EL PREDESTINADO

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Presentía que estaba en el umbral de algo, de un nuevo ciclo quizás, pero por sus años, ya no le quedaban nuevos, salvo lo desconocido, el misterio de lo que puede haber o no haber después de la muerte. Las piernas comenzaron a aflojar, el cuerpo ya no era el mismo y las caminatas se volvieron esporádicas y de distancias cortas, entonces el viejo comprobó la justeza del proverbio ruso: el primer paso es difícil, el último es el más difícil. Aquellos inestables y destartalados pasitos cuando su madre lo soltaba hacia su padre, hacía más de ochenta años, ahora estaban llenos de desaliento y si bien es cierto que miraba la vida como un soplo, no se dejaba engañar por esa alucinación cuando ya se está de vuelta de todo; en realidad no la consideraba ni corta ni larga, naturalmente la vida era incomparable y única. Ya había hecho todo y de todo, sin embargo y caminando serenamente contra el vendaval de la avidez humana, él sabía que podía dar algo más y que un día más de vida es la oportunidad de dar, de darse. El viejo caminaba por la costanera cuando el sol comenzaba a apagar la tarde, ya no había pescadores, se apoyó unos instantes para descansar y observó con curiosidad cómo una mujer que andaría por el medio siglo estaba de pie sobre el pequeño muro de contención, desde donde la gente observa la plenitud del río, esa arteria que fluye agua y barro, apresurada y lentamente, con  mucho o bajo caudal, pero siempre constante, como si fuera un camino que se mueve como los hombres, para quedarse en el mismo lugar. El anciano trató de no asustarla pero se fue acercando sigilosamente, hasta que desde abajo comenzó a hablarle en forma serena sobre la determinación que al parecer iba a tomar; la mujer ni se inmutó, no le contestó y seguía así, como si estuviera lista para saltar desde el trampolín de la muerte. El viejo insistió en la necesidad de no tomar medidas sin retorno y que siempre existe la posibilidad de cambiar lo que es cambiable o de cooperar con lo inevitable, también le hablaba y le decía para convencerla de que nada es más importante que la vida misma, ningún problema por grave que se presente, puede superar el valor de conservar la vida y que en definitiva; ella no quería suicidarse por lo que se veía, lo que quería era vivir de otra forma, de otra manera.

Pero la mujer seguía enhiesta frente a ese espectro movedizo e inspiraba aire como si lo necesitara para arrojarse a las aguas; en realidad no escuchaba los clamores de un pobre viejo que deambulaba sus últimos pasos en esta vida. Los automóviles pasaban muy rápido dejando esquelas de indiferencia urbana, todos estaban muy apurados hacia ninguna parte. El viejo trató de hacerla recapacitar y optó por otra táctica, que se enojara para que reaccionara. Comenzó diciendo que no todos tienen la oportunidad de vivir ni de llegar a la edad que aparentemente tenía la potencial suicida, que muchos en el mundo, se quedan antes de nacer sin participar en el banquete de la vida, entonces, dijo el viejo; Dios le da pan al que no tiene dientes y prosiguió. Le pidió que se bajara y que fueran a tomar un café, total había tiempo para atrasar o adelantar la muerte, que por lo menos le diera un día, un café y quizás algún día estaría agradecida de haber tomado la decisión de conservar lo que es un milagro, el regalo de la vida. La mujer seguía erguida con los ojos en el abismo, haciendo oídos sordos a los pedidos del hombre; pero notó que estaba demorando demasiado por obra de que algunas voces le llegaban y la perturbaban, entonces cayó en la cuenta de que estaba perdiendo el coraje para lanzarse porque las energías tenían su tiempo.

El viejo proseguía, no se iría de ahí si existía la remota posibilidad de que la mujer depusiera su actitud, entonces le propuso que le contara el problema, zorro viejo, total, le dijo, si de todas maneras va a tirar su vida a las aguas, al menos cuénteme cuál es el problema tan grave, usted a lo mejor no sabe que en la India tienen una premisa de que ningún problema es grave en esta vida. Y cuando es insuperable, bueno, entonces dejó de ser problema. Además prosiguió, hay personas que tienen problemas, hay otras que se hacen problemas y hay una tercera línea de personas que se constituyen en el problema. La noche se acercaba y la mujer continuaba estoicamente parada frente a la nada, prefería esa perspectiva y no lo que llevaba en sus espaldas. Estaba en el medio de entre la nada y el todo. El cansancio comenzó a sentirse, entonces se sentó pero mantenía la distancia y la disposición; de todas maneras el viejo creyó que algo había logrado, por lo menos quitarle algunas energías; quizás el pavor ya habría pasado. Insistió, cuénteme cual es el problema o los problemas que valgan más que la vida misma, porque insisto usted quiere vivir de otra forma no quiere terminar con esta vida y supongo porque yo también en mi larga vida no crea que no he pensado sobre esta determinación fatal, lo he hecho muchas veces ante los cuellos de botella, cuando creía que no los iba a superar y también he tenido languidez espiritual, esa sequía del alma, ese desierto de ánimo.

¡Sí, pero usted no tiene hijo único en la cárcel!, reaccionó la mujer; hace un año que lo llevaron por error, él nunca vendió drogas ni estuvo en esas cosas, lo agarraron con un narcotraficante que lo engañó cuando le mintió desesperadamente que lo llevara en la moto a su casa porque tenía un hijo muy enfermo y resulta que lo venía siguiendo la policía; lo involucraron a mi hijo, nadie lo puede sacar, está pagando un delito que no cometió y yo me estoy muriendo de a poco, sin justicia, sin solidaridad sin nadie que me escuche, prefiero terminar con toda esta pesadilla. La mujer empezó a llorar, se secaba las lágrimas y en alguna manera fue como un desahogo, pero las cartas estaban echadas. Giró la cabeza y dirigiéndose al viejo, le gritó: ¡esta vida no tiene sentido señor, no vale la pena, nada alcanza, el daño es irreparable porque en la cárcel, lo están destruyendo y ante mi impotencia, no puedo más, no aguanto más, es un laberinto!. El anciano le contestó que no por casualidad estaba allí, que había visto casos similares y que si algo se llevaba de este mundo es la satisfacción de haber salvado vidas. ¡Usted no tiene noción de lo que es la cárcel!, mi hijo me dice que si alguna vez sale será para peor porque la cárcel deja a las personas marcadas para siempre, la cárcel luego los atrae porque la sociedad rechaza a quien fue convicto, la gente no quiere saber nada con la cárcel, con los manicomios, con los hospitales, es una negación, además mi muchacho queda resentido porque de eso no se vuelve, es una gran injusticia y nadie le devolverá esta marca; así no vale la pena seguir. Tiene razón le dijo el viejo con cansancio y desánimo, una cosa es hablarlo desde aquí, desde la libertad del río y otra muy distinta es troncharle la vida a un muchacho injustamente, yo le creo porque con esta justicia que se vive en este país hay que esperar cualquier cosa y prosiguió diciéndole que no era conveniente al problema de la cárcel agregarle el mayor dolor de su vida si se enteraba de que su madre se tiró al río, además veía un poco de egoísmo en toda esta procesión, y le pidió nuevamente por favor 24 horas para ver a un amigo y qué podía hacer con el muchacho, pero la señora se mantuvo en sus 13, dijo que no tenía fuerzas para volver del lado de la vida y que se iba a tirar, le pidió por favor que se fuera porque le estaba quitando las energías últimas para terminar con todo este infierno. ¿Cómo se llama señora?. Claudia, contestó sin aliento la mujer. ¡Claudia, el mundo no la va a entender, el mundo no entiende, es sórdido y de naturaleza diabólica!; ¡justamente por eso, porque no me entiende, porque está manejado por diablos, he tomado esta decisión!. ¡Pero no deje que el demonio la confunda aún más, a usted la empuja el mundo, pero la vida, es otra cosa, no mezcle el mundo con la vida aunque tengan que convivir tensamente, no le dé la razón a este mundo inmundo, aférrese a la vida, respire hondo y no le dé el gusto a los que seres miserables que se la quieren llevar, bájese a la vida, tomemos un café, un café no le va a quitar su decisión, que es solamente suya, pero quizás pueda haber una alternativa que no haya visto!. La mujer lo miró, quiso decir algo, pero el anciano no la dejó; hágalo por mí, deme una oportunidad porque a mí los médicos me salvaron muchas veces la vida y hay que devolver, déjeme devolver una vida en su vida; yo estoy viejo para seducir a nadie, solamente le pido que vayamos a un lugar que esté caliente y tomemos algo, el río no se va a ir ni el mundo la va a venir a buscar, pero la vida es su refugio, ¡por favor!. La mujer dudó, miró hacia el río y ya no se veía nada porque la noche oscureció todo. El viejo bajó la cabeza suspiró con alivio porque creía haberla convencido, levantó la vista y ¡la mujer no estaba, se había lanzado al río!.

 

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Tragó saliva, sintió que la adrenalina le corría por todo el cuerpo, sintió un breve mareo, trató de treparse al murallón, manoteaba en la oscuridad para asirse del otro lado, la desesperación le daba las fuerzas que nunca hubiera alcanzado en condiciones normales, se subió en el lomo de la muralla y con espanto confirmó que la mujer se había arrojado. El río se podía sentir, pero no se dejaba ver, se asomó y entonces hubiese querido morir porque abajo solamente había una boca de lobo y sentía que se le había escurrido de las manos nada más y nada menos que una vida, la vida de una mujer desesperada por el ensañamiento de los sistemas perversos que intoxican a la justicia, la que debería ser el último refugio de las personas de bien. Hacía mucho frío, pero el viejo se negaba a dejarla ahí en ese pantano definitivo,  por otro lado sabía que nada pudo hacer, aunque luchó hasta el final y además por sus años debía bajar inmediatamente y volver a la pensión porque ya no estaba para esos trotes. El corazón se le subió a la garganta cuando escuchó un leve gemido que venía desde el mismísimo río, entonces se desorbitó y empezó a gritar: ¡Claudia, Claudia es Usted!. Y la voz de Claudia se dejó oír, había caído sobre unas piedras a un par de metros, donde el río ni se había dado por enterado que alguien quería ahogarse; ¡bien hecho!, dijo el viejo, ¡se da cuenta que alguien le está dando otra oportunidad!. ¡Me siento una estúpida gritó la mujer, no sirvo ni para suicidarme!; no, dijo el viejo, es al revés, el suicidio no está hecho para usted, ahora tenga un minuto de paciencia y veo como la saco de ahí, porque estoy viejo para bajar. ¡Prométame que me va a esperar, dos intentos en la vida no!. La mujer le dijo que no le quedaba otra y que tenía frío, entonces el viejo salió desesperado tratando de parar algún vehículo para que lo ayudara, pero ¡quién iba a parar con la inseguridad que había y a esa hora ante un viejo que hacía señas?, esta desconfianza lo alteraba más y lo angustiaba porque temía que Claudia reintentara el suicidio. Por Fin detuvo a un taxi, pero el taxista sospechó y no quiso saber nada con la historia; así estuvo hasta que dos muchachos en una carretela se detuvieron, lo escucharon y los tres fueron corriendo hacia el lugar donde estaba la mujer. Muy rápido los dos se la ingeniaron y la devolvieron al mundo, a la vida, a sus problemas y a este curioso ser viejo y extraño que se detuvo a salvarle la vida. El anciano les agradeció a los muchachos, pero se encontró con la solidaridad que venía de la villa, porque ante las circunstancias los subieron a la carretela y los acercaron hasta que pudieran tomar un colectivo. Los ojos del viejo y de Claudia se fueron con esos dos pibes que dieron todo por nada, contradiciendo el prejuicio social.

Claudia tomaba una taza de leche con pan en el cuarto del viejo, la calmó y le pidió que le contara su desgracia pormenorizadamente para ver qué podían hacer. Ella le dijo que todo estaba igual, la única diferencia es que no se había suicidado pero eso no sustituía la realidad. El viejo le recriminó que en la vida no hay que ser desagradecido porque ella debía tomar conciencia que habiéndola despreciado, la vida que es tozuda, la volvió a rescatar y que no habiendo nada que perder, había mucho que ganar, ¡que se dejara ayudar!. No la dejaría irse así porque temía que volviera al mismo lugar con la misma desmotivación. Le pidió al turco unos días incluido el almuerzo porque era una sobrina que había venido del interior y el dueño de la pensión quien ya se sentía más allá del bien y del mal, a todo le decía que sí. Estuvo una semana con ella, el respeto era mutuo, salvo algún que otro rumor que siempre sale de la cabeza de alguien; si hay algo que sobrevive a la naturaleza humana es la chusma, pero esos días fueron decisivos porque salieron a ver a un abogado, bastante viejo ya, amigo, quien le dijo que hacía tiempo no ejercía pero de tanto insistir lo convencieron de que se involucrara en el caso.  Claudia vivía de una pensión y vendía un poco de ropa usada, no tenía los recursos para pagar un abogado de marca, pero el abogado fue a tribunales y pidió el expediente para estudiarlo. Estuvo una semana, lo que parecía una eternidad, hasta que logró que lo escuchara el juez de la causa a quien le demostró que se estaba perpetrando una injusticia mayor porque un joven sin antecedentes, de una vida ejemplar, trabajaba y estudiaba, era sostén de su casa, en un incidente desafortunado que lo hubieran “pegado” en un delito que no tenía nada que ver, salvo su buena intención de llevar a alguien que le había mentido que tenía un hijo grave, no solamente no ameritaba haberlo detenido salvo por averiguaciones, pero un año detenido sin juicio, le iba a costar caro al estado por la catarata de juicios que se venían por daños morales, materiales, intelectuales, por negligencia de la justicia se habría destruido una familia, cuya madre estuvo al borde del suicidio. El juez lo escuchó atentamente, le dijo que apelara la detención y el proceso; fue a la Cámara, el abogado todos los días le hacía la guardia a los camaristas para que abordaran el caso hasta que logró la inmediata libertad del hijo de Claudia. Se hacía justicia, pero quien ha estado en la cárcel, en alguna medida se queda para siempre en la cárcel.

La cena estaba bastante frugal y bien regada, en la punta de la mesa estaba sentado el viejo, al lado estaba el abogado, también anciano que a cada rato debía minimizar los elogios y rechazar algún pago por los servicios, ya que decía que gracias a este caso, ahora se sentía vivo otra vez y que lejos de volver al estudio jurídico se dedicaría más bien a asesorar a la gente de las villas miserias porque había descubierto que en la defensa del hijo de Claudia, había algo más profundo, como una suerte de llamado interior para enriquecer el último ciclo de su vida. Claudia y su hijo estaban sentados al otro lado de la mesa, que si bien era chica, no faltaba todo lo necesario como para festejar que Lisandro había recuperado la libertad. De entrada, Claudia había servido jamón casero con ensaladas, donde no faltaba el vino tinto de color fuerte y espeso. Después les sirvió pollo al horno con papas, manzanas y ciruelas y cuando estaban todos muy satisfechos luego de dos horas de charla, brindis y elogios compartidos, de postre sirvió el helado que el abogado tuvo la deferencia de traer. La casita humilde estaba rozagante, hacía tiempo, meses, años que no se la veía tan feliz. Cuando eran las 12 de la noche, el abogado y el viejo tomaron un taxi y prometieron volver, para mantener viva la relación; Claudia y Lisandro no se cansaron de agradecer al abogado y al viejo todo lo que habían hecho por ellos, aun cuando entre la mujer y el viejo tenían aquel secreto del intento de deserción guardado bajo siete llaves.

Cuando todo había ocurrido, la madre levantó la mesa, limpió como era su costumbre, jamás dejaría un plato sucio para lavarlo el día siguiente y con su hijo compartieron un café en el living con la charla consiguiente. Fue cuando Claudia le preguntó a su hijo, que haría con su vida, habida cuenta de que estaba en libertad, de que seguramente había decidido demandar al estado por todos los daños ocasionados en ese año para el olvido y a partir de allí comenzar una nueva vida, porque siempre hay que volver a empezar, le decía a su hijo con la felicidad de una madre que vuelve a parir a su propio hijo. Lisandro dejó la taza sobre la mesa y le dijo a la madre: ¿vieja, te puedo hacer una pregunta?. ¡Claro hijo!, contestó su madre dispuesta. Entonces Lisandro  trató de escarbar hasta que llegó a la parte susceptible cuando le dijo que le había llamado la atención que en los últimos seis meses había dejado de ir a visitarlo, pero no era una recriminación se encargó de enfatizar, simplemente quería saber por qué una madre deja de visitar a su hijo en la cárcel.

Claudia se inquietó y le confesó que no aguantaba el olor de la cárcel, las revisaciones que le hacían antes de entrar cuando le hurgaban las zonas íntimas para comprobar si no llevaba drogas y como en los primeros tiempos lo veía muy delgado realmente prefirió esperar, pelearla desde afuera pero no podía, no tenía energías para ir a visitarlo, de todas maneras ella creía que se compensaba con las llamadas telefónicas. ¡Pero hijo mío!, continuó, mientras Lisandro observaba parsimoniosamente a su madre, ahora todo cambió, hay que dar vuelta la página negra de esta historia y el abogado que te sacó de la cárcel ya me recomendó un especialista para que le hagamos la demanda pertinente al estado por este año que fue un siglo por todos los daños que te hicieron porque se ensañaron con un inocente. Lisandro se inclinó hacia la mesa y se llevó a la boca el último sorbo de café, entonces la seguía mirando pero con ojos distintos y la madre percibió que el hijo, había vuelto o al menos la estaba mirando con dos ojos que ella desconocía. ¿Por qué, estás resentido con tu madre? Se apresuró Claudia.

En absoluto contestó el muchacho, lo que pasa es que en la cárcel pasan cosas; bueno por eso, lo interrumpió la madre es que vamos a demandar al estado por lo que te hicieron y ese dinero aun cuando tengamos que esperar, pero lo ganamos seguro, nos servirá para una vida mejor; nos podremos cambiar de casa, en fin, los mejores días no los hemos vivido. Lisandro la miraba hasta que le recordó: en la cárcel me acordaba de cuando era niño y para protegerme no me enviabas a la escuela porque tenías miedo, entonces hubo que justificar tantas faltas; lo hacía; no esperá la frenó el hijo; y recordaba que simulabas estar enferma para justificar que no fuera al colegio, hasta que ya con diez años me orinaba en la cama y después la sobreprotección, siempre estuviste encima de mí, me asfixiabas, no me dejabas crecer; la cara de Claudia se iba transformando; nunca quisiste que conociera a mi padre, no importa si era una desertor o abandónico como dicen ahora, yo quería saber quién era mi padre y nunca me lo permitiste. ¡Te saco de la cárcel para que vengas a cuestionarme! Le contestó la madre a quien se le había subido el rubor por toda la cara. ¡Nunca te dije quién era tu padre porque no existió, se borró y yo tuve que hacer de padre y madre, además no quería que conocieras a un sinvergüenza, para eso estuve yo, toda la vida, en tus 27 años, yo hice de madre, de padre, de abuelos, de enfermera, de todo lo que puede dar una madre; yo me inmolé por vos y ahora, insisto Lisandro ¿salís de la cárcel para pasarme facturas?. El muchacho trajo del aparador una botella de cognac y se sirvió un poco porque intuía que la mano se presentaba pesada. ¡Mirá! Le dijo, en la cárcel pasan cosas; ya sé lo que pasa, los intentos de violación, el temor al envenenamiento y mis insomnios para que no te clavaran una chuza como la llaman; ¡no me interrumpás!  objetó el hijo. Entonces le contó que en la cárcel un día se le presentó un hombre diciendo que él era su padre; Claudia se irguió como esos gallos de riña listos para el picoteo; me mostró su documento, es parecido a mí, y vos sabes, entonces le dio el nombre a lo que Claudia agachando la cabeza consintió, efectivamente era el padre, el hombre que fue a ver a su hijo a la cárcel,  me fue a ver todas las semanas durante los seis últimos meses y nunca me dio ninguna explicación porque me dijo que no las tenía, se ausentó de mi vida y bueno, se enteró de lo que me había sucedido y me fue a ver.

La madre lloraba de indignación; ¡cómo pudiste recibir a esa basura!. Coincido le contestó Lisandro, pero esa basura es mi padre y es mi derecho de recibirlo o no y yo decidí recibirlo porque al menos tuvo la entereza de no dejarme solo y de arrepentirse aunque varias veces me lo confesó, viviría con ese dolor toda la vida. Entonces Lisandro descargó toda la bronca que venía acumulando durante esos meses, ¿cómo pudiste negarle que me viera durante toda mi vida, quien te creías que eras, como si yo hubiese sido una cosa?. ¡Contestáme mierda! O vas a negar que toda la vida  quiso verme  y no lo dejaste porque el tipo no era capaz de reclamar ante la justicia. Claudia se puso de pie y comenzó a exclamar, a clamar y a chillar; entonces le enrostró que ella se había hecho cargo toda la vida de él, dejándolo en los vecinos cuando se iba a trabajar, que nunca le faltó nada y que no quería recibir un peso de quien no se hizo cargo. Pero Lisandro le disparó un fulminante, ¡mentira!. La madre se quedó atónita. Lo que hiciste es aislarme de mi padre porque él se quiso hacer cargo pero no quería vivir con vos y por despecho, me tomaste de rehén y lo clausuraste para siempre, me censuraste a mi padre, me tomaste como una cosa, si hubieras podido me metías otra vez en tu panza. Eran exactamente las 3 y cuarto de la madrugada y la luna se mantenía despierta con los ojos bien abiertos.

Lisandro prosiguió, de no haber sido por la cárcel no hubiera conocido a mi padre, que nadie haga un juicio de valor, lo que importa es mi derecho a saber quién era mi padre y le agradezco a Dios, aunque en atípica circunstancia lo pude conocer. Te repito, en la cárcel pasan muchas cosas que la gente no conoce ni quiere conocer, hay cosas feas pero también hay transformaciones, revelaciones y confesiones que te dan vuelta la vida.

Claudia no paraba de llorar pero trató de recuperar la compostura; mirá, lo hecho, hecho está, el tiempo dirá la última palabra sobre quien fue quien en tu vida, entonces le dijo que de todas maneras ella como madre se iba a involucrar en la última gestión que tenía que hacer,  buscarle un par de abogados para demandar al estado porque como siempre ella se las tenía qu comer y con esta novedad ni hablar, pero era lo que humanamente podía hacer por su hijo, así  le dijo que se tranquilizara y le dejara todo  para comenzar la demanda, de todas maneras lo haría porque sentía el derecho y la obligación de hacerlo por su hijo y por el honor de la familia, después, le dijo: que cobremos ese dinero podés hacer lo que quieras con tu vida, si querés ¡andate a vivir con tu padre!. Lisandro le volvió a clavar un puñal a la madre: ¡despecho, lo tuyo fue despecho!; tenés una patología, tenés que ir a un psiquiatra, el Edipo te está matando, yo gracias a la cárcel quedé libre de ese mal, gracias a la cárcel y a mi padre. Claudia se levantó de la silla, se echó treinta gotas de rivotril en el vaso y sin despedirse se fue a dormir. Lisandro se quedó reclinado en el sofá con el vaso de cognac en la mano y mirando la llegada del amanecer. La luna comenzaba a aburrirse porque en los últimos tiempos ya no competía romances por obra de las redes sociales, que le arrebataban los últimos amores.

Suspendió la sopa y se puso la fruta en el bolsillo y por primera vez el viejo quería decir algo a los comensales durante el almuerzo. Todos lo miraban con extrañeza, pero interrumpieron la comida para escucharlo; entonces el viejo hizo un esfuerzo y les agradeció a todos tantos años de compañía y cariño, también lo hizo con los dueños de la pensión, tuvo un recuerdo especial para doña Pepa y para Raymundo, entonces con los ojos brillosos les anunció que se iba y que se iba para siempre, porque unos parientes del interior vendrían a llevarlo hacia una vida de campo y lo harían en las próximas semanas, por lo tanto dijo, son las últimas charlas, las últimas comidas, las últimas manzanas. Y se sentó. Todos comenzaron a desfilar y lo acariciaban entonces la mesa se quedó vacía porque él también se fue. En los días siguientes el almuerzo no contaba con su presencia y alegaba que estaba preparando todo para cuando vinieran los sobrinos, hasta que pasó una semana y como no se lo veía, esa campana preliminar que tienen las mujeres y que se llama intuición le sonó a René, quien ya tenía una panza de ocho meses de embarazo entonces le pidió a Oscar que fuera al cuarto del viejo y golpeara por las dudas, así lo hizo pero todo estaba cerrado y no se veía que nadie estuviera, entonces volvió y le comunicó a René que no había nadie, pero se quedó mirando los ojos de su esposa, como si algo se hubiera olvidado, entonces le dijo, voy a volver al cuarto y me parece….René salió afuera porque se quedó preocupada. Oscar se había dado cuenta que el olor era espantoso y por eso volvió. A partir de ahí lo llamó al turco, llamaron a la policía, forzaron la puerta, ya estaba en descomposición, hacía días que había muerto; típico caso de quienes intuyen, se confiesan, se bañan, se visten y esperan la muerte, adelantándose a toda imprevisión. Lo velaron en la misma pensión, una multitud de fieles a su persona lo acompañó, había gente de todas partes que él había sembrado con cariño y obviamente no faltó Claudia quien con mucho dolor recordaba el secreto que se llevó a la tumba cuando le dijo antes de saltar, que había que irse del mundo pero jamás de la vida. El coche fúnebre marchaba muy lentamente y la inscripción no llevaba otro nombre por el cual fue conocido y tratado como “el viejo”. Nunca quiso dar su nombre, jamás contestaba preguntas sobre su vida pasada, era toda una incógnita pero en la pensión dejó un vacío enorme y por mucho tiempo cuando todos se marchaban después del almuerzo se le siguió poniendo la manzana con el cuchillo, la naranja o la fruta que se sirviera en el día; era imposible no tenerlo presente de alguna forma.

El turco entró en una depresión muy grande, creía que ya no servía para nada pero la hija no aflojaba y no le dirigía la palabra, el rencor por el maltrato en vida que le dio a su madre superaba todo tipo de reconciliación y ni siquiera lo consideraba, solamente esperaba que se muriera.

Mientras tanto Lisandro escribió un par de cartas, con la madre poco se llevaban el apunte luego de lo que había ocurrido durante aquella madrugada pero Claudia apareció con un abogado para informarle a su hijo sobre todo el proceso que debían preparar para iniciar el juicio cuanto antes, entonces el abogado les sugirió los pasos a seguir, quedaron en que en la tarde siguiente irían a verlo al estudio para darle el poder para litigar, de las cifras hablarían en su momento, lo que sí dijo el abogado, va a ser una demanda grande porque el daño es irreparable. Y se fue. Durante la cena, Claudia trató de hacer las paces con su hijo, quería alegrarlo y le contó todos los proyectos que tenía en vista y que de todas maneras reconocía su omisión pero que la vida había sido muy dura para ella, por lo tanto si bien aceptaba que Lisandro se hubiera reconciliado con su padre que no le pidieran lo mismo a ella y que tuviera la deferencia de no invitarlo jamás a su casa. Pero de todas maneras hay que estar feliz, le dijo, porque estamos juntos nuevamente y con la plata del juicio hasta se podrían ir a vivir a otra provincia. Fue cuando Lisandro le hizo otra pregunta obvia: ¿vieja, quien estuvo preso durante un año?. Claudia estaba un poco desconcertada y le contestó, no sé a qué viene la pregunta, pero lógicamente vos, estuviste preso y en alguna manera, también lo estuve yo, no es fácil para una madre tener un hijo en la cárcel…

Entonces, le dijo Lisandro, te pido que tampoco te metás más en algo que no te concierne porque yo no le voy a hacer ningún juicio al estado y te lo voy a repetir para que lo entendás mejor porque parece que todavía me tratás como el niño que no enviabas a la escuela para alimentar tu patología; no voy a entablar ninguna querella al estado, no voy a hacer nada. Claudia se quedó pálida y no sabía cómo reaccionar ante la negativa sorprendente del hijo. Lisandro continuó, no te hagas ilusiones con la plata del juicio porque no voy a hacer ningún juicio y no lo haré porque nada en el mundo repara lo que se pierde en un año privado ilegalmente de la libertad, no me van a venir a sobornar con todo el dinero del mundo lo que yo sufrí por un delito que no cometí, así que si te hiciste alguna ilusión, lo siento, nunca me preguntas sobre mis decisiones por eso; no te metás más en mi vida, me tenes harto, estoy cansado de que sientas por mí, de que penses por mí, de que decidás por mí; ¿la tenés clara?. La madre lo miró con indignación y le apuntó: ¡sos igual que tu padre, un desagradecido, jamás pensé que me ibas a pagar de esta forma!; ¡porque siempre esperaste cobrar le contestó Lisandro, aquí no se trata de pagar o de cobrar se trata de que hay daños que son irreparables y no me voy a dejar coimear por una justicia barata que en realidad es una injusticia!. Además, continuó Lisandro, hay algo más; ¡más todavía! Le increpó la madre. Sí, me voy a un lugar que es lo mejor que me puede haber pasado en la vida y lo logré gracias a un contacto que tuve en la cárcel pero más que eso por la forma que la cárcel me hizo pensar, ahora soy otro y ya he madurado la decisión durante meses, así que mañana tomo el colectivo y quizás algún día nos volvamos a ver, pero primero debo estar preparado y ¡así están las cosas!. La madre se quedó desolada, sin fuerzas para contestar, para pelear aunque el recuerdo de aquel momento cuando quiso quitarse la vida la aterrorizaba, no dijo más nada y otra vez, ahora eran 30 gotas de rivotril y a la cama.

¡Me voy! Escuchó Claudia con escepticismo pero no se dio vuelta para saludar al hijo, no le habría preguntado ni remotamente que le dijera a dónde se iba estaba resentida y el rencor le salía por los poros, le dolía la actitud de su hijo pero también le dolía que hubiera aceptado la presencia del padre, salvo que se siguiera mintiendo, era el único hombre que amó y no  perdonó que no se quedara con ella, entonces la factura de negarle al hijo el valor indiscutible de la consanguinidad le costó muy caro. Lisandro tomó el colectivo a las 18 hs. De un día viernes, estuvo viajando toda la noche y en la mañana se bajó en un pueblo del noroeste de la provincia de Buenos Aires, ahí estuvo un par de horas en la pequeña terminal, comió una porción de piza con una gaseosa y tomó nuevamente un colectivo que lo llevaba a su destino final. Muy cansado arribó a Los Toldos a las 3 de la tarde, de allí debió tomar un taxi hasta que arribó hacia ese lugar soñado que venía preparando desde hacía meses. Llevaba una valija con sus cosas personales, estuvo esperando en la receptoría, hasta que un monje lo llevó hasta el despacho de Fray Mamerto Menapace quien lo recibió tan feliz y jovial como lo fue toda la vida, lo abrazó y le dijo que por fin había conseguido el hogar buscado. Le prometió toda la ayuda para seguir su carrera de sacerdote e invitó a dos hermanos para que lo llevaran a su claustro, le dieron el hábito, las sandalias y por la tarde participó de su primera  misa. Luego de la cena, El Abad lo presentó ante todos los monjes y le dieron una cálida recepción.

El hermano Lisandro, con el tiempo comenzó a enviar cartas a su madre y a su padre, estaba contenido y feliz, para tener más vida, debió renunciar al mundo y creía profundamente que el episodio de la cárcel terminó siendo un llamado de Dios, que tiene por lo visto métodos que no son los métodos de los hombres.

Mientras tanto el mundo seguía girando, en le pensión lo extrañaban al viejo hasta que el turco un día cuando entró a la cocina a eso de las cuatro de la tarde y vio el plato con las frutas del viejo, decidió terminar con este rito que solamente traía malos recuerdos pero ni bien puso la mano en las frutas, escuchó una voz sargentona; ¡saque la mano de ahí!, era su hija que cada vez que lo veía no perdía oportunidad para lastimarlo, el turco estaba tan acabado que se retiró como un pichicho asustado, escuchando los latigazos de la hija que le decía: ¡Usted no vale una fruta de las que comía el hombre porque era un hombre con mayúsculas, que se sentaba ahí!. Entonces el padre reaccionó: ¡qué te pasa gorda y la puta que te parió, quien crees que ha hecho todo esto!, ¿hasta cuándo te voy a seguir aguantando todos los insultos porque no servís ni para tener un macho?. Entonces la hija se le acercó y con fuerzas le pegó una trompada certera y lo mandó a parar debajo de unas ollas que estaban en un rincón del comedor. Y como si fuera poco tomó el palo de amasar: ¡venga! Le dijo, yo no soy como mi madre, yo lo voy a hacer cagar. El turco se acurrucó entre sus rodillas, solo, viejo, desarmado y se puso a llorar como un niño. La hija se fue rezongando y amenazando: ¡yo le voy a dar a usted, conmigo va a pagar, todo lo que la hizo sufrir a mi madre!.

En otro lugar muy lejos los pastos crecieron, mientras que unas  florecitas crecían sobre la disimulada tumba de Raymundo. La fuerza de la vida era más tozuda que la aniquilación de la muerte.

¿Qué dice aquí?, le preguntó el padre Mujica, quien muy anciano era el conductor intelectual del monasterio, quien discutía todos los temas pendulares de la iglesia cuando el obispo los visitaba. Lisandro, que por orden del Abad debía visitar al anciano todos los días para que lo instruyera en sus primeros pasos para despertar la vocación de cura, leía: Dios es amor. Exactamente le contestaba el padre Mujica, ¡y si lo dice San Juan! Debemos tener en cuenta de que Dios es amor, es el amor y este concepto de a poco va a ir invadiendo todo tu ser desalojando los pensamientos que traes del mundo que te ha tratado tan mal, ¡ya verás hijo!, aquí no encontrarás necesariamente tranquilidad que es lo que buscan los peregrinos, aquí encontrarás la paz y nosotros tenemos la misión de ser una usina de paz en un mundo que se pierde en los entretenimientos de la ciencia y de la tecnología, olvidando la preciosa naturaleza que es un regalo espléndido de nuestro padre para que el hombre disfrute el acontecimiento sublime y previo como el umbral de la eternidad. Fue cuando Lisandro se conmovió porque en la medida que pasaban los días y las semanas cayó en la cuenta de que estaba ante un sabio y santo, porque el padre Mujica tenía también detrás de un biombo a un monje muy enfermo a quien cuidaba con mucho amor, le daba de comer en la boca, los medicamentos, le limpiaba los excrementos, lo hacía sentir como si fuera su hijo y lo hacía por amor; en este sentido Lisandro fue observando aquella entrega abnegada y se fue modelando al amor de los monjes. Como lo veía tan sabio y completo le preguntó sobre el estado de la Argentina porque si bien llevaban una vida aparentemente aislada, era impensable que los monjes no supieran lo que le estaba sucediendo a la sociedad de donde pertenecían. Fue un día cuando le preguntó qué diferencia había entre alma y espíritu. El padre Mujica le había contestado que había que simplificar porque era mejor entenderlo de la manera más sencilla; el alma necesitaba de un cuerpo para existir, en cambio el espíritu no, era más bien independiente, pero no se despegaba del ser. Hasta que cuando le tocó el tema de los problemas del país, el padre Mujica le prometió que en la tarde siguiente le diría lo que pensaba de lo que estaba sucediendo en nuestro querido país.

Mientras tanto Lisandro compartía todos los ritos de la orden de los Benedictinos, su vida adquirió otra vitalidad, se levantaba a las cinco de la mañana, se aseaba y comenzaba con la primera misa, luego volvía a su cuarto, ordenaba todo lo que haría durante el día e inmediatamente se presentaba en el desayuno, luego cada monje se encaminaba a hacer su trabajo diario, algunos estudiaban, otros sembraban y se dedicaban a darle de comer a los animales de la granja, estaban bien ordenados para llevar adelante el monasterio, había monjes que se dedicaban permanentemente a la cocina, otros al mantenimiento de las instalaciones y cada uno era responsable por la limpieza y el cuidado de su claustro. Al mediodía participaban de un rezo cotidiano con cantos gregorianos, luego participaban del almuerzo, antes de darle gracias a Dios por los alimentos que eran bendecidos, mientras comían, un monje leía cuestiones atinentes a las novedades de la iglesia, hasta que se levantaban de la mesa.

Hasta las 3 de la tarde Lisandro disponía de su claustro para hacer lo que se le viniera en ganas, en su caso luego debía ponerse a estudiar, hasta las siete de la tarde, tomaban una merienda rápida. Luego se aseaba y seguidamente participaban nuevamente del rezo vespertino, luego volvía al claustro se aseaba y finalmente participaba de la cena. Otra vez volvían al rezo final y luego se iba al claustro a dormir porque se levantaba muy temprano. Era la vida cotidiana con alguna excepción los días domingos. La comida también en ese día era especial. Lisandro también participaba de grupos de oración y de todo peregrino que viniera solo o en grupos, con los cuales los monjes tenían charlas, hacían caminatas para conocer todo el monasterio, y quien viniera a compartir unos días, en eso eran muy considerados todos los monjes, sabían que venían con sed de paz y avidez para participar de lo que era el retiro espiritual. Lo primero que hacían los monjes era enviarlos a dormir, a descasar un par de días y luego se entregaban a ellos, algunos viajeros si querían podían amoldarse por el tiempo que estuvieran a la vida de los monjes, siguiendo los horarios que por cierto eran muy estrictos. Luego venían las despedidas, los abrazos, alguna que otra lágrima indiscreta, pero Lisandro entendió desde el monasterio el cansancio del hombre común y ahí lo pudo observar palmariamente.

También tenía un tiempo para la correspondencia y frecuentemente observaba que personas entraban con la intención de quedarse pero el mundo nuevamente los ganaba porque o pensaron otra cosa o directamente no aguantaban vivir así y preferían volver a la vida civil. En esos primeros tiempos Lisandro conoció a un monje que le confesó estar un poco cansado del encierro y que ya tenía todo listo para pedir el retiro pero hacia el mundo. Luego habló con el Abad y se despidió, durante un tiempo estuvo vendiendo seguros, luego vendía libros, y así sucesivamente, en las cartas le contaba a Lisandro que la vida era muy difícil y que particularmente a él se le hacía difícil porque carecía de experiencia y astucia que no había desarrollado mientras estaba en el monasterio. Le decía que sufría mucho, que tenía apremios económicos y que manejar la plata se le había vuelto insoportable porque siempre le faltaba. Al poco tiempo volvió y se le arrodilló al Abad porque estaba deshecho y como corresponde se lo recibió con mucho amor y rápidamente se reintegró a la vida de los monjes. Un caso diferente que le tocó vivir a Lisandro en poco tiempo fue el de otro monje, el padre Nievas, que optó por dejar la vida del monasterio porque creía que el verdadero servicio estaba en vivir con los indigentes y se fue a un lugar muy pobre que era como una villa miseria, se llama Las Cuevas, ahí comenzó a predicar y se puso al servicio de los ninguneados. No volvió al monasterio mostrando una evidente vocación para estar al servicio de Dios. Siempre lo recordaría con profunda admiración.

En sus charlas con el padre Mujica aprendió que la Argentina estaba pasando por un momento de relajación, le enseñó a ver y a darse cuenta que las cosas no pasaban por que sí, que evidentemente la sociedad se había alejado de la mano de Dios en consecuencia de valores esenciales que hacen a la felicidad de los hombres y que habían reemplazado esos códigos de los que tanto se hablaba por otras distracciones del mundo de la era digital. Se empezó a descreer en la familia nuclear, se aprobó el matrimonio gay, mediáticamente la sociedad argentina se convirtió lentamente en un conventillos y se banalizó la realidad.

En este aspecto Mujica creía que otra vez el maniqueísmo del populismo versus la ilustración se enfrentaban y la sociedad no generaba líderes, se fue derrumbando el esfuerzo y la voluntad y los jóvenes descreían absolutamente de los mayores. Se marcaba permanentemente la diferencia y la desunión y la vida se tomaba como un partidismo; en este aspecto se fueron degradando las instituciones y la corrupción comenzaba a corroer las bases de la república.

Sin embargo Mujica creía que Dios nunca sacaba los ojos de nuestro querido país y lo premiaba con un hijo que pasó a ocupar el trono de Pedro; fue cuando Lisandro le preguntó al anciano sabio sobre unas palabras que había dicho Benedicto 16 cuando estuvo frente a los campos de concentración donde los nazis aniquilaron  seis millones de personas. Mujica se interesó por la inquietud; Lisandro dijo que lo había impresionado la pregunta del Papa a Dios, cuando al ver aquellas ruinas de la peor miseria humana le preguntó: ¿por qué callaste!. Y Lisandro recordó que el premio Nobel de literatura mejicano Octavio Paz sostenía que: decimos lo que callamos.

Ahí está la respuesta, le contestó Mujica, porque a veces Dios habla, otras veces calla y su voz se vuelve más estentórea lo que pasa es que no la escuchamos. De todas maneras Dios es el omnisciente o sea conocedor de todas las cosas y notros tan limitados y fallidos, somos ignotos, Él es el necesario, nosotros somos contingentes; llegamos hasta donde podemos, pero el silencio de Dios ante una de las mayores masacres de la historia, nos desnuda en cuanto a nuestra miseria, por eso ese silencio que aturde, nos debiera despertar, de ahí decía Mujica, esa pregunta maravillosamente desesperada de Benedicto.

En los años siguientes cuando Lisandro ya era sacerdote y prefirió volver al mundo pero al frente de las iglesias, en sus cartas a sus padres y amigos le dio gracias a la cárcel y a Dios de ese cambio volcánico que tuvo su ser hasta el punto de haber aprendido de que no debía perder un segundo del maravilloso tiempo que le daba esta vida, por eso nunca dejó de lado su costumbre de proyectar, de planificar y de hacer, nunca paraba siempre estaba dispuesto y su energía se nutría de la fuente mayor. Fue una de las almas que si bien nunca pasó por la pensión elípticamente quedó ligado cuando el viejo, aunque él no lo supiera, le salvó la vida  a la madre cuando se quiso suicidar y la llevó unos días a la pensión hasta que le buscaron y le encontraron la forma para que el muchacho quedara en libertad. El padre cuando podía se acercaba al monasterio de los Toldos, pero la madre nunca fue a visitarlo, no podía superar y lo tomó como un abandono lo que le hizo, de haberse entregado a Dios.

No obstante, Lisandro cuando podía se daba una escapadita y la visitaba porque en realidad era su madre y si bien le entregó todas sus bendiciones, no había caso, ella no quería saber nada y un día murió resentida; Lisandro no tuvo tiempo de llegar y cuando lo hizo ya la habían sepultado, fueron con su padre al cementerio y de ahí se quedó un par de días recorriendo la ciudad. La sintió mucho, la recordó de la mejor forma y lo hizo porque él ya había cambiado de tal forma que llevaba en su ser la convicción de que no hay vida mejor que la que se vive con compasión. Al poco tiempo murió el padre, pero para ese entonces ya andaría por algún lugar del África donde le habían dicho que la miseria se ensañaba con hermanos indefensos. El dolor de sus primeros años, más el dolor de la cárcel, dispararon una vocación para servir a los demás y así lo hizo.

El viejo, Raymundo, doña Pepa, Lisandro, los que se iban y los recién llegados porque René y Oscar ya andaban por el tercer hijo, más dos perros y un gato, ante los ojos de los padres, la vida de tan feliz se había convertido en un bochinche que levantaba polvaredas de alegría.

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