El primer paso es difícil, el último es el más difícil. Proverbio Ruso.

Tenía las manos ensangrentadas, pero no aflojaba la cuerda que me quemaba hasta el alma, no iba a soltar por nada del mundo, porque no perdería un pez que luchaba por su vida, era en cambio mi vida que perdía si soltaba la cuerda por el valor de lo que estaba sosteniendo. Mordí, me la enrosqué en las piernas, pero no soltaba y del otro lado tampoco aflojaban, ¿Quiénes?, no sé. El frío me calaba los huesos, castañeteaban mis dientes como si tuviera bruxitis, me la envolví en mi cuerpo y jugado dicté mi propia sentencia: si no se corta, que no se va a cortar, que me lleve a mí, pero que no se lleve lo más preciado que tengo en la vida.

Un frío desolador corría por todo mi ser y mi único bálsamo era saber que amainaba la lluvia de mis culpas al decidir entregar mi vida si fuera necesario, pero la contienda seguía y yo congelado estaba tiritando de transpiración; es cuando estamos decididos a todo y nos importa un carajo el valor de la existencia cuando el objetivo es sublime al menos en este caso que me tocaba lidiar. Me empezó a doler la espalda por la fuerza de la soga, me dolía todo el cuerpo pero más me dolía el alma porque intuía que estaba perdiendo la batalla, cuyo contendiente me perdonaría la vida, pero me sacaba lo mejor. Y yo no quería eso, prefería la muerte pero la muerte, solemne y despiadada no me tenía en cuenta, no me quería llevar con ella, no le interesaba.

Muerte hija de puta! Toda la vida jodiéndome y ahora que quiero que nos veamos la cara, me das la espalda y no es que sea suicida, pero te entrego la mía por la vida que te querés llevar. La cuerda no aflojaba, el destino tampoco. La agonía no agonizaba, se vino a vivir conmigo hasta que un martillazo en la cabeza que me entró por los oídos, me despertó de aquella pesadilla horrible: ¡Javier,,Javier! Me sacudió mi primo, despertate; por qué, que pasa?. Hermano mojaste las sábanas, levántate, levántate ya.

El enfermero hablaba con mi amigo Miguel, por momentos parece que discutían pero no, nada de eso, Miguel le estaba tratando de entender, ese secreto misterioso que le contaba el hombre que llevaba jeringas, pasaba con una camilla, se tomaba unos mates, parecía una máquina, un poco más cerca de los médicos, al servicio de los enfermos, de los demás, de los otros. Vea jefe le dijo el enfermero, hasta que no llegue el que falta, no se va a ir, lo va a esperar, por eso está asi, como manejando los tiempos de la muerte. Mi amigo lo miraba sorprendido, le preguntó: ¿y cómo sabe Ud? Que…, porque no me vea como un simple enfermero lo interrumpió. Hace 40 años que estoy en este baila entre la vida y la muerte, lo he vivido mil veces y siempre es así, igual, no cambia nada, hasta que no aparezca, quien está esperando, no se va a ir de este mundo.

Fue entonces cuando Miguel agarró el celular y llamó urgente a mi primo para que me acercara al sanatorio y yo parsimoniosamente mientras iba en el auto, pensaba en la terrible pesadilla que había tenido, me miraba las manos y estaban intactas, no había restos de ninguna sangre ni lastimaduras después de haber lidiado con esa cuerda, sudado y mojado hasta las sábanas. Después con el tiempo el cerebro me avisó que había tenido una premonición cuando deliberaba sobre el sentido de la vida. Porque si era así como tal que el destino está escrito, entonces cavilaba, para qué estamos en esta vida, somos como muñecos manejados vaya uno a saber por qué ente.

Pero yo lo había leído a Malachi Martín, el exorcista mayor, reconocer que la predestinación existe y que es un misterio irresuelto. Y también lo sabía porque me había pasado; una vidente me dijo un día, cheee vas a estar a punto de morir!!!, pero como yo tenía 15 años no le di ni cinco de pelota al presagio y después ya adulto, el doctor Eduardo Bettio me hizo un electroencefalograma y me preguntó, che, alguna vez te faltó el oxígeno, tuviste problemas con la respiración?, porque aquí se ve mirá! Y me mostró una curva o algo así, como una cicatriz en las neuronas. Si, le dije, si doctor, fui al rio primero, me me aconsejaban que nunca fuera, pero los adolescentes somos asi, hacemos lo contrario para curiosear o porque somos por naturaleza rebeldes y fui al rio. Todos los muchachos se tiraban de un sauce a un remanso en el rio primero y yo ingenuamente, no sabía nadar, creí que si me posaba en el fondo, tomaría fuerzas para salir a la superficie, respirar, avanzar hundiéndome y así a los saltos trasponer el remanso. Pero sucedió que al primer intento, el agua me llegó hasta la frente, no podía respirar, pensé en mi casa, mis familiares, me estaba ahogando, alguien me dio la mano, que es lo que no se hace, me enteré después, porque en mi desesperación lo hundí conmigo, eran segundos letales, hasta que se dieron cuenta y se tiraron varios y me sacaron de los pelos, hombros y me tiraron al costado. Ninguno se detuvo ni siquiera a reprocharme, cosas de la juventud, siguieron con su propia cháchara y yo cuando volví, nunca dije nada, pero llevó ese estado de conciencia total todos los días de mi vida. La vidente tenía razón, estuve a punto de partir. Por eso pensaba si ese sueño que acababa de tener no era en realidad un presagio.

Miguel primero me pidió que me serenara que no pasaba nada pero que mi papá estaba mal, había empeorado su estado, pero los médicos no me dejaban entrar, me desesperé, le dije a mi amigo que no podía morir, porque estábamos peleados, una discusión estúpida por nada, nos había separado durante una semana que no nos hablábamos, en realidad como toda la vida el que se enojaba era yo, me sentaba en la mesa y no lo hablaba y cuando pasaba por mi lado yo miraba al techo hacia cualquier lugar. Una pendejada. Pero el médico me llamó y me derrumbó una cordillera cuando me avisó que me dejaba pasar para que lo viera a través del vidrio, porque en cualquier momento se cortaba y ahí me hablaba nuevamente el sueño premonitor: llévame a mí, pero no a él cuando mis manos sangraban.

Entré silenciosamente, estaba desolado, atribulado, lo miré, le hacía señas, estaba entubado, no podía golpear el vidrio, no podía destruir el sanatorio, estaba impotente frente al mayor dolor de mi vida. Entonces en mi desesperación atiné a vaporizar con mi aliento aquel vidrio y alcancé a escribirle: ¡Papá no te vayas sin saber cuánto te amé!. Entonces vi que con mucho esfuerzo levantaba el pulgar y me contestaba. Después vino el descorazonador piiiiiiiiiii y se murió.

Miguel me llevaba como si yo fuese un zombie, mientras salíamos un enfermero que pasaba el lampazo, le gritó a Miguel, ¡jefe, y yo que le dije!. ¿Qué te dijo? le pregunté a Miguel. Me dijo que te estaba esperando para despedirse, porque hace que se yo, mil años que ve los mismos casos. Lo miré, nos sentamos en un banco y me puse a llorar.

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