Duerme la gente y la gente duerme. Y no despierta, aunque se levanten de la cama, vayan al trabajo, hagan trámites, se persignen o lean un libro; como el conductor amanecido que antes del impacto ya sueña que está despierto, pero está dormido aunque maneje con los ojos abiertos. Enjambres de personas mueren a diario porque creían que iban despiertos, pero tener los ojos abiertos no necesariamente es estar despierto. La gente va y viene, consume hábitos, algunos pasarán por esta vida y nunca habrán caído en la cuenta de que estuvieron como muertos, porque tener los ojos abiertos y ver, no necesariamente es ¡vivir!. La ciudad duerme, jolgorios lejanos chisporrotean en la noche, una prostituta vende su cuerpo cada vez más barato, mientras que un travesti más joven, le arrebata el cliente y cuando los que venden un pedazo de carne humana se van a acostar, los que se levantan se van a trabajar, aparece el sol, se apagan las luces, se enciende el barullo humano; es de día, las sábanas se ventilan, los hornos disparan millones de medialunas y sin embargo, todos están dormidos. Una nueva cocinera irá al mercado a comprar las vituallas para el próximo almuerzo, lo que fue de noche, será de día y lo que es en el día será de noche; el mundo sigue girando y nadie ha caído en la cuenta.

Pero ¿de qué tiene que darse cuenta la gente?, los que comercian, los que van y vienen, los apurados, los apegados, aquellos que suben y los que trepan los que son pensados por los otros, los que nunca se animaron a tener un solo sueño, los que padecen el mal de la avidez, los miserables, los inmolados, los que están predestinados a ser derrotados porque no creen en la cuestión del “libre albedrío”. ¿Duerme la sociedad o está despierta cuando un hombre bien vestido, cabalgando un auto de alta gama, de muy buena posición económica se detiene en una calle y discretamente por dos pesitos, se hace tener sexo oral, ahí debajo del volante, con una niña de ocho años?. ¿Quién duerme y quién está despierto?.

¿Cuándo fue y quien lo provocó, qué lo parió, qué hizo, como se generó y se degeneró, quién encendió la chispa, qué sistema detonó la explosión y agujereó la sensatez para que un día, esa misma sociedad que anduvo boludeando durante décadas, dejó que le cayeran una lluvia de meteoritos de virus y que cuando quiso reaccionar, ya era demasiado tarde?. Las plagas de langostas, las epidemias, se transformaron en otra forma del pandemónium para que a generaciones y degeneraciones les digan: ¡vuelvan a la tierra, porque los que no están pendientes, están reprobados!. ¿Quién dijo que la libertad nació cuando el último judío cruzó el mar rojo hasta que se cerraron las aguas?. Se llevaron la libertad al desierto, pero los que se quedaron en la otra orilla y que escaparon al naufragio bíblico, detentaron el poder, perdieron contra Dios, pero detentaron el poder sobre los humanos y orilla contra orilla, ¿quiénes son más libres los que vagan por el desierto o los hijos del faraón?. Alguien le abrió la puerta a los sistemas perversos, que son creados por los hombres para que tarde o temprano los hombres queden atrapados en la autofagia para que se devoren a sí mismo. Entonces el ventrílocuo le ha cedido tanto poder al muñeco, le ha hecho tantas concesiones, se ha relajado de tal manera como hombre, que se fue dejando sustituir, que se fue dejando reemplazar, hasta que un día, cuando ya es tarde, es el muñeco el que se presenta en el escenario y manipula a la marioneta hombre. ¡Es tarde, venía con los ojos abiertos, pero estaba dormido, mientras soñaba que estaba manejando despierto!. Y cuando cayeron en la cuenta de que ya nada sería igual, los pensionistas se vieron envueltos en un mundo que cada vez se ponía más intratable. Entonces son necesarias las guerras, las revoluciones, los genocidios, los terremotos, los tsunamis, las confrontaciones….nada de eso, ya lo dijo quien tenía el cerebro más grande: el hombre es infinitamente estúpido.

¿De qué lado del mar Rojo están quienes toda la vida buscan la tierra prometida que nunca alcanzan? Y ¿de qué lado están los que se quedaron con la tierra, con el poder y  con el respeto por la propia y la vida ajena?. Cuando se cerraron las aguas del mar Rojo, puede haber habido daños colaterales y en el naufragio, en el choque estruendoso y majestuoso de las aguas, se salvaron los poderosos por un lado, los descreídos por el otro, los manipuladores por un lado, los desgraciados por el otro; los que no tienen talentos y acuden a los más bajos recursos en una orilla y los que teniendo talentos se hacen los boludos y no los quieren usar, en la otra orilla y en el medio del caudal de aquellas aguas embravecidas, la corriente se llevó la autoridad, el valor, la decencia y…y…la felicidad, derecho inalienable de la condición humana.

Seguirán comiendo el puchero frondoso en la pensión, pero un día, cayeron en la cuenta de que sin dejar de ser “ellos mismos”, ya no serían “lo mismo”. Las quejas comenzaron porque el pollo tiene gusto a frigorífico, huevos eran los de antes, las mandarinas no tienen gusto a nada, ¿esta es carne congelada?, pero cómo ¿la cocinera ya no le pone más laurel al estofado?, ¡de qué se queja, la mayonesa es exquisita si está hecha con las yemas de los huevos que traen de los criaderos donde miles de gallinas enjauladas una del lado de otra, comen y duermen, cuando despiertan ponen huevos, entonces vuelven a comer y a dormir, y al despertar ponen huevos y comen y duermen y cada dos o tres días van cayendo muertas, entonces las queman, y un “huevoducto” va a parar a la industria de la mayonesa. ¡Sí, pero este pollo no tiene gusto a nada!, ahh comidas y aromas de cocina eran los de antes, cuando mi madre cantaba y regaba sus plantas y cantaba y los caldos eran caldos y ella cantaba y los patios tenían aljibes y ella cantaba y las mesas eran familiares y ella cantaba. ¡Basta! le dijo al profesor un muchacho reciente y se levantó de la mesa, mientras se iba le disparó: ¡usted es un cavernario viejo!. El profesor no perdió la compostura y siguió opinando que es cierto, todo cambia salvo la ley de los cambios, pero los que defienden el cambio por el cambio en sí, son retrógrados porque no todo lo que cambia es para bien, pero como el ser humano es diverso va cambiando y no va cayendo en la cuenta de que va cambiando él y su circunstancia como decía el amigo Ortega y Gasset; la cuestión es si nos empantanamos en el tiempo o si se retrocede hacia delante, que es otra cosa muy distinta. Como decía Max Scheller, cambio por el cambio en sí, es el placer por el placer en sí, que viene a ser como una manifestación tardía de la decadencia o metaforizando, como el alcohólico que apura la última gota. El profesor se levantó de la mesa, se guardó una manzana en el bolsillo del saco y se retiró en silencio pero pensando que se estaba quedando fuera del sistema..gracias a Dios, cerró el pensamiento.

 

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No lo vieron, no lo previnieron, como el virus intrahospitalario, oxímoron ideal que genera tensión entre la convivencia de la vida con la muerte y que un virus letal sea buen anfitrión y hospitalario es un manjar en un país donde todo es semántico, además desde siempre era así porque somos derechos y humanos, el que apuesta al dólar pierde, yo nunca dije que me borré, los aviones no vuelan, un país de buena gente, no somos tan buenas personas, la reconstrucción nacional, izquierda derecha, izquierda derecha, izquiér d erecha..izquiér derecha, la revolución productiva, vamos a dar la espalda al puerto para ver de frente al país, el 2000 nos encuentra unidos o sometidos, la única verdad es la realidad y la única realidad es la verdad, El presidente del banco central de la República Argentina desde el avión ha dicho: ¡el dólar ha muerto!. Se comunica a la población que en el día de la fecha luego de arribar al país ha fallecido el Dr. Reynal, presidente del banco Central. Semántico, todo es semántico. Sin embargo el barco de la pensión navega, lentamente pero navega y sus tripulantes con pasajeros se adaptarán a las nuevas reglas de juego. La inseguridad ha ganado las calles; un escritor del otro lado del charco de nombre Eduardo Galeano, al verlo no lo puede creer y reconvenirá a los argentinos: ¡insensatos qué han hecho con mi Buenos Aires que ahora se parece a Medellín! Y aunque usted no lo crea porque Medellín hoy está más seguro que la reina del Plata.

Las casas enrejadas, los comercios enrejados, cámaras de seguridad por todos lados, asaltos y muertes todos los días con el estremecedor promedio de un asesinato cada veinte horas, pero el robot humano sebe adaptarse a los cambios como señal de que la persona está sana y no desintegrada de la sociedad al menos ese es el casette que están vendiendo los psicólogos. Mientras tanto el nuevo modelo consumista y sexista en la era de la desfachatez produce muy poco salvo subsidio y vagancia y en la discusión del almuerzo se trenzaran otra vez para que alguien diga: si usted quiere malograr a alguien solamente lo tiene que subsidiar, entonces el tipo no va a desarrollar sus talentos, sus cualidades, su potencialidad porque como decía Juan Bautista Alberdi: suelo rico, hombre pobre. ¿Para qué se va a calentar, si tiene todo?. Y pensar que después de veinte años se le dio por hablar una vez en la vida al taciturno Félix Beatitudo, quien en una introducción con voz baja pero ante la sorpresiva y atenta mirada de todos dijo voy a contar una anécdota, fábula o lo que sea. ¡Cuente, cuente don Félix!. Había una vez un grupo de dioses que estaban durmiendo una siesta a la cordobesa, es decir, larga, serena, eterna, entonces vino una comisión enviada desde un país que era muy próspero, todo anda muy bien, todo funcionaba y prácticamente no había fallas, eran seres casi perfectos. Los dioses se despabilaron y prestaron atención para saber qué los traía a la paz de los dioses si en realidad, aquel país era modelo universal. Entonces, uno de los comisionados tomando la palabra les dijo: nosotros creemos que como todo anda tan bien en nuestro país, no nos falta nada y tenemos de todo, no hay mortalidad infantil, no hay desigualdad social, hay paz y desde que nacemos hasta que morimos valoramos la existencia como un regalo, de lo cual estamos agradecidos. ¡Bueno, hable!, le ordenó uno de los dioses que parece estaba perdiendo la paciencia, no propia de los dioses justamente. Entonces el representante desembuchó, creemos que por todo lo logrado, realmente nos merecemos unas vacaciones por tiempo indeterminado ya que todo funciona como si estuviera en piloto automático, por lo tanto venimos a pedirles formalmente que nos autoricen a relajarnos. Los dioses se miraron, discurrieron un rato entre ellos y volvieron con la respuesta positiva, les dijeron que sí, que se lo merecían y que en determinado momento del tiempo, irían a visitarlos para ver cómo estaban pasando las vacaciones, luego los hombres se fueron eufóricos. Ya conocemos, dijo don Félix, lo que es la ironía de los dioses. Entonces en ese país maravilloso se dio la orden de descansar, de vacacionar, de relajarse a más no poder total, ahora todo permitido realmente se lo habían ganado y merecido. Pero claro, ya sabemos lo que dice el quiasmo: donde todo vale..vale todo. En consecuencia luego de echarse una siesta bastante extensa un día los dioses recordaron que ya era tiempo de hacer una visita al país perfecto cuyos habitantes estaban de vacaciones, con fines de semana largos seguramente para aprovechar el turismo. Y ¡vaya sorpresa de los dioses cuando llegaron!, habían dejado pasar bastante tiempo, las vacaciones fueron un poco largas, el relajamiento también y se encontraron con la transformación de que todos los ciudadanos de aquel país ahora vivían en los árboles porque habían involucionado a monos. Los dioses se fueron cagándose de la risa porque sabían a lo que puede llegar ser irónicos.

Félix Beatitudo se levantó de la mesa, como siempre pidió disculpas y se retiró a su cuarto mientras que Julián, mientras se hurgaba con un escarbadientes, se admiró ¡mirá vos, don beatitudo, al parecer no es tan boludo!. El tema estaba planteado, ¿cuál fue el origen de todas las cosas que originó el impulso de que el hombre involucionara a la condición de mono para terminar viviendo arriba de los árboles?. Entonces, desandar el camino, volver hacia la fuente y comenzar de nuevo para saber cuándo se produjo el cambio de vías que terminó con el mundo girando al revés. Pero ahora los herreros artísticos ganan mucho dinero desde que las flores de los jardines, de las plazas y de los parques fueron tapadas por yuyos de metal; las rejas. Los héroes se fueron porque no querían morir aquí como un claro presagio de que nunca tuvieron lugar, porque cuando los exhumaron y trajeron de vuelta, dentro de la sistemática campaña que induce a la tanatolatría, ellos como Ulises que fue vomitado por los dioses a su Ítaca natal, fueron repatriados a favor y en contra de su voluntad, pero cuando llegaron nuevamente a su tierra natal, Penélope estaba en cualquier cosa menos tejiendo y destejiendo y este desencanto, al ver que Penélope Había perdido su condición de Penélope; Ulises no vuelve con Calypso, sino que él por despecho se transforma en Calypso, mientras que la historia ahora es histeria, porque todo ha quedado travestido. Pero volviendo a los héroes argentinos, nunca pudieron encontrar un lugar, porque cuando fueron desenterrados y enterrados en otro lugar, eran cuestionados más que antes, cuando se erigieron bustos fueron burlados y destruidos, cuando alcanzaron la altura de la estatua, debieron ser enrejados para no ser ultrajados y en los actos públicos cuando se celebraban sus aniversarios, fueron omitidos por oportunistas ególatras, que les cambiaron el libreto y se apropiaron del mensaje; entonces sus espíritus al comprobar que molestaban hasta en las escuelas, no tuvieron otra opción: ¡se fueron a la mierda!.

Se fueron los dioses, se fueron los próceres, se fueron los héroes, cundía la mediocridad, asesinaban el lenguaje, cayeron en la hemiplejía moral, comenzaron a destruir a la madre tierra y se instaló la banalidad que cada vez que llega a algún lado va avisando que empuja hacia el precipicio de la decadencia en todos los órdenes. ¡La comida no tiene gusto a nada!, seguían protestando. Julián comentó que estaba impresionado, gratamente impresionado con esta parábola que había contado Félix Beatitudo cuando los hombres se convirtieron en monos y se subieron a los árboles, pero el profesor, dejó una pregunta picando en la mesa, cuando planteó ¿cuál habrá sido la causa o una de las causas principales y cuándo se originó para que el hombre decidiera ser nuevamente mono?, de paso pidió perdón a los monos porque los consideraba excelentes personas, ocurrencia que causó una risa generalizada. Nadie contestaba, por lo tanto el profesor de filosofía se vio obligado a tirar alguna teoría al respecto. Algunos repitieron los ravioles con tuco. Yo creo, comenzó el profesor, que desde hace un par de siglos el capital ya no fue destinado a las convicciones cristianas, quiero decir, hace como 250 años se terminaron de enviar fondos a la construcción de grandes catedrales que hoy no se podrían volver a hacer por desinterés y porque no hay artistas acordes como lo fueron aquellos que construyeron en base a la sublimación que hizo de la belleza edilicia, la iglesia. Con el cambio de ideas el capital y esfuerzo humano fue a parar a la revolución maquinal, se vinieron los trenes, los barcos a vapor que complementaron la incipiente industrial. Después sobrevino la revolución industrial con todos los cambios y transformaciones que ello conlleva en todos los órdenes; hasta que llegamos a la época esdrújula, por la telemática, la cibernética, la informática; los grandes inventos del siglo veinte como la televisión, la aeronáutica etc, hoy estamos en la era digital, las grandes redes sociales, la historia marcha a la velocidad de la luz y agota la conciencia; para desembocar en lo que se ha llamado la era tecnotrónica. La transformación ha sido brutal.

Mientras tanto servían el postre, que siempre era una fuente con distintos tipos de frutas mientras disfrutaban la sobremesa. Prosiguió el profesor de filosofía. Voy a obviar todo lo que hay en el medio, porque podría hablar de Freud, de Nietzsche, de Einstein pero los voy a aburrir y seguramente me voy a quedar aquí solo comiendo una fruta como lo hacía el querido viejo que tanto se lo extraña. Solamente remarco una frase de uno de los más grandes filósofos  del siglo veinte, Martin Heidegger, quien fue muy criticado por decir que la ciencia no pensaba. Con los años aclaró aquella frase controvertida y dijo: dije eso porque ya van a ver cuando llegue el día que los mismos laboratorios terminen fabricando un hombre. Por ahora sabemos que somos aproximadamente siete mil quinientos millones de personas y todos venimos de una madre. Ojalá, dijo el profesor, que el laboratorio no termine sustituyendo a la maternidad. Con el correr de estos siglos y ante las grandes transformaciones, se ha producido un desfasaje, porque ha habido un crecimiento asimétrico entre el hemisferio cerebral derecho con el hemisferio cerebral izquierdo del hombre. El costado derecho de nosotros, de nuestro cerebro, aclaraba el profesor, es el que guarda la belleza, los valores, el arte, la mística, el cariño, los afectos y el amor, entre  dotes que tiene el ser. El hemisferio izquierdo es el que retiene los números, el cálculo, la matemática, la precisión, la tecnología. El desarrollo ha sido asimétrico, para darles un ejemplo o metáfora, mientras el hemisferio izquierdo del hombre viene desarrollándose a la velocidad de la luz, el otro viene a paso de tortuga. El hombre se está convirtiendo en un robot y como dice el proverbio chino: si bebes agua no te alejes de la fuente; a partir de ese desajuste universal, nos estamos volviendo cosas, nos estamos cosificando y el hombre al dejar de ser hombre o mejor dicho al ceder características propias del hombre, fue abandonando paulatinamente su rol para que le salga una competidora que siempre fue el complemento recíproco; la mujer, entonces ella, también dejará cuando entre a un lugar en la puerta, su condición de mujer, como deja el paraguas. Y si la mujer cada vez es menos mujer en cuanto a su condición femenina, los hombres que somos niños que nunca dejamos de crecer, cada vez seremos menos hombres. Señores, ahí en la calle, ustedes ven otra cosa, nos hemos convertido en otra cosa, por eso nos pasa lo que nos pasa; vivimos enrejados, la vida cada vez cuesta más  porque la era tecnotrónica nos invadió con toda la parafernalia de juguetes que nos sustituyen, así lo vuelvo a repetir la vida es más cara, pero vale menos; porque la vida está devaluada. Hoy por efecto de las drogas, la desigualdad social y la falta de valores o de códigos como solemos decir, se mata por un par de zapatillas. Otra vez Hobbes: el hombre es el lobo del hombre, con el perdón del lobo a quien creo también una excelente persona y finalmente Hegel: lo conocido por conocido se vuelve irreconocible. Todos se marcharon en silencio, pensando en lo que había dicho el viejo comensal de la pensión, todos se fueron meditando, algunos preocupados, otros no entendieron absolutamente nada de lo que había dicho, mientras en la calle, el monstruo Gozila hacía estragos porque el hombre insistía en dedicarse a hacer todo lo que fuera en contra de su propia condición y que no nacía de su ser; se estaba convirtiendo en un robot, de ahí que cuando se levantaban creían que estaban despiertos pero en realidad estaban dormidos, muy dormidos.

Con este monstruo en la calle, la desigualdad social, el subsidio a la pereza, la malogración de la voluntad como motor de las decisiones, la corrupción generalizada, la aparición de nuevas enfermedades que nacían de la fuente del stress, la avaricia, la devastación planetaria, la expulsión del talento molesto y nocivo para la mediocridad, la violencia de género por el maltrato físico y psíquico, la paulatina desaparición de la familia nuclear, ya nada sería igual o como un día lo mencionaron a Julio María Sanguinetti que sacó de la galera una frase proverbial, insustituible y definitiva: “el futuro ya no es lo que era antes”, la psicosis, el miedo y una multitud de problemas sociales ya no eran solucionados por la política, porque la mismísima sociedad no generaba sino que degeneraba políticos, fue cuando comenzaron a escasear los líderes, los que conducen la manada, porque también había desaparecido la autoridad, de autoritas atis, que significa hacer crecer al otro, fomentar el desarrollo de los demás, pero curiosamente los demás pasaron a ser lo de menos.

Época de desolación y desasosiego cuando Mario Ventri seguía con su compañía recorriendo pueblos pero ya no tenía la seguridad de antes, debía someterse a robos, asaltos y diversas contrariedades a las que antes no había sido expuesta su empresa, entonces comenzó a ver otra vez esa falta de destello en los ojos de la gente cuando las cosas no son lo que parecen porque como dice Schopenhauer: lo peor del progreso, es eso mismo, el progreso. No por eso hay que ser necesariamente retrógrado. De los griegos, cuando no, afloró una nueva enfermedad que fue adquirida por la clase política, que aunque la tarea era cada vez más ardua para realizar las transformaciones sociales, en vez de faltar oferentes, sobraban y en cantidad, aunque hubieran desaparecido dos especies más, dentro del cuadro de extinciones: los estadistas y los líderes, sabiendo que ambos se pueden complementar en una persona. El síndrome de Hubris que en la Argentina adquirió rasgos de epidemia afectando a los que detentaban el poder y a partir de ahí ya se creían portadores de la verdad, decidían sobre la felicidad o infelicidad de la gente; eran sofistas y vivían pontificando, no creían en su entorno salvo para que los adularan porque en el fondo, no lo escucharían para otra cosa, si ellos eran tan autosuficientes como para considerarse que tenían la fórmula de todos los éxitos, entonces empezaron a manipular otra vez la constitución  la cual solamente la consultaban para reformarla con fines de eternizarse en el poder. Así se fueron creando otras lacras, modernizadas pero tradicionales, como el nepotismo, el familismo, el patrimonialismo de estado que es cuando el gobernante se lleva el estado a su casa y la manipulación atroz sobre los fondos públicos, que es el pan nuestro de cada día para el niño que no tiene qué comer, el viejo que no tiene un medicamento, el hospital que necesita estar siempre en condiciones y con recursos. Toda esa plaga avanzaba sobre los tres poderes de una pre democracia, porque a falta de ciudadanos, tampoco existía la república.

Con la asimetría del avance entre el desarrollo tecnotrónico por sobre el desarrollo axiológico, se fue perdiendo de apoco la atención, el asombro, la admiración, la meditación, el sentido de la belleza, la bondad y la poesía, entonces la luna pasó a ser un cascote sin imaginación ni ojos de enamorados. Fue cuando una noche Mario Ventri llegó muy cansado luego de hablarle a todos los integrantes de la compañía, cuando les dio la mala noticia de que iba a pasar a cuarteles de invierno, es decir, iba a desarmar la compañía, indemnizaría a todos y se retiraría porque estaba cansado de actuar para no cambiar nada. Sin embargo al principio le clamaron para que continuara porque necesitaban trabajar y le propusieron poner todo el empeño para redoblar la apuesta, entonces, se entusiasmó pero puso la condición de que le dieran dos semanas o tres, para que se tomara el tiempo necesario y cambiara todo el guión, renovara el libreto y lo adecuara a la realidad actual, por lo que accedieron y aprovecharon para tomarse unas vacaciones.

Durante esas tertulias de sobremesa que pasaron a la historia personal de cada uno, no faltó la sorpresa que uno de los comensales quisiera hablar de algo que le parecía importante, lo que sucedía era que el disertante era nada más y nada menos que Jacinto quien cuando venía a comer siempre lo hacía con su respetuoso perro que llevaba su mismo nombre y se echaba a los pies de su amo sin moverse. Jacinto había aprendido por obra de René a comunicarse con el mundo y cuando escuchaba como cuando hablaba lo debía hacer entre piel y piel, es decir tocando el brazo o la mano de alguien que lo interpretara en este caso el profesor de filosofía con gusto se había tomado un tiempo para ser el vocero de aquel joven que llevaba una vida tan particular y que si bien a primera vista todos pensaban que estaba aislado del mundo sin entender nada de lo que sucedía a su alrededor, ya había demostrado con creces que comprendía muchas cosas mejor que nadie. Fue entonces cuando a través del profesor pidió permiso para hablar y la concurrencia aceptó con gusto. Entonces comenzó con una pregunta: ¿ustedes cuando hablan, cuando aman, cuando discuten, cuando polemizan, cuando hacen lo que hacen se miran a los ojos?. La pregunta no tenía rebote porque caló hondo en todos y nadie sabía qué responder, hasta que el profesor repitió que Jacinto quería saber si en realidad la humanidad había dejado de mirarse a los ojos. A partir de ahí se generó el debate sobre los elementos de la tecnología que lentamente fueron remplazando a lo que preguntaba Jacinto, la costumbre de mirarse a los ojos y llegaron a la conclusión de que la gente no se mira a los ojos. Porque supongo, dijo Jacinto que quien tiene la providencia de poder ver el universo no puede desperdiciar la oportunidad de verse en los ojos de los demás, de los niños, de los perros, de los viejos, de las parturientas, de los enfermos. En este sentido interrumpió el profesor, no olvidemos como ya lo he dicho varias veces en esta mesa a Lévinas quien cree que el secreto de todas las cosas pasa por el rostro de las personas, en los ojos del extranjero, del huérfano o del menesteroso. Alguien le preguntó a Jacinto a través del profesor, con todo respeto, sobre el sentido de mirarse a los ojos habida cuenta de que él que era una bella persona, no miraba a los ojos, porque era ciego. Jacinto le contestó, por eso mismo, porque si no se miran a los ojos, a lo mejor están de alguna manera ciegos, y por eso el mundo está tan intolerante porque la humanidad sin saberlo se habría quedado ciega. Estas palabras causaron un profundo silencio de meditación en todos; hasta que Julián insistió interrogando a Jacinto si él tenía noción de los colores y fundamentalmente de los colores de los ojos de la gente.

Entonces Jacinto les explicó que no sabía de colores porque nació ciego, de manera que no podía memorizar los colores, pero René le había enseñado la importancia de los colores e inclusive le contó que Borges había dicho que el azul era insustituible. Pero así como Beethoven era sordo y pudo componer grandes sinfonías, él a su manera podía imaginar el color de los ojos de la gente de acuerdo al tiempo y a las circunstancias. Y comenzó a desarrollar su teoría, Profesor mediante, diciendo que suponía que había ojos verdes en sus distintas gamas, había ojos de color celeste con rebordes más oscuros, había ojos tornasolados que se mimetizaban de acuerdo al humor del sol, ojos de color negro, ojos marrones, ojos zarcos cuyos colores diferían, pero lo que más le interesaba eran los destellos de acuerdo a lo que le había enseñado René y que le daban brillo a los ojos de acuerdo al ánimo de las personas. También creía que los niños cuando nacían tenían el más aproximado color de la vida y que no se podía expresar con palabras porque eran colores inefables si es que la vida tenía una gama de colores; que los ojos enamorados adquirían un brillo especial, el asesino cuando estaba al acecho adquiría un color especial, los colores de los ojos de los presidiarios, de los enfermos, de los que agonizaban, consideraba que los viejos otra vez adquirían cierto color parecido al de los niños si es que los extremos se tocan, y que cuando las personas morían sus ojos tenían el color de la muerte, ojos apagados, quizás como los de los tiburones.

¿Usted tiene los ojos color blanco, se lo dijeron? Le afirmó Félix Beatitudo. Jacinto le contestó que nadie como ellos sabían mejor que él, el color de sus ojos, pero tenía entendido que eran ojos sin luz, que en realidad no eran ojos porque no podían ver el universo; ¡momentito! Interrumpió el profesor, quiero hacer una salvedad, no es que no tengas ojos Jacinto, no tenés vista, pero te quiero aclarar a vos y a todos que los ojos son simples transmisores de la luz, pero las imágenes de la realidad, del mundo real se elabora en el cerebro, por lo tanto, con esto te quiero señalar que no necesitas de ojos para saber que podes mirar, descifrar y entender al universo. De todas maneras, dijo Jacinto, mis ojos deben tener un color especial, no me los imagino blancos; solamente creo que el color de mis ojos es, y ustedes los pueden ver en alguien que está presente. Todos se quedaron sorprendidos y esperaron la señal. Jacinto hizo una pausa, muy respetada por el profesor. Hasta que aclaró: mis ojos tienen el color del ser que amo y que me da luz, es el que me lleva a todas partes, es la linterna de mi vida y como todos saben es el color de los ojos de mi perro. Así es, Jacinto, este animalito a quien tanto amo, guarda los ojos de mis ojos. Todos quedaron conmovidos.

No habían pasado seis meses desde que el turco asesinó a su hija, hasta que un día ante la indignación y la sorpresa de todos apareció justo en el almuerzo y a modo de explicación ante la perturbación general se adelantó: señores, mi padre decía que no hay que dar explicaciones, porque solamente traen complicaciones, pero debido al enorme aprecio, se escucharon abucheos, que tengo por ustedes, prosiguió; la justicia ha decidido que por mi edad y enfermedad puedo cumplir mi pena con prisión domiciliaria, así que me van a ver con este beeper que me ha puesto la justicia para que no salga ni a la vereda pero lo que es mío es mío y yo me voy a morir en la pensión, que es mi casa, quien quiera irse como siempre tiene las puertas abiertas, quien quiera quedarse ya saben de mi hospitalidad, pero no podía permitir que se derramara sobre mi honor tanta difamación como este ser que en paz descanse junto a la madre, vino a hacerme como que yo era el entregador de Raymundo. ¡He dicho!. Entonces como si estuviera consensuado previamente, todos se levantaron y se retiraron sin probar bocado y hasta el perro de Jacinto se fue ladrando como repudio generalizado, el turco al ver tal desprecio instruyó a las dos cocineras: ¡aquí no se tira nada!, porque todo cuesta, se guarda todo en la heladera y mañana se recalienta hasta que se coman toda la comida.

La madre de Raymundo estuvo años buscando a su hijo desaparecido, trató de conseguir audiencias con altos jefes militares, algunas las consiguió pero no llegó a ningún resultado, pero como ya sabemos el tesón que tienen las madres, se convirtió en un volcán, en una bola de fuego y nunca apagó su ánimo, impulsado por el apremio para seguir buscando los rastros de su hijo. En cierta oportunidad la recibió por esas coincidencias perplejizantes de la vida, el mismo capitán, ahora mayor, quien fue el que le disparó los tres tiros en la cabeza a Raymundo cuando se levantó en la estancia después de una larga siesta y de muy mal humor. Harto de que el muchacho le negara toda posibilidad de información que por otra parte no tenía. Cuando la recibió recordó todo el caso que obviamente jamás le confesaría que él, justamente él era el asesino de su hijo, de todas maneras, el diablo es un prestidigitador de máscaras y se puso la de padre comprensivo porque él tenía ahora hijos adolescentes y escuchó toda la catarata de desesperaciones de la pobre mujer. Entonces le dijo que haría lo imposible para tratar de localizarlo, lo que sucedía es que había que reconocer que las Fuerzas Armadas habían perdido el control de algunos grupos paramilitares y entonces costaba demasiado localizar a algunos detenidos. En este sentido le preguntó varias veces sobre la certidumbre de la madre de que su hijo fue detenido por un grupo de tareas; la madre de Raimundo quien estaba exangüe de hablar siempre lo mismo no tuvo más que repetir el casette que le contaron en la pensión; entonces el militar trató de escarbar más aún si sabía de la vida de su hijo hasta que lo vio por última vez, pero no obtuvo ninguna respuesta porque la madre le dijo que ella solamente sabía que tenía un hijo que se dedicaba solamente a estudiar y nada más. Llegado el momento la pobre mujer se desahogó y dijo que no maldecía a los que se llevaron a su hijo pero que tarde o temprano  las cuentas se pagan en ésta o en la otra vida. El Mayor estuvo pensando un rato, no se le conmovía ni un pelo, habían pasado algunos años y le dio una referencia sobre un lugar donde quizás podría haber estado detenido su hijo. La madre de Raymundo siguió esa huella que la llevó a otra huella y así sucesivamente hasta que dio con una estancia, donde decían alguna vez fue un campo de detenidos por la dictadura militar y que ahora se convirtió en lo que siempre fue, una estancia para el pastoreo y engorde de ganado. La mujer pasó por la tranquera y caminó durante un kilómetro aproximadamente hasta encontrarse con una mujer con varios hijos que era la esposa de uno de los encargados de cuidar la estancia y los animales, pero no le suministró ninguna información. La madre estuvo esperando hasta que apareció un hombre de campo, parecía y vestía como los gauchos, se apeó del caballo y estuvo sentado con ella mientras la mujer le cebaba unos mates. ¡Mire señora, se dirigió a ella, lo único que puedo decirle es que dicen que por esta zona funcionó uno de los campos de la muerte donde eran detenidos los subversivos, algunos eran ejecutados y sepultados y otros eran destinados a otros lugares. Pero ante la insistencia de la madre y la conmoción del hombre, le confesó que había un lugar, pero que con el paso de los años y de haber sido ejecutado su hijo, ya no quedarían ni los huesos. Y la mujer seguía insistiendo hasta que el gaucho la llevó al lugar donde ahora crecían las flores, era como un jardín donde no se le permitía pastar a los animales, había rosas, jazmines y un enorme gomero que daba flores blancas y grandes que parecían copos de nieve. ¡Calcule!, le sugirió, aquí qué podemos encontrar si esto es como un cementerio, además eran como fosas comunes, es una herida abierta que tapa la sociedad. El hombre estaba muy apenado al ver a aquella pobre mujer que caminaba por todos los senderos de la patria para encontrar a su hijo y cuando le venía el pensamiento de terminar con esa búsqueda desesperada con esa exploración hacia el producto de sus propias entrañas; le venía una especie de pánico y se prometía no detenerse hasta encontrarlo, vivo o muerto pero su hijo no podía haber sido tragado por la tierra.

¡Mire doña! La sorprendió el hombre, tiene alguna prenda de su hijos, no alcanzó a terminar la frase que la madre de Raymundo sacó del bolso algunas prendas que siempre llevaba de Raymundo. El hombre lo llamó a uno de sus hijos y le pidió que trajera los perros. Eran dos perros de caza, les hicieron olfatear las prendas que alguna vez había usado Raymundo, comenzaron a olfatear en el predio hasta que se ubicaron cerca del gomero, estaban inquietos, lloraban  y comenzaron a escarbar. Entonces el padre y el hijo comenzaban a excavar, la madre de Raymundo se mantenía cerca y estoica ante la posibilidad de encontrar algo de la vida o de la muerte de su hijo, ya estaba muy cansada de buscar. ¡Retírese señora! Le dijo el muchacho y se miraron con el padre, hasta que con mucha delicadeza comenzaron a extraer lo que quedaba de un cuerpo humano que hacía años había sido enterrado en ese lugar. Lo acomodaron sobre una lona, trataron de poner en orden los miembros, en realidad eran restos de una calavera. Y la llamaron a la madre de Raymundo pero no le aseguraron para nada que fuera realmente los restos de su hijo. Ella se acercó, miró todas las piezas que estaban degradadas por el tiempo la tierra y la humedad, había sin embargo restos de tela en lo que fue el torso de Raymundo. La madre se quedó mirando un rato si saber de quién eran esos restos. Hasta que se acercó y se agachó, entonces metió la mano por debajo de lo que quedaba de una remera color azul y no tuvo problemas en extraer lo que la derrumbó para siempre y sumió en un llanto estremecedor que sonaba como una letanía en las inmensidades de la pampa. La familia la contemplaba con pena, los niños la miraban con curiosidad mientras la madre de Raymundo lloraba el dolor de los dolores. Se fue secando las lágrimas y entre sollozos, le costaba hacerse entender, pero les agradeció lo que hicieron porque aquí está dijo, es mi hijo, y mostró una cadenita con el Cristo que tenía la característica de que si bien estaba crucificado, el cuerpo de Dios giraba en torno a la cruz, como si quisiera salirse o señal de que había que compartir aquella cruz que Raymundo siempre le mostraba a su madre ahora herida de recuerdos, porque su corazón ya no tenía espacio para albergar tanto dolor.

Ella prefirió que el cuerpo de su hijo quedara en ese lugar, tan florido, los hombres cumplieron su voluntad y todos se quedaron mirando con los ojos enjugados cuando ella se fue caminando por donde vino, sola, maltratada y con la cruz que su hijo llevó en vida. Era todo lo que le quedaba y lo suficiente para saber definitivamente que a su hijo lo habían asesinado.

Volvió con el crucifijo del Cristo que giraba en la cruz y lo tomó como una señal que de que debía compartir esa cruz, demasiado pesada para ella cuyo premio a tanta investigación solitaria fue encontrarse con la peor de las verdades, el hijo había tenido aquel final espantoso que ahora se constituía en un nuevo fantasma con el cual ella debía lidiar todos los días de su triste vida, imaginar cómo fue el secuestro, las torturas y los últimos días de Raymundo, pero le quedaba la bronca de haber tenido que enfrentar a la adversidad ella sola, porque el miedo, gran cobarde si lo hay, se había metido como una intoxicación social cuando todos la eludían al tratar de averiguar el paradero de su hijo muerto. Siguió caminando hasta la tranquera, detrás dejaba los restos de su hijo y a una familia de campesinos que miraba como su figura se iba achicando a través de la distancia. Cuando llegó a la ruta siguió caminando, ya eran como las cuatro de la tarde, y siguió sin rumbo durante horas, no quería detenerse en ningún lugar, tomar el colectivo, pedirle a alguien que la llevara, ¿dónde? Si detrás suyo debajo de un gomero dejaba enterrado para siempre el sentido de su vida, su hijo, entonces cuando oscureció seguía caminando por una ruta a ninguna parte porque su espíritu parecía ya no estaba en este mundo, y si bien llevaba varias horas así, sin rumbo no le prestaba atención al cansancio de su cuerpo con sus piernas que se movían por la inercia de la existencia, hasta que oscureció y siguió caminando, ya comenzó a ponerse frío pero ella seguía sin rumbo sin importarle en absoluto de las necesidades de su cuerpo esmirriado que se iba poniendo escuálido con el paso de las horas. Cuando el reloj marcaba la una de la mañana se desplomó sobre la banquina y entró en un sueño profundo, porque las piernas y todo su cuerpo ya no aguantaban el cansancio. Se despertó con el sol en la cara y comenzó a caminar nuevamente, como lo venía haciendo desde el día anterior, sin destino, sin motivaciones, solamente existía porque no había forma de dejar de respirar y estuvo así durante ese día, y el día siguiente y el otro día cayendo y durmiendo cuando las piernas decían basta. Habrían pasado cinco días desde que dejó a su hijo en la estancia cuando caminando hacia la nada y ya anocheciendo comenzó a bambolearse sobre la banquina, los camiones que pasaban la esquivaban y le hacían sonar la bocina, pero la madre de Raymundo seguía así hasta que se desplomaba nuevamente, descansaba y comenzaba a caminar, su estado era alarmante, deshidratada, sucia por tantos días haciendo ese desplazamiento atroz, hasta que en ese bamboleo maldito se la llevó puesta un automovilista que venía a gran velocidad, fue como un cachetazo, el hombre no se detuvo y en realidad no sabía si había atropellado a un animal o a una persona porque todo fue muy rápido; venía a alta velocidad.

Al día siguiente la encontraron muerta al costado de la ruta, la seccional más cercana llevó su cuerpo, estaba “terminada”, en sus documentos verificaron su identidad y estuvo así durante un tiempo en un galpón tipo morgue porque nunca nadie reclamaría el cadáver. Un policía que se le acercó tuvo la idea de sacarle el crucifijo del Cristo giratorio, pero le dio un poco de temor y no lo tocó, a partir de ahí y al ver que nadie reclamaba por ella, las autoridades municipales decidieron enviar su cuerpo al crematorio; así terminaron los días de la madre de Raymundo, la mujer que buscó cielo y tierra hasta encontrar el destino final de su hijo, la que intuyó su muerte cuando le dijo al viejo que sabía que su hijo había tenido el peor de todos los fines y que el pobre viejo salió corriendo a comprarse un helado que más tarde se lo tiró a un perro. La madre del joven que fue entregado por el turco y del que todos se escondieron de miedo la noche que el monstruo se lo llevó para siempre; el que cuando lo llevaban a las trompadas y patadas alcanzó a gritarle al viejo que no se metiera cuando fue el único que se jugó al ver que las cartas estaban echadas. Las viejas de la zona, dicen que algunas noches se ve la sombra de una mujer que camina interminablemente, otros dicen que es un fantasma y en la estancia donde florece el gomero los hombres de las vaquerías saben  que es la sombra del recuerdo de una madre que gastó su ser por amor a su hijo y que prefirió caminar hacia la muerte, después de haber estado años buscando a su hijo como solamente una madre es capaz de hacer. El obrero que se encargaba de quemar los cadáveres, le sacó el Cristo giratorio y lo cambió por una cerveza. El dueño del bar en una noche de sexo y alcohol se lo colgó al cuello de una prostituta y ésta lo cambió al carnicero por un kilo de carne y el carnicero se lo regaló a una niña que se lo pidió cuando lo vio colgado en el mostrador cerca de la ganchera y la niña lo lleva puesto. Ya ha cumplido diez años, lo lleva entre sus promisorios senos como escondido entre dos próximas montañas, mientras que suele decirle a la madre, que le gusta caminar, correr por el pasto, acopiar flores y asombrarse cuando los gomeros florecen. Cuando le preguntaron una vez si no tenía miedo de que se le cayera, al ver que solamente lo sostiene un solo pernito a través del cual gira, ella contestó que a veces lo pensaba, que podía caerse y se quedaría solamente con la cruz. Preferiría eso porque no quería volver a remacharlo.

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