Cómo fueron las últimas horas de vida del General San Martin

Relato de la inmortalidad del Padre de la Patria del libro “San Martín en retiro”, que, además, detalla las dramáticas horas y días posteriores.

El 17 de agosto, un día sábado hermoso, José de San Martín se sintió bien al despertar. Se vistió y, al rato, se fue al cuarto de su hija donde se sentó a conversar con ella. Le pidió que le leyera los diarios, tomó pocos alimentos y bastante líquido y le colocaron tabaco en su tabaquera para ofrecerle a sus visitas. Estaba totalmente lúcido. A la mañana había pasado su médico quien, luego de verlo, le aconsejó a Mercedes que buscara una religiosa para ayudarla en su cuidado, hasta tanto mejorara. Pensaba que era demasiado esfuerzo para ella que no dejaba de estar al lado de su padre. Le dijo que le indicaría a Mariano que buscara a alguien que pudiera colaborar con el cuidado de su padre.

Antes del mediodía, llegó Francisco Javier Rosales, encargado de negocios de Chile en Francia. Había viajado el fin de semana para visitar a San Martín desde París. Almorzó bien cerca del mediodía y conversó con quienes lo acompañaban. Luego de ello, sintió frío en las piernas y Mercedes le sugirió que reposara en su cama, a lo cual accedió. Pasadas las 14:30 empezó con fuertes dolores de estómago y comenzó a sentirse muy fatigado. Su hija lo abrazó y él le dijo: “Mercedes, esta es la fatiga de la muerte”, y casi sin fuerzas para hablar le dijo a Mariano: “Mariano, a mi cuarto”. Fueron sus últimas palabras, y luego de una ligera convulsión expiró el Padre de la Patria.

Eran las 15 horas. Estaban a su lado su hija, su yerno, sus nietas, el doctor Jardon y Rosales.

Un silencio profundo se apoderó de la habitación. Mercedes abrazó a sus hijas y a Mariano. Inmediatamente después colocó un crucifijo en las manos de su padre. Mariano llamó a Gerard y su familia, quienes se unieron a las plegarias, así como también a los criados, entre ellos, Soto, que estaba profundamente afectado.

Pasadas las horas se decidió que iban a embalsamarlo y era necesario gestionar un lugar para depositar su cuerpo. Gerard sugirió que debían colocarse sus restos mortales en la catedral de la ciudad; él se encargaría de solicitar al alcalde la autorización correspondiente, hasta tanto la familia decidiera cuál sería el lugar definitivo de su descanso.

Por la tarde, la familia armó en el cuarto del General el lugar para velarlo. Colocaron dos cirios encendidos. El resto de ese día 17 de agosto de 1850, que pasaría a ser histórico para nuestra patria, transcurrió con la casa en silencio, y a pesar de la tristeza que se respiraba en el aire, había mucha paz y resignación.

El domingo 18 de agosto, a las 11 horas, Gerard y Rosales se dirigieron a denunciar el fallecimiento del Libertador. Portaban una nota que habían redactado el día anterior los hombres presentes, Balcarce, Rosales y Gerard. Luego se la entregaron a Mercedes para su aprobación.

El 18 de agosto llegaron a Boulogne otros amigos del General, José Guerrico y Félix Frías. Acompañaron a la familia San Martín y estuvieron al lado del Libertador. También se acercaron otros vecinos a saludar a la familia. San Martín no había pasado desapercibido en esos casi dos años de permanencia en Boulogne.

El lunes 19, se iniciaron las tareas de embalsamiento, supervisadas por el doctor Cousin. Posteriormente se procedió a introducir el cuerpo en el ataúd de plomo. Todo esto estuvo certificado por el médico, quien por nota firmada le aseguraba al señor alcalde que todo lo relacionado con el cuerpo del señor General José de San Martín fue realizado correctamente y en forma rigurosa.

El alcalde, luego de recibir la nota del doctor Cousin, firma una resolución otorgándole al General San Martín honores de exjefe de Estado y por ello le confiere la autorización a la familia para su sepultura transitoria en la cripta de la catedral. Esta nota firmada por el alcalde es recibida a última hora por la familia en su casa de la Grande Rue. Todo estaba listo para transportar el cuerpo del Libertador.

A pesar de que el General había pedido que no se le rindiera honores, Mercedes quiso que se pasara por la iglesia de Saint Nicolás, donde concurrían los domingos. Para ello tomaron contacto con el párroco y le solicitaron muy temprano poder rezar un responso el día 20 de agosto. Mercedes quería que todo fuera lo más discreto posible, tal como su padre había solicitado, sin embargo, no podía cumplir al pie de la letra la voluntad del Libertador. La noche del 19 se preparó todo para partir muy temprano a la iglesia de Saint Nicolás y, desde allí transportar al General a su primer lugar de descanso, la cripta de la catedral de Notre-Dame en la ciudad de Boulogne Sur Mer.

El 20 de agosto amaneció otro hermoso día de verano. Muy temprano llegó el coche fúnebre adornado con cuatro faroles cubiertos y con cuatro caballos negros para tirar de él. A las 6 de la mañana bajaron el féretro entre los hombres presentes y lo depositaron en el coche fúnebre. Luego, al costado del vehículo, formaron los hombres, apuntando para la zona baja de la ciudad para dirigirse a la iglesia de Saint Nicolás. Seis hombres estaban junto al féretro, tres de cada lado. Todos con capotes negros. A la izquierda y adelante, Mariano Balcarce, detrás Darthez y Rosales. A la derecha, José Guerrico, Frías y Gerard. Atrás iban Mercedes y las nietas del General, Mercedes y Josefa; la esposa de Gerard y sus hijos. Todas las mujeres estaban vestidas de negro.

El cotejo marchó lentamente descendiendo por la Grande Rue hasta la iglesia. Si bien casi no había gente en las calles, era muy temprano, a las seis de la mañana ya había buena luz solar. Algunos curiosos se detenían al ver pasar el cortejo. Al llegar a Saint Nicolás fue recibido por el párroco, el padre Lecomte. Se introdujo el féretro por la puerta lateral sobre la misma calle Grande Rue y se depositó en su interior. El padre Lecomte rezó el responso; también había conocido al General.

Finalizada la oración, cargaron el féretro en el coche y se dirigieron calle arriba hacia la ciudadela. Fue una marcha lenta y silenciosa pasando nuevamente por el frente de la casa de Gerard. Ingresaron a la ciudadela por la puerta que da a la Grande Rue a la derecha y se dirigieron pasando el portal y arcada a la izquierda, hacia la catedral. Ingresaron a la cripta. Ya dentro de ella, en el tercer pasillo de la misma, a mano izquierda, en el primer panteón a la derecha, se depositó el ferreteó. Todos pasaron a despedirse. Fue un momento de mucha emoción. Se cerró la puerta de rejas y todos salieron de la cripta en absoluto silencio.

Los días que siguieron fueron muy duros para la familia Balcarce. Rápidamente, Mariano inició la mudanza de los objetos personales de su suegro. No deseaban quedarse más tiempo en Boulogne y deseaban volver lo antes posible a París. Antes de fines de agosto se despidieron con afecto de la familia Gerard y partieron en tren. Se instalarían en París en el departamento de Saint Georges.

 

Por Alejandro Díaz Bessone

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