Hace falta un espejo que no deforme para mirarnos y observarnos sin trampas, para interrogarnos a nosotros mismos. Las astronómicas cifras de la pobreza nos agravian e interpelan. La multitud de chicos indigentes peregrinando por la vida argentina a la búsqueda -muchas veces infructuosa- del pan acontece a diario, mientras predomina el espectáculo que nos fascina de las tramoyas teatrales del poder. Escribió el filósofo George Balandier: “El pueblo quedaba transformado en una multitud de figuras fascinadas por el drama al que los incitaba a participar el dueño (o la dueña) absoluto/a del poder”.

“El gran actor o actriz política que dirigen lo real por medio de lo imaginario”.

La política como espectáculo encubre la hondura del drama.

Este cronista reporteó a varios visitantes nocturnos y diurnos de los contenedores de basura.

Capital. Siete de la tarde. Un pibe salta hacia el interior verde del basurero y remueve con un palo lo que está en el fondo. Roosevelt y Conesa.

─¿Todo bien, qué onda, qué buscas adentro?

Era un chico de unos quince años más o menos.

─Lo que venga don, madera, cartón, pero a esta hora buscamos comida. ¿Usted tendrá un diez, o veinte pesos ?

─¿No le tenés miedo al coronavirus?

─Me importa un c… eso. Yo estoy buscando pan, don.

Una mujer de más de cuarenta, o de menos, con el rostro crucificado por anhelos desechos:

─¿Señora, no le da miedo contagiarse de algo ahí adentro?

─Tengo miedo de todo. Miedo de dormir hoy. Duermo afuera, con mis dos hijos. Si puedo entro a un banco, acá a la vuelta, al de la calle Olleros, cuando dejan la puerta abierta de un cajero. No hace frío todavía, pero es más seguro.

Esas escenas reales son de hoy, de ayer, de ésta semana.

En Castelar, en una esquina de la Avenida Juan Manuel de Rosas un grupo de limpiavidrios son amables. Detectan al que les tiene miedo, pero hablan si perciben que no hay ni sanción moral ni temor en quien entabla conversación.

─¿Cuánto sacan por día?

-Un día entero no estamos acá, dos o tres horas nomas. Después nos vamos allá abajo de la autopista, en la bajada de Hurlingham. ¿Vió el otro semáforo que hay ahí? Ahí también da tiempo para limpiar bien los vidrios. Capaz que sacamos trescientos pesos en total. Es buen negocio, ¡eh!

─Pero son cuatro ustedes.

─Sí, pero es plata, eh. ¿Y si no qué vamos a hacer?

─¿Y cuando llueve qué hacen?

─Cartoneamos, maestro.

─¿Bajo la lluvia?

─Y sí, hay menos gente y llevamos lonas en los carritos.

El Palomar. En Perdriel y la vía muerta (el conocedor sabrá ubicarse).

Unos chicos descalzos de no más de nueve o diez años despliegan cartones sobre el pasto (hay pasto a la vera de esa vía por la que no pasan trenes) y comen unos sandwiches de salame y queso.

─¿Están buenos, de dónde los sacaron?

-Nos lo dió el almacenero. Si pedimos nos da, pero nos da los sábados nada más.

En simultáneo, la política discute la fecha de las PASO, evalúa postergar las elecciones de medio término, dramatiza con insultos baratos sus insoportables bravatas y hace méritos para que la Dama que todo lo ve y todo lo maneja y manipula los ascienda en el escalafón de sus preferidos.

Le tienen pánico.

Ese terror a la señora es infinitamente más profundo que el miedo que debiera producir la pobreza que le mutila el futuro a millones.

Un señor muy mayor, don Silvio, me dice llorando sentado en un umbral bajito en la calle Elcano en Chacarita, en Elcano y Ávalos.

─Se me murió mi amigo de coronavirus; don Martín se llamaba. Yo nunca lloro, pero era joven él, tenía 77. No sé si se lo llevaron al Alvear o al Tornú. Qué se yo. Ya no sé nada.

Don Silvio es una sombra. Usa un sombrero de otro tiempo. Curva fuerte sus dedos, manos que se vuelven puños impotentes, manos que fueron fuertes, de sereno de los galpones de la estación Paternal, hace muchísimo, cuando tenía trabajo y cuando esos galpones existían.

─Y sin mi amigo no me queda nada tampoco.

La pobreza de los jóvenes y la pobreza de los muy mayores, y la pobreza de la clase media que se empobrece y la riqueza de los que inventaron la fantasía psicótica del Lawfare para proteger sus millones mal habidos.

Un nudo en la garganta sube como fluyendo en lágrimas. Cierta náusea y una sensación de imposibilidad, de cautiverio, y alguna luz lejana, tal vez idealizada en el pasado.

La política trama ilusiones.

Pero la pobreza es más elocuente.

Felices Pascuas.

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