La memoria es fallida, como dice Borges, la memoria elige el olvido. Tiene razón, millones de acontecimientos que vivimos deben ser depurados; hay que aliviar la mochila del pasado. Si pero hay circunstancias que permiten distinguir que hay memorias y memorias. Hay personas que leen un libro para olvidarlo, hay otras que lo leen siempre, algunos no recuerdan nada y otros le siguen la huella a Funes el memorioso. Claro, Funes podía memorizar la uva más pequeña de cualquier racimo de una cepa dentro del inmenso parral y no se le escapaba la forma de todas las hojas. Pero no razonaba, no interpretaba, solamente memorizaba, según el genial cuento de Borges, el tiempo y la ciencia le da la razón. De paso García Márquez estriba toda su obra literaria según lo que vivió en Macondo, Aracataca; porque esas vivencias después las tradujo en historias que lo llevaron al Nobel. Y dice algo muy cierto: la vida no es lo que vivimos, es lo que recordamos y cómo lo recordamos para después contarlo. Parece que el cerebro capta pero no procesa hasta pasado un tiempo la realidad, por eso lo que hacemos es recordar y contar, memorizar y descartar. Pero si bien la memoria se alimenta por los ojos, el gusto, el oído, el tacto, creo que la pituitaria, glándula del olfato, capta y codifica memorias eternas, nunca se degradan, están siempre ahí cuando por la nariz solemos oler acontecimientos, lugares, frutos,sudores y tantos olores que nos devuelven a la fuente, al origen del primer acontecimiento vivido. La nariz es la única que nunca olvida.

Yo recuerdo cuando tenía 8 años vivía en el campo, Santiago Temple en Córdoba, una especie de Macondo porque pasé hace unos años y todo está igual como si fuese una fotografía vieja cuando el pasado se saca una foto para siempre. En el curso de mi vida podría asegurar que nunca salí de ese pueblo porque esporádicamente cuando aparece un olor similar a mis caminatas tempranas con una olla para buscar la leche de la vaca, caminando por sobre el pasto escarchado, el canto de los pájaros, el mugido de las vacas, respirando el aire puro, fresco y doloroso del hambre urgente; vuelvo al mismo lugar; me retrotraigo y de repente pasa fugazmente como un cometa refulgente dentro de mi mente, la misma vivencia. El olor a campo temprano forma parte de mi ser. Me acerco ahora mismo a un caballo, acaricio al animal y caigo en la cuenta de que sigo teniendo 8 año años. El olor desagradable si es que existe todavía algun calentador a kerosene, me devuelve al desasosiego del hambre, porque era cuando esperaba la taza del leche con un pedazo de pan casero: eso no se olvida y me reconvierto en el olor agridulce del frescor bucólico entre olores de árboles, frutos, pastos, cuando pisaba la bosta de las vacas. Olvida el oído los sonidos, el tacto las caricias, los ojos las formas, las papilas el gusto de mandarinas verdes, pero lo nariz, siempre es Funes el memorioso.

40 años de periodismo me empujaron a cuanto olor específico tienen los seres y sus circunstancias. Así pude captar tantas veces el olor que tiene la miseria cuando las personas tocan el subsuelo humano. Un día fui en el móvil a Pocito, cuando radio Colón era auxilio de los ministerios sucesivos de bienestar social. Entré a una caricatura de casa, una mujer se caía al abismo de la indigencia, tenía una multitud de hijos, el hombre de la casa solamente estaba en el coito, no tenían para comer, los niños entonaban la sinfonía del hambre, hasta que escuché un grito aullido distinto, pregunté y la madre me dijo es en esa cama, la destapé y había un bebe hervido!!asi como le cuento, a la madre se le cayo agua hirviendo sobre el bebe, y quiso tapar el torpor ese estado que ya ha superado todo dolor con una colcha vieja llena de piojos. Ese olor del espanto, es especial, único y la pituitaria me lo haría volver a sufrir muchas veces a través de miserias distintas pero con idéntico olor. Varias veces he ido a la cárcel que también tiene su aroma estructurado con algo de temor, a veces de miedo, de trinchera malherida cuando entré a las habitaciones de los presos. Es un olor terrible porque se percibe por la espalda de la sociedad abandónica; nadie quiere saber nada con la cárcel, salvo los que van por afecto; madres que le llevan porciones balsámicas a sus hijos, que duran un par de días. Es el olor a la falta de libertad, terrible hasta que salía de la cárcel, volvía a mi casa y no me pasaba bocado.

Hay olores compensatorios; la adrenalina sexual cuando nos encontramos como animal humano frente al aroma de la novia recién bañada, que se nos entrega es un olor inconfundible, aunque con distintos matices según la circunstancia la persona y nosotros mismos que vamos cambiando de olor con el paso de los años. Recuerdo un olor que se explica con el oxímoron: placenteramente agrio. Cuando una tarde en el colectivo subí impecable, ibamos de pie, se me acercó un joven se apoyó en mi hombro y me vomitó!!estaba descompuesto. No dije nada, me miró como pidiendome piedad, toque el timbre me bajé volvi caminado como si estuviera almidonado, entre derecho al baño abri la lluvia vestido. Muchas veces vuelvo a ese olor a vómito agrio y digo placentero porque creo que hice una buena acción. No cualquiera recibe con comprensión que lo vomiten!!.

El cementerio tiene sus olores pero va cambiando el concepto. Hoy parecen parques, pero hemos olido y escuchado cadáveres nuevos que revientan en los nichos y nos producen arcadas. Pero cuando compramos un ramo de flores para llevarle a nuestros muertos, sentimos el aroma de las flores que perfuman la muerte. Las coronas con las flores más bonitas como las rosas, los gladiolos y los claveles, al lado del cajón es el olor de la muerte. Cuántas veces para desdramatizar decimes..mmmmm ese tiene olor a cala. Hermosa flor la cala pero como el pino alto y pivotante de tanto plantarlos en los cementerios, se quedaron con ese estigma, como las margaritas.

Salgo a trotar y percibo un olor de memoria intacta que me regresa a momentos periodísticos cuando entraba, participaba, forzaba risas y percibía el dolor de los abandonados que esperan la muerte…no porque esten ante un pelotón de fusilamiento, aunque están fusilados por el olvido. Ese lugar fijese tiene tambien su olor especial, me refiero a los geriátricos. Pobres viejos testimonio contundente de una sociedad que le tiene miedo a las arrugas, esas avenidas profundas del alma, que los griegos amaban porque ahí residía la sabiduría de la vida. Hoy todo cambió. Hay un olor terrible, la sociedad huye de ese lugar por lo tanto los seres que se quedan están solos. Es la mujer que todos los días tiene un hijo y lo muestra, recién nacido, es la cantante que nunca deja de cantar, es el caminante que jamás descansa y los pies adquieren la forma de las patas de los elefantes, es el financista que hace cheques imaginarios y que como avioncitos de papel lo arroja por los aires…el olor de los manicomios. Yo he ido ahí, lo he visitado y mi guía me hacía ver como un loco comía como los perros su propio vómito. Ese olor que no se olvida a la sociedad espantada no le interesa.

El olor de los hospitales..ni hablar, pasamos miramos hacia otro lado pero sabemos que tarde o temprano vamos a sentir ese olor a quirófano, a personas en grupo que lloran desconsoladamente porque hay un aparato que ya no escucha los ruidos de un corazón que dejó de latir. No es un deja vu lo que estoy contando, es un retorno real que el ser lleva incorporado y que vuelve al mismo lugar muchas veces en la vida por la memoria infalible de la pituitaria. Y un olor especial aciago temible; es un olor gigante es el de la carcel de mujeres. He percibido olores parecidos que me llevaron otra vez a esa carcel, cuando vi un grupo de mujeres atrincheradas, las invite a salir, que me convidaran un mate; habia una mujer hermosa, me llamó la atención estaba separada en una habitación para ella y para el amor de su vida a quien le cantaba lo cambiaba, lo dormía. Su bebé, había matado al marido pero que éste le pegaba. Alguien me dijo que lo disfrute al bebe, porque el juez en determinado momento se lo va a quitar, el niño no debe estar en la cárcel.

Una anciana nos hizo olvidar esos olores, cuando se puso a cantar y bailar, alegre, parecía feliz, dicharachera, descomprimida, se llevó todos los aplausos; vital, un ser increíble, me acerqué le pregunte por lo bajo, ¿que hace abuela aqui?..me contestó: envenené a mi hermano para quedarme con la herencia!!!. Ahí recordé que los seres muchas veces en la vida echamos olor.

De todas maneras estamos expuestos y no me imagino la vida sin olor, aromas que se nos prende en el ser para siempre. Venimos de una condición humana que nos presenta impecables, aromáticos, perfumados con fragancias que magnetizan y enamoran pero que a veces somos hediondos. Curioso y paradójico porque no tener olor es inodoro y sin embargo de ahí salen los peores olores. Y para culminar vuelvo al campo; hace unos años viajando cerca de San Luis paré el auto estaba descompuesto y corrí detrás de un arbusto y volví a revivir mi estadía en Santiago Temple..sobre el retrete, de cuclillas con una varilla en la mano espantando a las mosquitas poteras. Así es esta vida como dice García Marquez ya que hablamos en terminos escatológicos y de olores perdidos: la vida se divide entre los que cagan bien y los que cagan mal.     JCM

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here