Sin reglas claras y justas de juego, no se puede jugar el partido. Y si se juega, en ese partido podría pasar de todo, con las consecuencias que de ello deriva. Esto que quiere decir, que mas allá de que un equipo pierda, gane o empate, que son los resultados en la normalidad; violando las reglas de juego el otro equipo convalide goles en offside o meta la pelota con la mano. Aquí el resultado es una ofensa inadmisible para un equipo, y la corrupción del sistema que sostiene el campeonato, pues se desalienta la práctica deportiva en sí, o se pierde mucho más tiempo y energía en discusiones que en la práctica deportiva en sí misma.

Después de las reglas claras y justas de juego se necesita la autoridad de aplicación. Decimos autoridad puesto se presume conocedor de las reglas de juego a aplicar, capacitado  técnicamente. Contando que ya tenemos las reglas de juego justa y claras, que tenemos la autoridad de aplicación, no me imagino a un solo argentino aceptando que el árbitro (autoridad) de un partido Argentina-Brasil, sea justamente un Brasilero. Esta todo bien con los hermanos brasileros, pero creo que la totalidad de los Argentinos diría “no se puede jugar el partido”.

La imparcialidad de los Jueces resulta una condición indispensable para quienes tenemos el Derecho a la Justicia. Nuestras vidas necesitan a diario esa Imparcialidad de los Jueces, individualmente, y mucho mas colectivamente, pues la magnitud de los hechos colectivos comprometen o involucran a un sector o la totalidad de los argentinos. Parece que los argentinos  nos acostumbramos a ser violados en nuestros derechos, pues hace décadas en nuestro país los jueces vienen de la Política. En cualquier país del mundo civilizado se puede pasar de la justicia a la política, pero jamás al revés. Argentina se ha transformado en un país del revés, y peor aún nos hemos acostumbrado a un país del revés. Aquí un político pasa de ser un militante activo de un Partido, de un día para el otro, a ser juez de todos. Para el caso del partido con los hermanos brasileros, sería como aceptar de árbitro a alguien del equipo brasilero. Esto que parece una barbaridad se ha hecho carne entre nosotros. En definitiva desde el punto de vista del ciudadano común esto es inaceptable.

“El hombre virtuoso es la ley” dice Aristóteles. Esa persona que además de su capacidad técnico-científica, posee la virtud de la prudencia entre otras, y además la objetividad; esa condición indispensable para la equidad. Quien ya a tomado posición partidaria, lejos esta de ser imparcial y equitativo. La Persona Virtuosa, la persona que es Prudente no aceptaría la designación, pues no evocaría en la ciudadanía toda esa confianza que  da paz a una sociedad. Tampoco tiene lógica la designación de jueces desde la política, pues están dando a los ciudadanos de los otros partidos, lo que no querrían para sí mismos. Aun así, esta la Practica Política de las últimas décadas en la Argentina. Vemos un diputado hasta ayer, travestirse hoy en juez de todos, sin virtud de parte de quienes con mayorías automáticas  lo nombran; ni de aquel que la acepta, sabiendo que no tendrá la consideración de los más respetables ciudadanos a quienes impartirá “justicia” y tampoco la libertad para el ejercicio, pues es evidente que del mismo modo irregular en que fue nombrado podría ser removido. Hasta aquí  la ecuación a dado sus resultados, pues parece que el sueldo y la jubilación de privilegio han justificado que los jueces acepten esta designación. Y quienes los designaron cosecharon la Impunidad.

Como verán, La Virtud que impone Aristóteles al Hombre para que sea la Ley,  está ausente hace mucho en la Argentina. Esto que parece   declamativo, que parece ser un obstáculo para el desarrollo de nuestras vidas en la práctica, resulta ser la condición indispensable para que nuestras vidas se desarrollen en paz, en orden. Sin esa paz es imposible comer, dormir, trabajar, etc. Y si está ausente La Paz que la justicia conlleva,  también están ausentes las inversiones, la seguridad, la salud, la educación, etc. Podríamos decir que es imposible que convivan la Virtud con la ausencia de virtud, que haya paz conviviendo con la Inmoralidad. Sin Virtud, sin Moral, sin Merito no se puede jugar el partido. Sin estos valores compartidos por nuestra sociedad, no podríamos esperar mejores resultados como país.

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