Cerró el paraguas, como siempre, estaba impecable y se sentó en el mismo lugar de costumbre. El mozo lo vio, ya sabía que tomaba un café doble muy caliente y amargo. En la calle la llovizna apuraba los pasos resbaladizos de la gente; el colapso amontonaba autos, motos y colectivos intemperantes, ese espasmo urbano y cotidiano, se expandía en la cantidad de transeúntes, abundando el marasmo que tiene una sola consigna: eliminar sentidos, vaciar afectos, y convertir a las almas en hojas muertas.

El lugar se resistía a la modernidad, no había televisor, las computadoras no encontrarían nunca wi fi; era como una bar reciclado que no llegaba a obtener la estrellas que le faltaba para ser confitería. Uno de los últimos reductos del pasado que se niega a proyectarse. Solamente una radio destartalada y anónima dejaba escuchar un tango lejano en el que la voz dulce de Floreal Ruiz, entonaba: tenía aquella casa no sé qué suave encanto, en la belleza humilde del patio colonial,  envuelta en el verano por el florido maaaanto, que hilaban las glicinas, la parra y el rosal. Mientras tanto el murmullo de la gente, el ruido de las tazas y de los celulares no cesaba; la vieja radio insistía: si me parece verte la pollerita corta, sobre un banco empinado las puntas de tus pies, los bucles empinados y contemplando absorta, los títeres que hablaban inglés, ruso y francés….Arriba doña Rosa….

El hombre del paraguas pidió otro café doble, pero antes de acercar la taza a su boca, se perturbó y bajó inmediatamente la taza al plato. Hubo un momento de tensión y sus ojos que parecían taladros, apuntaban hacia alguien que lo observaba con mucha calma, detrás del mostrador. El mundo seguía como si tal, porque si hay alguien que nunca se da por enterado de lo que pasa y que él mismo genera y degenera, es ése, el mundo.

Cualquiera apostaría entre el choque de ojos contra ojos, que los escrutadores del hombre del paraguas, harían bajar la vista, al sencillo hombre que lo observaba desde el mostrador. Pero como en esta vida todo es impredecible, se produjo lo opuesto y el hombre del café amargo, bajó sus ojos, se puso de pie, dejó unas monedas y se marchó con la cabeza gacha. Nadie se dio cuenta de lo sucedido, ni si quiera el mozo, además en realidad y ante la rutina, no había pasado absolutamente nada. No hubo estridencias, altercado alguno, escaramuzas, incidentes, algo que rompiera la rutina.

Un hecho insignificante, porque un cliente entra se sienta en la mesa de siempre, toma un café, deja el siguiente, observa a alguien, quien también había desaparecido, y decide dejar el lugar. En realidad no había pasado nada, pero luego del duelo de miradas, uno de los protagonistas bajó la vista y abandonó el lugar, mientras que el otro, el que miraba lo había mirado detrás del mostrador; ¿había desaparecido rápidamente?. No. Nunca estuvo. Pero, realmente todo lo que nos sucede es muy loco, no es que nadie no lo hubiese visto; lo que realmente sucedió, es que el hombre, digamos, del mostrador ¡nunca estuvo en ese lugar!.

¡Entonces habría que deducir que el hecho se redujo a algo más insignificante aún!. Por el contrario, se convertía en algo “imperceptiblemente trascendente”. ¿Y cuánto tardó este fenómeno?. Lo que tarda un tango, cuando Floreal terminaba la última estrofa: ¡Don Pánfilo ligero! Y aquel titiritero, de voz aguardentosa, nos daba la función, tus ojos se extasiaban aquellas marionetas, saltaban y bailaban, prendiendo en su alma inquieta, la cálida emoción.

El mozo recogió la taza con el café aún caliente, las monedas y limpió la mesa.

Aquel café, fue el último, el último de un café amargo y tan largo, que en realidad comenzó a tomarlo, en el mismo lugar, hacía diez años. Y ahora se iba, se marchaba y lo hacía para siempre. Cuando salió a la calle, todo se redujo a un paraguas que se mimetizaba en la multitud de paraguas que guarecían a la gente de lo que ahora era garúa. Si    la gente se hubiera fijado con mayor precisión, lo que pasa es que la gente cada vez ve menos, habrían caído en la cuenta de que dicho paraguas se desplegaba solo, sin que nadie lo portara, hasta que se difuminó entre el manto negro y movedizo.

Mientras que aquella radio destartalada, a través del tango titiritero, como si fuera un cuento Kafkiano, había presagiado, que llegaba la hora; de la marioneta social.

Floreal pidió dos cafés, el mozo los trajo y le dijo que recién se iba el hombre del café amargo. Quiso llevarse el café, pero Floreal le dijo que lo dejara porque llegaba un amigo. Entonces, mirando el lugar que ya no ocuparía aquel temible ser, levantó el pocillo de café, ante el que estaba humeando   y sonriendo brindó: ¡En el nombre de Jesús!.

 

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