Presento aqui, a través de este relato novelado inédito, lo que consideró sucedió con el estrago que España le hizo a los Indios. Hay que leerlo lentamente y pueden opinar. Recordemos que la Verdad descubre y desenmascara nunca cubre. Los reyes instruyeron convertir a los indios. Pero los colonizadores hicieron caso omiso. Saquearon, violaron, contaminaron y destruyeron las grandes maravillas de las diferentes culturas indigenas. Los chicos, y jovenes puede provechar, porque lo que imagino aqui, que no es realismo mágico, todos sabemos que ocurrió. Contratiempo.com quiere volver a 1492, para contar la verdad.

 

“EL PARAÍSO PERDIDO…”

 

¡De repente! se detuvo sorprendida y abrumada por el paisaje envuelto de aromas que extractaban el néctar virginal de la existencia. ¿ Era realmente así como lo veía desde su pequeñez ante la gigantesca alfombra paradisíaca?. ¡Cómo saberlo, si desde niña se detenía absorta, ante un parque de sensaciones cambiantes!. Orquídeas que se desflecaban desde alturas donde a veces se les prohibía el paso a los rayos del sol. Frutos inciertos que explotaban diluvios de semillas, algunos  se dejaban comer con el sabor de los manjares que tienen el gusto de la primera vez, otros, cuya dulzura camuflaban el veneno que hinchaba y reventaba indios y animales. La vida por esos lugares fluía como los arroyos, cargada de colores y sensaciones desconcertantes, donde a veces no se sabía si se soñaba a vivir o se vivía para soñar. Los pájaros con sus gorjeos, desde antes de desperezarse el sol, entre todos los sonidos, despertaban la envidia que hacía murmurar a los ríos y gruñir a las montañas, mientras la fiesta natural danzaba  sin perturbaciones que hirieran la piel del magma inmaculado que a veces resoplaba apabullante.

Se inclinó hacia el espejo del profundo remanso, para observar su hermoso rostro, con collares, aros y el tocado fugaz e inestable de peces de colores. No tenía otros espejos para  comparar las maravillas del último paraíso. Para ella todo era igual, cotidiano y sin embargo, asombroso. Su sensación inmediata era el tiempo sin transcurrir, por lo tanto estaba  alucinada de aquella vida de días desiguales, aunque en su esencia original eran los mismos. Alguna gacela se detenía un instante para observarla de reojo con la altivez de un morador indomable entonces, ella trataba de acercarse en vano haciendo cuchara con sus manos para obsequiarle la apetecida agua cristalina que el animal venía a buscar. Cuando estaba a un aliento de lograr el cometido, el animal desaparecía de un salto desdibujándose en esa selva de faisanes, pavos reales y plumas que se confundían con hojas de colores, mientras que fluía sin turbaciones el agua del río por los enigmas de su rostro, descendiendo hacia el  cauce de los senderos de su cuerpo. Alguna cereza distraída se deshacía en su boca, y se reclinaba supina entre los húmedos pastos que bordeaban el arroyo. Allí, la ensoñación se volvía lúcida y la lucidez resistía hasta que los párpados apagaban la luz de la mañana. Ya dormida, era transportada por los duendes de los sueños y luego, al volver, desfallecía confundida sin  la certidumbre de que a lo vivido, realmente lo hubiera vivido.

La intuición deshizo el hechizo y se adelantó al ruido impertinente. Florecieron sorpresivamente sus ojos, pero no contempló nada singular, hasta que la indiscreta  brisa de los árboles, le avisaron sonidos nuevos. Se inclinó nuevamente y ahora sí observó con estupor, cómo un hombre de hierro o un monstruo, cargaba agua del arroyo en el casco y la derramaba por todo su ser. Luego, se desplomaba en el agua y  hundía,  hasta beberse todos los ríos del mundo. No entendía como podía tener tanta sed, hasta lastimar la piel mansa de ese camino vivo, que ella  acostumbraba a besar.

Se replegó hacia un arbusto donde estuviese segura, no imaginando que contemplaría algo que jamás habían visto sus ojos. El soldado, una vez saciada su sed, comenzó a despojarse de toda esa armadura que lo calcinaba. Fue  arrojando con desprecio, decidido   no volver a ponerse nunca más lo que se sacaba de encima tirándolo al lado del agua. La india se fue deslizando con movimientos mudos hasta quedar arrodillada detrás de las hojas indiscretas. El macho de acero se quitó esas envolturas duras y toscas que llevaba en los pies atadas con largos cordones. Ella pensaba que se estaba despellejando, hasta que quedó totalmente desnudo. Era un ejemplar robusto, que se prometía enorme, observado desde aquella sepultura de curiosidad y miedo. Por momentos le parecía estar otra vez soñando, pero se llevó tierra a la boca y se puso a masticar aquella certeza, hasta  que el carraspeo de las arcadas le hizo temer. Escupió la tierra, se limpió la lengua con los brazos, arrancó una hoja que no la dejaba espiar   y con la mano  se sacó una pequeña piedra que le hundía el pezón de su apetitosa teta. El soldado chapuceaba en el agua, retozaba, salía, se volvía a meter y hasta provocaba los suspiros de la india, cuando pasaba mucho tiempo debajo de la superficie. Temía que se ahogara. Pero emergía del río  con toda su humanidad, que ella no podía terminar de contemplar detenidamente, volvía a sumergirse de cabeza o haciendo girar su cuerpo por los aires, provocando una sonrisa reprimida de la muchacha al ver tan patético como inédito espectáculo.

Estuvo haciendo la plancha, como si fuese un caimán, hasta que salió y ya de frente, Amanda pudo observar con pupilas agrandadas, pedazo de hombre, rubio, fornido y con un miembro voraz y prominente. Ella permanecía sumergida en su propio espejismo  y daría cualquier cosa en el mundo para no perderse, aquel espectáculo natural, que no sabría si  volvería a presenciar. Comenzó a relajarse hasta darse el gusto de llevarse algunas guindas a la boca, las que debió escupir porque todavía le quedaba el gusto a tierra. De repente sintió pánico. La adrenalina le cambiaba los tonos de su hermosa tez, porque el soldado que estaba sentado de espaldas, giró rápidamente su cabeza para mirar exactamente hacia ella. Se quedó petrificada, hasta que el soldado recorrió con su mirada el paisaje y volvió a mirar hacia el agua que fluía sin ansiedades.

El soldado comenzó  nuevamente a vestirse, pero antes de calzarse la armadura, miró hacia todos lados y con una de las manos comenzó a acariciarse el miembro. Nuevo motivo para que la india desorbitara sus ojos. Ojos que observaban ahora con escándalo cómo el soldado frotaba  ese elemento, cosa o cuchillo que iba y venía rápidamente. Ahora se fijó en su rostro, observando que tenía los ojos cerrados con la cabeza levemente inclinada hacia atrás. Volvió rápidamente la vista hacia el bicho y quedó boquiabierta  cuando contempló que amainaba el ritmo, hasta que comenzó a saltar de la punta, chorros color blanco grisáceo que caían al agua.

El solado abrió los ojos, se sacudió el miembro, tomó rápidamente todo el equipaje y se marchó.

La india se escabulló entre los arbustos con la sensación agridulce, de haber descubierto un fenómeno que no podría contar a nadie, ya que no la dejarían volver hacia aquel sitio, por cuya curiosidad quedaba atrapada para siempre.

Sin embargo, creía que no debía rendirle tributo al asombro para volver al mismo lugar, cuando por derecho natural se sentía dueña exclusiva de aquellos parajes primorosos, en los que despuntó sus primeros sueños.  En ese tiempo remoto de la vida Amanda no sospechaba, ¿cómo intuirlo?, que estaba inaugurando un nuevo destino milenario, cuya impronta se estigmatizaría por los siglos de los siglos. Ella sería el principio y el final de los tiempos, el alfa y  omega, la virginidad y la violación.

Volvió temerosa a la tribu por lo que había visto, con  susceptibilidad sin fundamentos porque nadie la había visto. Pero las imágenes de ese macho enlatado con miembros enormes y mirada torva que llegó a erizarle la piel, le provocaban cierto escozor en todo el torrente sanguíneo sin preocuparla, aunque sintiera cierta inquietud hasta ahora desconocida. Pasaron algunos días mientras el mundo siguió impávido y sereno como siempre. Nada turbaba la rutina de aquel devenir en lo mismo que refleja un pacto entre la naturaleza y los seres vivos cuando logran sostener el derecho de la convivencia. Era una vida de poca gente,  y muchos recursos semejante a la existencia Adánica.

Tanto para ella como sus ancestros, la vida sería templada y calma, no conociendo jamás los picos tórridos de la emocionalidad humana. No conocía los estremecimientos ni aburrimientos. Su vida transcurría aletargadamente como las aguas calmas de ese río que la vio crecer y que todas las tardes se moría en el crepúsculo del horizonte. Era el tiempo de las cosas mansas cuando los pies descalzos caminaban en silencio sin perturbar a la historia, sin confrontar realidades distintas. El día, la noche, la luna, el sol con toda la teología de los astros, simplificaban la existencia sin resistencia. No había ostentaciones ni decibeles exóticos. Se vivía y  moría naturalmente. Solamente los brujos de la tribu eran los exégetas de un oráculo casi innecesario. La vida fluía, solamente fluía. Pero a Amanda le tocó sin saberlo presenciar e involucrarse como precursora de una era definitiva, cuando se rompió el idilio, porque abruptamente el río de milenios mansos, arrasaría con caudales torrentosos, que traían el material de arrastre de otras culturas. Fue cuando por unos instantes el universo dudó y al parpadear el sol, se rompió la tregua de toda aquella armonía cristalizada durante siglos, hasta que toda la naturaleza se alborotó, porque una nueva realidad tomaría posesión insolente, destronando la vida dulce, haciendo sentir la fuerza de los rayos que adelantaban tormentas de lágrimas.

Amanda dormía mansamente sobre pastos tiernos sin sueños premonitorios de descendencias maldecidas y sin percibir fuera de la brisa, nada que le indicara que ella era la realidad y el comienzo mismo, de la pesadilla sin fin. Cuando despertó, tuvo ganas de volver al mismo lugar de aquel día, aunque ese miedo íntimo y previsor que solamente tienen las mujeres, le advirtió que era mejor dejarlo todo así como fue hasta ahora. No volver no cambiaría el caudal de ríos malignos que cabalgaban sobre torrentosos caballos de agua, aunque quizás demoraría la llegada. Pero la india era tan ingenua como su piel, como el aroma de las cosas nuevas, con la inocencia de lo que se deja ser, sin quejas ni murmuraciones. Entonces volvió al lugar varias veces, pero regresó decepcionada de ausencias. El gigante cobrizo no estaba, el mundo seguía palpitando idénticos latidos y nadie le explicaría que sus presentimientos, eran como una  alucinación premonitoria. Haber visto lo que no había visto. ¡ No era posible!. Estuvo toda una tarde deleitándose de asombro para que todo aquello fuera solamente un espejismo. Tampoco había comido esa frutilla que le producía cierta borrachera y risas. Estaba segura de haber tocado con sus ojos la realidad de imágenes que no se repetían y que comenzaban a ponerla quisquillosa. Pensó en consultar al brujo, pero lo descartó porque si era un hechizo solamente le pertenecía a ella. Aunque nunca más se volviera a repetir, no importaba; lo que vio o lo que no vio, era de ella y se sentía dueña. Convencida entonces de que aquello fue un sueño y con despecho, como quien abandona increíblemente el paraíso, decidió no retornar.

Ahora ella ya no era la misma, porque le quedó el resentimiento de haber vivido algo que lo sentía como real, pero que en los hechos aparecía irreal, abstracto, fantasmal. Se pasaba los días pensando, divagaba y trataba permanentemente de recordar cada una de aquellas vivencias, repasando todos los movimientos del intruso para que no la sorprendiera  la traición de la desmemoria.

Pero aquello se volvió una obsesión. Cambió los hábitos, comenzó a adelgazar, sin perder sus encantos confirmados, cuando miraba su rostro en las aguas calmas de la laguna  más cercana, no pudiendo evitar, el reflejo de aquel hombre alto, fornido y rubio que se desnudó ante el mundo, para turbar solamente a ella. Amanda vivía con sus padres y tenía tres hermanos mayores, sin compartir su carpa que fue hecha con amor de manos paternales.  Las semanas siguientes la volvieron nostálgica. Desganada de la posible decepción. Prefería soñar que enfrentar la posibilidad, mientras se debatía entre los laberintos de un secreto que comenzaba a envenenarla. Entonces, sintió la inspiración de la imaginación, ante un pensamiento nuevo que golpeaba las puertas de su alma. Pegó un brinco, cuando recordó que más allá de aquel río, había otros ojos de agua. Saldría a explorar, a buscar, a desafiar al destino, porque quería comprobar si lo que había visto aquella tarde era la fascinación de un sueño, o  la realidad fugaz. Por la mañana siguiente correría  hacia el develamiento del misterio. Ya no podía esperar más, porque lo que al principio subestimó como añoranzas curiosas, ahora se  convertía en empecinamiento.

Al día siguiente juntó algunas frutas en su canasta y partió sin prejuicios, antes de que la mañana despertara. El sol no quiso involucrarse en el nuevo acometimiento de la india haciéndose el distraído y permaneciendo ausente. El tiempo discurría hasta que un intenso aguacero se descargó impiadoso sobre todas las formas. Amanda era ducha en cuestiones de lluvias, temporales y anegamientos. Muchas veces jugaba y desafiaba a  aluviones que bajaban desde la montaña,  desplazándola con furia hasta el cauce del río. Se crió entre remansos y turbulencias de aquellos fenómenos, hasta que todo se aquietaba como si fuese un cuadro de serenidad para que el rey volviera a aparecer. Los tulipanes y las orquídeas bruñidas de rocío envidiaban la frescura de su piel tersa que se escondía en las zonas púdicas para reaparecer con todo su fulgor. Sus pechos turgentes no conocían la vergüenza para mostrarse plenamente libres, desde la cintura, los griegos hubieran envidiado la proporcionalidad perfecta del ombligo entre el pubis y las dos montañas carnosas. La belleza distraía la atención de su cola de bombón deslizándose hacia sus piernas de pulpo inquietante, que invitaban a morir estrangulado de felicidad.

Tenía una frente amplia interrumpida por la nariz aguileña con fuertes pómulos hasta mejillas fáciles de rubor. Amanda se reía con los ojos y cuando sus labios no se despegaban para hablar,  aparecía una línea de pliegues sugestivos y atrapantes.  Tenía una belleza singular, distinta, propia, pura y natural. Debería andar por los veinte y tantos  años cuando todo su ser se expresaba en plenitud. Era virgen, porque nadie había osado recorrer ni siquiera con sus manos, cualquiera de las formas  de su escultura. Estaba bien cuidada y controlada. Sus padres la guardaban como en un arcón de ofrendas para los dioses. Era el privilegio y a veces karma de ser única hija mujer. Estaba reservada para el misterio que calmara el miedo de los indios ante el fastidio de fenómenos naturales que no se entendían. Era sagrada, intangible, en consecuencia a su paso, la vida estaba obligada a postrarse ante la reverencia. Sin embargo ella no vivía ese designio con tanta aprehensión y se sentía libre y fugaz como el viento. Iba y venía, haciendo siempre lo que se le viniera en ganas. Estaba por encima de las cosas irrelevantes de la tribu y su figura trascendía como si fuera una diosa encarnada. Era feliz, naturalmente feliz, con la simpleza de los mismos días, las altisonancias del clima, enhebrando su ingenuidad en juegos solitarios de silencio, asombro y rutina, interrumpidos por alguna que otra algarabía de la tribu, en noches de fuego, luna llena y fascinaciones esotéricas.

La lluvia cesó de golpe y el astro se impuso, dando otra vez colores a la realidad fantástica. Eran aproximadamente las diez de la mañana y Amanda notó que el río venía muy caudaloso para cruzarlo. La lluvia lo pintó color arcilla, arrastrando flores, verdores y algunos troncos de árboles que pasaban como la vida, irrevocablemente. Estuvo en cuclillas viendo pasar el torrente, hasta que el río se fue calmando y recuperando su color natural. Esperó, no quería cruzar, se reclinó contra la rama de un árbol agachado y se quedó dormida. Las pupilas se dilatan cuando el alma se asombra, como queriendo agregar más luz y certeza ante la imagen que no esperamos. El murmullo había golpeado la puerta de sus tímpanos y cuando abrió los ojos, debió hacer un esfuerzo y acentuarlos más, porque nuevamente se sentiría alucinada. Su corazón brincó de estremecimiento, la adrenalina se apoderó de su cuerpo, debiendo erguirse y refregarse los ojos para comprobar que no era un sueño. Sintió un sabor amargo en la boca y requirió saliva ante la sequedad. Estaba asustada pero felizmente estremecida, porque no fue necesario buscar nuevos escenarios para comprobar que no era un espejismo, ya que la realidad reiterada se posaba a sus pies nuevamente ante el hombre rubio. Era el mismo, el que chapoteaba en el agua como si fuera un niño, despreciando ese cansado disfraz que abandonaba en la orilla del río. Hacía la plancha, se hundía, volvía a la superficie y jamás sospecharía que dos ojos de un monumento virginal controlaban cada movimiento y cada hálito de su respiración. Así estuvo boca arriba un rato largo como si  flotara sobre un río inmóvil. Nada lo perturbaba, nadie lo molestaba. Había vuelto después de un tiempo que le dejó maltrato de ausencias a Amanda.

Seguramente aquellos soldados exploraban el terreno en busca de sueños remotos, para volver al mismo lugar, al campamento. Ahora la india estaba perturbada porque sentía el temor de enfrentarse a lo desconocido con el  riesgo de la reacción de aquel espécimen vital e intruso. Pero tampoco debía dejar que se le escapara la oportunidad, porque entonces sí que enloquecería. Ya no cabía dudas, el soldado existía, no era un sueño y en alguna medida lo reconocía como un descubrimiento suyo. Porque ella lo encontraba ahora por segunda vez y como un castigo de idolatría, no podía acercarse, aunque tampoco lo dejaría escapar. Estaba sudando, mientras el otro seguía durmiendo sobre el agua, convertido otra vez en caimán estático que duerme siestas interminables. Amanda decidió  comenzar el juego, era el mediodía, los arbustos y el enigma jugaban a su favor. Le lanzó una piedra de regular tamaño para que no lo lastimara, hacia la zona del vientre, pero no dio en el blanco y el soldado ni se inmutó. Intentó nuevamente y retozó de inquietud cuando el intruso se sobresaltó. Quedó en posición vertical, miró hacia todos lados pero encontró el mismo silencio mudo que lo había recibido. Nadó hasta la orilla, sus ropas se secaban entre arbustos y se quedó pensativo con  la vista extraviada. Ella estaba en el lado opuesto, con la suficiente distancia como para correr si era necesario y esconderse ante aquel enjambre que conocía de memoria.

Amanda hizo un esfuerzo y se fue acercando a la orilla del río para mostrarse, miró hacia atrás como para asegurarse el camino de la fuga y se plantó de frente  para que el intruso le reconociera que todo era real y que no era una ficción como había maquinado en los últimos tiempos. La cara del español  se volvió pétrea y ahora sí parecía un tótem. Estaba inmóvil, petrificado y los distanciaba cien metros de río y miles de años de civilización. Ambos se miraban desafiantes, ninguno se movía, ni siquiera pestañeaban. El río pasaba ahora mansamente y se hacía el tonto. Cuando él quiso ponerse de pié, ella pegó un salto para correr, lo que hizo que el soldado rápidamente se sentara para no espantarla. Así estuvieron inmóviles, como el mismo paisaje vital, pero quieto. Como si la existencia hubiera contenido la respiración.

Pasó un tiempo largo, todo seguía igual, ambos controlaban sus movimientos, pero la india con los sentidos más desarrollados, podía percibir hasta la respiración por momentos agitada, por momentos calma del soldado español. También  miraba como si estuviera frente suyo, captando y memorizando todas las formas de su rostro y cualquier oscilación de sus gestos. En cambio el hombre no tenía las mismas percepciones nítidas de la india y solo apreciaba la figura agazapada de una mujer hermosa. Entonces Amanda como si estuviera pintando un retrato, con el pincel de sus ojos, increíblemente más cercanos que los del soldado, le recorrió su pelo, sus hombros, bajó por toda su musculatura escarpada hasta culminar entre sus piernas. Como estaba desnudo pero sentado, él tranquilizó sus vergüenzas porque suponía que desde esa distancia la india no alcanzaría a distinguir sus intimidades. Se equivocaba. Con ojos de águila, ella no pudo contener la curiosidad y con mirada torva le comenzó a hurgar todos los contornos de su prominente miembro. Recorrió el escroto y tuvo que erguir un poco la cabeza para poder penetrar hacia donde terminaba esa bolsa envuelta en una madeja negra, sorprendida por el tamaño. Realmente lo miraba con ojos de haber capturado un ejemplar hermoso. Imaginaba que si pudiera, lo cazaría como a cualquier animal salvaje y se lo llevaría de recuerdo. El soldado comenzó a inquietarse porque estaba sentado en la misma posición desde hacía un buen tiempo y por estar inmovilizado, empezó a sentir cierta incomodidad. Fueron rehenes recíprocos, porque si él pestañeaba, la india desaparecería pero ella tampoco quería dejar escapar a la presa. Hicieron una tregua, él estiro los brazos y juntando las manos como cuchara se trajo agua fresca hacia su rostro, para después seguir así echándose río por todo su cuerpo. Ella se tranquilizó y dio señales de no escapar cuando comenzó a comer una fruta. Ahora estaban más distendidos y conformes, porque habían establecido un acercamiento sin acortar distancias.

Amanda lo había retratado y memorizado completamente, solamente le faltaba conocer bien sus espaldas pero no tardaría en apropiarse de ellas también. Oía sus susurros, sus latidos y hasta hizo una mueca de risa cuando sus oídos increíbles capturaron el ronquido del esfínter del espécimen. Después afinó la puntería de su olfato y comenzó a olerlo, descartando otros olores que no fueran los del cuerpo musculoso que emergía a la otra orilla del río. Sintió el perfume de hombre, percibió cierto olor ácido de su pelo, pero el aroma se fue diluyendo con el celo del río que había mojado la piel del soldado. Constató que no tenía el mismo olor que los cuerpos de los indios y cuando estaba olfateando como los perros las ropas íntimas, cierta emanación ácida de la armadura, de la espada y de toda esa panoplia infernal que lo ahogaba, se sobresaltó al ver que el soldado se puso de pie. Ella permaneció inmóvil. Entonces con resignación  comenzó a vestirse lentamente porque tenía que irse, se calzó la armadura y la miró pensativo, como si se quedara con las ganas. Las mismas ganas insatisfechas de ellas al ver que se le escapaba la presa. Amanda se puso de pié para que el soldado quedara ahora estupefacto al percibir mejor el cuerpo exquisito y contorneado de la india. Tragó saliva de angustia e intentó dar unos pasos sobre el río, pero se detuvo al ver que la india retrocedía. Cuando él hacía lo mismo, la india avanzaba, como si se hamacaran sobre el río. Aceptó el juego, volvió a avanzar ante el retroceso de ella, pero comenzaban a acercarse las sombras del atardecer. El soldado desapareció rápidamente del lugar como si se hubiera ido ofuscado, pero ella no lo tomó de la misma forma y volvió pensando con ingenuidad que el juego continuaría al día siguiente.

Así pasaron los días que se transformaron en meses, hasta que se cumplió un año, con los mismos ritos, los períodos de ausencia, la degustación de sonidos y olores y la prudencia de la india de no querer acercarse más de lo que le indicara el temor. En cambio para el soldado era toda una tragedia y cuando  un par de veces se acercó nadando despacio, al atropellar hacia la orilla contraria, la india desaparecía de un soplo, como si fuera un fantasma. Él, criticaba sus torpezas, pero lo encolerizaba que no hubiera forma de atraparla. Una vez utilizó el ingenio llegó más temprano y se cruzó hasta la orilla donde se atrincheraba Amanda. La esperó solapado detrás de unos arbustos hasta que apareciera, pero ese día ella no fue al encuentro. No se desesperó y se tomó el tiempo suficiente utilizando la misma táctica. Llegaba temprano, cruzaba el río y se escondía entre ansiedades orgásmicas, pero la india increíblemente desde hacía unos días  no se mostraba. Creyó enloquecer, pero fue perseverante, insistió hasta que un día sintió unos pasos, quedó perplejo y se estremeció creyendo que había llegado la presa. Era hora de cazarla. Se mantuvo tenso durante unos minutos, creyó divisar la silueta de espaldas donde siempre se sentaba Amanda y saltando con la agilidad de un jaguar se abalanzó sobre la presa, pero no había nadie, sintiendo la turbación de la vergüenza cuando al levantar la vista, observó atónito que la india estaba sentada  en el mismo lugar, donde se posaba él, pero en la otra orilla del río. Entonces sintió cierto pánico, porque pensó que la había subestimado o estaba ante un desconcierto de alucinaciones fantasmales. Ahora la india con cierta sorna percibía el olor del miedo del soldado, saboreando también su frustración. Él nunca imaginó que la india estuvo a su lado, pero ella lo venía oliendo desde que llegó; cuando lo detectó se alejó y cruzó a nado el río, hasta la orilla opuesta. El soldado estaba desolado y ella comenzó a gozar de su dominio absoluto al moverse como un pez debajo del agua en su propio territorio. Cuando él comenzó a nadar sobre la orilla opuesta, ella lo dejó venir hasta que estuvieron muy cerca, entonces, para asestarle el último golpe de humillación hacia su malherido amor propio, se hizo la distraída, para que él ahora sí, braceara rápidamente y fuera corriendo a atraparla, pero terminó abalanzándose sobre una piedra de gran tamaño. Maldijo a Dios, a los reyes, a España y juró no volver nunca más  a ese infierno paradisíaco.

El invierno se deslizaba templado y si bien encogía durante un tiempo las vivencias y los entusiasmos del fulgor natural, solía manifestarse por sus lluvias y olas embravecidas que golpeaban desde el mar, al otro lado del paraíso. Los indios tenían la costumbre de  arrimarse a ese enorme espejo a veces enfurecido, pero generalmente vivían tierra adentro, desde toda la lonja del litoral, hasta  distancias  remotas que llegaban a la cordillera. Preponderaban los Aztecas por el poder y la organización, en cambio los Incas, Mayas y las tribus como los guaraníes, los comechingones, los Diaguitas y los Huarpes entre otros,  se caracterizaban por su mansedumbre, aunque los Araucanos en la Patagonia, eran bravísimos. Era un mosaico de culturas distintas y de diversidad de ánimos, caracteres, costumbres y humores. La opulencia de los Aztecas los fue desgastando en guerras con otras tribus, perdiendo energías valiosas a la hora de enfrentar al invasor. El indio murió, se convirtió, lo esclavizaron, fue engañado, pero con el correr de las centenias se vengó, porque el sometimiento tan cruel y desigual calaría hondo en las descendencias hasta fusionar razas, costumbres e inconductas. El avasallamiento recogió violencia por violencia, en ciclos que siempre trascienden el horizonte. Las revueltas y fusiones no fueron  las mismas, pero la crueldad insolente invasora, parió un cordón umbilical histórico que hizo pagar sangre con sangre. No imaginaron quienes descubrieron el paraíso, que inventarían 500 años de  averno, maldecidos desde el instante que ofendieron  a la primera orquídea y que falsificaron la ingenuidad de los anfitriones.

El estigma trágico quedó sellado para siempre cuando se transgredió la inocencia conculcando la sagrada identidad. Una vez cometido el crimen se abrió la caja de Pandora, para liberar demonios que desalojaron a los dioses durante mucho más de medio milenio. Fue la segunda oportunidad que Dios dio a los hombres, para restaurar nuevamente la creación, pero la serpiente volvió a tentar a Eva y ésta lo convenció a Adán de insistir en violar códigos que nunca deben ser profanados. El pecado de  soberbia y  avaricia, permaneció intacto y roñoso en el corazón de Caín, para volver a matar a su hermano Abel indefinidamente. Sin embargo y diferente de la primer Creación, ahora se producía la metamorfosis fascinante y desgarradora de pariciones malditas con multitudes de descendencias maniqueas. Ya no alcanzaba con el castigo de parir con dolor y ganar el pan con el sudor de la frente. Ahora Dios, desencantado, los dejó con vida a Caín y Abel, habitando el corazón de cada uno de los hijos de la segunda caída, desde hace más de cinco siglos. Caín cruzó los mares, violó a Abel y fueron castigados a permanecer juntos en cada parición. Es la maldición que anunciaron los brujos y que Amanda comenzaba a presagiar en sus sueños. Porque en los períodos de exploraciones que hacían lo soldados, cuando descansaba del juego con el invasor comenzó a tener premoniciones que no entendía, pero que  sentía intensamente como si estuviese consciente. Soñaba que se elevaba por sobre las montañas para volar hacia otras dimensiones, el mundo giraba debajo de sus alas y podía ver hormigueros interminables de hombres y mujeres que se revolvían en una sopa humana viscosa. Con el correr de las noches fue percibiendo más claramente que ella se repetía siempre y que nunca moriría, porque siempre volvía a ser la misma Amanda, sin  sucumbir al paso del tiempo. En sus sueños se veía niña, adolescente, mujer sin fin, se desplazaba en el espacio, no conocía la muerte,  trascendiendo el hormiguero humano. A veces despertaba transpirando como si volviera de una pesadilla. Pero sus sueños fueron cada vez más nítidos aunque no pudiera entender que su mente estaba descifrando los enigmas del futuro y como en una profecía, reproduciéndose permanentemente con el mismo destino, estaba viendo con los ojos cerrados los caprichos de la posteridad. Se veía alada, pero ultrajada y cuando estaba a punto de extinguirse resurgía como ave Fénix de las cenizas que producían los hombres. Siempre volvía al mismo sitio, para volver a volar. Siempre volaría en círculos. Se despertó asustada y sorprendida. Quedó perpleja y atribuyó el sueño a alguna reminiscencia de peleas entre indígenas. El silencio y la quietud de la luna que caía sobre las carpas, le trajeron calma. Extrañaba sus juegos con el hombre desconocido.

Vivía su mundo intensamente, ahora con un invasor que había descubierto en las proximidades para comenzar a extrañarlo, aunque no hubiera hecho contacto por que los temores no la dejaban acercarse. Cuando llegó la  primavera en aquella vida desnuda de ansiedades donde todo fluía con pereza, volvió hacia los lugares que la atraían, pensando que otra vez se encontraría con el hombre alto, fornido y rubio. Después de algunos días se sorprendió gratamente cuando lo vio aparecer desde la otra orilla del río. El soldado quiso mostrarse indiferente  ante los últimos desplantes, además de qué le serviría ilusionarse, si la india se le volvía inasible, inalcanzable. Ella quería conocer algo nuevo con la ingenuidad de quien se atreve a lo misterioso. Pero los apetitos del hombre castrado de su civilización no descansaban un solo instante, aplacado solamente por imaginaciones que desembocaban en el embravecido río de la masturbación. Amanda coqueteaba con lo desconocido, pero el soldado quería su presa. Así estuvieron largas horas, como si no se percibieran, aunque la india le repasaba los olores y sonidos de su cuerpo como si hubiera hecho contacto. Así siguieron durante varios días, hasta que la permanencia comenzó a acortar distancias. Decepcionados, habían abandonado las exploraciones no encontrando las montañas de oro prometidas en  donde solamente había selva, indios y soledad. Los contingentes que no penetraban en el interior y permanecían en todo el litoral y las pampas, habían caído en el abismo del desánimo, porque pasaba el tiempo y el metal precioso no aparecía junto al desencanto de la nostalgia que llamaba desde el otro lado del océano. Comenzaron a dispersarse hasta que la desmoralización se iba degradando en resentimiento. Sin embargo hubo soldadescas mejores correspondidas por las indias acarias que vivían en Asunción, donde cada colonizador en la construcción de un “harem Americano” llegaría a convivir con 2, 4 y hasta con cuarenta de estas mujeres. Eran complacientes con padres de hijos del  pasado que quedaban en España y de multitudes de hijos futuros que se multiplicaban en América. Surgieron los mestizos, hijos de la sangre insegura de la ilegitimidad que al ser rechazados, despreciarían para siempre su linaje, aborrecerían la ley y todo lo que el orden y la justicia quisieran imponerles. Ciclotímicos, inseguros, con un enorme espacio por delante pero sin espacio en el mundo social. La sopa racial se fue cocinando a fuego lento durante siglos, con los mestizos hijos de españoles y de indias, los mestizos hijos de españoles y criollos, los mulatos que provenían de los apareamientos entre negros e indias, los caballeros españoles que discriminaban a los indios como en España  hacían con los moros y los judíos, los gauchos y los inmigrantes. En el altar de la mezcolanza quedarían inmolados los indios, extinguidos por explotación y maltrato, los esclavos africanos, sepultados debajo de un montículo después de la batalla de Chacabuco, cuando prometiéndoles la libertad, San Martín los envió como carne de Cañón. y el gaucho argentino, que nace, vive, genera y se degenera como desarraigado.

En esta gran caldera humana no estaría exenta la eterna presencia de la pampa con ganado vacuno y equino. El progreso, la industria, el horizonte, los enfrentamientos, la corrupción estarían signadas por el inseparable apego del hombre y de estos mamíferos.

Pero el día amaneció tentador y la india decidida salió muy temprano hacia el lugar de los encuentros y desencuentros con ese ser desconocido que había conseguido atraerla cada vez más. Pasaron algunos días y comenzó a preocuparla que el soldado no regresara, se reprocharía haberse burlado y quizás lo perdería para siempre. Pero volvió a salir el sol de la sorpresa y el soldado llegó un día inesperadamente a la cita, ante la clásica distancia que de orilla a orilla  los separaba. Amanda se envalentonó y comenzó a nadar como si fuese una víbora astuta hacia la orilla opuesta. El soldado, que se quedó solamente con las mínimas ropas comenzó a erizarse al ver que el juego continuaría. Pero esta vez no caería en el ridículo de querer llevarse el mundo por delante. Prefirió esperar dejando que ella decidiera. Amanda llegó hasta la orilla, comenzó a caminar hacia donde estaba el peligro, sintiendo un leve escozor ante el desafío de lo imprevisible. El animal permanecía quieto y asombrado, deteniendo toda su vista y su ser ante la figura fascinante de la india que se le presentaba así, de repente, después de tantas peripecias que duraron milenios, pero prefirió permanecer sentado en el tronco para no espantarla. Amanda se le fue acercando hasta postrarse en señal de reverencia de frente y a su alcance. Permanecieron así unos minutos, como si se estuvieran estudiando, estaban inmóviles, parecían estatuas, sin que ninguno atinara a tomar la próxima iniciativa. La india le obsequió una fruta que el soldado aceptó y comenzó a comer con voracidad. Le hizo una seña de que se sentara a su lado. Amanda dudó pero con las cartas echadas se incorporó y se sentó al lado de ese soldado cuyos olores ahora reconocía  cuando lo olfateaba desde la distancia. No se miraban ni se rozaban. Ella comenzó a sentir algo diferente porque se había atrevido a acercarse a ese descubrimiento que la tenía obsesionada desde hacía más de un año. El macho comenzó a estirar su mano y con los dedos le rozó la piel,  de su brazo, luego bajó por el vientre y siguió por la línea de la pierna. Amanda, solamente temblaba. El miedo  no le dejaba sentir nada. El soldado no aguantó y se abalanzó sobre la presa. Desde hacía siglos de deseos no querría otra cosa que devorar ese manjar preciado que le ofrecía aquella tierra lejana, dueña de soledades y desencantos. La arrojó contra el pasto, la india intentó zafar y comenzó a clamar con aullidos que eran desconocidos para el español. Nadie los escucharía. Saltaron las frutas y las pocas prendas fueron a parar al río que como todo lo que ella había imaginado se las llevó para siempre. Ahora estaba aterrada debajo de ese enorme y colosal animal que ella tantas veces  mantuvo a distancia. Resistió, gritó y comenzó a aullar llamando a sus padres, sus ojos se enjugaron rápidamente de lágrimas asustadas, pero la fuerza del deseo y el poder de los músculos eran inapelables. Con una mano enorme le sujetó las suyas por encima de su cabeza, se acomodó rápidamente entre las tiernas y espantadas piernas de la india, mientras que con la otra mano desbrozó todos los obstáculos para saciar el hambre de ese  indómito y endurecido como el hierro,  animal fálico, abriendo las fauces de la voracidad.

Amanda aullaba de dolor mientras el soldado musculoso subía y bajaba a las profundidades de aquel monte de Venus que ya no ofrecía resistencia. La india sintió que el dolor no se apaciguaba con un líquido caliente que sintió  le llegaba hasta la herida, brutalmente desgarrada. Después de la descarga, el hombre se quedó quieto por un rato sobre la india, sin que dejara que la presa se le escapara. Amanda inclinó la cabeza, estaba bañada de lágrimas, sudor y sangre que se agitaba por dentro de su cuerpo. El soldado comenzó nuevamente a martirizarla con ese movimiento de subibaja que ella no entendía y  la atormentaba. Con la mano izquierda le seguía sujetando las dos y otra vez le descargaba ríos de semen con la fuerza de  aluviones trayendo a su paso y lastimando  con el  arrastre de ansiedades reprimidas. A la india le dolía todo sin que al menos pudiera explicarle al animal enloquecido y cebado que la lastimaban también las piedras debajo de su espalda. No le veía la cara, se quejaba e inclinaba la cabeza hacia ambos lados. Pasaron minutos que para ella fueron millones de años, y el animal furioso e insaciable volvió a abrirle la herida profunda del sexo, sin retirar el puñal que venía afilando desde hacía muchas mañanas, tardes y meses. Volvió a sentir ese líquido caliente que ahora se derramaba como  calmante, y el mismo ácido del principio, ahora se convertía en bálsamo. El soldado se separó bruscamente, tomó rápidamente todas sus pertenencias y se fue satisfecho, quizás con la ingenuidad de que los deseos saciados no vuelven. Amanda sintió el dolor  del puñal cuando sale del cuerpo, quiso incorporarse pero no pudo. Giró su cuerpo por el sufrimiento que le causaban las piedras en la espalda. Sintió que de la zona húmeda le bajaba por sus piernas un líquido tibio. Se tocó con sus dedos y comprobó que era una mezcla de algo viscoso con sangre. Trató de  arrastrarse hasta el hermano río para sumergirse. Lentamente  de entre sus piernas despedía ungüentos rojizos hasta que se animó a tocarse la herida, pero notó que el dolor venía desde otras profundidades. Nadó desnuda hasta la otra orilla, se cubrió con algunas hojas de gran tamaño y esperó el crepúsculo de su vida. Durmió profundamente y cuando despertó al día siguiente, quiso convencerse de que todo había sido un sueño y que a ella no le había pasado lo que en realidad le había sucedido. Pero con el paso de las horas notó que todavía segregaba un fino hilo de sangre, prueba inconfundible de que no había vivido una ficción. Pensó en él  y se sorprendió de no sentir rencor. No entendía cómo aquel espécimen que la había hecho sufrir y sometido a dolores distintos, no abrigara en ella rechazo, por el contrario, ya que con el paso de los días, comenzó a notar una sensación diferente. Ahora sentía cosquillas en el corazón. El juego era distinto porque ya se había olvidado de su herida inferior para percibir la ansiedad y el deseo de volver con aquel hombre que en un acto brutal de violación no solamente la había desflorado sino que también le había despertado para sentirlo vivo, a quien tenía dormido: su corazón.

Amanda volvió muchas veces al sitio de la violación, a veces se encontraba con el soldado fornido, quien instintivamente la sometía, luego permanecían  juntos tirados en la hierba, observando el paisaje, escuchando los murmullos de aquella vida privilegiada, sin mirarse, sin decir nada. Como si ella fuera una súbdita a quien se le hubiese prohibido hablar, salvo cuando el amo se lo requiriese. Solamente le escuchó decir varias veces, algo que no alcanzaba a comprender y aunque se forzaba para saber que quería para complacerlo, no lograba entender cuando escuchaba aquellos sonidos:

¿ Dónde está el oro?

Ella trataba de hacerse entender con gestos, pero el soldado sin mirarla volvía a repetir…

¿ Dónde está el oro?,¡ india de mierda!

Amanda le ofrecía comestibles que él rechazaba, para volver a someterla hasta el hartazgo. Luego sin despedirse, se ponía todos los chirimbolos y se marchaba. Lo observaba con la devoción que se contempla a Dios, sintiéndose cada vez más atraída por aquel hombre que había descubierto, quien la hizo sufrir por primera vez y que sin embargo conformaba su mundo, sus principales motivaciones y todo lo que se puede expresar cuando aparece el amor. El soldado se enteró de que abandonaría ese lugar donde estaban estancados desde hacía mucho tiempo, hacia nuevos horizontes que prometían sueños y la aparición del preciado metal. Antes de emprender la marcha volvió unas cuantas veces  con Amanda. Fuese o no, ella siempre lo esperaba a la misma hora y en el mismo lugar del paraíso. Lo amaba intensamente y le hablaba en el idioma que el soldado no entendía como tampoco comprendía el idioma del amor que la india le profesaba sin reservas, con toda el alma e incondicionalmente. Se revolcaban en la hierba cuando la manta se arrugaba y quedaba chica ante los trajines de la pasión. Pero después de la turbulencia se repetía el acto cotidiano como si fuera un rito. Preguntaba por el oro, sabiendo que no obtendría respuesta y ella lo acariciaba con manos de seda. El día anterior de la partida cuando estuvieron juntos, él no le dijo ni tampoco tenía forma de hacerse entender  que se marcharía para siempre. Lo notó, eso sí, un poco raro y distante, como si algo le preocupara.  Al día siguiente se mantuvieron sentados un largo rato hasta que la india comenzó a inquietarse porque percibía el olor del peligro. Su cara se arreboló de adrenalina mostrándola más hermosa aún. Quiso levantarse pero él se lo impidió, ahora ella no entendía que pasaba y sus ojos comenzaron a agrandarse. Un tropel se abalanzó sobre sus espaldas, el soldado la soltó de golpe y ante el espanto que bruñía toda su piel comenzó a ser desgarrada y devorada por los perros. Estaba siendo mordida y despedazada por delante y por detrás. Chilló para que la auxiliara el hombre que amaba, pero el ingrato con sorna y desprecio se marchó sin quedarse a presenciar la orgía inhumana.

Como lobos hambrientos varios españoles penetraban, mordían y devoraban la codiciada presa después de tanta abstinencia desesperada. Amanda hacía un largo rato que había perdido el conocimiento pero la salvajada no se detenía ni siquiera ante quien ya tenía la inmovilidad de los muertos. Quedó como si fuera una bolsa de menudeos ensangrentados sobre los pastizales que alfombraba la orilla del triste río. Los soldados chacotearon en el agua hasta que abandonaron el lugar. Rápidamente la noche se apoderó de la profanación. Amaneció, pero Amanda no reaccionaba. Cuando despertó pudo observar varios rostros entre  ellos los de sus padres que la palpitaban con pánico. El brujo la espolvoreaba y  envolvía con una policromía de humos que la ahogaban. Estuvo agonizando durante días. Hasta que comenzó a sentirse mejor. Pero lo mejor en la medida que pasó el tiempo se convirtió en lo peor cuando no pudo disimular la turgencia de su vientre. El embarazo fue otra agonía por las insistentes consultas de sus padres que ella no contestaba. Todo ese tiempo estuvo presionada por la insistente pregunta de ¿quien era el padre del niño?.  ¿Quién la había sometido y ultrajado?. En la tribu reinaba el clima de nerviosismo y sospecha. Todos eran jueces y todos  culpables. Comenzaron los sacrificios y muchos indios debieron pagar con sus vidas, por un crimen que no habían cometido. Amanda que ya no aguantaba tanto derramamiento de sangre debió confesar. Fueron los intrusos que llegaron por el mar para sorprenderla en el río. Entonces todo cambió, porque los guerreros salieron a buscar venganza, los caciques se reunieron para la guerra, las mujeres lloraban y el brujo clamaba. No encontraron a nadie, porque los españoles ya se habían ido, pero al encontrar restos en los lugares que estuvieron tanto tiempo, sirvió de elemento de prueba para que le creyeran a Amanda. El invasor había profanado a la princesa y desde ese momento los bombos de la venganza retumbarían hasta el fin del mundo.

La india tuvo un varoncito que nació de madrugada. Las mujeres de la tribu lo lavaron y lo pusieron junto a la madre. Amanda sintió el bálsamo de un nuevo tipo de amor después de tanto dolor inexplicable. Esa noche se reunieron todos los indios junto al fuego, la reclinaron a Amanda junto al niño, mientras los tambores y el brujo rugían. Era una ceremonia lúgubre como la noche, hasta que el cacique de la tribu lanzó una sentencia que sería imperecedera. Dijo que no perdonarían jamás, que aquellos extraños en la persona de Amanda hubieran violado a sus mujeres, invadido sus territorios y avasallado a toda la tribu, profanando a los dioses. Esos dioses sentenciaban la venganza y no querían la impureza de la sangre. Amanda estaba dolorida y  casi no escuchaba lo que decía la máxima autoridad de la tribu. Quiso erguirse cuando dos indios le tomaron el niño y se lo entregaron al brujo. El cacique asintió con la cabeza. El retumbar de los tambores contrastaba con la solemnidad silenciosa ante la multitud de miradas atentas. El brujo tomó al niño que lloraba,  desde los pies, extendió su brazo y lo puso cabeza abajo. Amanda pensaba en aquella purificación. El humo y los rituales  envolvían al niño. Entonces fue cuando el brujo clamando venganza para saciar el apetito de los dioses, habló nuevamente de la purificación de la sangre que no debía mezclarse, para la continuidad de la especie, ante  la sentencia de los dioses,  que interpretada por los caciques, debía comenzar a cumplirse. Amanda se desmayó con los ojos abiertos y quedó así, en ese estado de estupor, para siempre. El brujo abrió su mano extendida y soltó el niño hacia el corazón de las llamas, donde rechinaba el fuego de la furia y de la indignación. El bebé se revolvió unos segundos hasta convertirse en una masa  sanguinolenta que se levantaba en lenguas como si fuera la lava de un volcán.

Cada indio volvió a su carpa, mientras el fuego iba consumiendo hasta el último vestigio de aquella historia que pasaría a la historia, porque engendraba un estigma premonitorio y trágico.

Amanda con sus ojos siempre desorbitados y abiertos no pudo salir nunca más de su estado letárgico. Entonces creyeron que el río trajo con ella la maldición, y había que devolverle lo que le pertenecía. Así, ni viva ni muerta, fue recostada en una balsa que el río se llevó para siempre, como lo hizo con sus prendas íntimas cuando el amor ingenuo fue violado por primera vez. El cervatillo que dejaba que Amanda se le acercara como nadie, miraba desde aquella orilla melancólica. Las flores se marchitaban al paso de tan singular cortejo, los pájaros ya no cantarían hasta morir, siglos más tarde un poeta advertiría; podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. Una mortaja de nubes, le tapó los ojos al sol, cuando éste, al paso del cortejo, no quiso que lo vieran llorar.

jc malis.

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