EDUCACION, UN GASTO O UNA INVERSION

 

Desde que un niño ingresa al pre jardín, con 3 años, hasta que alcance un título profesional, con 24 o 25 años, habrán pasado poco más de 20 años. Durante este tiempo, sus padres y el estado, en la educación formal, habrán logrado transformar ese niño en una persona autosuficiente, con las herramientas idóneas para resolver sus propios problemas, y con capacidad para ayudar a otros a resolver los suyos. Así la sociedad habrá invertido en sus miembros, y el crecimiento de sus miembros devolverá con creces la inversión. La fuerza transformadora de la educación pone a una sociedad en el camino del progreso, solo resaltando las virtudes y combatiendo los vicios. Es una sabiduría tan antigua como las ventajas de la caña de pescar, sobre el reparto de pescado. La educación transforma un adolescente en un adulto, pues aprendemos a postergar la gratificación y adquirimos las herramientas para superar la frustración. Lo mismo cabe para la sociedad misma, esta será adulta cuando aprenda a postergar la gratificación y a remontar con esfuerzo la frustración. Estas sociedades generan individuos, hombres y mujeres, que descubren dentro de sí mismos sus potencialidades y sus derechos. Construyen ciudadanos capaces, responsables, y por sobre todo libres. Que solo aceptan vivir en Democracia, donde tienen vos y voto para decidir su destino, y en consenso con todos los ciudadanos decidir el rumbo de la sociedad. El capital social así generado distingue a las sociedades desarrolladas de aquellas en vías de desarrollo. Argentina supo recorrer este camino, llegando a posicionarse entre los países más adelantados en el mundo en materia de educación. Nuestro país lleva 30 años involucionando, y pasamos de ser aquel daba oportunidades para todos a través de la educación, a ser uno de los países con los peores índices en repitencia, deserción escolar y nivel educativo. Estos índices, negativos por cierto, han crecido en la misma proporción que crecieron los planes. Empezaron a insinuarse tibiamente hace treinta años, y hoy son alarmantes. Hoy los planes representan la única salida para varios millones de argentinos, que no tienen los conocimientos mínimos, que los ponga en el camino de la autosuficiencia. Un hecho inédito en Argentina, que marca ese cambio, fue el traspaso de las escuelas de la Nación a las Provincias, sin el presupuesto respectivo. Millones de argentinos no tienen hoy las herramientas idóneas que distinguen a un ciudadano de primera, de aquel proyecto frustrado, que se encuentra a la vera del camino, y que es absolutamente dependiente de la ayuda del estado. El estado destina cada vez más fondos públicos a mantener esta situación, que representa un gasto que todos sostenemos con nuestros impuestos. Un gasto que nos hace cada vez más pobres como país, y genera más pobres en la sociedad. Un circulo vicioso que no solo genera más pobreza, mas ignorancia, y también menos ciudadanía, y con ello el deterioro propio del sistema democrático, pues individuos devaluados, son más fácilmente engañados por gobiernos populistas que ofrecen el pescado y esconden la caña de pescar.

Estos 30 años de desinversión educativa han posibilitado el acceso al poder de gobiernos populistas, muy buenos para ganar elecciones, pero las soluciones nunca llegan. La gran mayoría somos perdedores en este juego perverso. Algunos perdimos nuestros impuestos, que nunca volverán en mejoras y progreso societario. Perdimos el tiempo, que nunca mas recuperaremos. Y aquí debemos resaltar las pérdidas, porque son hombres y mujeres que perdieron su oportunidad y en lugar de ser hoy un profesional, que haga de sus vidas un gran proyecto, para sí mismos y para la sociedad toda, se encuentran frente  a un escenario oscuro, con cero perspectivas. Con pérdidas irrecuperables, pues el tiempo se perdió todo, el dinero se gasto en planes para generar dependencia, y lo peor la perdida personal, que suma solo experiencias negativas, desconfianza y dolor. Heridas que demoran años en sanar y que  afectan a millones de argentinos, que pudieron ser ciudadanos de primera y aportar a un país de primera. Alguien tiene que hacerse cargo de este crimen, alguien debe pagar por este crimen colectivo. Con el agravante de la premeditación, pues esto se sostiene hace tres décadas, y con alevosía, pues hoy con las evidencias del desastre, se insiste en las misma medidas.

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