Entonces le pidió a Daniel que nunca más le volviera a hablar de aquella casa y menos de aquel maldito retrato. Se fue deteriorando porque la quimio lo enfrentaba al cáncer pero ella no colaboraba anímicamente, tampoco comía adecuadamente, sumida en una gran depresión, solamente dejaba que Daniel la llevara a dar una vuelta por la plaza, pero en la medida que fueron pasando los días, las semanas y los meses, Viviana demostraba que no quería vivir.

Daniel que era el que manejaba absolutamente todo había renunciado a su trabajo pero podían sostener la casa, los gastos y la enfermedad más que con la venta de la casa con lo que tenía Viviana que en aquellos años administró bien todo lo que recibió de las acciones, y la herencia en general que le dejó Mariano. Cuando Daniel fue a ver al oncólogo porque lo llamó, le mostró que de seguir así, poco tiempo de vida le quedaba a Viviana, porque si bien estaban enfrentando al cáncer, podían aparecer otros tumores, le habían extirpado los ganglios, lo que la dejaba muy vulnerable, y se podía observar en su rostros el típico color verdoso, inexplicable que tienen quienes padecen esa enfermedad. Daniel se animó y le preguntó cuánto tiempo de vida le quedaba, pero los médicos son renuentes a dar fechas, no obstante ante la insistencia de Daniel, el  médico le dijo que de seguir así, con  ese desánimo y no comiendo como era necesario, quizás le quedaran un año, un año y medio a lo sumo, de vida.

Daniel estaba atribulado, no quería volver a la casa, no quería dar esas noticias, se quedó un rato tomando un café, en una confitería debajo del sanatorio y se puso a pensar, mientras se le enjugaban los ojos, qué haría con su vida sin Viviana en donde recalaban todos sus sueños, le pedía a Dios que no se la llevara aunque debiera vivir de rodillas, y someterse a todas las denigraciones del mundo, pero volvía a la realidad, se secaba las lágrimas y volvía a la casa tratando de aparentar de que todo estaba bien, que las cosas iban como debían y que había que darle tiempo a la droga parta que pulverizara cualquier resto de tumor.

Pero Viviana lo observaba sin ningún estímulo porque ella no quería vivir así, no aceptaba no lo asumía que tuviese que vivir sin un pecho y que tuviese que verse y que la vieran a ella que presumía con su belleza como una fría bazofia humana. Dramatizaba o tal vez no para una mujer que había sabido gozar de las mieles del ego cuando la belleza del cuerpo es la avidez de los otros y que fue el gozo y la presunción de su hombre de su único hombre, cuando se había sentido amada solamente por él. Daniel no caía en la cuenta de que se estaba transformando en una marioneta, en un títere de la devoción que le tenía a aquella mujer, que para colmo como el agua se le escurría de las manos.

El desenlace fue más rápido que lo esperado porque después de las internaciones para hacerle la quimio, Viviana se quedaba muy mal, se mareaba, estaba débil y no podía sostener el ánimo para seguir viviendo, no encontraba el sentido para continuar la existencia, la visitaban algunos sacerdotes, oradores, pastores de distintas religiones quienes muchos iban más por ellos que por los enfermos de todas maneras llegó un momento que fue derivada a la sala de enfermos críticos y luego a los de alto riesgo, un eufemismo para no decir que son los enfermos desahuciados, los que van a morir, agonizan lentamente y no siempre reciben el trato humanitario cuando se les mezquina la dosis de calmantes aun sabiendo que deben morir con dignidad en un mar de dolores por el cáncer, por los dolores del cuerpo cuando han estado semanas acostados, entonces el paciente entrega las últimas resistencias y quieren morir.

Un día jueves en la madrugada, con respirador artificial, Viviana estaba muy inquieta, Daniel no sabía qué hacer para calmar sus dolores, hasta que comenzó a tener convulsiones, Daniel salió corriendo a buscar a la enfermera de turno, llegó con la frialdad de los que tienen a la tragedia por rutina, apartó todo, se sentó al lado de Viviana, a quien se le fueron los ojos hacia atrás, la enfermera le apretó el respirador y la apoyó sobre su cuerpo, miró a Daniel, le dijo que ya había llegado el paro cardiorrespiratorio, Viviana sacudió un par de veces y se cortó.

Daniel miraba como si no tuviera ojos a la enfermera que todo todos los implementos y se fue. Cuando se marchaba le dijo, ya le llamo al médico para que le haga el certificado de defunción. Daniel le cerró los ojos y le tapó la cara. Un ruido ronco se escuchó desde algún lado, quizás la Venus pintada también habría dejado de existir.

Dejó pasar un par de semanas y Daniel reacomodó los muebles de la casa, recibía el pésame de la gente, aunque se relacionaban con pocos, hacía como de costumbre las compras, creyó haberla llorado lo suficiente, no sabía cómo iba a vivir sin ella, no entendía la vida de otra manera, le entró una especie de paz de los que se quedan sin alternativas y desprefieren este tipo de vida porque se vuelve insoportable. Fue al supermercado compró champagne del mejor, preparó su noche, se hizo traer un manjar, cuando eran las 19 horas se bañó, se afeitó y se puso el mejor traje, aquel que algunas veces usaba cuando salían en los mejores tiempos con Viviana.

Enfrentó al espejo no podía verse porque estaba empañado del vapor por el baño que se dio y escribió: Daniel, es feliz..soy feliz. Se vistió, se perfumó y preparó la mesa para la cena. Desconectó todos los teléfonos, silenció toda la casa no quería ningún tipo de perturbación para aquella ceremonia que se explayaba hacia la posteridad. Estaba bien, estaba contenido.

A la mesa le puso el mejor mantel, no faltaron las flores, encendió las velas, apagó las luces, el ambiente quedó parcamente iluminado, el silencio habitaba todo. Él estaba resplandeciente, se sirvió el vino en la copa, la levantó y expresó hacia la soledad: “aquí termina la historia, aquí termina un ciclo, para que comience otra historia!. Mientras tenía levantada la mano con la copa en alto, dijo: brindo por la vida y por la muerte, con la otra mano buscó algo entre sus piernas y la mesa y con el dedo apretó el final de una vida y el comienzo de otra.

Hubo un ruido seco, cierto rechinar y comenzó a correrse la cortina y ahí apareció más hermosa que nunca Viviana, la pintura en todo su esplendor, hermosa, maravillosa como en los mejores tiempos. Sonriente frente a la pintura, Daniel se puso de pie y con la copa le dijo: ¡a su salud mi amor!. La cena está servida, después tomaremos café en el living y le tengo una sorpresa maravillosa en el dormitorio!. Viviana que insinuaba su desnudez, desde cierta imperceptible sonrisa seductora, lo miraba profundamente a los ojos.

Daniel ya desde tiempo había asumido de que no podría vivir sin el amor de su vida, quizás presentía la locura, porque a Viviana, se decía, no habría mujer en el mundo que pudiera sustituirla y la Venus de Milo no era otra cosa que una salida descabellada pero había aprendido a amar a esa pintura, hacía esfuerzos y buscaba todos los medios para humanizarla y se debatía entre la neurosis y la psicosis, tarde o temprano triunfaría la última que le daba la posibilidad de recrear sus propio mundo creyendo de que Viviana no estaba muerta sino que se reencarnaba en aquella pintura por eso le hablaba y le decía cosas bonitas, luego le leía poemas de amor, también comenzó a pensar en tener hijos, al principio en momentos de lucidez le parecía que lo que estaba haciendo era una calamidad pero lentamente se dejó llevar por los laberintos de la locura y ya estaba convencido de que Viviana no había muerto, estaba más viva y más hermosa que nunca, la prueba irrefutable, era la presencia viva en la pintura.

Mantuvo ese lugar como un santuario, no dejaba entrar a nadie que pudiera arruinar su luna de miel eterna y menos macular la imagen inmortal de la Venus, así, ese retrato fue el centro de gravitación de todos sus anhelos de todo su entusiasmo por vivir. Nadie escucharía que vivía con otro ser a quien amaba y que de rodillas como se adora a los dioses en el altar, comenzaba besándole los pies, seguía por las zonas pudendas hasta que besaba aquellos labios carnosos y hechiceros.

Se escuchó el llanto lejano de un niño, Daniel que comía frugalmente y hablaba con Viviana, la miró a los ojos, volvió a levantar la copa para brindar:  y le guiñó el ojo, entonces cariñosamente le murmuró;  no se apure mi vida….vamos a tener varios niños.

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