo,  se comportaba como si no viera el cuadro. Gustavo le insistía si veía a alguien en ese retrato, si no le recordaba a alguien en su vida. Pero el padre lo miraba a sus ojos y no le contestaba. Así pasaron la tarde hasta que el hijo le dijo que el cuadro era un retrato de Amanda, tu mujer, es decir mi madre. Se había puesto al costado y como si estuviese dando una clase, le decía ésta es Amanda, tu mujer, la de toda tu vida, la que por ella cuando la secuestraron te volviste así como estás,  es decir, loco. ¿ La reconoces?. El padre comenzó a balbucear hasta que se le escuchó claramente: nada..nada…nada. Y lo decía como quejándose, nada..nada. Carraspeó mientras le salía el “nada” y largo una flema en la mesa.

¿Nada..no ves ni mierda?  Dijo Gustavo fastidiándose nuevamente. ¡Y bueno es cierto, no hay nada!. Entonces tirando los pinceles contra la pared, gritó con fuerzas, ¡qué tengo que hacer mierda..qué carajo tengo que hacer para terminar con esto!.

Nada..nada..nada seguía exclamando su padre.

Gustavo trajo de la cocina un alfajor relleno  que a su padre le encantaba porque era de los que le llevaba cuando lo visitaba. Le sacó el papel, ¿quiere el alfajorcito? le preguntó con cierto cinismo..dígame, ¿Quién es la mujer del cuadro? . Alberto miraba el alfajor y estiraba las manos con desesperación pero Gustavo se lo alejaba de su alcance, y le repetía, ¿ querés el alfajor?, decíme quien es esa mujer, le señalaba con bronca, esa mujer…quien es quien es quienequienequienequien es. ¿Quién es?. Alberto lo miró a los ojos y comenzó a lagrimear, entonces Gustavo le dio el alfajor, se conmovió, quiso lloriquear, y le dijo…!perdóname viejo!. soy un boludo.

Lo dejó nuevamente en el neuropsiquiátrico con una caja de dulces.

Regresó tarde y abatido. No deseaba seguir viviendo.

En los días siguientes tapó el cuadro y comenzó a dedicarse a otras cosas para trata de olvidar lo que lo estaba matando, ahora tenía dos mochilas de plomo, continuar con la obra de su madre y terminar el cuadro y no tenia ganas ni motivación para emprender ninguna de las dos cosas. Dejaría pasar el tiempo pero por las noches se debatía entre las pesadillas y el insomnio cuando recordaba el tiempo feliz que psicológica o escatológicamente había estado en presencia de su madre y lo que más lo remordía es que lo hubiese abandonado su madre, otro sentimiento de culpa, porque así como Amanda practicaba el deporte de morir varias veces, ahora su madre lo volvía a abandonar.

Hacía calor, eran las tres de la mañana y no podía dormir, se levantó, buscó una botella de agua fresca en la heladera,  se fue al comedor y se sentó frente al cuadro. Recordó el episodio con su pobre padre y sintió remordimiento por haberlo hecho llorar por un alfajor. Comenzó a dormitar, pero abrió los ojos bien grandes y se incorporó, ¿había llegado nuevamente la inspiración?, no lo sabía pero recordó lo que le había dicho su padre. Alberto solamente dijo nada y repitió varias veces nada y cuando recordó que tiró los pinceles contra la pared  manchada, trató de hacer memoria hasta que cayó en la cuenta de que cuando clamó ¿qué hacer?, su padre le contestó lo mismo.. ¡nada!. Y se acercó al cuadro de su madre, la relacionó con su padre como si a través de él le hubiese dado la respuesta, ¡no tenia que hacer nada!. Estaba tan sobresaltado que creyó ver que su madre le asentía, “eso mismo, lo que te dijo tu padre, no tenés que hace nada”.

Pero ¿cómo terminar el cuadro sin hacer nada?. Abandonó todo, se fue a dormir y se produjo el milagro como tantos otros cuando no se encuentra la fórmula y se la abandona, entonces milagrosamente aparece la respuesta. Cuando despertó creyó haber interpretado el mensaje de su madre a través de ese “nada” que le aconsejaba su padre. Lo entendió y lo pondría en práctica lo antes posible.

Puso todo en orden no hizo el esfuerzo cotidiano y ritual para llorar, cerró los ojos, tomó el pincel y atendió la recomendación de sus padres.. ¡ no tenés que hacer nada!. Y ahí estaba, con los ojos cerrados y con el pincel en la mano, sintió un aliento por la nuca, comenzó a dejarse llevar y notó que no sentía cansancio por mantener el pincel con el brazo semi estirado. De repente sintió un pánico feliz que le hizo temblar las piernas, no pudo retener y dejó que la orina mojara sus pantalones, una mano cálida y balsámica como cuando la maestra lo guiaba en sus primeras letras, le tomó la suya y comenzó a deslizarle el pincel sobre el cuadro. Perdió la noción del tiempo y se quedó inconsciente, cuando volvió en sí, estaba sentado en el sillón, con los pantalones orinados ante el estupor maravilloso de ver que la ventana permanecía ahora, abierta. Su madre, el prodigio y la inspiración habían vuelto.

Atolondrado se fue a buscar un poco de comida y olvidó de ver el cuadro, volvió corriendo y cuando se enfrentó a su obra, quedo desencantado, porque no observaba ningún progreso. Quedaba decepcionado, otra vez, pero al día siguiente continuó con la obra porque en definitiva le estaba haciendo caso a sus padres o a su intuición y no debía hacer nada solamente dejarse llevar.

Así pasaron muchos días pero ahora tomaba la precaución de no ver lo que pintaba por temor a desencantarse nuevamente, hasta que no pudo más y miró lo que había pintado con la ayuda de su madre durante varios días. ¡Se quedó helado, petrificado, shoqueado!. En el cuadro no había nada. La imagen estaba desaparecida. Tenía una mezcla de indignación, de rabia, se sintió traicionado y quiso tirar todo por la ventana, lo hubiera hecho pero coincidentemente golpearon la puerta.

Estaba abatido próximo al ánimo de la muerte, se tomó varios tranquilizantes y durmió desde la madrugada hasta el próximo atardecer. Despertó como si estuviera drogado, debió sostenerse por las paredes para llegar al baño y cuando se sentó a orinar, ésa era su costumbre, comenzó a cambiarle la cara cuando trató de recordar cual fue el último pincel que había utilizado. ¿No sería acaso el que barnizaba para proteger la pieza, al final de la obra y que por unas horas parecía que borraba la pintura?. Se levantó fue corriendo pero trastabilló por el efecto de los psicofármacos, llegó como pudo al lugar donde estaba el cuadro y retrocedió eufóricamente espantado hasta la ventana abierta. ¡Amanda estaba viva…plena y total!. Y como si fuese una celebración de la vida, ahora ella lo miraba a su hijo desde ese retrato al que solamente le faltaba respirar con sus ojos profundos desde la mirada que lo seguía al hijo por toda la habitación. Su tez se tornasolaba y el contraste de su belleza sobre esta pieza perfecta, estaba dado por una cicatriz al lado de su boca, memoria de dolor tardío de una de las últimas torturas.

Gustavo se acercó lentamente como si temiera, sintió que se le erizaba la piel cuando se intimidaba ante la mirada de su madre. Entonces, pletórico de emoción le habló al cuadro que escuchaba y también hablaba: ¡ eres más hermosa, de lo que podría haberte  imaginado y pintado!.

**** ****

Sin embargo y pasados varios días de embelesamiento que Gustavo tenia con el cuadro ante ese rostro que de tanto realismo a veces le producía encanto y temor, ahora tenía que decidir si se lo mostraba a Eleazar para que compulsara esa imagen con la que él había visto de Amanda cuando la visitaba en su celda. No se apuraba pero a veces la ansiedad lo traicionaba y cuando tenía todo decidido para invitar al doctor, se arrepentía por el temor a que  le reprobase el examen aquel hombre y le dijera que ese rostro no era exactamente el de su madre. Así estuvo varios días que se convirtieron en semanas, hasta que no pudo más y dio la casualidad que justamente Eleazar lo llamó por teléfono, entonces Gustavo lo invitó a su casa porque tenía que mostrarle algo sin adelantarle nada más.-

Cuando apareció Eleazar, Gustavo lo estaba esperando y lo invitó a tomar un  café en el comedor donde estaba el cuadro tapado con una manta. Entonces le dijo que le iba a presentar a alguien que suponía, conocía desde hacía muchos años y le pidió que refrescara la memoria. Eleazar no entendía nada y siempre latía en él que el pobre muchacho quizás estaba potencialmente tan loco como su padre. Pero no atisbó a deducir de quién se trataba. Gustavo le dijo que había comenzado a pintar un cuadro desde hacía cinco años y que después de muchos intentos había logrado la obra. Pero como los concursos de oposición que hacen los médicos para jerarquizarse, ahora debía poner la pintura en el banco de pruebas para saber si había alcanzado la obra soñada. Por su parte Eleazar sabía lejanamente porque un día se lo contó Alberto cuando aún estaba cuerdo que el niño siempre se había destacado en dibujo no solamente en la escuela, ya que siempre estaba dibujando y con el tiempo comenzó a hacer algunos esbozos pero más de eso no sabía nada y menos de que el joven  pintaba.

Gustavo encendió las luces y como en la presentación de un gran cuadro en una galería atiborrada de expectantes diletantes, se dispuso a descubrir la obra, con los nervios lógicos de quien estaba ante su rubicón. Eleazar miraba sin asombro y sin entender nada. Entonces, Gustavo lentamente corrió la manta y dejó que la pintura se expresara en toda su plenitud. Sus ojos se clavaron en la cara de Eleazar para ver si memorizaba el rostro de su madre o si por el contrario había fracasado en el intento de reconstruirla con la ayuda de su padre cuando como un signo le dijo que no tenía que hacer nada, luego el  aliento, el alma y la mano de su madre, lo habría guiado hacia aquella reconstrucción. Una serenidad pesada corría por toda la sala y el silencio se apropiaba de los seres vivos, las cosas y quizás de algún fantasma que ahora se mostraría.

Eleazar no demostró mucho interés, pero se puso los lentes de leer y se acercó parsimoniosamente ante la pintura, estuvo algunos minutos sin decir una sola palabra y Gustavo comenzaba a inquietarse porque no veía ninguna expresión que realmente respondiera al calibre de su ansiedad. Así estuvo parado  frente a la obra, pasaron diez, quince minutos, que parecieron una eternidad, se sacó los anteojos, lo miró al joven de reojo y con displicencia, guardó las gafas, prácticamente se cayó en el sillón y ante la sorpresa del hijo de Amanda, comenzó primero a lagrimear, luego a sollozar hasta que se desplomó en un llanto profundo, catártico y desgarrador. El joven no atinaba a hacer nada para calmarlo, mientras que Eleazar lloraba hasta con gemidos que hubieran logrado la compasión del más indolente. Eran lágrimas que venían desde las profundidades de sus recuerdos más dolorosos y desencajadamente entre sollozos comenzó a confesarse ante este novato pintor asombrado, ¡Yo no hice nada para salvar a tu madre! se maldecía….yo prometí que la iba a salvar y la entusiasmé, cuántas noches me quede en el insomnio pensando ¡qué habrá pensado de mi! aquella pobre mujer que creía que yo le iba a posibilitar  tocar el cielo con las manos, que volviera con los suyos que levantara con su brazos al hijo que nunca la dejaron ver, ¡son unos canallas! Y yo siempre me sentí cómplice, y ahora, ahora, justo ahora que quería olvidarme de todo, ella me busca para recordarme que no tuve el valor, el coraje o la astucia de prever que de todas maneras la iban a matar.

Gustavo fue a la cocina y le trajo un vaso con agua, pero Eleazar seguía hablando ante una especie de delirio y hasta decía cosas incoherentes, como si entre sus tristes recuerdos teñidos de remordimientos se hubieran acumulado toda clase de alimañas que fueron incubándose con el tiempo, porque a la conciencia nunca se le terminaban de cerrar las cuentas. Y ahora ante esta epifanía que le mostraba el hijo, drenaban todos los recuerdos y nostalgias que venían del pasado. Estuvo llorando por largo tiempo hasta que se le acabaron las lágrimas y se quedó un rato con la cabeza gacha y sereno, como si todo aquello hubiera sido el mejor diván  que andaba buscando pero que nadie, como un grano rebelde había podido reventar.

Gustavo le acarició la cabeza y solamente le preguntó aunque sabía que estaba de más, si ésa era su madre. Eleazar lo miró como si le contestara que era una obviedad y pegó un salto porque no había caído en la cuenta de que estaba ante un verdadero prodigio: ¡quéhiiiiijo de puta….sos un artista!. ¡Mirá lo que hiciste…es una obra grandiosa!. No me imagino como lo hiciste, dijo Eleazar, pero nunca vi algo igual.

Gustavo jamás le contaría el secreto a nadie y con la confirmación de Eleazar después de tamaña confesión de que había logrado pintar desde el desconocimiento y solamente por intuición y guiado escatológicamente, el último rostro de su mamá cuando agonizaba su vida, obtenía el trofeo trascendental y definitivo. Ella vivía en su corazón, en la tela y en el aire que  respiraba.

Desde ese momento y por primera vez, el hijo de la desaparecida comenzaba a creer que Dios existía y que se manifestaba a través de los signos.

Solo ese Dios hasta ahora desconocido, él y su madre sabían que la materia prima de aquella obra de arte, estaba hecha con pintura y con sus lágrimas que reemplazaban el agua. Alquimia de dolor, sublimado al mundo maravilloso del amor. Como decía Azorín, Gustavo veía en su madre que “la vida es ver volver”.

 

Gracias don Funes, se me acabó la cinta en reemplazaban el agua. Disculpe, de todas maneras…Ya está. Me puede repetir….ALQUIMIA DE DOLOR, SUBLIMADO AL MUNDO MARAVILLOSO DEL AMOR. COMO DECÍA AZORÍN; GUSTAVO VEÍA EN SU MADRE QUE “LA VIDA ES VER VOLVER”.

 

Gracias funes..ESPERE!…SI POR ESAS COSAS DE LA VIDA LO PIERDE, VENGA Y se lo vuelvo a contar.                   FIN. JC MALIS.

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