Con todos los actores de la vida política, social y económica intenté transmitir siempre una visión diferente sobre nuestro país. Con Hugo Moyano también. Su fuerte antikirchnerismo durante el segundo mandato de Cristina Fernández provocó que tuviéramos un diálogo más cercano y llegásemos a compartir el escenario en el acto de inauguración del monumento a Juan Domingo Perón, frente al edificio de la Aduana, en Buenos Aires, en octubre de 2015. Esa tarde reivindiqué una vez más al Perón de la productividad y al que promovía la igualdad de oportunidades como acceso a la justicia social.

En nuestras conversaciones, yo le insistía a Moyano que nuestro proyecto pasa por lograr una Argentina productiva, que pueda salir al mundo, capaz de crecer y que, para poder lograr esos objetivos, no hay más camino que reducir los costos de lo que hacemos.

Ni los argentinos ni el mundo tienen por qué pagar de más por nuestra producción. No podemos exportar nuestra ineficiencia fiscal, nuestros impuestos distorsivos y los sobrecostos que generan convenios laborales de otro siglo.

«Hugo, el camión no puede valer entre un 40% más y el doble de lo que vale en los demás países de América Latina». Y él me respondía que estaba de acuerdo, que sí, que voy a ver, que no hay problema. Cuando llegué al gobierno le empezamos a plantear que estábamos necesitando que él y su gremio hicieran su aporte para que los productos argentinos pudieran competir. Pero todo se volvió mucho más difícil. Aquella comprensión inicial se iría convirtiendo en confrontación abierta con el transcurso de los meses.

Al principio, Moyano parecía estar de acuerdo con mi visión. Era evidente que la cantidad de beneficios arbitrarios y privilegios que él y el gremio de Camioneros habían obtenido se volvió contraproducente para la productividad del país. Y, como un perro que quiere morder su propia cola, menor producción significa siempre menos trabajo y menos camiones. Visto en perspectiva, creo que Moyano sabía que tenía ante sí el mismo desafío que teníamos nosotros en el gobierno y que hoy siguen teniendo muchos dirigentes de nuestro país: o son parte del problema o son parte de la solución. Una parte de su sindicato respaldaba la necesidad de hacer cambios. Pero del otro lado estaba su propio hijo, Pablo, con una mirada más extrema, que llevaba directamente al rechazo de toda alternativa. La situación estaba más que clara. Llegaba al punto de la extorsión cuando el propio sindicato se había convertido en el emisor de un comprobante de libre deuda para poder entregar la carga a los camioneros. El régimen de trabajo de los choferes, la cuestión de los porcentajes de aportes patronales era una suerte de torniquete que impedía acceder a costos más razonables. Como un embudo, todo terminaba en las pequeñas o medianas empresas que tienen uno o dos camiones y que terminan pagando al sindicato lo que discrecionalmente el sindicato determina. Y como si eso fuera poco, se sumaban los manejos poco claros de pagos en negro para obtener los certificados de libre deuda.

Tuvimos dos años de conversaciones con pequeños avances y pequeños retrocesos. Representando el interés del Estado, es decir, el de todos los argentinos, estaban a veces juntos, a veces sucesivamente, el Ministerio de Transporte, el de Producción y el de Trabajo. Pero los conflictos comenzaron a escalar. En determinado momento, el Ministerio de Trabajo comenzó a aplicar multas muy importantes al gremio liderado por Moyano a causa de conciliaciones no acatadas. Una vez ahí, la relación con Moyano entró en una nueva etapa, ya sin retorno.

En 2018 una mujer dueña de una empresa de transporte, Nancy Pastorino, con gran coraje denunció al gremio de Camioneros por extorsiones e hizo posible que otros se animaran a denunciar también. Las causas judiciales se comenzaron a sumar, pero llamativamente todos notamos que los jueces las frenaban. Confío en que, más allá del poder y la influencia que pueda ejercer Moyano, la jueza y los jueces que tienen a cargo estas causas harán que se respete la ley. Moyano había decidido ser parte del problema: el cambio que queríamos hacer se terminó frenando. Y la máquina de impedir se anotó un pequeño triunfo sobre la gran mayoría de los argentinos, al rechazar de plano la idea de que no habrá trabajo ni buenos sueldos para los camioneros en un país que no puede vender sus productos ni al mercado interno ni al exterior.

En esos meses aparecieron otros escándalos vinculados con su rol como dirigente del fútbol en el Club Atlético Independiente, a partir de denuncias de barrabravas. La cuestión del fútbol sin dudas generó mucho interés para la gente que sigue al club, pero como presidente mi preocupación principal ya estaba en lograr evitar que siguiera castigando a los productores y a los consumidores. De acuerdo con un estudio realizado por la embotelladora de Coca – Cola en la Argentina, el costo del camión en el precio de esa bebida en nuestro país es el doble del resto en América Latina. Esa actitud extorsiva de Moyano reaparecería tiempo después ante MercadoLibre, al intentar afiliar compulsivamente a todo el personal de sus plantas logísticas por medio de patotas bloqueando ilegalmente la actividad de estos centros y perjudicando hasta a sus propios afiliados camioneros, que perdieron días de trabajo.

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