¿Qué los lleva a proceder así? ¿Qué avidez sin freno es esa que nada puede saciar? ¿Qué los fuerza a desmerecer sus investiduras, a malversar el sentido de las palabras para disfrazar sus delitos o caer sin pudor en contradicciones desconcertantes y escandalosas sobre las que no se sienten obligados a dar ninguna explicación? Menoscaban la función del Estado y se victimizan cuando sus desmanes salen a la luz.

Su voracidad se extiende sobre todo lo que tocan. Se sienten dueños de todo. Ahora también, dueños de la salud de la gente. No sus servidores. Han arrebatado miles de vacunas. Se han inmunizado con ellas y han inmunizado a los suyos dando la espalda a sus legítimos destinatarios. Así, han terminado por demoler la ya agrietada confianza social con la que contaban. No por cierto entre sus fanáticos y cómplices. Sí entre quienes el apego a la ley sigue siendo inquebrantable. Entre estos últimos, sus promesas, su apariencia reflexiva y solidaria, su retórica vehemente ya no son más que desechos.

La indignación crece cuando los máximos responsables de este nuevo atentado contra la vida proclaman su inocencia ante lo ocurrido; almas bellas a merced de la perversa apostasía de fiscales, jueces y una prensa adicta al engaño y la distorsión de los auténticos valores populares. ¡Hay que oír a esos inmolados! Alzan la voz al cielo, invocan su buena fe. La Historia, aseguran algunos, ya los ha redimido. Han venido, afirman, a promover el diálogo y poner fin a la grieta. Han jurado que así lo harían por Dios y por la patria. Pero ya no engañan sino a quienes se quieren dejar engañar. Son farsantes. Mafiosos y cuando no, psicópatas que se han robado las investiduras de la república, no a través de elecciones espúreas sino del envilecimiento incesante de lo que les fue entregado para ser cumplido y en sus manos terminó despedazado.

Todos ellos comparten un mismo malestar: le temen a la ley. Los angustia, los desvela la verdad puesta al desnudo. Quieren silenciarla tantas veces como haga falta para seguir sacrificando el bien común en favor del egoísmo. Necesitan ahogarla. Que deje de gritarles a la cara lo que son, qué hacen de su país, qué harán si se los deja proceder como quieren.

Hoy a esos atentados máximos contra la verdad y la vida que fueron la explosión de la AMiA y el asesinato del fiscal Alberto Nisman se les suma, en el orden moral, este nuevo atentado: el robo de vacunas, el secuestro del derecho a resguardar sus vidas por parte de las personas que por edad y enfermedades prevalentes corren más riesgos, así como de quienes se consagran a curar.

Sí, le temen a la ley. En ella no ven otra cosa que un sinónimo de la muerte. De su propia muerte. De la palabra que desbarata su impunidad; la defunción de su omnipotencia que, para ellos, equivale a la pérdida de su propia identidad. Si no lo pueden todo, sienten que no son nada. Y ese poder se construye siempre sobre las cenizas de los demás.

“¡No más allá!”, advertían las imaginarias columnas de Hércules a quienes creían que todo lo que reclama la ambición puede alcanzarse: “¡No más allá!”, prevenían a quienes confundían lo viable con el despliegue de su desenfreno.

Son saqueadores de vidas. Tramposos que saben echar la mugre de sus actos bajo las alfombras de la retórica. cultores del silencio encubridor. cómplices en la sangría de aquellos a quienes no vacilan en llamar “queridos argentinos” predicándoles que “la patria es el otro”. ¿Qué otro? ¿cuál o cuáles de todos los ilusos que esperan, sumidos en la incertidumbre, para obtener lo que ellos se roban en la sombra?

Lo que acaban de hacer lo prueba: no hay más privilegiados que ellos mismos. Los demagogos de siempre. Los inescrupulosos que han vuelto a atacar el valor sagrado de la vida, como en AMIA. El valor sagrado de la ley, como en el día en que al fiscal le volaron la cabeza. como al pactar con irán y concretar lo inconfesable, canjeando muertos por lo espúreo e indecible. como en tantas cosas que aún no sabemos y presentimos.

Nadie ignora qué los mueve. Y no se sabotea como lo han hecho a miles de personas necesitadas de protección sanitaria sin el profesionalismo que confiere una larga práctica en la estafa social. Seamos realistas: la omnipotencia que hace falta para proceder como esta gente procedió no reconoce otro límite que el fracaso. A los perversos no los detiene ninguna autocrítica ni la menor consideración que puede inspirar el sufrimiento ajeno. Y mientras nada los detenga, todo lo intentarán, como lo prueba la patraña de decir que no pasa lo que sucede, pretensión que solo sería burda si no estuviera en juego la salud de tantas personas. Por eso es escalofriante, como lo es lo que dijo el Presidente al caracterizar la denuncia de esa infamia como una “payasada”.

Más poder, más dinero, más vidas a su servicio y más muertos donde haga falta, como en Once, por ejemplo. Al delirio omnipotente no lo aplaca la razonabilidad y menos el escrúpulo. Sus oídos solo son sensibles al consejo de la astucia y la avaricia. Y a esa presunción enceguecida que le asegura que su deseo y la realidad son coincidentes. Lo vuelve a demostrar la sordidez con que han procedido los ladrones de vacunas, que han frustrado la expectativa legítima de tantos para favorecer el apremio de unos pocos. Pocos que son centenares, por no decir miles. Se han inmunizado primeramente contra la responsabilidad que cabe a todo funcionario público, a cualquier persona decente. Y luego, en secreto, contra la peste. Se han inmunizado ante todo contra la dignidad y solo después contra la pandemia. Pero si contra esta podrán bastarles un par de dosis de esa vacuna malhabida, nada en cambio podrá librarlos de su íntima corrupción.

La tragedia griega enseña desde hace dos milenios y medio que la catástrofe se desencadena a partir del momento en que la desmesura se presenta con la sonrisa seductora de lo posible y le hace creer a la incontinencia que no es lo que es, que su camino está allanado, que nada habrá que la detenga. Que lo imposible, en suma, es posible. Pero más tarde o más temprano, la realidad desmiente el espejismo.

La pregunta hoy, en este país desgarrado, es qué haremos con la verdad puesta en evidencia. Distraerse sería fatal. Los desenmascarados ya se empeñan en volver a amordazarla bajo ese aluvión verbal al que llaman lawfare y al que recurren para camuflar su condición de verdugos. Es bueno recordarlo: al mal se lo puede combatir y se lo debe combatir. Lo que no conviene es creer que se lo puede erradicar. renace una y otra vez. Pero solo hay civilización donde no se renuncia a enfrentarlo y a obligarlo a retroceder.

Para terminar: el covid-19 está de fiesta. Agradecido. Si bien abundarán los que se pondrán a su resguardo con la transgresión que cometieron, muchos más serán los que estarán a su alcance gracias a ese delito. Los ladrones de vacunas han contribuido a que su vigencia no ceda allí donde era urgente que lo hiciera. A que la indefensión ante él se prolongue. A que el dolor y la muerte sigan imponiendo su vigencia.

Para aquellos que esconden la mano luego de cometer el robo, toda vida que no sea la propia es menos vida. Son los que claman ¡Primero yo! (y sus parejas, sus hijos, sus militantes, sus secretarios, sus choferes, sus amigos). Son sembradores de anemia cívica. Saben simular calidez donde no la sienten. Llaman compañeros y hermanos a quienes, envolviéndolos en un abrazo, más tarde o más temprano van a traicionar.

La Argentina está enferma. La salud que le robaron ha sido acaparada por quienes tenían el deber de cuidarla. La Argentina está de duelo mientras sus corruptores se afanan por demostrar que no lo son. La Argentina se desconoce en quienes pretenden representarla. En su conducta oprobiosa. Agoniza la credibilidad de sus autoridades a medida que la mentira empaña lo que ellas dicen y crece la subestimación del sufrimiento de tanta gente. La Argentina está de duelo y su padecimiento poco y nada importa donde más debería importar.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here