• fuiste pelotudo, ¡qué digo un pelotudo! asintió Gricel, fuiste un pelotudo cornudo!.

Y descarnadamente le arrojó al álbum donde aparecían las fotos de sus principales clientes, su currículum y trayectoria, los regalos más caros, los autógrafos, la agenda, los horarios, los ahorros en el banco y toda esa categoría de la animalidad sexual que formaba parte de su patrimonio.

Jorge sintió que se le erizaba la piel y comenzó a transpirarle la espalda, pero no se animaba a abrir aquella Caja de Pandora porque no sabría si era cierto o solamente un despecho de la mujer a quien había venido a decirle que la amaba y que por ella estaba dispuesto a todo, hasta ponerle el mundo a sus pies.

Abrió el álbum, le temblaban las manos y las piernas, se le abrieron los ojos al tamaño de dos piñatas y contempló entre indignación y repugnancia, página por página toda la historia de la prostituta que él había creído que solamente pertenecía a sus decisiones. Allí estaba y era el testimonio claro y contundente de que la personas que habían compartido los más elevados momentos de placer con él, no era ella, había sido otra, como un fantasma que transmigraba en diferentes cuerpos, cuando éstos adquirían formas distintas en la medida que se entregaban a diferentes hombres. Estaba desolado y no podía creer lo que estaba viendo, mientras que la muchacha seguía imperturbable sin sacarle la mirada de encima, sintiendo el gozo de la venganza, ante aquel crápula que tanto odió cuando en sus horas de infierno, se orinaba y vaciaba el intestino en la cama por algo de lo cual era culpada, sin tener nada que ver y lo peor, ni siquiera entender. Pero allí estaban los dos, ambos desgraciados, uno por haber creído que era el dueño del destino, del mundo y de los demás y la otra por haber descubierto a la larga, lo corta que es la vida cuando la fragilidad de las cosas se muestra con su rostro más aciago, donde nada tiene valor en una vida sin seguridades ni garantías.

En ese momento Jorge se transformó en el almirante porque entendió que lejos de que él la perdonara, ella no tenía nada que perdonar porque después de haberse sincerado y demostrado que  lo había engañado, hasta profesionalmente, no le quedaba otro camino que el bochorno, de la vergüenza y del autocoloquio que ahora le produciría sospechar que muchos que él creía lo admiraban por aquella mujer, quizás se habían revolcado en la cama también con ella, quien ahora aparecía distante, en su forma más nítida, como lo que era, es decir, otra mujer. Cerró el álbum, guardó los modales y lo puso sobre la mesa ratonera, trató de simular no inmutarse y le pidió que le sirviera un Whisky.

Estuvieron así durante varios minutos, él nuevamente le pidió perdón por lo que le había hecho que en el fondo no hubiera querido hacerlo y a ella le llamó la atención de que no hubiera reaccionado violentamente como se hubiese esperado. Siguió hablando del pasado, de los días más felices que habían vivido juntos y adivinando el rechazo de ella, le prometió nuevamente que no se verían nunca más, porque el ciclo se había terminado, aunque de todas maneras aquel final no era impedimento para que ella lo volviera a ver en caso de que tuviera algún problema. Ella asintió con la cabeza y se quedó con el silencio de los que se tomaron en desquite, cuando no siempre la vida da la oportunidad de la revancha. Hubo un período de relax y la conversación discurrió sobre otros temas intrascendentes, cayendo en el contraste de que el final no se preveía así, pero Gricel estaba jugada y nada en el mundo la haría cambiar de opinión ante aquel hombre que ahora le conocía sus facetas de monstruo, entonces ella corroboró que todo se había terminado por dos razones:

-el ciclo se terminó y quiero ser totalmente libre.

El almirante respondió con un asentimiento marcado como dándole la razón de que estaba en todos sus derechos de elegir la vida que más le gustaba y que respetaría a rajatabla aquella valiente determinación, actitud que ella sospechó de hipócrita, pero de todas maneras, ya sea formalmente, se sentía feliz porque había vuelto a su casa y defendido no solamente su “honor”, sino que no tendría de ahora en más que estar arrimada a ningún convento o rindiéndole cuentas a nadie porque aquella casa la había ganado con el sudor de su sexo, pero en definitiva era su sudor.

El almirante le pidió si podía abrir un poco las ventanas porque le faltaba el aire, y ella le creyó porque en varias oportunidades le solía ocurrir lo mismo por un problema de cervical cuando no le irrigaba bien el cerebro, hasta que un día recordaba casi se desmaya. Ella abrió las ventanas del balcón y cuando la botella ya estaba transparente, el se levantó y dijo que se iría, pero antes comenzó a ver desde el balcón las luces de la ciudad, recordó todos esos años y le reconoció que le costaría dejarla de amar aunque olvidarla jamás. Gricel se sintió incómoda ante aquel hombre, quien de todas maneras había estado con ella en los momentos más cálidos de la vida y en las camas más fragorosas, por eso, también se prendió a los recuerdos pero sin dejar de remarcar que todo se termina en esta vida.

-Como dice la canción, dijo el almirante, todo pasa, todo se olvida, todo termina en esta vida..

Ella no le prometió nada, pero le aseguró, haciendo un esfuerzo sobrehumano, que si le servía de tranquilidad, ella jamás había conocido a ninguna mujer subversiva y que el dato que le pidió solamente fue la inquietud de unos amigos y que de todas maneras, le había dolido más que la paliza que él hubiera sospechado que ella lo hubiera expuesto o hubiese hecho algo para que alguien en la tierra le hiciera daño. Pero que de todas maneras,  esto formaba parte del pasado y que la relación como el tema, en una vida que devora sentimientos, ansiedades y circunstancias no daba para más.-

La noche estaba oscura, el reloj marcaba las dos de la mañana, mientras el vecindario dormía plácidamente. Muy de vez en cuando se veía algún automóvil con el tiempo desesperado pasar por la avenida, las luces titilantes de la ciudad, marcaban el transcurso de otra noche más hacia una mañana que quizás sería como todas.

El almirante le pidió  el último beso a lo que ella se negó enfáticamente, pero accedió al abrazo final con el frío de las estatuas de hielo. Entonces se le subió de golpe la sangre a la cabeza, la adrenalina fluyó por todo su cuerpo y el corazón se despertó abruptamente como si hubiera estado sumido en un sueño, hasta el punto de olvidarse de latir. Ahora lo hacía intensamente y Gricel veía el mundo al revés, mientras el almirante la tenía tomada de una pierna, con el cuerpo de la muchacha apuntando al vacío del precipicio urbano. No tuvo fuerzas para gritar y solamente pudo escuchar la voz del almirante, quien le recitó una breve poesía sobre la muerte, algo así como que él era las alas de quienes se querían alejar. Lo último que sintió fue el mareo del vacío y su corazón maltratado toda la vida, pero joven, resistió unos segundos protestando con algunos latidos roncos.

Desde su casa, el almirante llamó a la escuela, para que verificaran un  suicidio o ajuste de cuentas, les dio el domicilio y al día siguiente partió con su mujer rumbo a Europa.

UCRONÍA: breve historia de lo que podría haber sido y que no llegó a ser.

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