Gricel

No debí pensar jamás
En lograr tu corazón
Y sin embargo te busqué
Hasta que un día te encontré
Y con mis besos te aturdí
Sin importarme que eras buena
Tu ilusión fue de cristal
Se rompió cuando partí
Pues nunca, nunca más volví
¡Qué amarga fue tu pena!
No te olvides de mí
De tu Gricel
Me dijiste al besar
El Cristo aquel
Y hoy que vivo enloquecido
Porque no te olvidé
Ni te acuerdas de mí
¡Gricel! ¡Gricel!
Y hoy que vivo enloquecido
Porque no te olvidé
Ni te acuerdas de mí
¡Gricel! ¡Gricel!

 

NI TE ACUERDAS DE MI..GRICEL..GRICEL…

Eleazar y Emilio se conocían desde muchachos y fueron de la misma camada en la secundaria, integrada también por Gricel que era la más linda de todas. Eleazar le quiso contar a Emilio, quien se estaba por ordenar al sacerdocio, sobre el proyecto que tenía en manos, pero entre mate y mate le comentó que estaba muy decepcionado porque nadie se quería meter con nadie por miedo. Le dijo también para sorpresa del cura que Gricel era la única que cooperaba porque era amante de un alto marino y cuando éste se emborrachaba largaba como catarsis todos los secretos que tenía en su interior. Se sorprendió Emilio cuando el doctor Medina le dijo que Gricel no solamente era amante del marino sino que su relación se originaba porque en una coincidencia la había contratado como prostituta. ¡Prostituta, Gricel prostituta! exclamó con espanto el curita. Si, le dijo Eleazar, tampoco es para tanto si cada uno lleva la vida como puede. De todas maneras la conversación perdió química y el médico no le contó que venía a verlo para que colaborara en “la obra”. Volverían a verse en otra circunstancia, mientras tanto Eleazar se calmó, tomó un respiro y esperó el tiempo adecuado para continuar con aquel trabajo que comenzaba a entusiasmarlo aunque a veces creía que nada tenía sentido si la indiferencia era dueña absoluta de la gente. Siguió con su trabajo en el hospital y atendiendo a los muertos en vida que estaban secuestrados. No quiso abrevar más en aquellos desgraciados para continuar con lo que había comenzado la antropóloga porque ya no tenía tanto valor ni seguridad, además seguía abrigando sentimientos de culpa con la familia de la antropóloga y nunca dejó de buscar el paradero aunque sus inquietudes, datos, y requerimientos que hacía siempre, caían en la nada. Fue cuando decidió llamar a Gricel ante la feliz idea de que le pudiera sacar al marino el paradero de Amanda.

Despertó como siempre, con los ojos cerrados, por la imposibilidad de que el antifaz, le permitiera a sus párpados, se abrieran naturalmente ante el llamado de la luz. Siempre vendaba sus ojos, para impedir que los reflejos de la noche, desde los carteles luminosos y polícromos  que titilan el semblante de la avenida, le perturbaran la oscuridad de sus sueños. Desde aquel sexto piso con persianas desplegadas desde siempre y que ninguna curiosidad se dignara a emplearlas; se levantaba el ventanal de vidrios anchos con cortinas desteñidas de tanto atajo solar; constituían el mirador de su rutina diaria. Solía despertar a las dos o tres de la tarde, de acuerdo al ánimo, la cantidad de copas o la calidad de amantes que le tocara, para la somnolencia o desvelo, de los últimos pensamientos en la vigilia nocturna. Era un departamento muy pequeño, con todo lo funcional para no envidiarle nada a ningún habitante  de aquel hormiguero de cemento, vidrios, veredas amplias y avenidas ansiosas. Esta funcionalidad se caracterizaba  en el semblante del ritmo que esta mujer le imponía a todas sus cosas. Ella había proyectado su ser en ese habitáculo, entre uno de los tantos rascacielos de la selva gris. Toda su humanidad se manifestaba en la decoración de las paredes del  dormitorio; con póster de hombres y mujeres inalcanzables, de caballos salvajes, rostros transgresores y rebeldes que reflejaban lo que ella quería, aunque no alcanzara en convertirse. El comedor era más discreto; la cocina, como un adminículo y el baño  siempre desordenado, con una bañera resbaladiza de jabones multicolores, máquinas para diferentes afeites, bombachas empapadas y sin lavar, toallas a punto de precipitarse desde el caño de la cortina; todo aquello sobre un mar de espuma, donde avanzaban con rumbo desesperanzado, portaaviones de champúes, cremas enjuagues y cepillos de dientes desorientados. El toilette era otro contenedor ininteligible, con arcos iris femeninos y soles dispersos que brillaban solamente de noche. Aquel conglomerado desordenado de elementos, constituían los seres vivos de su mundo, que giraba en el mundo de sus seres. Luego, la foto de su padre lanzándola desde el tobogán de la infancia, algunos muñecos inexpresivos, la puerta de calle temerosa y con varios cerrojos y un cuadro con flores despintadas de vida en el centro de la pared del comedor, como habitantes inertes de su trinchera solitaria. Sobre la ventanita de la cocina, había una planta de jazmín, cansada y tozuda de florecer para nadie. El único lugar de la casa, donde había que descalzarse para ingresar, como si fuese una mezquita que no se profana  por ser el santuario mayor, era sin duda, el guardarropa. Vestidos de toda época y para todos los gustos de distintos ambientes sociales. Zapatos de día, de noche y hasta de momentos que no se encuadran en ningún espacio de las 24 horas, prestos para las citas consabidas o sorprendentes. Pañuelos traídos de Francia, cinturones artesanales, baby doll, ropas con encajes y cajones de prendas íntimas,  con color y forma para cada gusto masculino, terminaban formando el más formidable cargamento de sensualidad, puesto al servicio del atractivo de turno.

En su agenda, estaban los nombres de hombres permanentes, pasajeros, esporádicos, del más importante de todos, de los nuevos, y de los que, como aquellas cosas que se descartan por cansancio y desuso, pasaban a formar parte de la lista de sensaciones que se quedaron en el pasado. Salvo, un extranjero, con el que no se consumó la relación, su agenda de trabajo, se completaba con hombres viejos, jóvenes, empresarios, paranoicos, aventureros, reprimidos, políticos, delirantes y todas las personalidades que ella conocía al dedillo. Le bastaba acostarse con alguien para saber instintivamente cómo era, qué sentía, y con que clase de bicho se revolcaba. Los hombres no saben guardarse ni a ellos mismos, decía con autosuficiencia.

En algunos vestidos, con la ropa interior incluida, tenía el autógrafo del amante que le regalaban y como un rito, para no herir la sensibilidad del pasajero, ante eventuales citas, debía aparecer con dicho ropaje, como un acto de cortesía ante las obsesiones del amor.

Con el paso del tiempo y la desesperanza, perdió el valor, no volvería a incurrir en el jueguito de los autógrafos y empezó a amedrentarse, cuando los clientes se volvían cada vez más intemperantes. Esa desritualización de amantes que ponían la firma, no atentaba para nada, en su actividad que le permitiera vivir lo suficientemente holgada, aunque no distraída, de vapores pretéritos que la inflamaban de angustia. Vivía así, intensamente, para no recordar, que estaba casi muerta.

Aquella tarde, cuando la pereza le retiraba su habitual antifaz, cayó en la cuenta de que se estaba perdiendo el tiempo mejor. La lluvia. Lloviznaba finito y pintaba el día un cuadro de encantos grises. Era la bendición que caía del cielo, para devolver su ser hacia algún recoveco de su niñez, en un tiempo de mínima felicidad infinita. Esa inexplicable alegría mojada que se llevaba bien con el desteñimiento de su alma, se hurgaba en los entresijos de su pasado, hasta justificarse en aquellos momentos cuando su madre la llevaba a la escuela, no habiendo espectáculo mayor para las dos, como en aquellos días, cuando las botas se inundaban , el paraguas no alcanzaba y las bocacalles se convertían en ríos caudalosos, cargados de hojas, corchos, desperdicios, que alguna vez fueron cosas útiles y que ahora se escabullían por los desagües de su alma.

Aquellos días pintaron la fantasía del cuadro de la niñez, donde su madre hacía de compinche, arrancando hojas del cuaderno que se convertían en barquitos de papel que navegaban sueltos, de costado, sin rumbo, misión ni apuro. Esas impresiones de aquellos momentos habían sido fotografiadas por su alma, tenían el sello de la nostalgia, que se conduele y goza por no volver, hacia un mundo donde solamente llegan los recuerdos. Aquellos días se reinventaban , cuando el agua que caía sobre el ventanal, acompañada por el ruido simétrico de la gotera del baño, el temblor del viento mojado e intermitente, chiflaba en ella el ánimo, hasta llevarlo a la euforia, cuando la lluvia cercana, le devolvía los rayos de soles ya muertos.

Gricel tenía 32 años y ejercía con maestría la prostitución. Vivía bien, tenía un buen pasar, se divertía y las distintas relaciones pegajosas que pasaban por su vida, le dejaban, con sus diálogos y desahogos algún toque de preparación. En el momento posterior al orgasmo, en las cenas o en los preparativos donde los cuerpos se relamen antes de devorarse; solía quedarse con conceptos interesantes de aquellos clientes que ante la inminencia del placer, pretendían conmoverla no solo con sus dotes de seducción, sino que quizás y sin darse cuenta, se reconvertían en Narcizo.

Pasaban todos estos mercaderes por su vida con mentes intrincadas, perversas, graduados en todo y en nada, que en el desahogo le dejaban siempre algo, aparte de la tarifa. Ellos la llamaban  y cuando Gricel, que marcaba con tildes las citas, notaba que alguno de ellos se perdía, tomaba los teléfonos discretos y les recordaba que ya era tiempo de volver al deseo.

El teléfono la sobresaltó, estiró la mano y sin sacarse el antifaz, se llevó el tubo al oído y reconoció la voz de Jorge que la llamaba para invitarla a salir por la noche. Un automóvil pasaría a buscarla y como en una suerte de secuestro consentido la llevaría casi siempre por rumbos desconocidos hasta llegar al mismo lugar donde se encontraba con “el almirante”, con quien pasaría la noche, hasta la madrugada, con una frecuencia aproximada de quince días. Esta relación le dejaba buena plata. Gricel escuchaba de fondo los murmullos del cuartel, se descubrió los ojos, tomó su agenda y tildó el próximo cliente, la noche ya estaba ocupada.

El almirante le dijo que no colgara, tapó a medias con su mano el tubo y con voz encrespada increpó, mientras la muchacha escuchaba del otro lado:

¿Ud. es  pelotudo?

Al capitán,  la adrenalina le rezumaba por todo el cuerpo en forma de transpiración, principalmente en la zona de la nunca. Las piernas comenzaron a temblarle, debiendo mantener fija la mirada ante los ojos escrutadores que reclamaban la respuesta. El capitán sabía que desde su interlocutor podía venir cualquier cosa, la regresión de su carrera militar hasta la desaparición física inclusive. Pero lo que más le inquietaba era la incertidumbre de saber qué había hecho tan mal ahora, como para que al almirante estuviese tan ofuscado. En realidad la relación era bastante fría porque Jorge nunca aceptó que un capitán del ejército cumpliera funciones en las detenciones y torturas que se llevaban a cabo desde la ESMA. Pero la confrontación nunca había adquirido esos ribetes que se traducían en la pregunta con sabor a insulto retórico cuando le reiteraba:

¡Conteste!. ¿ Ud. es pelotudo?

El capitán sintió el corazón cerca de la boca y para mayor humillación ahora la transpiración le bañaba toda la cara. No sabía que decir, cómo encarar una respuesta o un atisbo para salir de ese estancamiento ante el repetitivo insulto del almirante, entonces agachó la cabeza, tomó algo de aliento y con los ojos enjugados por el escarnio de sentirse brutalmente sometido, no atinó a contestarle otra cosa que no fuera un displicente:

-Si almirante, soy un pelotudo, un triste pelotudo,¿ que le vamos a hacer?. Jorge lo conminó a que levantara la cabeza, obligándolo que lo mirara en los ojos, entonces lo apabulló:

-Ud. No es un triste pelotudo, ni siquiera le daría esa jerarquía. Ud. Es un pelotudo triste.

Después le advirtió que la próxima vez que liquidara a una subversiva jugando a la piñata, lo iba a matar de la misma forma que había procedido con la muchacha, porque le dijo, era una vergüenza que el ejército tuviera personajes como él, que sin tener ningún tipo de información sobre el valor que tienen algunos detenidos, solo arbitrariamente se divertían haciendo desaparecer estos seres, que aunque despreciables, tenían un alto valor informativo para las fuerzas armadas porque de esas informaciones se podían salvar vidas, vidas inocentes que a diario caían por la subversión. Le recordó a demás que no se olvidara que solamente él era el único que tenía los poderes omnímodos dentro de la escuela y que se atuviera a las consecuencias si se enteraba de otro operativo similar sin habérselo consultado.

El capitán lo miraba con ojos apagados de tiburón, mientras Jorge con el tubo en la mano y con Gricel escuchando desde el otro lado, se desflemó de toda la rabia que le había causado, más que la muerte, el entrometimiento de este ser a quien consideraba despreciable, sobre sus prisioneros. Sin quitarse ambos la vista de encima y con desprecio le dijo que se retirara, que no lo saludara, ni hiciera ruido, porque era como si hubiese estado hablando con nadie, porque le remachó que no llegaba al rango ni de boludo total.

El capitán abandonó el despacho y sintió en carne propia el contraste de aquella guerra en que estaba metido, y que por momentos se sentía con poderes como para discutirle a Dios, nada más y nada menos que la vida y la muerte de las personas.

Tomó nuevamente el teléfono y le dijo que tenía un acto importantísimo, pero que por la noche la pasarían a buscar en la misma hora y en el mismo lugar. Como Gricel tenía una cita con un banquero y debía  cambiar la agenda, titubeó, pero rápidamente le dijo al almirante que estaba media dormida.

Los alumnos hicieron un silencio sepulcral, mientras  la plaza de armas presentaba un colorido cuadro entre las distintas formaciones, las banderas, el reflejo del verde billar del entorno que rodeaba el mástil mayor. En la parte norte había una gran multitud de padres, parientes y novias que venían a participar de aquel acontecimiento inolvidable. No faltaba la bandada de fotógrafos, que debía registrar cada momento, cada emoción que mantuviera con el tiempo la imagen intacta, a la que generalmente suele degradar la memoria. Sobre dos cóndores que custodiaban la explanada mayor, había otro mástil más pequeño con la bandera celeste y blanca que flameaba tranquilamente con la suave brisa de la mañana. El sol comenzaba a calentar los uniformes, apurando el comienzo del acto. Un leve movimiento del brazo de uno de los soldados se percibió instantáneamente en una presentación que debía ser extática. Era la foto en vivo en la que contrastaba el bullicio de los niños entre la multitud abigarrada y colorida. Frente a la bandera, esperando la bendición militar, se elevaban sobre el conjunto, las nuevas camadas de cadetes que a partir  de ese momento, aspiraban al primer peldaño hacia el máximo goce militar, la graduación. Todo estaba listo y la tradición de alta alcurnia militar en el patio de la armada, llegaba desde el abolengo y la aristocracia primigenia de la argentina. La armada era el refinamiento de las fuerzas armadas y como en un altar mayor, se cristalizaba la alcurnia en todo su esplendor. Sangre de marinos que viajaban por el mundo, tenían los mejores contactos no tan solo con el poder, donde no faltaban eclesiásticos, empresarios e intelectuales. Rezumaba en ella la perfección del arte militar. Padres, hermanos orgullosos, madres emocionadas y novias esperanzadas aguardaban el acto sublime del juramento, que sería el reaseguro de la salvación de la patria como lo requería San Martín. Ahora más que nunca ante la guerra que libraba la Argentina contra la insurgencia o la representación del mal.

El mandato era exterminar todo aquello que atentara contra la integridad nacional y la circunstancia histórica se equiparaba  como la segunda emancipación. La iglesia no deliberaba y se encolumnaba discrecionalmente detrás de las fuerzas militares, recreando el concepto de que Dios era militar y de que el diablo era guerrillero. Los medios manipulados, la población confundida y paralizada  por el miedo, sostenían el modelo de una naturaleza humana que se manifiesta en atacar y en huir, bajo el estigma de dominante dominado.

El himno, el izamiento de la bandera, los tacos de los borceguíes bien juntos, los fusiles en la misma línea y la imposibilidad de que se moviera una mosca.

El almirante llegó con su uniforme  y  la corbata bien impecable para que  le resaltara la vena del cuello. Jorge estaba resplandeciente  y frente a toda esa sumisa multitud, presentía el ego que le recorría todo el ser. Puso las hojas del discurso en el atril y con voz impostada, comenzó el sermón militar.

ESTAS PALABRAS, NO PORQUE LAS DIGA YO, SERÁN LAS MAS IMPORTANTES EN SUS VIDAS. ES EL ACTA DE REFRENDAMIENTO DE TODO LO QUE APRENDIERON EN ESTOS AÑOS. ES MÁS, ES EL SERMON DE LA MONTAÑA DE VUESTRAS VIDAS, EN LA DIFICIL E IMPOSTERGABLE TAREA QUE HOY NOS ASIGNA LA PATRIA. Todos estaban tensos y emocionados.

LA GUERRA FRIA POLARIZADA ENTRE DOS POTENCIAS DEL ESTE Y DEL OESTE HA ENVUELTO AL MUNDO EN UNA CONFLAGRACIÓN ENVOLVENTE QUE DEGENERA POR PARTE DE LA IZQUIERDA EN LA INSURGENCIA. ESTA IDEOLOGÍA APATRIDA Y PERVERSA, QUE EN AMERICA TIENE A CUBA COMO DELINCUENTE INTERNACIONAL, FACTORIA DE LA UNION SOVIÉTICA. . YA HA POSADO SUS TEMIBLES ALAS EN NUESTRO QUERIDO Y SOBERANO PAIS. . FRACASADO EL PRIMER CONATO DE INGRESO DESDE BOLIVIA POR EL CHE GUEVARA. LA SUBVERSION ARREMETE NUEVAMENTE SOBRE NUESTRO PAIS A TRAVES DE LA PENETRACION ARMADA, INTELECTUAL QUE AVASALLA A NUESTRAS UNIVERSIDADES, LUCRANDO CON EL IDEALISMO DE NUESTROS JOVENES Y LA TRANSGRESION DE VALORES.

EL EJERCITO REVOLUCIONARIO DEL PUEBLO, LOS MONTONEROS, LOS GRUPOS TACUARA Y LAS DISTINTAS ORGANIZACIONES SATÁNICAS QUE SE INFILTRAN EN LA UNIVERSIDAD, EN LAS FABRICAS Y EN CUALQUIER CELULA SOCIAL, QUIEREN DESTRUIR EL TEJIDO BÁSICO SOCIAL ARGENTINO. SE COMETE TODO TIPO DE ATROCIDADES, Y NUESTRO DEBER COMO SOLDADOS DE LA PATRIA ES ESTAR PREPARADOS PARA ENFRENTAR ESTA PLAGA DIABOLICA, PARA PRESERVAR NUESTRA CAUSA MAYOR QUE ES LA NACION. Jorge  aflojó el nudo de la corbata y se pasó el pañuelo por la cara. El sol empezaba a impacientarse.

HAY QUE CUMPLIR A RAJATABLA LA ORDEN DE UN EXPRESIDENTE DE LA NACION: LA ANIQUILACIÓN ABSOLUTA DE ESTA LACRA SOCIAL. LA INOPERANCIA DE LA CLASE POLITICA ARGENTINA  Y ANTE LA DEGRADACION DE TODOS LOS ORDENES INSTITUCIONALES DE LA REPUBLICA, LA CONSTITUCION NACIONAL EN SU PERFECTA INTERPRETACION; LE CONFIERA A LAS FUERZAS ARMADAS, LA DEFENSA DE LA SOBERANIA, CAMBIANDO SI ES NECESARIO SANGRE POR SANGRE. HAY QUE RECUPERAR LA DIGNIDAD PERDIDA .UDS. SON EL REASEGURO DE LA IDENTIDAD Y DE LA SEGURIDAD NACIONAL, POR LO QUE DEBERAN ACTUAR TAL COMO SE VIENE HACIENDO POR PARTE DE LAS FUERZAS ARMADAS. DEBEN MEMORIZAR PARA SIEMPRE, EL SIGUIENTE DECALOGO QUE DEBERA SER LA VIA AUREA DE VUESTRAS VIDAS:

El almirante dio vuelta la página, entre los rígidos pensamientos se le pasó por la cabeza la figura de Griselda. Se recompuso y comenzó:

PRIMERO: EL SUBVERSIVO Y SUS CONEXIONES CONSTITUYEN  UN TEJIDO DEGENERATIVO QUE DEBERÁ  SE EXTIRPADOS.

SEGUNDO: HAY QUE QUEBRAR AL ENEMIGO, UTILIZANDO TODA LA TÉCNICA QUE ESTÉ A NUESTRO ALCANCE PARA OBTENER LA INFORMACION PRECISA.

TERCERO: TODA APELACION A LA CUESTION ETICA DEBE SER SUPRIMIDA DEL VOCABULARIO MILITAR HASTA GANAR LA GUERRA.

CUARTO: EL SUBVERSIVO ES DIABOLICO POR LO TANTO IRRECUPERABLE.

QUINTO: LAS FUERZAS DE INTELIGENCIA DEL ESTADO HARAN LAS OPERACIONES PERTINENTES DE ACUERDO AL PLAN QUE TRATA ESTRATÉGICAMENTE EL PRESIDENTE DE LA NACION.

SEXTO: NO QUEDARA SECUELA DE INSURGENCIA EN LA ARGENTINA. POR LO TANTO TODA SUBVERSIVA QUE SEA DETENIDA EN ESTADO DE EMBARAZO, UNA VEZ PRODUCIDO EL PARTO, EL RECIEN NACIDO POR EL CARÁCTER HUMANITARIO Y CRISTIANO DE NUESTRAS FUERZAS, DEBERA SER ENTREGADO A PERSONAS DECENTES, SIN DEJAR RASTRO DE IDENTIDAD BIOLÓGICA QUE PUEDIEREN AVERGONZARLOS ALGÚN DÍA SI SE ENTERASEN QUIENES FUERON SUS PADRES.

SEPTIMO: NO HABRA JUICIO A SUBVERSIVOS, PORQUE EN LA GUERRA SE MUERE O SE MATA. DE LA MISMA FORMA QUE NUESTRA GENTE NO TIENE OPORTUNIDAD DE DEFENSA CUANDO SON MASACRADOS.

OCTAVO: PARA LA RESTITUCION MORAL, POLITICA Y SOCIAL DE LA NACION, LAS FUERZAS ARMADAS, CONTINUARAN POR TIEMPO INDEFINIDO EN EL PODER.

NOVENO: COMO LO QUISO EL PADRE DE LA PATRIA, LAS FUERZAS ARMADAS TIENEN LA OBLIGACION MORAL DE SALVAR A LA ARGENTINA DE ESTE NUEVO E IMPIADOSO ENEMIGO.

POR TODO LO DICHO: ¡ JURAIS POR DIOS Y LA PATRIA, DEFENDER ESTA BANDERA HASTA PERDER LA VIDA!

¡SI JURO! Se escuchó el juramento atronador que venía de todos los costados, incluidos los civiles que se sentían alborozados.

¡ QUE DIOS Y EL CORAJE DEL GENERAL SAN MARTIN OS ACOMPAÑE!.

Con paso sereno el almirante se retiró ante el desorden que producían las voces y los abrazos de los familiares y cadetes que se constituían en los nuevos héroes de la patria. Tampoco faltaban voces enfervorizadas de camaradas que lo saludaban y vitoreaban a Jorge.

¡Jorge estuviste fantástico! Y la grabación será escuchada en todos los liceos del país. ¡Bien, bien! Contestó el almirante con un dejo de arrogancia hasta que le pidió a su asistente que lo comunicara nuevamente por teléfono. Se sentó en el despacho, tomó el tubo hasta que una voz femenina lo atendió.

Nunca te olvidés que sos puta de un solo dueño y colgó.

Del otro lado, Gricel  trataba de buscar un nuevo turno para el banquero. Se recostó en la cama y desde la radio se escuchaba una canción que la proyectó hacia el futuro: “cuando seas vieja, ya no vas a tener, ni esposo ni hijos, ni para pagar alquiler”.

Su boca carnosa sonrió cuando se le cruzó por el pensamiento,  que podría encomendarse a alguna santa de las putas. La san puta.

A las 23 en punto se detuvo un automóvil lujoso en la puerta del departamento, tocó como de costumbre dos bocinazos, detuvo la marcha y dejó los laterales encendidos. Pasaron cinco minutos, salió a la calle, cerró la puerta, saludó, entró al auto y se marchó. Iban por un lugar que se perfilaba sobre una colina, subieron en caracol, hasta llegar a la cima, donde se levantaba una especie de castillo medieval envuelto en el follaje de tupidos arbustos. El chofer descendió primero y le abrió la puerta del automóvil, inmediatamente se le acercó un mozo con una bandeja ofreciéndole una copa y una flor.

Gricel conocía de memoria este tipo de ritos, porque ya lo había hecho en varias oportunidades. En este caso la paga era doble, pero debía soportar una pseudo cena de gala, donde aparecían todo tipo de personajes, solos y acompañados. Allí merodeaban hombres del periodismo, de la farándula, empresarios, políticos, intelectuales que se entremezclaban con militares para debatir los más variados temas que a veces tomaban el cariz de altisonancias y debates que estallaban en polémicas. Posteriormente cenaban para pasar luego a un gran salón donde más relajados volvían a charlar sobre diferentes temas. Gricel era conocida en este ambiente pero nadie se atrevería a cortejarla porque todos sabían que le pertenecía al almirante. En ese foro secreto, la muchacha escuchaba de todo y posteriormente en la cama, ya con su amante, le comentaría las cosas que escuchaba y de boca de quien, para que el almirante terminara haciendo algún gesto, preguntaría nuevamente sobre quien dijo tal concepto y le aclararía a Gricel cosas que ella no entendía.

Esa noche estaba hermosa, se veía como nunca, vestía de acuerdo a la ropa que le compraba el almirante para aquellas ocasiones, tenía cierta mirada apática ante  las discusiones de turno, lo que  la hacía inalcanzablemente bella. Escuchó nada más que coincidencias entre el grupo que tenía cerca sobre las posibilidades de la Argentina ahora que las fuerzas armadas estaban eliminando la subversión, plaga que no dejaba resquicio para la seguridad, atentando contra las inversiones y la integración del país en el mundo. De todas maneras creían que desaparecido todo rastro de ese demonio en la Argentina, seguramente volvería a ser una de las maravillas del mundo, gracias, fundamentalmente al espíritu heroico del poder militar. En la mesa habían desfilado manjares singulares, variados, exquisitos, con los mejores vinos que Gricel no despreciaba a pesar del bostezo de su alma, por estar en un lugar al que ni siquiera despreciaba. Solamente cumplía con la presencia para luego acostarse con Jorge y cobrar un suculento precio, por una noche de placer. El festival de la adulonería se centraba sobre la figura del almirante quien no se despegaba de Gricel para que ella tampoco pudiera obviar que también era parte del protagonista. Se sentía como una diosa apetecida por los epígonos del almirante, quienes podían deleitarse con ese manjar prohibido. Luego, a determinada hora cuando el entusiasmo decaía, imperceptiblemente el automóvil los trasladaba hacia otro lugar para llegar a una casa solitaria y majestuosa que ella conocía solamente de noche. No obstante disfrutaba estar en la cama con aquel hombre que la mimaba, la protegía y le daba todos los gustos. Jorge, pasado en años y ansioso de carne joven , llegaba al elixir con aquella muchacha a quien le había prohibido que saliera con otro hombre, aunque ella lo traicionaba repartiéndose entre varios cuerpos por el afán de vivir muy bien y de acumular dinero, para cuando ya no la quisiera nadie. A veces en el fragor de la relación, se mimaban, se hablaban, él la trataba cariñosamente de puta,  con el profundo lenguaje de las malas palabras para que ella retozara, gozara y se divirtiera, olvidándose por unos momentos de la vida sin vida. Jorge, que aparentaba ser un duro, en la cama se volvía tierno, meloso, tratando de que ambos creyeran  que todo era auténtico y definitivo, entonces el almirante la rodeaba, le acostaba su cabeza en el pecho y la dormía profundamente por unos minutos, en un tiempo que se parecía a la eternidad. Después, él encendía un cigarrillo, charlaban y divagaban hasta que el placer quedaba exhausto. Finalmente se despedían en el interior de esa casa misteriosa, ella subía al auto y el chofer la llevaba hasta el departamento. Cuando la muchacha llegaba encendía las luces, se introducía en la bañera y se quedaba un largo rato como otro rito que cumplía cada vez que hacía el amor; luego depositaba airosa el sobre de dinero en el cajón de la mesa de luz, el que casi siempre venía en dólares, se ponía el antifaz y se entregaba a los sueños.

Cuando Gricel se estaba durmiendo sonó el teléfono, eran las cinco de la mañana y le llamó la atención que alguien pudiera llamar en ese horario. Del otro lado del tubo escuchó la voz de un hombre que le hizo recordar una pasada relación pero lo interrumpió:

  • Si pero ahora no es hora……

Eleazar  le dijo que la había estado llamando toda la noche y que necesitaba verla en forma urgente, porque estaba desesperado,  el tema no era sexual y que era de vida o muerte. Gricel se sentó en la cama, se sacó rápidamente lo que le tapaba los ojos y le preguntó quien era y cual era el asunto para molestarla a esa hora. Eleazar le rogó que lo recibiera a la mañana siguiente en el lugar que ella decidiera porque estaba desesperado. Ella titubeó unos instantes y con apatía le dijo que a las diez de la mañana se encontraría en un café céntrico y colgó. Esa noche  Eleazar durmió como un lirón.

Eleazar le contó todo lo sucedido, que el  hijo de la muchacha iba a cumplir  dos años y que no tenía remotamente noticias del paradero de la madre. Necesitaba por lo tanto, alguna posibilidad de que el marino que alguna vez le contó tenía relaciones con ella, lo pudiera recibir o le pudiera dar alguna información sobre víctima..

-¿Quién te dio mi teléfono? preguntó Gricel. Y quedó perpleja cuando se enteró de que era Emilio, pero no por el hecho de que fuera él sino porque Eleazar le contó que aquel amigo en común ahora estaba cerca de recibir el sacramento del sacerdocio.

¡Emilio cura! Se sorprendió aún más la muchacha. Eleazar le contó que a él también lo asombró pero que faltaba muy poco para que Emilio fuese ordenado, cuando le llegó de la noche a la mañana esa vocación y que le había contado que de todas formas era la búsqueda del sentido de la vida.

Gricel suspiró, miró hacia los costados, perdió por unos instantes su mirada por la ventana del café y sin mirar a Eleazar comenzó a hablar:

_Es insoportable esta vida, pero ahora me doy cuenta,  que siempre hay alguien que sufre más que una.

Eleazar llamó al mozo pagó el café, le preguntó a la muchacha si necesitaba plata pero ella negó con la cabeza mientras  se levantaban, salieron y se fueron caminando despacio. Gricel le dio la dirección de su departamento y le pidió unos días para poder elaborar una estrategia sobre la búsqueda de Amanda y le dijo que  se volverían a ver, no sin antes pedirle que lo llevara a Emilio porque quería que le contara sobre esta experiencia mística que tanto la había sorprendido.

Gricel cometió un error que le podría haber costado la vida. Cuando le transmitió al almirante su curiosidad por una amiga desaparecida desde hacía aproximadamente dos años y que por preocupación de sus familiares quería que él hiciese algo al respecto. Le dijo que  la conocía,  era una mujer intachable madre de un hijo de dos años que justamente había nacido cuando ella desapareció, se llamaba Amanda Lerice. Se lo pidió en el fragor de la cama cuando le pedía lo imposible para que Jorge se lo diera como quien pone el mundo a disposición del otro. Le hablaba tratando de sacar información y se olvidó del momento psicológico sexual, sin percatarse de que quien estaba con ella había dejado de tener de golpe erección. Los cuerpos se separaron como quien toma distancia por sospecha y el almirante comenzó a mirarla detenidamente sin quitarle los ojos que se iban transformando en los de una serpiente. Amanda Lerice, la subversiva que había matado “el pelotudo del capitán” era amiga de su amante, quien le pedía que mediara o que le diera información. Se le subió la adrenalina, no se contuvo, se levantó rápidamente, se puso los pantalones y se encerró en el baño. Esta vez estaban en un hotel, porque a veces alternaban. Griselda quedó preocupada porque intuía que ante tal reacción a Jorge no le había caído bien el pedido que le acababa de hacer. Jorge se miraba en el espejo y no podía entender que quizás se hubiera acostado en todo este tiempo con una subversiva o con una espía, lo que le despertaba aún más la paranoia, sintió que se transfiguraba y comenzó a temblar, se lavó la cara y trató en vano de calmarse. De repente pensó que inmediatamente debería matarla porque dejarla viva después de lo que había escuchado sería un riesgo innecesario, pero insistió en calmarse pensando que a lo mejor solamente era una coincidencia que Gricel hubiera conocido a la desaparecida. Ella había encendido un cigarrillo, se recostó sobre dos almohadas y le preguntó:

¿Estás bien Jorge? Un seco, ¡ya salgo! no la tranquilizó y esperó tensa esperando el momento que el hombre saliera del baño. El almirante abrió la puerta sin mirarla y tomó el teléfono del hotel. Lamentó no haber estado en la casa misteriosa lo que le hubiera ahorrado tener que dar explicaciones y le pidió al recepcionista que no hiciera caso a ciertos ruidos y quejidos que se iban a escuchar por esos jueguitos del amor porque si era discreto a la salida le daría una linda propina. El empleado aceptó con gusto.

-¡ Vamos a jugar! le dijo Jorge a Gricel, quien seguía desconcertada. Inmediatamente de un  zarpazo arrancó las sábanas con que la muchacha tapaba su bello cuerpo, la tomó de los pelos y con el cinto comenzó a flagelarla por todos lados, mientras la insultaba y la escupía.

-¡ Así que ahora sos  alcahueta de subversivas, yo te voy a dar!. Gricel logró soltarse y corría despavorida por toda la habitación, pero no tenía margen de espacio ni de salvación y permanentemente se encontraba con un puño cerrado o con el cinto que Jorge le descargaba despiadadamente, con el envalentonamiento del miedo que se transforma en furia. Latigazos que caían sin misericordia sobre los pechos, la espalda, las piernas y por todo el cuerpo de la espantada mujer. Los gritos desesperados de la joven, lejos estaban de parecerse a los aullidos del placer, pero el almirante más se ensañaba, con tanta locura que no veía la sangre que empezaba a abrirse paso a paso por la boca y la nariz de la muchacha.

-¡Hija de puta..me estás preparando una emboscada! hasta que sintió golpes en la puerta, pero neutralizó rápidamente alegando que ya se iban. Gricel estaba tirada en el piso ensangrentada y machucada, solamente se le escuchaban algunos quejidos roncos, entre sollozos, pidiendo que viniera su madre. El almirante se vistió rápidamente, hizo un bollo la ropa de la mujer, la tiró dentro del auto, regresó,  la joven seguía inconsciente,  tomándola de los pelos la arrastró y la tiró como una bolsa de basura detrás del vehículo.

¡Hijo de puta la propina! se escuchó, pero el almirante salió raudamente hacia la ruta. La chica se incorporó levemente mientras que Jorge la miró por el espejo retrovisor, giró su cuerpo y le pegó un puñetazo que la desmayó nuevamente. Se dio cuenta de que iba muy rápido, trató de tranquilizarse, encendió un cigarrillo y desaceleró, se miró el rostro en el espejo y se dirigió hacia donde vivía Gricel. En ese momento no sabía que hacer, si la mataba, la hacía desaparecer o la dejaba en el departamento. Entonces tomó la decisión de matarla y tirarla al río por lo que encaró hacia la costanera. De esta forma se dijo, terminaría para siempre con algo que sería una preocupación constante. Llegó hasta un lugar solitario, puso el auto a la par de la muralla y  dispuso tirarla al río, así como estaba, porque seguramente moriría ahogada. Se bajó cauteloso, abrió la puerta de atrás, pero cuando la vio desnuda, notó que se traicionaba porque se le mezclaban el deseo, con la bronca por tanto tiempo de haber estado juntos. Le dio como un ataque de nervios y parado frente al río se puso a insultar a Dios y a gritar como un desaforado. Entró nuevamente al auto y se la llevó al departamento. ¿Que podría hacer esa pobre diabla contra sus poderes omnímodos?, se consoló. Estacionó el auto, la noche estaba muy oscura, le sacó las llaves, subió por las escaleras más discretas que el ascensor, llevándola en los hombros hasta que  abrió la puerta del departamento. La tiró como una bolsa de papas sobre su cama.

Se fue maldiciendo haber conocido a esa puta barata que solamente le había traído dolores de cabeza, pero no pudo sostener ese pensamiento por mucho tiempo, cuando cayó en la amargura de que no la mató porque había algo que no alcanzaba a descubrir, por aquella bella muchacha con quien había pasado tantas horas de placer. Por la noche no pudo conciliar el sueño y se levantó varias veces al baño, su mujer le preguntó si le pasaba algo, pero le dijo que todo estaba bien y que siguiera durmiendo. Con la cabeza en la almohada siguió discurriendo si debía haberla matado o no. Y se juró que si vivía sería de él o de nadie, porque entonces sí, la tiraría al río.

Gricel quedó sumida en la inconsciencia durante un día y cuando despertó sentía que el mundo se le había desplomado sobre ella, estaba desfigurada, todavía saboreaba el gusto a sangre coagulada, las sábanas se le habían pegado en la piel lastimada y cuando tosió, entonces sí, creyó que había tocado la cima del dolor. Tenía por lo menos dos costillas rotas y aquel atractivo cuerpo se había convertido en una bolsa de arpillera con moretones por todos lados. Intentó levantarse pero no pudo hacerlo, el dolor era insoportable y para mayor denigración sintió que no controlaba el esfínter y las sábanas parecían un cuadro de mujer muerta, sumida en un pantano de sangre y mierda. Jorge la había molido entera, y le dejó la impronta de un hombre por siempre violento pero que ahora mostraba el costado que supo disimular a través del placer, habiéndola dejado en ese lecho con la esperanza o no, de que moriría irremediablemente. Pero más convencida que Jorge estaba Gricel, porque ella se sentía olor a muerta, aunque sin embargo trataba de salir de ese pozo inmundo,  sin que pudiera quejarse porque hasta los quejidos le dolían, entonces pensó en pedir ayuda pero irónicamente ella, que era la atracción de los hombres pudientes, ahora se encontraba sola en el mundo, sola y sin sentido. Estuvo dos días tendida en la cama sin poder pararse en un ambiente que comenzaba a apestar, se hacía sus necesidades, todavía tenía algunas heridas abiertas y cuando volvía a estar lúcida solamente aprovechaba ese tiempo para clamar al cielo o a alguien que le diera la muerte creyendo que de esa pesadilla no volvería a salir. Por las noches le venía la fiebre con furor y ardía en delirios que lentamente se iban apagando al amanecer para que durante la mañana otra vez  recomenzara  a sufrir porque no tenía otra opción. Así estaba, media muerta, media viva, sintiéndose ni viva ni muerta. Cuando pasó el tercer día mientras seguía postrada en la cama, una mañana la despertaron golpes en la puerta de calle, entonces recobró el ánimo, se incorporó padeciendo el suplicio como si estuviera cosida por miles de agujas, se fue tomando de los muebles y apestando se puso un tohallón para no llegar desnuda a la puerta de calle. Se seguían escuchando los golpes, ella marchaba caminando sobre vidrios y cuando llegó hasta la puerta hizo un esfuerzo enorme para preguntar quien era. Escuchó la voz de Eleazar que venía acompañado de Emilio como ella se lo había pedido, entonces dudó unos instantes y sintió vergüenza por el olor y la imagen de espectro que presentaba su ser, hasta que observó que la puerta siempre había estado abierta, porque el almirante cuando la dejó postrada no pensó en la llave. La abrió pausadamente, mientras los dos amigos quedaron aterrados cuando una mujer cuajada en sangre se les vino encima como si fuera una estatua que se derrumba.

A partir de ese momento podría decirse que la muerte quedó desalojada porque Eleazar se movió rápidamente, como médico, la asistieron permanentemente con Emilio, por las noches  se quedaba Eleazar a cuidarla, le lavaba la ropa, le dejó impecable la casa, le perfumó la pieza y la primer noche cuando Emilio se fue muy tarde, con toda delicadeza la llevó hasta la bañera y la sumergió en aquel bálsamo de tibieza y calidez humana. Dudó  cuando tomó el jabón entre sus manos por la resistencia que podría esgrimir aquella muerta en vida, pero hizo de tripas corazón y la jabonó con mucho cuidado, luego la sacó del baño cubierta con el tohallón y la acostó en su cama. Eleazar sintió por primera vez en años que se sentía útil para algo o para alguien cuando la mente estaba descansando de los estragos del sufrimiento por la desaparición de Amanda. Los dos tenían el mismo pensamiento, porque mientras Gricel sospechaba que nadie sentiría atractivo en ese momento por su cuerpo malherido, de la misma manera, el ángel protector tenía el alma hecha trizas como para pensar en el apetito sexual. Por eso lentamente ella se fue entregando a los cuidados de aquel hombre que también tenía profundas cicatrices en el alma, tantas como para tener empatía por el ser que estaba cuidando. Entonces y después de las visitas diarias de Emilio, Eleazar le daba la comida en la boca cuando superó la etapa de las sopas y comenzó a alimentarse con comidas livianas pero sólidas, le administraba los medicamentos, la transportaba hacia el baño, esperaba detrás de la puerta respetando el pudor ante las necesidades, luego la aseaba cuando no la bañaba, para dejarla en la cama, suavizándole la machucada y lastimada piel con ungüentos que le fueron curando las heridas. El almirante por su lado no salía  del dilema trágico,  discurriendo entre ir a la casa de la amante o el convencimiento de que la policía ya la había encontrado muerta, pero la joven se recuperaba lentamente. Eleazar, respetuoso  cuando comenzó a observarla recuperándose, la dejó caminar sola, comer normalmente, hasta que también, como quien debe rehacer la memoria para empezar a vivir nuevamente, volvió a bañarse por sus  medios y a retornar a la vida cotidiana con su propio ánimo. Eleazar no le había permitido que se mirara en el espejo, pero en la medida que fueron pasando los días, se le desinflamaron los moretones y cuando su rostro volvió a ser naturalmente hermoso, ella se animó a ponerse un poco de pintura, se vistió  como antes,  apareciéndose  espléndida:

¡He vuelto a ser yo!

Así estuvieron durante un mes y cuando Gricel quedó totalmente recuperada, apareció una nueva preocupación, porque un día cuando Eleazar ya había vuelto a su casa, le golpearon la puerta pero ella vio por el mirador que era el almirante que volvía por su presa. No abrió  y rogó a todos los santos para que se fuera. A la mañana siguiente por gestión de Emilio, la recibieron temporalmente en un convento de Carmelitas Descalzas para apartarla del destino aciago que insistía en su puerta. Jorge volvía por las noches golpeaba la puerta pero al comprobar que nadie contestaba se marchaba, hasta que un día con el taco del pié rompió la cerradura y se encontró con la coincidencia de dos vacíos, el del departamento y el de su alma.

¡La hija de mil putas se ha ido!

Se insultó varias veces por no haberla matado ahí, esa misma noche cuando el río era cómplice, juramentándose que no sería de nadie. Pero su dolor  que se le metía como un estilete filoso, era por la impotencia de saber que siendo tan todopoderoso, caía en la cuenta de su debilidad por esa mujer que mientras tuvo sexo la relación se le disfrazaba con la máscara del placer cuando en realidad, ahora que la había perdido, sabía que Gricel era algo más que eso en su vida, quizás un reconocido sentimiento, recordando que al golpearla así de esa forma tan bestial, no lo había hecho simplemente por temor, sino por la indignación de que las cosas nunca más volverían a ser como antes. Estaba desarmado y no lo consolaba el pensamiento de que tenía armas para elegir entre miles de mariposas nocturnas, que se posaban en los atractivos de la ciudad.

Gricel tenía ahora dos problemas, cómo se ganaría la vida mientras estuviera con las hermanas y cuánto tiempo aguantaría así, porque no quería volver a la prostitución después del susto en el que casi pierde la vida. Vivía sobresaltada y viendo a Jorge hasta en sus sueños más estremecedores, tampoco se animaba a salir a la calle porque si la encontraba sabía que la mataría sin apelaciones. Pero se tomaría su tiempo para volver a empezar, por lo pronto se sorprendía ante aquellas vidas tan simples que en un ambiente de paz, no conocían los horrores del mundo. Por eso con el paso de los días su alma se fue calmando y aún sabiendo que tarde o temprano se marcharía, por primera vez en su vida había encontrado un poco de calor humano.

Por las noches cuando se iba a dormir, en ese claustro con santos que la miraban con ojos de yeso, cuando recordaba el infierno por el que pasó, quedaba perpleja ante los contrastes de la vida, porque ahora percibía cierta paz como si estuviera a un escalón  del cielo. Entonces, se metía en la cama y con las manos, ante su cuerpo signado por las cicatrices del cinto del odio, se recorría y tocaba vieja, aunque por dentro, comenzaba a sentir otra vez el fragor de la juventud.

 

 

 

 

 

 

 

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