Si la primera vez puede considerarse un error, la segunda -y la tercera y la cuarta- ya muestran otra cosa. Una conducta, una elección o una debilidad.

En su programa de vacunación contra el coronavirus, el Gobierno vuelve a caer en su propia trampa. Y comete, otra vez, el error de traicionar una ley que cualquier futbolero aprende a golpes de experiencia: nunca se festejan los goles antes de que la pelota cruce la línea.

La pregunta inicial sería, ¿cómo se evalúa la campaña de vacunación en la Argentina? La respuesta dependerá del parámetro que se tome. Pero si se analiza desde lo planteado por el propio Presidente en su incesante verborragia, el resultado es más que desalentador .

¿Por qué? Veamos: en noviembre, cuando Alberto Fernández anunció por primera vez el acuerdo con Rusia para la compra de la vacuna Sputnik V, afirmó que el país recibiría 25 millones de dosis entre diciembre y enero. “Con estas dosis la mitad de la población estaría vacunada”, aventuró. Un mes después, urgido por mostrar un éxito de gestión invisible hasta entonces, volvió a la carga con la certeza de que en febrero el país recibiría 20 millones de dosis.

Nada de eso ocurrió y ya no ocurrirá, y contra esas cifras millonarias las 267 mil personas vacunadas hasta el 26 de enero (datos de ourworldindata.org) aparecen para los argentinos como un doloroso fracaso.

Sin embargo, el análisis admite un matiz cuando se observa al resto del mundo: salvo Israel, todos los países sufren postergaciones en sus planes de vacunación, y en estos días la Unión Europea, perjudicada en el reparto, se enfrenta con laboratorios y con los Estados Unidos e Inglaterra para asegurarse las dosis necesarias.

Vale aquí una aclaración: Estados Unidos, la Unión Europea y el resto de los países más importantes negocian por las vacunas de Pfizer, AstraZeneca, Moderna y Sinopharm, más alguna de origen chino, lo cual genera un problema de abastecimiento. La Sputnik V utilizada en nuestro país, y tal vez en Brasil, no está incluida en esa disputa.

Pero volvamos a la optimista secuencia de anuncios oficiales. El último acto lo realizó hace apenas 15 días el ministro Ginés González García, cuando aseguró que antes de fin de mes llegarían “5 millones de dosis”.

Hoy ya ni siquiera se esperan las 600 mil de los primeros envíos, y sólo llegarán 220 mil. Y desde el Fondo de Inversión Ruso confirman demoras en las entregas. Pero si la producción es un problema ruso; la negociación, las expectativas creadas y la carencia de alternativas son un déficit propio.

Las razones de la falta de acuerdo con Pfizer, vacuna que se utiliza entre otros países en Chile, México y Costa Rica desde hace semanas, es un agujero negro aún sin explicación convincente. Habría sido el modo de no quedar en manos de un sólo proveedor, tal vez sostenido más por afinidades ideológicas que por posibilidades de producción.

Las expectativas infundadas no deberían sorprender si se recuerda el apresurado optimismo presidencial de abril de 2020, cuando apenas transcurridos los primeros días de la cuarentena Alberto Fernández se animó a poner a la Argentina como ejemplo y decir “somos un caso único en el mundo y los resultados muestran que le estamos ganando a la pandemia”.

La calamidad que vino después, y que aún no termina, es conocida: la Argentina se acerca a los dos millones de casos de Coronavirus y supera las 47.000 muertes.

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