COMO LO PROMETIMOS, ESTA SEMANA PUBLICAMOS EL CAPÍTULO DOS. MATTAR Y RUDOLPH EN EL EMBLEMÁTICO MIT. INSTITUTO TECNOLOGICO DE MASSACHUSETTS.

 

DOS

 

DOS TIPOS AUDACES

 

LOS ARGENTINOS TIENEN QUE SALIR DE GIRA

MARCOS AGUINIS

 

Una vez que el destino cruzó los caminos de José Agustín Matar y Carlos Guillermo Rudolph, mientras cursaban la carrera de ingeniería,  costeándose los estudios como técnicos mineros y actividades complementarias; intuyeron que sin laboratorio que ensamble la teoría con la práctica,  iban a pasar a  conformarse  con ser un par de profesores más del montón o como dice el paisano: de lo mesmo a lo mesmo.

Producto de dos razones: en primer lugar en este país la educación no está en el corazón de las decisiones políticas y la otra razón es haber creído erróneamente que todo estriba en el clásico enciclopedismo argentino; el cual impulsa el error de que hay estudiar para olvidar, cuando ya sabemos que la letra con sangre entra y porque saber, es saber explicar; nada de esto sucede cuando por ejemplo un perito mercantil, sale de la escuela secundaria sin saber redactar un cheque.

Con esfuerzo y transpiración sustentando la carrera, alcanzando promedios que se le animaban al diez, habían comprendido que la enseñanza solamente teórica es como una carretera, donde el desplazamiento es rápido, la meta es corta y no hay tiempo para ver nada hacia los costados. Por el contrario la teoría con su consecuente experimentación, que se consuma en ciencia y tecnología aplicadas; es más parecida a la huella, por la que se sube, se baja, el camino es escarpado, se cruzan arroyos calmos y embravecidos, hay que bajarse para solucionar los empantanamientos y comprender la memoria del paisaje. La teoría instruye pero si se complementa con la práctica ya estamos ante una mejor definición de educación, etimológicamente viene de “e ducere”, que significa preparar a las personas para que se valgan por sí mismas,  adquiriendo alas para volar y ser libres.

Las rutas son monótonas y no enseñan; en cambio las huellas dejan huellas, en la mente y en el alma de quienes las transitan.

Rudolph es un tipo brillante; meticuloso, pulcro, ordenado y exacto como buen descendiente de alemanes. Si quisiera disimularlo no podría porque es alto, rubio y de ojos celestes. Es el típico artesano que moldea la utopía hasta convertirla en realidad. Alquimista que instrumentaliza ideas al servicio de las necesidades cotidianas. De buen talante, tiene un hablar moderado  de repente se convierte en explorador y cazador de formas materiales, que culminan siendo prodigios de la ingeniería.

Matar es un aventurero del pensamiento. Pesca truchas, caza perdices y atrapa ideas tan sencillas como desopilantes. Es el típico líder reconocido por todos, que desbroza malezas, teje relaciones, soluciona problemas para algunos insolubles y alcanza la soberanía mental, que viene de superanius, quiere decir, siempre más arriba. Ambos desechan el poder y prefieren la autoridad, es decir: autoritas atis…hacer progresar y mejorar la vida de los demás. El poder esclaviza, la autoridad libera.

Matar tiene la condición del líder, porque puede ver más allá del horizonte; multiplicando sus talentos, siendo versátil en todos los sentidos, ubicándose en el momento y lugar exactos que lo requiera la estrategia, es decir tiene el don de la ubicuidad. Muy dúctil y mimético para sorprender al más avispado. Para algunos, ambos conformaron el binomio perfecto que hizo posible la hazaña.

En ese proceso de trabajo y estudio, comenzaron a elaborar un proyecto que luego es presentado en el CONICET y fueron los primeros becarios en ingeniaría minera de la República Argentina. Cuando la entidad estaba dirigida por el doctor Bernardo Alberto Houssay, primer premio Nobel de medicina. Hasta aquel momento el CONICET se dedicaba a la medicina.

El doctor Arturo Arabel discípulo del profesor Tato y del doctor Araoz; fue indiscutiblemente el mejor otólogo que tuvo esta provincia, fue secretario de salud durante el  gobierno del doctor Gómez Centurión y le hicieron la vida imposible desde el sindicato médico;  me contó que siendo estudiante fue a escuchar una disertación que hacía el premio Nobel de medicina Bernardo Houssay y se sorprendió cuando lo escuchaba decir: porque nosotros tenemos que ser como los orientales cuyas generaciones desde abuelos hasta nietos van heredando la misma profesión, adaptándose a la realidad y mejorándola. Abuelo médico, nieto médico. Obviamente que a él le pareció un despropósito, pero con el tiempo se fue dando cuenta de que Houssay no estaría tan errado; el lector debe recordar que uno de los formadores de Rudolph, venía de una camada de ocho generaciones de ingenieros.

Obviamente vivimos en la Argentina, donde se hace todo lo contrario de ahí la sucesión sarcástica: abuelo encomendero, hijo ganadero, nieto pordiosero.

El proyecto se basó en un tema específico que se llamaba cristaloquímica, consiste en conocer la materia en su mínimo tamaño, es decir hasta el átomo. El estudio de la separación de los materiales por los procesos químico físicos los llevó a abordar esta investigación. La cuestión es que desde el CONICET, rechazaron la posibilidad de otorgar una beca para profundizar la investigación, porque el trabajo hasta esa instancia era totalmente teórico.

Redoblaron la apuesta, después de dos años de trabajo que había costado este primer emprendimiento; pero el ingeniero Matar contrae un virus que causaba una enfermedad llamada mononucleosis cuyo principal síntoma consiste en mucha fiebre, a veces llega a 40 grados, que terminaron por fatigarlo, pero no agotarlo. De todas maneras como no hay mal que por bien no venga, durante seis meses su compañero Rudolph, todos los días iba a la casa de Matar y se quedaba seis horas, trabajando en la cama y con fiebre sobre este proyecto. Y ahí nació  la amistad inquebrantable, que ha superado todas las contrariedades.

Como aquí no tenían cabida para obtener la beca, enviaron el trabajo al MIT, Instituto Tecnológico de Massachusetts de Estados Unidos; en esos años, algo así como la Meca de la tecnología mundial. En este tema específico, en ese momento estaba la persona que más conocía sobre el tema en el mundo, una eminencia, Antoine Marc. Un precursor sobre la materia.

De este Instituto de tal jerarquía salió la bomba atómica y la fotografía de alta velocidad entre tantos descubrimientos. Es como Harvard de la alta ingeniería y la explicación de los fenómenos. No olvidemos que Estados Unidos es la primera potencia mundial, entre otras  por las tres principales razones: tiene el mayor poderío bélico, el dólar, su moneda en todo el mundo y el 70% de las universidades entre las mejores del mundo.

A los 15 días llegó una nota auspiciosa, en la que se los invitaba a terminar este trabajo en el MIT; recordemos que había que concluir la práctica, porque lo que se envió fue solamente la teoría. No se les cobraba nada, pero debían llevar dinero para vivir. En consecuencia los ingenieros inmediatamente le enviaron la invitación al CONICET y reconsideraron la beca.

La poca importancia que se le daba en esta país a la investigación se manifiesta en la beca miserable que les otorgaron, cuyo monto eran 400 dólares mensuales, con los cuales debían arreglarse para alquilar y comer, habida cuenta de que en el caso de Matar, ya estaba casado con su señora embarazada y con una hija pequeña. Hay que aclarar que Rudolph se fue antes y estuvo un año y algunos meses, como el trabajo se hizo en conjunto, posteriormente viajó Matar y concluyó el proyecto. Los apremios económicos y el costo de la salud para la señora que estaba embarazada, oscurecieron la permanencia de Matar para continuar con el proyecto, que así, se presentaba  inviable.

Aparece la estrella que destella el hecho fortuito y sin desconocer compañeros y amigos; hablando con el profesor Gaudin, Matar le planteó el problema Y el profesor rápidamente le dio la solución, lo nombró profesor asistente y de 400 pasó a cobrar casi 2.000 dólares que en aquel momento era mucho dinero. Entraba a las 9  hasta las 17 horas,  interrumpía al mediodía para un pequeño refrigerio y contaba con un escritorio bastante cómodo para trabajar. También se le otorgó una chequera del Instituto para comprar lo que quisiera, por ejemplo si pedía tal bibliografía de la India o de Rusia e inmediatamente la tenía. Si necesitaba tal o cual instrumento, en menos de una semana lo tenía a su disposición, propio de la calidad del Instituto y de la importancia que el país del Norte le da a la investigación tecnológica que por cierto, aquí no interesaba.

Todo lo que se hace queda en el Instituto y cuando Matar terminó el trabajo, se publicó en un Congreso Internacional de Rusia. En momento de relaciones políticas difíciles, porque al país lo presidía el presidente de facto Juan Carlos Onganía; Matar y Rudolph viajaron juntos a la Unión Soviética para presentar el proyecto concluido, que abría perspectivas hacia lo que luego alcanzarían a concretar durante los años de esplendor del Instituto de Investigaciones Mineras de San Juan. Llegaron hasta el polo norte, Leningrado y Obviamente no se perdieron de conocer Moscú. Tanto en Estados Unidos como en la Unión Soviética les ofrecieron quedarse a trabajar en la investigación.

La nostalgia prevaleció y volvieron a San Juan. Las primeras conclusiones están a la vista; a la Argentina le interesaba poco y nada la investigación en el campo de la tecnología aplicada a la minería; se perdió la reconversión industrial y siguió apostando a la pampa húmeda y durante la transformadora década del sesenta, tampoco entraba en razones con el mundo en el que ya  estaba comenzando la era tecnotrónica; por eso aquí hay que detenerse en un aspecto que puede parecer trivial, pero que sin embargo muestra en la figura de Matar y Rudolph el acierto que había tenido Ortega cuando definiendo a la vida como la realidad radical, aplicaba el siguiente concepto que vamos a analizar: Yo, soy yo y mi circunstancia. Observemos.

Esta expresión del filósofo se remarca con la fibra del énfasis fundamentalmente en la personalidad de Matar. El primer Yo, se observa es con mayúscula, pero en el caso del segundo es con minúscula. Luego aparecen la conjunción “Y”, el pronombre posesivo “mi” y finalmente “circunstancia”. Para Ortega, el primer “YO” contiene el 50% de importancia, para luego desplazarse en el segundo “yo” que se comparte con el “mi” circunstancia. El pronombre posesivo “mi” es fundamental, porque ante la circunstancia de lo que nos rodea, los seres y las cosas; dicho pronombre es la afirmación, lo que nos apega, es la raíz; es la exhortación  “a las cosas” con que invita a los argentinos, cuando nos vio tan surrealistas, ilusionistas y volátiles.

Por eso luego de haber vencido la enfermedad y de haber terminado el proyecto en el MIT; el ingeniero Matar ya llevaba el entusiasmo inmanente y audaz que caracteriza a los líderes; porque toma la decisión de ir a Rusia, lo lleva a su amigo y con el proyecto en la mano estará germinando en su ser la semilla del “mi”, que es arraigo, pragmatismo, resolución, en otras palabras, ¡a los bifes!, que luego aplicará en esta provincia.

La hazaña es llevarlo a cabo en un país de charlistas, de grandes teóricos y para nada empírico, cuya dirigencia nacional siempre estuvo distante en cuestiones de minería. La frase Alberdiana: suelo rico, hombre pobre, se aplica en el argentino que vive en la pampa, porque allí, en ese océano feraz donde todo abunda, para Herman de Keyserling; el hombre es un mero accidente; es decir: innecesario. Las estancias o vaquerías para el pastoreo, se reducen a lugares de paso; que ante la soledad pampásica, sobre la cual Witold Gombrowicz preguntaba desorientado: ¿dónde está el sur, el norte?..¿Dónde está mi Polonia?. Es lo que sintieron siempre quienes habitaban la pampa argentina por eso se replegaban a las ciudades.

Pero la Argentina es extensa y la provincia de San Juan no alberga al hombre como un mero accidente, porque su geografía seca, áspera, terminal y montañosa, con cimbronazos telúricos, convierten a sus habitantes en desérticos de ánimo, donde todo se hace cuesta arriba, propio de vivir literalmente en una gran montaña. Esta provincia, por la dificultad del vivir, siempre ha formado, no hombres pobres como dice Alberdi; sino que es tierra de notables, de próceres y de un visionario único como Sarmiento. La pampa argentina expulsa al hombre paradójicamente por su abundancia; En San Juan lo expulsa por sus grandes carencias.

Un dato para tener en cuenta es que cuando Matar y Rudolph volvían a esta provincia, durante los sesenta y setenta, se habían ido, emigraron con todas las consecuencias sociales que ello significa porque el hombre que se va a buscar trabajo a otra provincia, no siempre se lleva a la familia ni vuelve, conformando nuevos grupos familiares donde se arraiga y dejando en su tierra de origen, a  la prole en la más espantosa orfandad. Se habían marchado 150.000 sanjuaninos, sobre un total de 400.000 habitantes. Se repartían entre el sur, Mendoza, Córdoba y Buenos Aires.

A mediados de los setenta cuando el ex gobernador Eloy Camus agitaba la consigna de que ¡gobernar es regar!, la vitivinicultura ya no alcanzaba a contener los requerimientos de la sociedad, que solicitaba actividades alternativas. La minería seguía postergada debajo entre oscuros yacimientos, ante la dirigencia política, nacional y provincial, que observaban esta actividad, con la indiferencia de los muñecos de nieve.

Algunos economistas como Broda pasaban por esta provincia y dejaban el estigma trágico cuando sentenciaban: esta provincia es inviable.

Ante este panorama para nada promisorio, agravaban la circunstancia dominante dos fenómenos sociológicos típicos: el terremoto de 1944, aparte de destrucción y muerte; como un golpe de amnesia, desmemorizó la tragedia ante las nuevas generaciones, porque en ese tiempo no se le permitía a los niños la participación en las conversaciones con los mayores; en contraste con el horror sufrido por quienes quedaron vivos, que ante estas calamidades, la masa social crítica tiende a refugiarse en el vientre de la madre. Por eso si bien la ciudad se reconstruyó, el ser sanjuanino en su subconsciente quedó con culpas, mientras que su idiosincrasia lo muestra desvalorizado, con pobre autoestima, desarraigado o como le llaman ahora, sin sentido de pertenencia.

En un lugar del mundo tan paradójico cuyo benefactor y rey; el sol que madura frutos dulces y jugosos, en complicidad con el viento zonda, durante los veranos tórridos, también resecan la piel y  las motivaciones.

Independientemente de lo que se piense sobre la figura del Che Guevara, tan mitificado como aborrecido, porque quizás no se bajó a la raíz de su primera tragedia para que luego hiciera esta enorme somatización. Ya hemos dado el ejemplo de Vito Dumas. Algunos se subliman otros se resienten y ya sabemos que el resentido es un resentidor.

En este sentido habría que estudiar cuánta energía nuclear acumuló en su alma el ex presidente Néstor Kirchner durante años cuando desde la enseñanza primaria, secundaria y universitaria, soportaba las burlas de sus compañeros, por su visión y dicción; para que luego se tomara revancha buscando al intelectual Ernesto Laclau, quien lo instruyó que para gobernar siempre hay que fabricar enemigos. Guevara tuvo una infancia espantosa porque el niño sufría ataques de asma que le cerraban el pecho y se creyó que muchas veces estuvo a punto de morir. Terrible sensación de asfixia cuando a alguien se le va acabando el aire.

Lo cierto es que viene a colación por sus características de liderazgo; aptitud que siempre le reconocen al ingeniero Matar; la presente anécdota contada por un guerrillero que estuvo con El Che en la selva boliviana. Envejecido, recuerda un acontecimiento dramático, cuando debían cruzar con las mulas y el cargamento por un desfiladero, que ante abismos insondables, el paso muy estrecho se volvía temerario e imposible de cruzar, caso contrario había que tomar otro camino que los llevaría a ninguna parte.

Es lo que hace la diferencia entre un líder y el resto de la tropa; para el guerrillero el paso era imposible; para Guevara podía ser improbable pero jamás imposible y se suscitó la discusión. El tono fue subiendo hasta que el Che en su calidad de comandante le terminó gritando al subalterno: ¡vamos a pasar coño!. Entre derrapes, animales con ojos desorbitados y la aprehensión general por la lucha para seguir en el mundo de los vivos, pasaron. Cuando bajó la adrenalina, más serenos, Guevara en tono paternal se dirigió al guerrillero: ¡viste que íbamos a pasar!. La respuesta del guerrillero fue sabia: ¡Es cierto, hemos pasado, pero lo hemos hecho porque usted es el Che Guevara!.

 

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Volvamos al MIT. Instituto Tecnológico de Massachusetts donde Matar estaba terminando su proyecto, ahora sin apremios económicos, percibiendo 2000 dólares mensuales y con todo lo que pidiera a disposición. Para realizar muchas de las pruebas tuvo que estudiar radioquímica cuyo profesor fue el premio Nobel de medicina 1965, Richard Feynman, quien había participado en el desarrollo de la bomba atómica en el proyecto Manhattan. Porque todo el desarrollo matemático de la bomba atómica se hizo en el MIT. Pero lo más importante como experiencia que logró Matar mientras estuvo becado fue la libertad de tener todo a su alcance, no solo en el aprendizaje de nuevos conocimientos, la fluidez de relacionarse con eminencias de todo el mundo que prestigian el MIT y por sobre todas las cosas, haber accedido a la clave de cómo funcionaba la teoría y la práctica del conocimiento científico; por ejemplo los alumnos que ya se habían graduado tenían toda la libertad para trabajar dentro del Instituto, haciendo desarrollo de procesos semi privados. Ellos le daban al Instituto todo lo que les pedía; cómo preparar alumnos, les concedían un porcentaje de lo que ganaban pero la política del MIT era ayudarlos a progresar en esas áreas.

Tan así es, que se desarrolló una cadena de industrias, fomentadas por estos jóvenes, quienes volcaban sus conocimientos hacia estos emprendimientos, sin problemas de asistir nuevamente a las necesidades del Instituto. Es decir, había confianza y ganancias mutuas, cuya reciprocidad beneficiaba a todos porque en el caso del Instituto Tecnológico de Massachusetts quedaba favorecido como un sello de garantía por el prestigio que adquirió siempre,  imán de la mejor materia gris que provenía de distintas partes  del mundo.

Todo el desarrollo tecnológico, por ejemplo, la computación se crearon en universidades norteamericanas de este tipo y formato como el que hacía el Instituto. Uno de los casos emblemáticos se desarrolló en California cuando se encontró la utilidad del silicio, en el valle del silicio, de ahí que hoy emerja la jerarquía de Silicon Valley. Rudolph había comenzado y Matar terminó la averiguación de cómo funcionaba el sistema y resulta que el secreto era simple; los investigadores hacían convenios y se hacía la producción que generaba fondos y que lógicamente eran captados por quienes directamente trabajaban. El destinatario era el investigador.

Con el paso del tiempo, ya cuando en San Juan surgía el Instituto de Investigaciones Mineras, Matar debió adaptar la mecánica al funcionamiento local, que como ya observamos no tiene nada que ver con la mentalidad de aquellos países, que en materia de investigación y transferencia tecnológica, son  claros, directos y concretos. Matar se guió por el CONICET, que tiene una carrera de investigadores con diferentes niveles con distintos sueldos. En esta materia también fue precursor porque fue aprobado por el Tribunal de Cuentas de la Nación, siendo aplicado posteriormente por las universidades de Buenos Aires, Santa Cruz, y Córdoba entre otras. Un dato no menor es que la legislación con la que funciona hoy dicho CONICET, se basa en toda la estructura legal y reglamentaria, sobre herramientas originales generadas en el Instituto de Investigaciones Mineras de San Juan.

Resumiendo, aprendió en Estados Unidos, cómo debía hacer una Universidad para transmitir sus conocimientos teóricos y prácticos al servicio del país. Allí aprendió que la prioridad es el valor que tiene el investigador. Un caso testigo de ello, es la anécdota que recuerda, cuando en cierta oportunidad para determinada investigación, un investigador suizo le hizo comprar una máquina al MIT, de un costo aproximado de 500.000 dólares y resulta que no funcionó.

Compraron otra y también andaba mal o no satisfacía el requerimiento de la investigación. Entonces Matar, asombrado por lo que se gastaba, que aquí un hecho similar hubiera generado un escándalo; sugirió que lo mejor era devolver las máquinas porque no servían. Pero rápidamente comprendió que la filosofía del Instituto, no era insistir en reclamar lo que no servía, sino priorizar las horas investigador, hasta solucionar el problema, como realmente lo hacían. Es decir, la prioridad para ellos, por encima de pérdidas que consideraban insignificantes, era tener mentes funcionando, investigando, que a la vez aumentaban la capacidad intelectual individual y en su conjunto, espiralizando el ciclo virtuoso hacia la excelencia.

La hora hombre de un científico, de un investigador es mucho más importante para ellos que la compra de equipos, aun cuando sean inservibles y se gasten millones de dólares. Que obviamente los recuperan y multiplican. Ante esta situación, tanto Rudolph como Matar, fueron a concluir empíricamente un proyecto, pero volvieron con otra mentalidad muy distinta, porque se dieron cuenta de que el mundo de la universidad, de los institutos, de la investigación y del recurso humano, funcionaba de otra manera. Ahí se dieron cuenta de que en esos tiempos la Argentina estaba a años luz del conocimiento científico y aplicarlo aquí, más que desafío y hazaña era una utopía; pero como dice Eduardo Galeano, Utopía es caminar hacia el horizonte y observar cómo se aleja; pero aunque nunca lo alcanzamos estamos caminando hacia él. Y ellos ya estaban dando los primeros pasos. Algo así como lo que define Marías sobre la felicidad: un imposible necesario.

La importancia que tiene el valor hombre en el desarrollo científico es fundamental, porque saben aprovechar el tiempo del cerebro humano en funcionamiento, que es lo más caro, no por lo sueldos, sino porque dicho tiempo se paga con vida, que es desarrollo.

Entre los alumnos que tenía Matar cuando estuvo en el Instituto de Massachusetts, durante la merienda se juntaban y conversaban sobre los proyectos, había investigadores de varias nacionalidades. Un chino estaba trabajando en un proyecto de recuperación del caucho de las cubiertas que se iban gastando; un polaco investigaba los distintos detergentes cuyas moléculas adheridas a las cubiertas de los vehículos podían darle más adherencia sobre el pavimento en los días de lluvia, para dar algunos ejemplos y que logrados, terminaban favoreciendo a la comunidad.

Eso se llama tecnología aplicada, que en otras palabras es ser práctico, utilitario para no perder el tiempo en divagaciones pueriles que hasta la fecha hacen que en las universidades argentinas se gaste el presupuesto casi en su totalidad solamente, en sueldos. Es la diferencia entre los países que producen con los países que solamente consumen porque lo único que producen es subsidios, vagancia y pobrismo, a través de gobiernos que se envuelven en la bandera del populismo.

Algo parecido me contó un médico que vivió unos años en Estados Unidos cuando le pregunté si había lugar, en la clínica donde trabajaba, para los cancheritos o quienes especulaban con el tiempo. Me dijo: ¡fácil, quedan fuera del circuito, primero los estigmatizan y después los echan a la mierda!. Así de simple, no andan con vueltas.

Suena el teléfono y Matar atiende. Del otro lado parece que es un funcionario nacional o alguien que está metido con el tema del petróleo. Matar le dice con displicencia que ese tema ya lo había hablado con Cafiero cuando era gobernador de Buenos Aires, después discurrió entre varios nombres que fueron importantes dentro de la política nacional. Matar quiere cortar pero el otro no suelta el teléfono. Con énfasis el ingeniero Matar le insiste: ¡pero mire, a mí ya me consultaron sobre ese tema cuando estuve en Río Turbio, además tuve que viajar a Alemania, hasta que les conseguí inversores españoles pero funcionarios de Menem  les cobraba una coima de cuarenta millones de dólares, entonces los tipos se fueron.

Quiere despedirse pero el otro no suelta el teléfono. En ese momento recuerdo una vez cuando Gómez Centurión en pleno ejercicio de la gobernación de esta provincia, sentado frente de mí, hablaba por teléfono en la casa de gobierno, hasta que se ofuscó de tal manera que comenzó a gesticular y a insultar, cortando bruscamente el teléfono. Me miró indignado y estalló: ¡aquí todo el mundo te quiere coimear viejo!.

Me despido amablemente del ingeniero Matar, y me voy absorto al escuchar los montos de las coimas. No es una novedad, pero de todas maneras acercarse una vez más a la miseria humana, quema, lastima.

Sigo caminando y parece que pierdo el sentido de todas las cosas; porque todo parece ser una descomunal fábrica de vivos, pícaros, tipos que existen simplemente porque todavía no se han muerto y la arrogancia típica del argentino que se ganó el mote de arrogante, denostado por la burla de tipo negociable que solamente cuesta lo que él dice que vale; pero que en realidad es un ser desvalorizado.

Fatalmente despilfarrador del tiempo propio y ajeno, que cree que los demás que habitan el mundo son boludos, hasta que se encuentran frente a un espejo. Se me viene a la cabeza la obsesión que tenemos los argentinos por la tanatolatría o adoración a los muertos, cuando los desenterramos y los traemos de vuelta, los trasladamos, los embalsamamos, les hacemos monumentos y estatuas para luego escupirlos. Espejo refractario de nuestra mismidad.

Sigo mascullando coima, la mentira y  viveza criollas. Llego al diagnóstico: ésta es una sociedad que se cree viva, pero no sabe qué hacer con sus muertos.

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