Un día después de anunciar las nuevas restricciones en la circulación y la prohibición de reuniones sociales para enfrentar el recrudecimiento de la pandemia de coronavirus, el presidente Alberto Fernández no pudo con su genio y calificó como “imbéciles” y “miserables” a dirigentes de la oposición que cuestionaron las medidas, aunque se abstuvo de mencionarlos. Debió recordar una vieja lección, según la cual, en política, el primero que se enoja pierde, porque no hace otra cosa que demostrar debilidad antes que autoridad.

El primer mandatario solo le dio más aire a la oposición. Se mostró como un bravucón intolerante hacia las críticas, cuando quien tiene autoridad y ejerce un liderazgo no debería necesitar alzar la voz ni mucho menos insultar a los demás.

Lo pusieron de manifiesto dirigentes opositores, como el radical Mario Negri, quien opinó que “no podemos tener un presidente que se convierta en barrabrava” y que Fernández “debería dar confianza, en lugar de gritar”. También especialistas en comunicación y oratoria, como José María Rodríguez Saráchaga, para quien “los gritos de un jefe del Estado son un intento desesperado, inútil y contraproducente por tratar de marcar una autoridad que no tiene, por recordarles a los demás y a él mismo que es el presidente, cuando todos saben que el poder está en otro lado”.

Algo parecido le ocurre al oficialismo cada vez que algunos de sus más importantes representantes hablan de la necesidad de modificar el calendario electoral o hasta de suspender las primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO), previstas para el 8 de agosto, como sugirió el propio presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa.

Dar rienda suelta a la idea de suspender un acto electoral también deja traslucir una situación de debilidad. Los líderes de la principal fuerza opositora lo advierten y, aunque algunos de ellos no se resistan a la alternativa de correr todo el proceso electoral por un mes, se abstienen de apoyar la iniciativa del oficialismo y dejan que este avance hasta que se estrelle solo. Más adelante, cuando desde el Gobierno se insista en la postergación o incluso en la cancelación de uno de los tramos electorales, como las PASO, podrán endilgarles a las autoridades nacionales una “galtierización”, trayendo a la memoria una de las más tristemente célebres frases del presidente de facto Leopoldo Fortunato Galtieri, quien en 1981, poco después de reemplazar a Roberto Eduardo Viola, vociferó: “Las urnas están bien guardadas”.

Está claro que no sería esa, al menos por ahora, la intención del gobierno de Fernández, sino apostar a que los efectos de una eventual recuperación económica y del lento plan de vacunación se sentirán en la sociedad más en septiembre y en noviembre, que en agosto y en octubre, fechas previstas para las PASO y las elecciones generales, respectivamente. Y, en el mejor de los casos, evitar las primarias abiertas con tal de no permitir que esta contienda electoral previa ordene a las fuerzas de la oposición y actúe como un factor que termine aglutinando al electorado dispuesto a asestarle una derrota en las urnas a la coalición gobernante, y mitigando la posibilidad de una atomización del arco opositor.

La última encuesta nacional de Jorge Giacobbe & Asociados, realizada entre el 25 y el 28 de marzo entre 2500 personas consultadas mediante dispositivos móviles, indica que solo el 30,9% de la población quiere que el Frente de Todos gane las próximas elecciones, mientras el 55,4% desea que pierda y el 12,7% señala que le da lo mismo.

Encuesta
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Las expectativas del electorado tampoco ofrecen hoy un escenario favorable para el oficialismo. El más reciente relevamiento de la consultora D’Alessio Irol-Berensztein, llevado a cabo en forma online durante marzo entre 1187 encuestados de todo el país, da cuenta de ese panorama. Estas son algunas de sus conclusiones:

– El 55% de los argentinos cree que dentro de un año la situación económica del país será peor que la actual, en tanto que el 42% proyecta que será mejor. El pesimismo presente es algo mayor que en agosto último, cuando el 52% imaginaba un escenario peor y el 45%, uno mejor. Y claramente se ubica en las antípodas de lo que la opinión pública pensaba en febrero de 2020, cuando el 52% apostaba a que estaríamos mejor un año después, frente al 42% que preveía que estaríamos peor.

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