El defensor oficial enviado a Formosa por la asimétrica diarquía gobernante lo dijo claro. Sí, lo dijo, pueden oírlo y verlo: “No existen violaciones a las violaciones de los derechos humanos en el marco del COVID”. Eso dijo Horacio Pietragalla tras expresarse, en principio, según el libreto que le ordenaron: “No existen violaciones a los derechos humanos”, enunció primero, pero incurrió enseguida en el lapsus lógico y filosófico que terminó desenmascarando en su discurso la verdad. No existen violaciones a las violaciones de los Derechos Humanos…. O sea, las violaciones a los Derechos Humanos se cumplimentan sin interrupciones.

La doble negación de Pietragalla que termina afirmando que las violaciones a los derechos humanos persisten tranquilamente en marcha está asociada al operativo “sostengan al dictador plebiscitario Insfrán”.

Se violan allí los derechos humanos. Y ocurre a la vista de todos, sin clandestinidad. Esa es la etapa superior del autoritarismo, cuando ya no es necesario encubrir la locura de la perversión, de la aversión a la libertad y del encierro obligado. Hay otros aún más arduos pecados ─si cabe─ que acontecen en las porosas fronteras con el Paraguay donde los verdaderos y más temibles delincuentes no son encerrados y actúan con piedra libre y pasadizos abiertos al mal y a la ilegalidad tolerada desde el unicato que cierra los ojos cuando le conviene. Es imprescindible investigar con profundidad al gobierno de Formosa. La provincia es una clave que conecta desde la Argentina interior todas las tropelías que explican la decadencia, la crisis, la persecución a toda disidencia y la violencia política contra los ciudadanos en general.

Hay que romper ese muro de Berlín subtropical que Insfrán y su séquito han impuesto sobre su territorio como si fuera propiedad privada y no pública, hay que quitar piedra por piedra y con minuciosidad los antiguos cimientos de un sistema petrificado, como pirámides que encriptan a las momias de la paleopolítica pre democrática.

Es un sistema que vigila, ordena, esclaviza, persigue etno minorías, impide la libre expresión, negocia con lo peor, financiando lo más turbio, Boudou, Old Fund y tantos otros dislates. A esos abusos literales, a esos robos del dinero público se los concibe como lealtad a la élite gubernamental nacional, y todo el aparato protector del caudillo lo cuida como a oro en polvo, porque se cuidan ─en rigor─ mutuamente.

¿Qué pasa? ¿Qué cloroformo nos han inoculado para observar Formosa como un espectáculo más desde la pasividad de los espectadores ajenos al teatro de los acontecimientos que concebimos distantes?

Hay que recordar a Emile Zola, “Yo Acuso”, escribió para denunciar la injusticia flagrante. “Yo acuso” es un mandamiento, Yo acuso, tu acusas, nosotros acusamos. Y si no lo hacemos somos en alguna gradación cómplices.

Formosa es también la Casa Rosada y es el Senado. El Senador Mayans que dice que no hay derechos en la pandemia y luego se desdice torpemente, es una prueba de que Formosa está acá,a la derecha de la señora Vicepresidenta.

¿Por qué? Porque ese sistema es el sistema deseado.

Y por qué provee impunidad para todo. Es posible prometer vacunas que no llegan. Jugar con una vacuna monopólica, mentir y celebrar victorias que son derrotas, y tomar a la marchanta la vida de todos.

Y si no te gusta te encierra Insfrán, o te agravian las pandillas a sueldo de los capos, o te complican de mil maneras la vida. Y para que eso no ocurra, lo que se pide en el imperio de la perversión feudal es obediencia y silencio. Subordinación sin valor.

Insfrán es un espejo de Cristina Kirchner. Sin sus luces estratégicas, pero reflejando la impunidad requerida por ella, el manejo vertical del esquema de poder, el encubrimiento de los leales y el silicio para los desleales.

Formosa es Santa Cruz. Insfrán es Alicia Kirchner, es el matrimonio Zamora en Santiago del Estero, es Alberto Rodríguez Saá, e incluso es su hermano Adolfo ahora postergado (aunque su capital económico sigue floreciente). Insfrán es la réplica especular del así denominado feudalismo argentino castigador y perenne y de todos sus cómplices autoritarios. Insfrán es Hebe de Bonafini hoy, es Milagro Sala, y es la satrapía arraigada en ese laberinto que toma rehenes cívicos a cambio de salarios oficiales paupérrimos y les arrienda los votos como ocurría antes de la Ley Sáenz Peña cuando la Argentina se abría a la democracia.

No hay democracia en Formosa porque no hay convicción democrática nacional.

Formosa es un centro de aislamiento en sí mismo. De hecho no se puede ingresar.

Pero a la vez no es una provincia aislada sino asociada al poder central que pondera la arquitectura política de la clausura, de la verticalidad que borra toda división de poderes, que personaliza el poder, que subordina a todos al principado tosco de algunos o algunas potestades corrompidas, ricas y triunfantes.

¿Se terminará el reinado oscuro de los señoríos pisoteadores y mentirosos?

Es el gran enigma. Pero si no se termina todos estamos terminados

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