LOS ENVIDIOSOS SON DESNUTRIDOS Y DE TEZ AMARILLENTA.

Mientras tanto cuatro jinetes implacables ya habían entrado en el inconsciente colectivo de toda la sociedad y se estaban adueñando de espacios que nunca se deben entregar. Como la novela de Cortázar en casa tomada, cada vez la sociedad iba perdiendo partes importantes que no deben ser entregadas porque de lo contrario comienza a morirse la república. Los jinetes eran los siguientes y si bien es cierto que algunos venían desde otras latitudes lo cierto es que ya estaban instalados y eran: la mediocridad, la destrucción de la tierra con sus acuíferos y glaciares, la destrucción del lenguaje y el avance de la banalidad como síntoma final de la decadencia en puerta. Así la Argentina se había convertido en un gran conventillo mediático en el que importaba más inspeccionar la vida íntima y privada de las personas como derecho sagrado, que abocarse de lleno a la vida pública para sostener las instituciones que ya estaban sumidas en lo que se dio en llamar cuando había cumplido una generación desde el último retorno del sistema de derecho en una “predemocracia”. Todo se banalizó de tal forma que se fueron perdiendo valores esenciales y la juventud se quedó sin voluntad, sin capacidad para el análisis y la interpretación de textos, los jóvenes querían estudiar solamente carreras blandas, despreciando la matemática, y primaba la moral subjetiva o relativismo con todas sus consecuencias.

La gente hablaba cada vez peor y se entendía menos, afloraba otra vez la cultura del disfuerzo, de subsidiaba la vagancia, en consecuencia prosperaba la mediocridad la vulgaridad hasta el punto de que todo caía por su propio peso, la Argentina comenzó a aislarse del mundo, se desinvirtió y ya no le prestaban plata por no honrar las deudas, había caído varias veces en default, mientras que en otros países serios del mundo sembraban laboratorios superando enfermedades, en este país, todo se vulgarizaba hasta tal forma que en vez de premiar el esfuerzo , el talento y el mérito, en cambio se los exportaba pero no como una muestra de excelencia de lo que producía este país hacia el mundo, sino que en el caso del talento se iba en calidad de exiliado.

La inseguridad pasó a ser la primera preocupación porque como decía el genial Víctor Hugo, aquel gran escritor Francés: cuando aumenta el trabajo en el campo, baja la delincuencia. Lo mismo sucedía en la Argentina, al bajar la producción y subsidiar la vagancia, se extendieron los feriados, el único prestamista del gobierno pasaba a ser el Ansés, que es el fondo de los jubilados y la corrupción pasó a ser moneda corriente con la consecuente impunidad que provenía del malos políticos, jueces venales y empresarios prebendarios, otro de los azotes que volvía como siempre lo hacía era la inflación que como ya se sabe es consumir más de lo que se produce.

Fue el tiempo cuando un grupo mandante hipócritamente haciendo bandera de los derechos humanos volvió los ojos de la gente a la década infame de los setenta y comenzaron nuevamente con la confusión que siempre tuvo este país, una cosa era hacer justicia que es lo que menos se hacía porque los jueces estaban ausentes por estar sometidos a los políticos de turno, con la venganza, que así las heridas no vuelven a cicatrizar, como en Francia que hacía siglos donde se mantenía el enfrentamiento entre los que defendían la revolución francesa contra los que se creían víctimas de lo que para ellos fue un genocidio.

En ese contexto de falta de rumbo, la droga comenzó a hacer estragos fundamentalmente contra la gente joven, la sociedad consumía todo tipo de sustancias, se entró en la época del descreimiento y la desolación donde los que morían eran inocentes dejando familias devastadas mientras que los delincuentes no pagaban como corresponde sus condenas y volvían a delinquir en una reincidencia jamás vista. Mientras tanto las asimetrías proseguían y Buenos Aires tenía el cuarenta por ciento de la población en todo el país, por lo tanto había un interior que se quedaba raquítico y las provincias pasaban a ser feudos de familias que se acomodaban.

Sarmiento, Alberdi, y tantos próceres habrían hecho todo en vano de ver un país sumido en ese estado y manejado por un subgrupo de intelectualoides que simulaban ser de izquierda pero cobraban por derecha mientras que la corrupción hacía estragos en todos lados. Todos querían ser subsidiados vivir tirando manteca al techo, no trabajar, no estudiar y recluirse solamente a alimentar el conventillo mediático, cuando la Argentina había sido el faro cultural del mundo en su momento en tiempos en que premios  Nobel venían a editar a este país, pero el pandemónium como el desierto seguía avanzando y la gente tenía desesperación y miedo.

La escases de estadistas, tipos honestos, capaces, de dirigentes probos, de líderes que marcaran el rumbo hacia el desarrollo sin olvidar de las fuentes de lo que éramos, se hacía sentir en consecuencia hordas de delincuentes hacían lo que querían. ¡y nadie se quería calentar!.

con una Argentina tan vasta, frondosa y rica en todos los órdenes pero nunca faltaba, una caterva o cáfila de delincuentes que se aprovechaban de un voto popular que le daba la razón a Borges como nunca cuando decía que la democracia era un abuso de la estadística. En este caso eran los políticos los que saboteaban a la democracia con sus actitudes y la sociedad no sabía generar otra cosa por eso la realidad con la verdad venía muy tarde era entendida por lo menos treinta años después. Había que esperar una generación para que la sociedad se dieran cuenta que estaba en el medio del río porque de seguir así las cosas en los próximos treinta años se pasarían hablando de los problemas de los últimos treinta años y lo que es peor; los que omiten, los que se callan por comodidad o cobardía, los que tienen capacidad y se hacen los boludos, los que viven de las apariencias, los que le daban la razón a Borges cuando el genial ciego decía que este país no estaba habitada por ciudadanos sino por habitantes que solamente sabían lucrar de las bondades del paraíso que es este país y del estado.

Pero no obstante, el valor es inmortal y sabe tomarse su tiempo, hasta que el bien prevalece, contra característica del mal que se agota en sí mismo hasta que empieza a sucumbir. Hay que llegar al fondo para luego emerger. Y los yacimientos profundos como reservorio de todos los tiempos comenzaban a fluir la energía para el recambio, porque las cosas se acaban  cuando se acaban y la mentira como la envidia tienen un problema de asimilación: mastican pero no tragan, no se alimentan y finalmente mueren

 

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