De repente, la vida se escondió detrás de los barbijos, los murciélagos chinos escribieron la historia, y una entidad invisible, mutante y penetrante lo atravesó todo.

Una palabra colonizó el lenguaje y produjo el temor fundado: pandemia.

El diluvio universal arribó otra vez. La cuarentena nos encerró en un submarino global.

El aire dejó de ser eterno, porque podía conllevar una emboscada a la enfermedad y a la muerte.

Tomamos distancia, acudimos a las pantallas, dejamos de besar, de abrazar y de frecuentar.

Miles quedaron varados, lejos, en otras latitudes. Volver fue una utopía y una odisea. Se cerró también el cielo.

Las calles se vaciaron, los astronautas terrestres pisaron la ignota superficie de la peste, los geriátricos albergaron más terrores, los ensayos de vacunas se aceleraron y los políticos nativos cantaron victoria para la victoria siempre sin haber vencido a nadie.

Se parapetaron murallas interiores, caprichosos guardianes del desorden cerraron pasos sin sentido y porque sí, los muertos se apilaron en exequias sin deudos. Hubo que nacer sin visitas y avistar el mundo con nuevos ojos insulares.

Cerraron y cayeron empresas y comercios en cataratas, y muchísimos perdieron todo.

Atacaron a los angustiados como a irresponsables, despreciaron la realidad bajo el lema mazorquero: cuarentena o muerte.

Banderazos y peregrinajes inusitados irrumpieron pese a todo, una nueva manera de transitar la protesta que fue paralela al virus.

Correr se convirtió en pecado.

La Capital, un imperio dominante y merecedor de todos los castigos y exacciones. Una provincia cerró sus ríos como si fueran paredes protegiendo el fasto cruel del señor feudal.

Otros revolucionarios habilitaron, la libertad de presos peligrosos que salieron a las calles en manada. Los mapuches o pseudo mapuches apresuraron su violento proyecto de sustitución del Estado.

Los usurpadores tenían piedra libre. Y luego, que sí y que no. Pero, en general, más bien que sí. Y usurparon.

Los abusos policiales se propalaron en los feudos, más intensos y letales aún que antes. Asesinatos, desapariciones y torturas carcelarias ocurrieron. Y eso permaneció, en general, impune.

Acordonaron la miseria de algunas villas, y encerraron la agonía en islas sin salida aparente.

Suspendieron las clases presenciales. Sindicalistas al servicio de los que mandan proveyeron los candados de las aulas y la mitad de los que estudian se perdieron en la incierta oscuridad de la Nación sin aulas.

Abrieron los cerrojos para que los jubilados cobraran en tropel y el toque de queda se desbarató en la torpeza tan frecuente.

Hubo más de 42 mil muertos con el confinamiento más extenso.

No en todas partes, pero casi en todas partes testearon poco y mal.

Nuevos caminantes y desfondadas víctimas se arremolinaron en la pobreza.

Las cajas de la política continuaron opulentas y redituables.

Un legislador besuqueaba en sesión a una joven y el mundo siguió andando. A nadie indignó el erotismo en vivo, a muchos, la indolencia y el menosprecio por los que supuestamente debía representar.

El fútbol se jugó sin espectadores en las tribunas pero murió Maradona, el dios pagano, y se aglutinaron miles de adoradores y los barras bravas entraron arrasando a la Casa Rosada, el fervor que suscitó el muerto borroneó las fronteras del poder político y un megáfono mudo ingresó en la historia porque emitía impotencia gritoneada.

Desde Rusia Mon Amour inventaron una varita mágica, ínfima cuantitativamente todavía, y dudar de su eficacia fue emblema de la antipatria.

El 31, como un bicinauta de la cosmopista distópica del último día, este cronista recorrió la ciudad buscando historias.

Mucha gente, grupos de a tres o cuatro, bebiendo desde temprano en alguna esquina, sentados en los cordones, bajo un árbol en la plaza Los Andes a la vera del cementerio, por ejemplo.

Una mujer muy mayor revuelve la basura y un perro también.

Y otra mujer empinada en su látigo político acumuló nuevos caudales previsionales. La mujer que mientras todo esto ocurría, plantó la bandera de sí misma en todas partes y trataba de apabullar a la justicia y a cualquier disidencia.

Va cayendo la noche. La rotación y la traslación de la tierra es inmune a los seres que la habitan. Preciso, insondable; el ser es tiempo, el tiempo pasa y el nuevo año ha llegado.

Los que no caímos porque no nos liquidó ese mal ciego y arbitrario levantamos las copas.

Porque la resistencia continúa.

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