Desde los últimos 500 años de la conquista y con miras a los próximos 200 años que cumplirá La Argentina estamos en el “entretiempo” de la historia, y nos basta para mirar mejor todo el proceso de “resumen genético histórico” que desde el estrago de la conquista cumplió con la paradoja de parir “notables” en el período decimonónico. Pero como el dolor es  contra cara del humor, porque los dos se fagocitan, vuelve a darse el contrasentido entre las décadas de los setenta y ochenta del siglo veinte, con la aparición de la primera caricatura argentina, que sintetizará el ADN de toda una población.

Será arquetipo, ícono y símbolo nacional, moneda de cambio identificatoria que todos llevaremos en el bolsillo y resumirá con precisión astral, la ecuación dolor-humor de nuestro ser, habitándonos tan naturalmente como la antonimia Caín-Abel que nos brota inmanentemente.

El negro fue uno de los tantos tipos que se vino del interior del país para triunfar en Buenos Aires. La gran ciudad que siempre fue el atractivo, puerto, pasaporte y despegue de ida y vuelta hacia la fama, no solamente para cantantes, artistas en general, deportistas y cómicos, no podía ser imán ausente de las ambiciones que venían despertando en su ser, cuando cayó en la cuenta de que en La Argentina se puede ser muy talentoso en cualquier cosa, pero si no se pasa por la graduación en Buenos Aires que es la proyección nacional e internacional, posiblemente- te morís y te entierran con todos tus talentos a cuestas- por eso

debió pagar pasaje a la fama, yéndose  del interior hacia el exterior de la Argentina que es Buenos Aires.

Llevaba consigo lo que no imaginaba que tenía-el designio de que en su persona lo habitaran todos los argentinos- nada más y nada menos, como un actor muy particular que debe representar ante el escenario de la historia, los caracteres esenciales de 36 millones de personas. Alquimizar la aleación de metales anímicos, extrayendo la substancia primigenia del arquetipo argentino, para lo cual requeriría el crisol de una gran variedad de máscaras innatas, que nacieron con él, es una de las obras artísticas más caras en la historia de la humanidad, que nadie lo podría hacer como solamente lo hizo él, sin que remotamente pudiera pasar por la mente de la academia sueca que otorga el premio Nobel.

En primer lugar porque este es un caso que se dá en la Argentina, para contradecir la genialidad del gran maestro ciego cuando disparó: “ eso que nadie puede explicar, un argentino”. Sin embargo El Negro, no imaginando que el destino hace exactamente lo contrario de lo que uno quiere, se vino preparando genéticamente durante siglos y se abrió como una morisqueta perfecta entre los setenta y lo ochenta, cuando el dolor estaba en su mayor esplendor.

En el escenario de una de las mayores tragedias que vivía este pueblo desconcertante, aparece este símbolo de ser nacional, quien vivirá, actuará y pasará a la posteridad, como un muerto que hace reír a los vivos, habiendo vivido, sin saber que sería el prócer de la risa  elevado a la categoría de inmortal, porque su ser se prolongará en la idiosincrasia nacional indefinidamente. Habrá otros notables de la risa, como su amigo el gordo y otro que usaba peluca y habano, pero en realidad el gran mimo que detentaba la mejor caracterización, no era otro que El Negro.

Entre los personajes que sobresalieron y que reflejaron en forma inconfundible nuestras zonas fallidas, mostrando la tragedia y comedia de nuestras facetas que se desbarrancaban desde la seriedad hacia el absurdo como liberación de la risa, El Negro interpretará magistralmente, en películas, pero fundamentalmente en la televisión nuestro mapa emocional, comenzando con un personaje que desnuda nuestra inmadurez, el culto al matriarcado, la irresponsabilidad de la sobre protección y la cronicidad para insistir en ser alguien en la vida, sin tener la menor intención de sacrificarse para conseguirlo.

Ese sketch es desarrollado soberbiamente cuando El Negro interpreta al yo mamengo que llevamos bien dentro, tratando de escudarnos siempre en nuestra madre. Algunos le llamarán el culto materno, lo cierto es que la escena se desarrolla en una familia donde viven siempre tres personas, el padre y jefe de familia, la madre que aparece con una fuerte significación, nuestro personaje, que en uno, somos todos nosotros y ocasionalmente la novia. Evidentemente todos los personajes integran la cáfila de la cual se nutre nuestra forma de ser, porque el personaje de la madre, es la típica mamita argentina que tiene a un grandulón como si fuera un bebé, le banca todo, lo enfrenta al padre, se cree ingenuamente todo lo que el hijo hace y le dice, le prepara la papita, histriónicamente expresada por la actriz cuando le pregunta al chanta si la quiere: ¡pisadita, pisadita, pisadita! Complementando con el gesto de una mano sobre la palma de la otra y su continua zona de exclusión protegiendo a este vago irremediable, estudiante crónico, para que el padre no le exija más de la cuenta.

El nene, no estudia, transita por la universidad promediando los veinte, treinta y cuarenta años, es decir, va a la universidad a joder, a macanear, a voltearse alguna mina, a hacer política o involucrarse en ideologías que luego fueron trampas mortales, por los miles de estudiantes que desaparecieron, cuando la comedia se transforma en tragedia. El padre es el típico argentino que trata de corregir a su hijo a pesar de la madre, pero que termina siendo una gran mentira, porque ese mismo padre es más parecido al hijo que el hijo a sí mismo,  lo que se torna en una relación enfermiza consentida entre los hacen todo lo contrario de lo que aparentan. La novia, generalmente interpretada por una actriz hermosa que viene a ¿estudiar? Y termina encerrada “jugando” con el nene, el padre que quiere voltear la puerta para poner orden pero que en realidad él sabe que no tiene autoridad porque tiene “sus cosas” y es el costo que deberá pagar, la madre que generalmente en la Argentina se utiliza un término para nada sutil cuando se la describe como “cabrona” que quiere decir “tapadora”.

Conforman una cuarteta caricaturesca que saca a luz nuestra inmadurez, el cordón umbilical intacto con nuestra madre, la cronicidad para estar haciendo lo que en realidad deshacemos y esos problemas afectivos que reflejan la ambivalencia por mostrarnos protectores cuando en realidad, necesitamos que nos protejan, autoritarios porque nos sabemos sin autoridad y grandulones pendejos que nunca salimos de la teta de la madre, del bolsillo de papá y de la matriz de la próxima novia. El típico sentimentalismo argentino aquí brilla en su máxima expresión cuando todos los personajes pretenden dar lo que no tienen, con el padre que quiere imponer el orden de un desordenado, la madre que quiere ser maternal cuando reheniza al hijo consintiéndolo en todo, el hijo, todo un gran chanta que recurre a cualquier expediente para no postergar la gratificación que debe ser permanente y la novia que se prende de ese trío simulando que aporta lo que en realidad va a quitar, responsabilidad, porque mimetizada en el novio, se convierten en una dupla risible de irresponsables. Es como si lo estuviéramos viendo y nos reímos a carcajadas, porque nos libera alquimizando en risa, el dolor de nuestras asignaturas pendientes cuando nos dicen que no somos serios.

En el curso de los años El Negro es cada vez más popular y va a encarnar un personaje, típico de las republiquetas bananeras tropicales en la que lamentablemente nos sentimos incluidos. Es uno de los personajes más risueños y a través del cual nos identificamos con nuestra propensión a esperar el Mesías salvador que venga a señalarnos el camino, para que viva por nosotros, sueñe por nosotros y piense por nosotros, siempre dispuestos a pagar el precio necesario ya sea entregando la libertad, rifando las instituciones de la república, o a lo sumo haciéndonos los distraídos si el costo es demasiado alto hasta el punto de que puedan desaparecer treinta mil personas, propio de las dictaduras africanas, un poco más cerca o un poco más lejos de Idí Amín.

El escenario que se monta es perfecto, porque El Negro se nos aparece como una mezcla rara de comandante absoluto, rey desfachatado, dictador irresponsable y siempre dueño total de la verdad. Tiene en su entorno los eternos hombres de consulta o la famosa corte que rodea a los dictadores, quienes lo van a terminar consintiendo en los desatinos más patéticos, porque como sucede en general en la política argentina o como pasó en los regímenes autoritarios, nadie se animará a contradecir “al jefe” por temor de perder las prebendas, el cargo o simplemente a que lo maten. Esta es otra pintura magistral donde el cómico hace honor a la exaltación yoísta o al típico egocentrismo, cuando creemos que el universo gira satelitalmente en torno de nosotros, máxime si se tiene en cuenta el clásico narcizismo o egolatría a la que nos exponemos.

Ese monarca tropicalesco interpreta la tendencia propia de caracterizarnos por los poderes omnímodos a los que aspiramos en todos los órdenes y ya sabemos que las consecuencias fueron desastrosas. El amor al poder por el poder en si mismo, la manipulación de esos resortes que terminan actuando en contra de las masas para beneficio personal y de algunos, han sido una constante en estos pueblos, desde Rosas salvando algunas excepciones hasta la fecha, lo cierto es que El Negro en ese personaje nos pinta y nos despinta tal cual somos para que al verlo no podamos evitar reírnos de nosotros mismos.

El negro interpretará dos personajes que son clave para tratar de entender como dice Borges lo inexplicable cuando se somete a la humillación del amigo fiel que está de novio y que es traicionado permanentemente por su novia y por su supuesto amigo, quien no solamente le goza la novia sino que también le usa el departamento y le succiona el dinero con todo lo que conlleve el producto de su esfuerzo. En este caso estará complementado con otro en el que interpreta a un personaje que viene del interior del país encarnando el arquetipo de tener siete oficios y catorce necesidades. Se llama Chiquito Reyes y es manipulado y usado por la picardía porteña, a la que se debe someter por necesidad  porque deberá pagar un alto precio para adaptarse a los códigos de Buenos Aires.

En los dos casos trasunta otra de las características muy propias como es la picardía criolla, la humillación y la burla, mecanismo psicológico no superado por lo que se reflejaba anteriormente cuando nos reímos de nosotros mismos. Obviamente  todos estos personajes no respetarán la ley o serán usados en contra de ella para denunciar finalmente una profunda tristeza que se transforma en epidemia para que la descomposición cunda en todos los aspectos. Esta satirización de acontecimientos se producirá en su plenitud en la década de los años ochenta cuando la Argentina creía que dejaría de sufrir para siempre con el retorno de la democracia, no sabiendo el pueblo, que la tragedia no es la muerte sino no caer en la cuenta de que viviendo, a veces estamos muertos.

Uno de los personajes más característicos y mayormente festejados, inclusive en la década de los años noventa cuando El Negro ya había desaparecido es el que hace de manosanta. En este caso podría decirse que resume mucha de las características que adquirimos los Argentinos y que al vernos tan felizmente descriptos por este exégeta de nuestra ridiculización, lo festejamos como si fuera una catarasis. Aquí aparece el chanta en su mayor expresión que reúne la tendencia al esoterismo, a las cábalas,  nos adivinan el futuro, las brujerías y todo ese carnaval de supersticiones, verdadera industria nacional que ha permitido que un impresionante número de vividores se hayan hecho millonarios, ayudados por nuestra desgracia de querer que nos mientan los farsantes y los impostores, alimentados por el pensamiento mágico, en el que El Negro actúa como alguien que vive, lucra y disfruta en un país donde la magia razona porque la razón desapareció como por arte de magia.

El manosanta es sex simbol, vividor, mentiroso, abusador, nunca se muestra tal cual es, elige los mejores vinos, posee las mejores mujeres, vive sin trabajar porque es un gran holgazán y no descansa en su tarea cotidiana de hacer plata con el sudor de los demás. Aprovechando todos los incautos que por necedad o desesperación acuden a él para que le solucionen los problemas o lo engañen, habida cuenta de que un pueblo inmaduro es muy propenso a caer en el curanderismo o en el sillón del psicoanalista.

Es el psicoanalista otro de los personajes representados con una gran maestría donde reaparecen típicas características de los argentinos, cuando en la terapia solamente El Negro se interesa por lo que le conviene, en estos casos es desvestir a mujeres hermosas, pero si no las puede tener caerá en el onanismo mostrando sus manos que evaporan fuertes fricciones cuando sale del baño. Siempre está presenta la picardía, el engaño, la burla, que brotan del resentimiento por la ilegitimidad y que degeneran en nuevos parásitos, por eso cuando aparece un paciente que realmente le paga la consulta porque lo necesita, el psicoanalista hace como que escucha, pero termina durmiendo durante toda la sesión para despertarse sobresaltado  disfrazando nuevamente la realidad como si realmente hubiese estado muy concentrado. El machismo y el maltrato como el sometimiento a la mujer a través del sexo no están ausentes en este personaje y se ve reflejado por el trato mezquino que le da a su novia a quien le  propina grandes palizas. Los problemas afectivos, la sensiblería, el llanto y la carcajada nunca estarán ausentes en este personaje para delatarnos tal cual somos.

Recordemos a Friedrik Nietzsche cuando decía que el hombre es el único animal en la tierra que se inventó para sí mismo la risa. La orfandad, la soledad, la ambivalencia y la movilización constante de las emociones como el pesimismo que se disfrazan constantemente estarán presentes en esta sesión de tan particular psicoanalista.

Otro de los personajes estremecedores que realmente nos pinta de cuerpo y alma es cuando en un sillón El Negro es acompañado por alguien generalmente culto, esperando que les tomen una prueba como actores teatrales. En este caso nuestro personaje es el típico impostor que trata de mostrar una cultura que no tiene y quiere que le crean que tiene talentos  que nunca tuvo, pero ha desarrollado cierta habilidad extrema para convencer al otro de que conoce todos los temas y maneja  las circunstancias hasta que como es de esperar, cae en el papelón. Papelón al que los argentinos le tenemos espanto por el temor a hacer el ridículo hasta el punto de que por un blooper , acto fallido,  lapsus o furcio se pueden perder oficios, carreras y destinos.

En este último personaje de actor, hombre culto y conversador aparece nuevamente la picardía innata para tratar de embaucar a los demás, consiguiéndolo a veces  pero no por mucho tiempo. De todas maneras en toda su trayectoria este mimo excepcional que mostró sus cualidades en el cine y la televisión durante tantos años, demostró que fue el mejor Miguel Angel de los argentinos, porque su pintura sobre nuestra alma es la que más se nos parece, sin embargo hay que analizar por qué y de que fuentes aparecen estas características que fueron cristalizadas por el cómico genial.

El humor brota del dolor y para esta transformación siempre se necesita un alquimista, que en este caso el elegido desde siempre, porque se vino formando durante siglos, sin que por ello no haya habido otros y mejores, pero el que trascendió fue él, quien mejor nos pintó en todos estos personajes que nos definen desde nuestras facetas más risueñas pero que surgen de la hondura más trágica. En este sentido el humorista no podría hacer bien su papel si en el fondo de su ser no percibe  el drama de ser un amargado. El Negro usó el pincel de la tristeza como herramienta fundamental para ser el Miguel Angel mencionado, o si nos parece bien para esculpir la mejor escultura del argentino tipo, el cómico se valió del cincel del sentimiento trágico de la existencia y a partir de allí podríamos decir que  su obra fue única aunque en realidad se haya muerto sin saberlo, lo que resulta quizás injusto y curioso, ya que El Negro debe haberse ido con el convencimiento de que fue solamente un cómico, como Garrick que transido de amargura recurre al médico y éste sin conocerlo para que encuentre la alegría, lo remite a él mismo para que se ría. De la misma manera nuestro mimo murió sin saber que estaba interpretando genialmente nada más y nada menos que la mejor síntesis de “la raza nacional”. Sin embargo y detrás de las máscaras, la escultura viva que nos deja, es la de un ser vencido, resentido, reprimido hasta el ridículo, menor de edad, negacionista, tan ambivalente y ambiguo, capaz de las más grandes epopeyas y de los más temibles crímenes, copión, burlesco, insolidario creador de la ética del naufragio o del no te metás, manipulador y portador de la picardía criolla, con la miseria resentida del Martín Fierro, pero con la argucia y los artilugios del viejo Vizcacha, pesimista aunque arrogante, a veces creyente a veces crédulo, dependiente, practicante de la ley de la ligustrina que corta la cabeza a los exitosos, derrotista y exitista, abnegado y sanguinario. Toda esta sopa inquietante de falencias no siempre fueron alquimizadas por los cómicos en un país de cuenteros y de cuentistas, no siempre fueron sublimadas por los que se inmolaron, lamentablemente los demonios del pasado siguen operando y encarnados en los hombres  ensañados como en el caso de Amanda que pagó con su vida el pecado de haber pensado distinto al sanguinario, al que se adueña de la vida de los demás, al que tiene un concepto patrimonialista del estado, ya sea autócrata, ya sea elegido por el pueblo, ya sea a veces un obrero común que se ensaña con la mujer. Y todo ese volcán que proviene desde la primera violación a los indios, luego a los gauchos, luego a los inmigrantes, a los hacheros de Villa Guillermina cuando en la Forestal los mataban sin piedad, a los estudiantes, a las embarazadas desaparecidas, a los santos inocentes que en el país de la abundancia mueren de hambre, vuelve a hacer erupción en la desaparición, tortura y muerte de los setenta, el desencanto de los ochenta, la exclusión de los noventa y la masacre de secuestros, violencia e indigencia a comienzos del siglo 21.

Volvió eufórico porque subía del pozo de la tristeza y sabía que no debía desaprovechar aquellos momentos porque luego sería reclamado por los fantasmas del espanto, para que nuevamente tratara de emerger de aquella vida voraz en la que solamente él debía elaborar la mejor actuación para que toda una masa de amargados metabolizaran a través de la carcajada el proceso de asimilación y digestión de la realidad. Llegó hasta las alturas de sus conquistas aunque no pudo  ver la tierra prometida, no se sintió ya hombre de carne y huesos, no se sintió un ser común como los demás porque creyó que había arribado al momento de su transformación. En sus sueños más profundos habría soñado que algún día quedaría liberado de las penurias por ser el sintetizador nacional del desencanto, entonces,  llevaría a cabo el proyecto más caro de su vida, que aunque no lo vislumbrara en sus primeros tiempos cuando vino del interior, ahora lo sentía, como quien está convencido que ha llegado la hora decisiva. Caminó sin apuro y sin prisa, siempre acompañado de aquellos instrumentos que usó toda su vida para concretar su obra y como el pintor que se lleva la tela y los pinceles con todo el cúmulo de sus pinturas polícromas, El Negro se trasladó con la risa, la ironía, la sorna y la sátira. Se paró sobre el balcón que comenzaba a pertenecer a su pasado y voló hacia el cielo de los mitos, alguien quiso retenerlo, ¿ para qué? Si ya lo tenía decidido, entonces solamente se escuchó el retumbante estallido de la carcajada, pero él ya se había ido para siempre, porque en un país que más que biografías se encarga de hacer tanatografías, sabía que debía seguir elaborando el proceso de transformación del dolor en humor para todo un pueblo que se sigue riendo a través de él, de sí mismo, y aún cuando la posteridad lo hace aparecer como cuando estaba en este mundo, interpretando los personajes del pasado y del presente, quizás no descarte reencarnarse para volver algún día como el alquimista de la risa del futuro, porque mientras la realidad sea igual, él nunca será distinto y siempre sabrá que lo estaremos esperando. Nace y muere con nosotros, nos hace reír y llorar, nunca desaparece porque resuelve la tragedia en comedia. Cumplió con lo que el destino le impuso, sigue actuando más allá de la muerte, absorbió lo peor de todos nosotros y lo morigeró, quizás alguien le pidió clamando que no se soltara y que siguiera aferrado a esta vida, pero recordando el estribillo de su mejor interpretación, sólo atinó a exclamar- ¡ El Negro no puede! Y se echó a volar.

Después de tanto dolor, también se moría el humor. JCM DERECHOS RESERVADOS.

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