Diego, tuya es la muerte, pero también la fuerza, la gambeta, la oscuridad; y también la luz y la vibración, el baile, la trampa que supiste cometer, la habilidad ante todos los rivales que supiste burlar y superar, y son tuyas todas tus recaídas, tus toxicidades y tus resurrecciones. Y eso es Argentina. Hay otra Argentina pero ajena, distante y sorda al clamor de millones que cantan Maradó, que lo invocan así porque algo profundo han recibido de él.

Y hay una Argentina más, dentro de los pliegues de un país atormentado: la de los barras bravas. Delincuentes desquiciados auspiciados desde el poder. Ayer cantaron victoria desde el corazón de un velorio público y manipulado por las dudosas alturas de la política.

También hay barras de guante blanco, especuladores, altivos ejecutivos que se han aliado con mafias gubernamentales y que vuelven a sentirse amparados y protegidos.

La Argentina es múltiple y es una, como escribió Borges: “…es indiviso y uno el anatema”.

Todo se gatilló en simultáneo.

Una postal de los momentos más tensos del velatorio masivo de Diego Armando Maradona.

Una postal de los momentos más tensos del velatorio masivo de Diego Armando Maradona.

Cristina Kirchner llegaba a la Casa Rosada. En el mismo momento un grupo muy compacto, trompetas, Maradó, Maradó y el ritmo taquicárdico de los tamboriles pregonaba la llegada del grueso de la barra bravísima de Gimnasia y Esgrima por una calle lateral. La camiseta blanca con esa franja azul cobalto del medio, también muchos hombres sin casaca, sin dientes algunos, jóvenes con todos los dientes, mujeres, algunas adolescentes con chicos muy chiquitos de la mano, una columna decidida, una voluntad notoria de avanzar, y de hacerlo contra todo y contra todos.

Este cronista quedó en esa posición indeseada entre la barra que no iba a detenerse, y dos, tres, cuatro filas sucesivas de motos policiales que pugnaban contra la barra. Aceleraban y frenaban. Era una pulseada, una pugna. El sonido de las motos atronaba y el de la barra también.

La calle temblaba.

El Presidente se tomaba selfies, le hablaba por megáfono al todo y a la nada, y en esos mismos descoyuntados momentos la inmensa cola apretujada empezó a deshacerse en estampidas y muchos treparon con notable premura y sapiencia aprendida en masters de paravalanchas, las altas rejas de la Casa Rosada.

Los barras de las más diversas hinchadas ingresaron atronadores al Patio de las Palmeras; Maradó, Maradó, rugían.

Maradona, en su ataúd, tuvo que ser desplazado hacia una sala más segura, presuntamente. Corría peligro la integridad del cadáver.

Si un extinto corre peligro, cuando ya nada puede dañarlo, es porque las cosas se han puesto mal y muy mal.

Había arribado al funeral la anunciada hora del delirio.

Los usurpadores rompieron en su paso de marabunta el busto de Hipólito Yrigoyen, que fue desalojado de la presidencia democrática por el fascista de José Felix Uriburu, y que cuando murió poco después, despojado el país entero de la democracia, atrajo a una inabordable multitud a las calles de Buenos Aires, en un sepelio histórico que la mala memoria dictaminada desde el adoctrinamiento decidió olvidar.

Los barrabravas volvieron a desalojar a Yrigoyen, que es un héroe argentino, otra vez de su inmensa dignidad.

El busto del ex presidente Hipólito Yrigoyen fue atacado por los hinchas que ingresaron a la Casa Rosada durante los incidentes en el velatorio de Diego Maradona.

El busto del ex presidente Hipólito Yrigoyen fue atacado por los hinchas que ingresaron a la Casa Rosada durante los incidentes en el velatorio de Diego Maradona.

Afuera, el chori costaba $ 150, o $ 170, o $ 120, variaciones comprensibles del mercado, un muchacho pintaba en tiza un inmenso dibujo de Maradona en el asfalto de la calle Hipólito Yrigoyen, precisamente. Y enseguida, la desbandada lo pisoteó.

Maradona inscripto en el piso del país, pisoteado y elevado. Ungido, usado, alabado y equívoco, inconcebible todo como la Argentina misma.

El Diez, más presente que nunca en su definitiva ausencia.

Todo es excesivo.

Todo es un manicomio.

Todo giraba en derredor del muerto que por algo convoca hasta el éxtasis y la idolatría. Maradona no encubría su lado oscuro, y eso en algún sentido profundo atrajo. La transgresión permanente, la ruptura con todas las reglas produjo fascinación y también, por supuesto, indignación. Su lado oscuro, en algún sentido, es difícil de explicar racionalmente, lo iluminaba.

Sus caídas eran ascensos al abismo.

Cuando “le cortaron la piernas”, no perdió toda la gloria, se imbricó con millones. ¿A quién no le cortaron las piernas en éste país amputador y tantas veces desolador? Era bravío y esas pendencias producían más abrazos a su halo que distancias. “Te espero en Segurola y Habana…”. ¿Quién no quiso esperar a alguien en una esquina para desquitarse de cualquier cosa, para pelear por un quítame esas pajas?

Sintonizaba algo de todos, algo vivo y patotero, también en quienes lo odiaron.

Simbólicamente y tras una guerra recién perdida Maradona respondió jugando. Y ganó y la Argentina que había perdido la guerra ganó en el fútbol. Había perdido una guerra que fue decidida por una banda de genocidas. Le ganó a la guerra según una visión lúdica de la historia. El juego descompuso la batalla y la convirtió en gambeta de once segundos y ese gol que eclipsó en algún punto a los misiles y a la sangre.

A la vez, todo es excesivo. Solo fue un partido de fútbol.

Murió mal rodeado y solísimo, pero abrazado por millones.

Los peregrinos emborrachados, los delincuentes, los inocentes, los violentos, los pacíficos, los murgueros, los villeros y los invasores de la Casa de Gobierno tuvieron su día argento en esas exequias que ahora inauguran las travesías de apologías y rechazos que enfatizará Maradona ya inmóvil y ya mudo, pero sobresaliente en la angelología, que aquí es análoga a la demonología.

La celebración nacional de un velorio popular fue una fiesta violenta.

Los barras rompieron a Yrigoyen, tomaron por unos minutos eternos el poder.

Los barras tomaron el poder.

Eso explica todo.

Fueron instantes, pero los instantes en el infierno son eternos.

Y por eso mismo, la temporada en el infierno no termina nunca.

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