Además de definir a uno de los embutidos más nobles, la palabra “salame” también sirve para identificar a un boludo cuando uno quiere evitar el uso, justamente, de la palabra “boludo”, ya sea por razones de educación, institucionales o protocolares. Por ejemplo, en el mundo de la diplomacia no está bien visto decir que el embajador de tal país es un boludo.

En cambio si uno dice que el tipo es un salame, le baja el tono al conflicto internacional e igual todos entendemos de que estamos hablando. Para ponerlo en términos más actuales, un salame no es un boludo atenuado o inactivado, pero el uso del término “salame” actúa sobre el destinatario como un ARN mensajero del boludo. Suena rebuscado pero es un lindo concepto. La otra ventaja de la palabra “salame” es que es inclusiva: la salame y el salame. Cierra por todos lados.

Esta introducción sirve para referirnos a las famosas reuniones en la Quinta de Olivos durante la cuarentena, asunto que ha ocupado exageradamente la agenda política y que nos distrae de lo importante.

No me gusta autorreferenciarme, pero voy a recurrir a una experiencia personal para intentar clarificar el tema y tratar de cancelar el debate de una buena vez.

El 12 de agosto de 2020, hace casi un año, falleció mi mamá y el 13 de agosto a la tarde fue el entierro, en un cementerio cuyos portones estaban cerrados con cadenas y custodiados por guardias de seguridad. El protocolo en aquel momento era durísimo: solo podían ingresar tres personas. Aclaro que mi mamá no falleció de Covid ni de ninguna enfermedad contagiosa.

No hubiera significado un peligro para nadie la presencia de sus familiares más directos, unas diez personas al aire libre, con distancia, barbijos y en la inmensidad de un cementerio completamente abierto y desierto. Pero el estricto protocolo ordenado por el “presidente” y por Kicillof (fue en su provincia) autorizaban un máximo de tres personas. Jamás olvidaré la imagen de sus sobrinas saludando a lo lejos detrás de las rejas.

Sin embargo, no me quejé ni me quejo. Es más, apoyo y acepto todos los protocolos sanitarios necesarios (los sigo cumpliendo con absoluta rigurosidad) y soy un ferviente defensor de todas las vacunas.

Esta aclaración vale porque cada vez que uno destaca alguno de las genialidades que hace el kirchnerismo, enseguida te etiquetan como anticuarentena y antivacuna. Y encima te dicen que sos “la derecha”, justo ellos que indultaron a Videla, privatizaron las empresas del Estado, apoyaron a Cavallo, sabotearon el Nunca Más de Sábato y Magdalena, sembraron el país de bingos y casinos, apoyan a Insfrán y a Alperovich e hicieron todas esas cosas que hace “la derecha” de la que tanto reniegan pero que, por mucho que disimulen, la representan mejor que nadie. Digámoslo clarito por más que les duela: cuando arrancaron allá en Santa Cruz ya eran flor de derecha y nunca dejaron de serlo. Después se disfrazaron de otra cosa, pero solo como estrategia de marketing.

El asunto fue que la semana siguiente a la que yo enterré a mi mamá en las condiciones ya explicadas, el “presidente” se juntó con su familia y la de los Moyano a comer un asadito. Aquel sábado 22 de agosto era un día hermoso, fresco, con solcito, ideal para juntarse en familia y clavarse un chori, una mollejita, una tirita de asado, un pedazo de vacío, papita al plomo, ensaladas varias, flan, buenos vinos, café, masas finas, algún chocolatito, más café, un lemoncelo, en fin, todo lo que uno puede suponer que morfaron, dado que el almuerzo arrancó a las 12:15 y terminó a las 18:00 horas, según consta en las crónicas periodísticas. Y además sabemos que son toda gente de buen comer. Se les nota.

Para despejar toda duda, está la foto del encuentro donde aparecen algunos de los comensales, juntos, en familia, sin distancia, sin protocolos, sin barbijo, sin nada. Disfrutando chochos como ningún otro argentino podía hacerlo.

En esos días, el “presidente” levantaba el dedito por televisión y nos decía que se había acabado la Argentina de los “vivos” y de los “estúpidos”, y que iba a hacer cumplir las normas de aislamiento “por las buenas o por las malas” (todo esto dicho textualmente en un programa por Telefe).

Esta historia del cementerio es similar a la que vivieron cientos de miles de argentinos durante el año pasado. Y millones más, en tantos otros aspectos. Mientras no dejaban que un padre viajara en su auto para despedirse de su hija agonizante, ellos se juntaban a morfar asaditos en familia.

La primera reacción de un ciudadano frente a este combo es indignarse. Últimamente, la indignación es lo que más sale. Sin embargo, otra vez se nos presenta la oportunidad de ser piadosos y ver los conflictos de una manera más comprensiva.

No dramaticemos. El “presidente” haciéndose el guapo por televisión y amenazando a los que violaban la cuarentena no es ni más ni menos que la síntesis de un chanta. El asadito familiar con los Moyano, en pleno momento de máxima restricción, es la representación exacta de lo trucho. Y la fotito que se sacaron es la prueba de que son unos salames porque sin la foto, nadie se avivaba. En todo caso, nos íbamos a enterar más adelante, como está pasando ahora con otros episodios similares.

Cuando el presidente dice “tenía que seguir gobernando a un país… ¿que querían? ¿que me quede con los brazos cruzados?”, eso lo entendemos todos. Lo que tiene que explicar son los asaditos, las reunioncitas al pedo y los cumpleañitos. Cuando dice “no hay nada peor que explicar lo que uno no hizo” tiene toda la razón del mundo, siempre y cuando no lo haya hecho. Pero los salames se sacaron la foto. O sea que algo hay que explicar.

¿Hay alguna manera de justificar esto? Ninguna. No insistan porque no hay refutación posible. A esta altura, solo les cabe salir por televisión y decir: “Nosotros, los genios del mundo, pedimos perdón”.

Si la encararan así, podríamos perdonarlos. Al fin y al cabo lo que hicieron es solo una truchada más de las tantas que hacen, y que trascendió porque son unos salames. Nada grave. Piden perdón y listo.

En cambio, lo que si es grave es el tema de la vacunación. Ahí si, caramba, estamos en problemas.

¿Que necesidad tenía el “presidente” de salir a decir, en su discurso del viernes, que estamos entre los 20 países que más vacunaron? Lo dijo clarito y convencido, como si fuera cierto. Y encima estaba leyendo. ¿Quien habrá sido el salame que le escribió el discurso? La tarea de desenmascarar impostores es reiterativa pero a veces no queda más remedio. Desenmascaremos pues, una vez más.

Según las rigurosas estadísticas que publica el NY Times minuto a minuto, no estamos entre los 20 como dijo Alberto sino que seguimos en el puesto 54, con exactamente 75 dosis aplicadas cada 100 habitantes, 57% de la población con una dosis y 18% con dos.

Lo grave del tema es que, en realidad, si tomamos la cantidad de personas realmente vacunadas con las dos dosis, estamos en el puesto 75 del mundo con solo el 18% de la población completamente vacunada. Arriba nuestro, en el puesto 74 y con el 19%, está precisamente Rusia.

Esto explica porque nuestros truchos no consiguen la segunda dosis de la vacuna rusa y están haciendo malabares científicos: ¡porque la segunda dosis de la vacuna rusa no la tienen ni los rusos! Alberto compró autos que tienen las ruedas de adelante pero no tienen las ruedas de atrás. Las vacunas de Alberto son un auto parado sobre dos tacos de madera. Obviamente, al final van a conseguir las otras ruedas, pero tarde. Muy tarde.

Es evidente que si la Argentina estuviera entre los 20 países que más vacunaron, como dijo el “presidente”, no tendríamos 105.000 muertos.

Esto si es muy grave porque todos sabemos que había otras vacunas disponibles que no se compraron por razones que algún día van a tener que explicar ante un juez, sentados en un banquillo de frente a la sociedad, estampados contra la historia.

Corrijo. Esta última frase demuestra que uno también es un salame

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