A MIS LECTORES. Durante dos años mantuve conversaciones con José Matar, Carlos Rudolph y algunos miembros del Instituto de Investigaciones Mineras quienes me contaron toda la historia. No tuve la suerte de conocer al Ingeniero Millán, ya había fallecido. Fueron dos años dulces, conmovedores y salvajes. La Tapa de la obra está identificada con la pintura de Edward Munch: El Grito. Lo vemos, no lo oímos pero lo sentimos, en la deformación del rostro del dolor, mientras el mundo se encoge de hombros. La obra se editó primera y segunda edición. Distribuida por editorial Dunken en todo el país. Y también está en Amazon. Las dos ediciones, carísimas por la cantidad y calidad de la impresión fue solventada por la esposa y dos hijos de Mattar, quienes debieron vender su última camioneta. He minimizado el lucro, porque estoy regalando la obra y ahora se las regalo a ustedes y le doy gracias a Dios y a los ingenieros que depositaron en mí, la confianza de que mi palabra no encubra el pensamiento de esta historia, parecida a una tragedia griega. Comienzo con el prólogo, en los próximos días seguiré con el primer capítulo y asi sucesivamente. Para que la sociedad sanjuanina sepa la historia de lo que esta provincia podría haber sido y nunca llegó a ser, porque mediocres no toleraron, el gran proyecto de transferencia tecnológica, destruyendo todo. Mi homenaje a estos héroes y ojala las generaciones que vienen tomen conciencia de lo que podría haber transformado este tren emprendedor que fue descarrilado por la conjura de los necios.  juan carlos malis. Todos los derechos reservados.

 

DEL AUTOR:

 

“Hemos arado en el mar”

Simón Bolívar.

 

Había fatigado la biblioteca con libros incunables, pensadores de distintas épocas y culturas y resulta que después de permanecer casi toda una vida en Alejandría, me llevé por delante asombrado, como si hubiera cruzado el universo; la certeza de que toda la sabiduría radica en una ínfima y enorme obra que trasciende todos los tiempos. Porque hasta que no gastamos nuestros ojos, no queremos entender que leyendo el Principito, logramos descifrar el enigma de la condición humana. Pero como el hombre es un intento y un proyecto, necesita conjugarse en el verbo “vivir”; porque felizmente nunca estamos conformes y siempre estamos probando, experimentando para tratar de alcanzar la cima.

Entonces viene otro hombre nos quita la cima y nos derrumba a la sima de la montaña. Y no hay caso, volveremos a subir. Alguien intentó llegar a la cima del Everest y lo tuvieron que bajar congelado y con oxígeno, entonces se le acerca un médico y le pregunta: ¿no entiendo, subió para morir?, casi sin aliento el aventurero que no ha podido alcanzar el objetivo le contesta: ¡al contrario, subí para vivir!. Las plantas, los animales existen, pero el hombre ¡vive!; la diferencia consiste en que este último intenta ser lo que no se puede ser. Menos mal, somos seres inacabados que nos brinda la regia prerrogativa de enfrentar a la entropía, que es esa especie de pereza universal que se abate contra el mundo.

Un día caemos en la cuenta de que somos irremediablemente náufragos, estamos multitudinariamente solos; entonces apelamos a salvavidas que nos tira la experiencia: saber, es saber a qué atenerse sostiene un filósofo y saber: es poder aprender, dice otro. Es el momento en el que escuchamos la voz de Wendy, quien convence a su hermano Peter Pan, que abandonando el lugar de la orfandad y del marasmo; para divagar entre utopías y fantasías, no resuelve el problema. Debemos volver a la realidad, por más enrevesada que sea y a veces tendremos que coincidir quizás con Jean Paul Sartre cuando sentencia: ¡el infierno son los otros!.

Y nos debatimos entre prójimos y contrójimos. Abandonamos el Peterpanismo cuando otra vez caemos en la cuenta de que: crecer es mudar de preocupaciones. En este entramado de la existencia estaba metido cuando navegaba en el medio del mar de los recuerdos; hacia una orilla podía observar aquel tiempo en que para instalar un teléfono fijo se debía esperar años. En la otra, millones de aparatos, fijos, satelitales, celulares de todas las formas y colores me hacían señas; aunque muchos no tuviesen señal. Fuertes turbulencias amenazaban mi barca, entre correntadas de modernidad; era una nuez entre las corrientes marinas de la cibernética, la telemática, la informática, la era tecnotrónica, la tecnolatría y el divertimento nuclear que nos hace sentir tan leves en esta vida. El hombre no ha podido librarse del maniqueísmo, todos tenemos un Caín y un Abel en el cuadrilátero del corazón.

Me dejé llevar hasta tal estado que comencé a desconectarme de la  realidad, para poder comunicarme con mi interior. Ahí nació otra historia muy aleccionadora: llegué a la conclusión fantástica de que “para soñar, primero hay que saber”. Entonces comencé a aprender, a escuchar a los que realmente saben. He recorrido no muchas mentes, pero valiosas; en poco tiempo, pero muy intenso y es lo que les va a suceder a muchos lectores luego de que hayan participado de esta última clase. También llegarán a la conclusión de que tiene razón Julián Marías, cuando dice: los argentinos no tienen memoria y todavía  son muy pendejos.

Todo comenzó ante mi renuencia de llevar puesto el celular dentro de mi ser, como usualmente se hace ahora; en contra de la corriente, lo deposito en su lugar fijo, quitándole el sentido de teléfono móvil, porque este aparato vertiginoso y contradictorio que conecta a las personas para incomunicarlas, me dispersaba, tampoco me permitía dialogar con nadie porque en lo mejor de la charla interrumpía, hasta que logró fatigarme de tal forma que un día dije ¡basta! Y me lo saqué de encima. A veces lo llevo en el maletín, pero no atiendo las llamadas porque me aturdí de escuchar tantas “nadidades”.

Luego consulto y observo si hay llamadas y a quienes pertenecen. Canto a la rebeldía y uno de mis últimos lujos que me puedo dar, mientras el mundo me lo permita. Sin embargo, ese rechazo hacia una de las tantas invenciones de la modernidad, ante un insistente número que no tenía agendado, me hizo caer en la cuenta de que, muchas veces en la vida, le damos la espalda sin saberlo, a las oportunidades que vienen a golpear la puerta de nuestro destino.

Y así transcurrió  una semana, cuando llegaba y veía varias llamadas de otro celular insistente, hasta cargoso podría decirse. No sabía quién era, ni tampoco quise verificarlo, porque la cofradía de ofertas de seguros, promociones, advertencias de vencimientos, servicios con bonificaciones, resguardos por la inseguridad y afrodisíacos para despertares sexuales tardíos, sonaban más a cantos de sirenas desesperadas que enmascaran ofrecimientos de salvavidas, cuando en realidad, son ellos los que se están ahogando.

Hasta que se dio la coincidencia y de tanto insistir, atendí el llamado resultando ser el Doctor Miguel Arancibia; disimulé mi descortesía y lo escuché con atención; quería que lo visitara porque tenía algo importante para charlar; previniéndome que no tenía nada que ver con la política, el proselitismo o declaraciones que quisiera hacerme en mi condición de periodista. Me dijo: ¡Es otra cosa, otro tema y  debemos hablarlo personalmente!.

Esta vez me abría la puerta nuevamente la oportunidad.  Esas oportunidades que a veces se divierten con el destino de las personas. Se alejan cuando las buscamos, nos buscan cuando somos indiferentes. Aunque en realidad, la vida, tan desigual, por fatal y fortuita, termina siendo una gran oportunidad.

Antes de sentarnos a hablar, me acerqué, hacia una pintura que tiene en la pared detrás de su escritorio. Miguel, con agrado recibió mi elogio y someramente me habló algo de dicho cuadro. Pero yo me quedé unos segundos más porque me hizo acordar lo que Martín Heidegger dijo sobre los zapatos del labrador de Van Goth: ¡El cuadro habló!. Exactamente es lo que sentí en ese momento, porque la imagen del mar, solamente de ese mar, me pareció temerario o me impresionó el arte del pintor, que logró conmoverme los sentidos, porque me transmitía un ¡mar de fondo!. No sé cómo lo hizo, pero me atrapó la belleza furiosa de ese mar vivo e incandescente. Retrocedí lentamente, me senté, pero notaba que el mar no me sacaba los ojos ni las olas de encima.

Todo tiene un sentido cuando las cosas armonizan el acontecimiento; porque cuando me retiré del lugar, ya intuía que ese mar de fondo debía estar ahí, cual presagio de todo lo que se vendría cuando Miguel Arancibia me “tiró” un expediente para que lo leyera, resumiéndolo así: ¡Tomá, ahí tenés, es una tragedia griega!. Y agregó: ¡léelo con calma y después me decís si te animás a escribir la historia!.

Me fui caminando, anochecía y levanté la vista; para quienes no lo conocen; el cielo de San Juan obliga a recordar al ciego que mejor nos veía; obviamente me refiero  a Jorge Luis  Borges cuando dice: el color azul es insustituible. Llegué inmediatamente me puse a leer el expediente y a poco de transitar las primeras hojas, ya sabía que la pintura fue una premonición y que efectivamente estaba ante una tragedia griega porque cada uno de los personajes y acontecimientos traducían perfectamente cierta mitología que en épocas actuales no tiene nada que envidiar, al oráculo de Delfos, Troya con todo su ardor y la pasión de Aquiles, el sarcasmo de los dioses cuando vomitan a Ulises en las playas de su Ítaca natal porque abandona a la seductora Calypso para volver con su Penélope,  e inclusive con el realismo de la piedra de Rosseta que guardaba todos los secretos de Egipto, o el toro de Falaris, tirano de Agrigento, quien introducía por la fuerza a sus adversarios en el interior de hierro del horno con forma de animal, quemándolos vivos, disimulando los aullidos, con la música que emitía desde la boca del toro convertido en una caldera atroz.

Era el momento de tratar de traducir con autenticidad y emoción; una oportunidad infinitamente mayor, que se vino con el tren del desarrollo para convertir a esta provincia en uno de los centros tecnológicos más avanzados del mundo y polo de atracción de referencia ante los países de punta. Ese tren pasó  por esta provincia, como si las fuerzas sísmicas telúricas hubieran parido con estremecimiento el desarrollo que soñaron sus dos grandes padres Domingo Faustino Sarmiento y Narciso Laprida; refundando la educación, el conocimiento, la autonomía económica y federal, que adquiere su esplendor justo ahora, cuando se van a cumplir doscientos años de la declaración de la independencia.

Dicha epifanía se revela como un árbol que comienza a echar raíces en los años 50, crece en los sesenta, se desarrolla entre los setenta, adquiere su esplendor en la década del ochenta y cuando se consumaba la alquimia del mejor recurso humano, transferencia tecnológica y asesoramiento a distintos yacimientos e industrias como universidades nacionales y del exterior; un conjunto sistemático, de conspiración y conjura, que se venía gestando desde  un par de décadas, estalla entre 1989 y 1990 durante el rectorado del ingeniero Tulio del Bono y metafóricamente este tren que ya traccionaba a San Juan y a gran parte de la Argentina, hacia la tecnología de punta mundial; es descarrilado sistemática, artera y premeditadamente.

Y el pueblo ni se enteró. Solamente una mínima expresión social intuyó  parcialmente sobre esta conjura, informada en forma sesgada,  escuchando solamente lo que se quiere escuchar o una sola versión de la historia. Ya sabemos que la sociedad argentina procesa la información, asimila y digiere el pasado para comprender los acontecimientos, generalmente por lo menos una generación después del suceso. Mientras tanto no entiende ni comprende. Se destruyó el gran proyecto de transferencia tecnológica, se frenó la formación de la mejor camada de recursos humanos, se devastó el Instituto de Investigaciones Mineras que echaba raíces en  IDEMSA con todas sus construcciones e instalaciones que entre ingenieros, abogados, técnicos, geólogos y administrativos llegó a ocupar setenta personas; se le dio un hachazo a la investigación, con los consecuentes daños materiales, intelectuales, económicos, tratando de difamar la alta reputación de sus  principales investigadores, dentro y fuera del país.

Escándalo de proporciones siderales en los que intervino la Justicia Federal, el Tribunal de Cuentas de la Nación, la Fiscalía de Investigaciones Administrativas cuyo fiscal era Ricardo Molinas, Estudios Jurídicos de Capital Federal; hasta que todo el aluvión de difamación y persecución, terminó con la vida de uno de los baluartes del Instituto, el Ingeniero Julio Millán, quien como Emanuel Kant, tuvo cortesía y buenos modales, hasta para morirse.

El nombre de la obra, La última clase, surge de la espontaneidad del ingeniero Matar luego de la primera reunión que tuvimos con él, Miguel Arancibia y el ingeniero Rudolph, cuando durante un momento de la charla, su mente dio un salto sobre el abismo del resentimiento, hacia la otra orilla donde solamente la alcanzan quienes se subliman. Sus palabras fueron claras y categóricas: “Todo se debe reducir como si fuera “La última clase”, expresó, porque de nada sirve llorar sobre la leche derramada, hemos demostrado que se puede fecundar en la provincia, el mejor centro de transferencia tecnológica a la altura de los más prominentes del mundo y como no hay mejor testimonio duradero  que la memoria escrita, para ello, hay que escribir la historia.”

Por mis experiencias anteriores, sobre historias y biografías creí que estaba ante la posibilidad de acumular datos entrevistando por lo menos a una treintena de personas, pero el líder del proyecto, me corrigió, cuando expresó que no eran necesarias tantas personas, a lo sumo siete hasta diez, quizás con eso basta, más todo el material escrito que para algunos fue; un proyecto de vida, como lo advierte el ingeniero Oscar Antonio León y hazaña que la provincia dejo pasar para algunos sin posibilidad de retorno, los más pesimistas, otros harán sus análisis en el curso de las entrevistas, dejando la posibilidad de que la semilla vuelva a germinar, como lo quieren sus dos máximos responsables, el binomio que se complementó perfectamente desde que eran alumnos de la Universidad cuando se conocieron; siempre vamos a estar hablando de los Ingenieros Matar y Rudolph.

Como dicen los abogados: a confesión de partes relevo de pruebas; entonces hemos elegido testimonios, sobre la prosperidad, intervención y decadencia, entre las que adquieren relieves emocionales que bordean el desahogo y la confesión. La presente historia no está cargada de nutrientes específicamente de compuestos minerales, tecnológicos y recursos humanos; no es una obra para ingenieros, de lo contrario deberíamos abarcar varios tomos y posiblemente para entender a fondo lo que sucedió habría que incorporarla como materia dentro de la facultad de ingeniería y agregar un apéndice en la historia de esta provincia.

Y sin embargo es un libro que lleva la impronta de cómo piensa un líder, de qué manera se manejan los ingenieros, cuales son las arenas movedizas que siguen empantanando a la educación argentina ante disyuntivas interminables, cuando  el mundo desarrollado abandonó hace décadas. También es un intento por desacralizar el mito urbano de que todo desarrollo tecnológico y explotación de recursos minerales en una provincia montañosa como es la geografía de San Juan; ciertos  discursos  ambientalistas  se reducen  solamente a la controversia espasmo, marasmo o contaminación. Sin brindar una alternativa superadora.

Es falta de conocimiento, más bien de educación por parte de quienes generan un discurso satánico contra la minería que se derrumba en la absurdidad, cuando consultando a esta  camada brillante, que ya se adelantaba al best sellers “cambio de poder” de Alvin Toffler, demuestran que se puede explotar los recursos del suelo y ser a la vez sus principales guardianes sobre el medio ambiental. Sin embargo con frecuencia el lector se encontrará ante un gran “malentendido”, porque oscilará en creer que está metiéndose en el mundo de los recursos geológicos y tecnológicos, las tierras raras y la pureza de sus minerales, cuando  quizás sin darse cuenta habrá descendido hasta los yacimientos más profundos de la “condición humana”.

Finalmente llegamos a la conclusión de que aparte de haber sucedido un acontecimiento definitivo para alcanzar la autonomía económica en esta provincia; se truncó la obra más grande en acción y proyección, ante el pensamiento dominante tecnológico mundial, desde la provincia de San Juan y encarada por Sanjuaninos, precursores y por lógica consecuencia, potencialmente equivalentes a centros actuales como el INVAP de Río Negro, institutos que se vienen gestando en otras provincias; que de no haberse frustrado, por la avaricia, la envidia y oportunismo pseudo político; tres lastres contaminantes muy típicos de la sociedad sanjuanina; hoy el Instituto de Investigaciones Mineras, la facultad de minería, la Universidad nacional de San juan, Idemsa, serían un centro de referencia mundial, de transferencia tecnológica, asesoramiento, producción y generación de recursos humanos, si bien no a la altura, pero ganadora del respeto de algunos lugares como Silicon Valley o el Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde becados, Rudolph y Matar, adquirieron durante dos años, todo lo que se debe saber sobre la investigación aplicada y cómo conseguir los recursos.

Ellos, durante esos años desarrollaron sus mentes al tamaño del universo tecnológico de punta y lo aplicaron aquí, aunque también en esta provincia después de dos décadas, la conspiración de los mediocres, redujo ese universo al tamaño, de lo que quedó: ruinas y escombros, por  una caterva que ante el requerimiento de la oportunidad perdida para la provincia, de al menos pedir disculpas y retractarse aunque el daño  irreversible; insiste en la necedad dicotómica: estupidez o muerte.

Es cierto, la memoria elige el olvido y la palabra encubre el pensamiento; José Ortega y Gasset, uno de los tantos que supo leernos y comprendernos ya nos decía desde hace un siglo: ¡Argentinos, a las cosas!. De todas maneras ante la transmisión oral, a las palabras se las lleva el viento, pero cuando escribimos la historia; ella quedará en la memoria de los siglos. Es lo que se pretende aquí para cumplir con el sueño de sus precursores, que se sepa la verdad, seguir explorando la condición telúrica de la sanjuaninidad para mejorarla y que esta Última Clase se convierta en la Primera Clase del porvenir de  nuevas generaciones que nos demandan lo mejor de nosotros.

Dos solapas no son suficientes  para describir el impresionante currículum, en este caso acompañado por una trayectoria mundial envidiable, del binomio Matar Rudolph, pero al menos es un aporte. Y al final anexamos un escueto suplemento de IDEMSA, en el momento de mayor producción, hasta, como dice Gabriel García Márquez, para la investigación: “el mundo se volvió triste para siempre”.

También es un intento de concientización hacia la ciencia aplicada en contra de la frivolización de los acontecimientos. Ésta última con la destrucción del lenguaje; sobre 90.000 términos que tiene el riquísimo castellano, una persona de cultura media solamente se maneja con, a lo sumo 400 palabras; el avance de la mediocridad y el ensañamiento contra la madre tierra son los cuatro elementos que sumen a la humanidad en la decadencia. En este sentido cabe recordar la anécdota que me contó un médico sanjuanino, quien hace años tuvo la oportunidad de participar en un Congreso sobre ciencia y medicina, realizado en la provincia de Tucumán.

Se realizó en un hotel cuyo propietario es Alejandro Romay, quien fuera el zar de la televisión argentina. Cada vez que bajaba a la sala donde estaban los asistentes, lo hacía con distintos trajes, lo que causaba admiración y aplausos por parte de los participantes. Había un investigador que pasó inadvertido; su vestimenta era tan simple como su calzado. El médico amigo me contó, que al final del Congreso, le informaron, que aquel ser anónimo se llamaba, César Milstein; quien debió emigrar del país porque hacían oídos sordos a su concepto de la ciencia aplicada. Luego ganó el premio Nobel de medicina. Puede pasar en la Argentina, donde insisto, sigue primando el pensamiento mágico, al creer que las cosas, el destino y las transformaciones son posibles solamente porque se las haya pensado y nada más. En consecuencia cuando la magia razona, la razón desaparece, como por arte de magia.

 

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Siguiendo el concepto de Hugo Mujica, coincidimos plenamente con él, cuando sostiene que “pensar no es razonar”, inclusive muchas veces el razonamiento obstruye y hasta corta las alas a los pájaros del pensamiento. Somos racionales, ¡si lo sabrán los ingenieros!, quienes abrevan en la fuente de la matemática. Pero el acto de pensar es otra cosa. Pensar es, observar desde lejos la realidad, con serenidad y ¡asombrarse ante el acontecimiento del vivir!. Cuando nos alejamos del embudo cotidiano, del gentío que produce alboroto y ruidos; va desapareciendo la bruma, los efectos distorsivos que produce la ficción humana, para que aflore la verdadera perspectiva.

Cuando el ingeniero Matar se iba de pesca a su amado lago Nahuel Huapi; podía observar serenamente el curso de los acontecimientos que sucedían a la distancia, ya sea sobre la rutina diaria del incansable trabajo de investigación que se estaba desarrollando en el Instituto, girando como en un periplo por las empresas de Buenos Aires a quienes atendían, sobrevolaba Gastre y volvía por Yacimiento Carboníferos Fiscales. Inclusive desde un cerro con un aparato de radio comunicación podía dar instrucciones. Por eso en la quietud de aquel lugar, conviviendo con la naturaleza, generaba ideas. Se le ocurría lo que parecía utópico, hasta que se hacía posible, es decir, ¡estaba pensando!.

Obviamente,  por eso, no dejaba de razonar cuando se involucraba, es la condición del líder. Pero el pensamiento, la generación de ideas que fueron llevadas a la práctica, el horizonte de perspectivas realizables, salían de aquella cabeza que se nutría de silencio natural y distancia. Sobre este concepto;  pueden dar fe, los intelectuales que se involucran en la política; generalmente fracasan, porque dejan de pensar.

En otro orden, el lector, se  preguntará, ¿y dónde estaba la sociedad, la gente, el pueblo, ante el mayor proyecto de valor tecno-minero-científico práctico que tuvo esta provincia?. ¿La ciudadanía prestaba atención sobre lo que se estaba erigiendo?, ¿defendieron al Instituto y a sus investigadores, estaban desinformados o miraban hacia otro lado?.  O por ejemplo, si descendemos a los profundos yacimientos del subconsciente colectivo, otra vez nos topamos con el maldito mineral que habita la condición humana; de escuchar solamente lo que se quiere escuchar; sacudirnos las culpas propias hacia los demás, frivolizar algo útil pero que nos estorba y terminar ovacionando cualquier barbaridad. Cuántas veces oímos decir, ¡la gente escucha y observa solamente lo que quiere oír y ver!.

Sin embargo, cuando las autoridades de la Universidad declaran la fatwa contra los investigadores, en mi caso, desde 1990 comencé a ser el gerente de noticias de Radio Colón. Todavía no había estallado la radiodifusión, al punto de la situación actual, donde hay millares de “emisoras” y ninguna radio. Colón todavía resplandecía como la radio más importante en la historia de esta provincia y una de las principales del interior del país. Y recuerdo vagamente el episodio que trascendió por el Diario de Cuyo y dos semanarios, pero las partes no debatían en la radio. En mí caso, me hago cargo porque me despertó solamente suspicacia, en mi olfato periodístico con el clásico: algo deben haber hecho estos tipos para perjudicar a la Universidad. Pero yo no tenía noción de que existía el Instituto de Investigaciones Mineras y comprendo la falta de comunicación por parte de los investigadores porque en el laboratorio no hay tiempo para escuchar radio, y creímos que todo lo que venía con olor a investigación, tecnología y claustros universitarios, no generaba audiencia.

En consecuencia los oyentes no estaban interesados en cuestiones de investigación. Pero me hago cargo, si el periodismo como dicen, es formador de opinión, en mi caso, a título personal por la jerarquía del cargo que tenía en Radio Colón, además era el editorialista, debería haber estado educado y preparado para promover el debate como lo hacíamos con tantos temas con sus protagonistas. No lo hice; el tiempo no vuelve; el pasado es irremediable; me hago cargo, a mí también se me pasó el tren de la transformación.

Cuando éramos niños nos decían: ¡presta atención! O nos recriminaban, ¡no tenés un poco de imaginación!. ¡Ver, darse cuenta, no cabecearle el muerto al otro!. Admiración, asombro, atención, imaginación, sinceridad, abnegación, vendrían a ser minerales intelectuales y axiológicos de una mina agotada y cerrada. Sobre este tipo de masificación que produce la desinformación tergiversada y que precipita a la incultura social; no me resisto a citar una pieza infinitamente vigente, para que nos conozcamos mejor, del majestuoso Witold Gombrowicz:

 

A fines del siglo XVIII, un campesino, nacido en París, tuvo un niño; y este niño a su vez tuvo un niño, y este niño a su vez tuvo  un niño y luego hubo otro niño…y el último niño (como campeón mundial) jugaba un partido de tenis en la pista principal del Racing Club parisiense, dentro de un ambiente de enorme tensión y con el acompañamiento de incesantes y espontáneos truenos de aplausos.

Sin embargo (¡qué locamente traicionera es la vida!), cierto coronel de Zuavos, sentado en la tribuna lateral, de repente envidió el embriagador e impecable juego de ambos campeones y, ansioso de lucir sus posibilidades frente a los seis mil espectadores (tanto más cuanto que a su lado estaba su novia)…, disparó de improviso su revólver contra la pelota que volaba entre las raquetas. La pelota reventó y cayó.  Los campeones, privados así de la pelota, trataron durante algún tiempo de golpear contra las raquetas en el vacío; mas, viendo lo absurdo de sus movimientos sin objeto, se enzarzaron a golpes. Un trueno de aplausos se dejó oír entre los espectadores.

Y con eso, seguramente hubiera terminado el asunto. Pero acaeció también la circunstancia imprevista de que el coronel, en su excitación, olvidó, o a lo mejor no prestó bastante atención (¡cómo hay que prestar atención!) a los espectadores sentados en la tribuna del frente, llamada “tribuna solar”. Le pareció, no se sabe por qué, que la bala, después de atravesar la pelota, debía terminar su trayectoria; empero por desgracia, no la terminó…y en su carrera ininterrumpida alcanzó en el cuello a cierto industrial-armador. ¡La sangre brotó de la arteria atravesada!. La esposa del herido, bajo la primera impresión, quiso echarse sobre el coronel, quitarle la pistola, pero como no podía (estando aprisionada por la muchedumbre), aplicó sencillamente una bofetada a su vecino de la derecha. Y se la aplicó porque su indignación no podía explotar de otro modo y porque, en los más íntimos rincones de su subconsciente (dejándose guiar por una lógica puramente femenina), creía, que como mujer, podía permitírselo todo.

Se puso en evidencia sin embargo, que no era del todo así como se imaginaba, pues el abofeteado (¡qué inciertos son nuestros cálculos, qué imprevistos nuestros destinos!) era ni más ni  menos que un epiléptico secreto en estado potencial. El infeliz, bajo la conmoción producida por la bofetada, cayó en un ataque estallando como un géiser en convulsiones. ¡La desgraciada se encontró entre dos hombres, uno de los cuales echaba sangre y el otro espuma!. Un trueno de aplausos se dejó oír sobre el público.

Y entonces un caballero, sentado al lado, en un acceso de pánico, saltó sobre la cabeza de una dama que estaba sentada más abajo, la cual se irguió y abalanzó, saltó sobre la pista y lo arrastró en loca carrera. Un trueno de aplausos estalló entre los espectadores. Y así seguramente hubiera terminado el asunto. Sin embargo ocurrió todavía (¡todo, todo habría que preverlo, todo tenerlo en cuenta!) que no lejos estaba sentado cierto humilde soñador-jubilado que desde hacía años, en todos los espectáculos públicos, soñaba con saltar sobre las cabezas de las personas colocadas más abajo y sólo se contenía con esfuerzo. Arrastrado por el ejemplo, sin más tardar saltó sobre la dama que estaba sentada más abajo, la cual (era una empleadita recién llegada de Tánger), creyendo que así convenía, que era justamente lo correcto, que eran ésas las costumbres del gran mundo…también se abalanzó, tratando de no demostrar ninguna timidez en sus movimientos.

Entonces la parte más culta del público empezó a aplaudir con tacto para disimular el escándalo delante de los representantes  y delegaciones extranjeras. Empero, también eso fue mal interpretado, porque la parte menos culta del público tomó los aplausos como señal de aprobación….y también cabalgó sobre sus respectivas damas. Los extranjeros mostraban un asombro cada vez mayor. ¿Qué quedaba por hacer, pues a la parte más distinguida de la concurrencia?. Para disimular el escándalo, también cabalgó sobre sus damas.

Y, casi seguramente con eso hubiera terminado todo. Mas entonces un tal marqués de Filimor, sentado en el palco con su esposa y la familia de su esposa, de repente se sintió Gentelman; salió al medio de la pista con un traje claro de verano, pálido pero decidido, e inquirió con frialdad si alguien, y quien, precisamente quería ofender a la marquesa de Filimor, su esposa. Y arrojó a la cara de la muchedumbre un puñado de tarjetas de visita con esta inscripción: “ Philippe de Filimor” (qué cuidado debemos tener!,! qué difícil es la vida!, ¡qué peligrosa!). Y reinó un silencio de muerte.

Y, de súbito, no menos de treinta y seis caballeros comenzaron a acercarse a la marquesa al paso, montados a pelo sobre mujeres de raza, de tobillo fino, para ofenderla y sentirse gentelman, en vista de que el marqués, su esposo se había sentido gentelman. Pero la marquesa (¡no por Dios, que loca, que loca es la existencia!), por el susto abortó ¡y el vagido de un niño se sintió a los pies del marques, bajo los cascos de las mujeres piafantes!.

El marqués, de improviso forrado de niño, dotado y complementado de niño, mientras actuaba en forma particularmente adulta y como un gentelman, se avergonzó y se fue a su casa mientras un trueno de aplausos se oía entre los espectadores.  

No encuentro mejor pintura sociológica que la citada, que es como una fotografía artística y metafísica de lo que los sanjuaninos no vieron, no quisieron ver, ¿ y si lo vieron, por qué no supieron defender?.

Avancemos entonces hacia las primeras páginas, hasta  convertirnos en protagonistas de este acontecimiento primeramente  fáustico y luego infausto, que sin embargo, abre las puertas para volver a empezar, porque como dice Azorín: la vida es “ver volver” y ojalá que logremos transmitir lo más auténticamente posible, uno de los tramos más fascinantes en la historia del desarrollo de esta provincia, ante el desafío de lograr un relato bello y veraz.

 

Juan C. Malís

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