LO NOMBRO COMO OMAR, POR RESPETO. FICCIÓN REALÍSTICA.

Omar había tenido sueños premonitorios, que le venían anunciando lo que finalmente se produciría, pero que nunca supo descifrar. Soñaba frecuentemente que entraba en un túnel sin salida o que desesperadamente no encontraba la salida de aquel laberinto que estallaba en una sobresaltada pesadilla.

Un día se levantó cabizbajo y le contó a su compañera que había tenido uno de los sueños más nítidos de su vida. Soñaba que dentro de un pozo cavaba permanentemente hasta llegar al centro de la tierra, para seguir cavando recorriendo todo el diámetro que lo llevara al otro extremo del planeta. Cunado atravesaba el centro sentía que se quemaba con toda esa masa ígnea, como si estuviera atravesando el infierno. Le llamó la atención aquellos adelantos de la realidad que presagiaban lo que finalmente ocurriría y en el transcurso de lo que le restaba de vida, cuando podía pensar analizaba profundamente el sentido de ese futuro anunciado, inexorable e irrevocable como la vida misma.

Esa inevitabilidad de lo que se anuncia a través de los sueños para que uno no pueda sortearlas, se terminaban convirtiendo en otras de las tantas muecas irónicas del destino. Él recordaría siempre aquellos sueños enigmáticos que no lograron convencerlo de que el cerebro o el inconsciente tiene millones de años acumulados como para decodificar el “presente mediato” o futuro inmediato. Omar nunca imaginó que se convertiría en uno de los tantos anacoretas del desierto que durante años son expuestos por propia voluntad, a las profundidades de la soledad de los pozos, donde el único contacto es un conducto para recibir alimentos y retirar los excrementos. También se acordaba de aquel que cuando le llego el turno de abandonar el pozo después de haber permanecido allí durante años, al romper la bóveda, los rayos del sol le quemaron la vista y quedó ciego.

En sus horas más amargas, también se acordaba de Alfred Hitchcok, maestro del cine del terror cuando en una de sus películas argumentaba la forma que un reo hizo un trato con el sepulturero para hacerse pasar por muerto, hasta que lo enterró vivo con la promesa de que posteriormente lo desenterraría. El horror comenzó con la desesperación del incauto cuando encendía fósforos mirando la hora esperando la pala salvadora, pero para esos momentos el sepulturero ya se había ido del lugar entre carcajadas y burlas. Pero el chiste macabro no terminaba allí porque el enterrado vivo ante la desesperación y el movimiento que generaba, logró romper uno de los costados del ancho cajón, apareciendo un muerto en estado de descomposición, compañía siniestra y catedrática sobre el sadismo de los seres humanos. Todo aquello lo recordaría Omar durante mucho tiempo y hasta creyó corporizarse fantasmalmente en esos personajes.

En los primeros tiempos no podía pensar, le costaba respirar, no comía prácticamente nada, solamente bebía agua y recordaba a Papillón  cuando en una situación parecida se alimentaba de cucarachas. Mientras mantuvo intactos el orgullo y el amor propio de sentirse íntegro, conservando la esperanza de salir, luchaba para tejer una estrategia, una coartada, algo que lo liberara de aquellas tinieblas. Pero el paso inexorable del tiempo y el propio desgaste físico y psicológico lo amilanaron de tal forma que ya no reaccionaba cuando desde el borde del pozo, caía sobre su cabeza un fuerte chorro de orín que empapaba de miseria humana lo poco que le quedaba de autoestima.

Degradado y torturado hasta el cansancio, mal comido y durmiendo pedazos de tiempo, lentamente se fue deteriorando hasta sentirse como aquel insecto de Kafka cuando a través de una cruel metamorfosis ya no se sentía humano. Era como cualquiera de las alimañas que recorrían su cuerpo. Se había impuesto en un mutismo que lo hundía más en ese precipicio sin fondo, como se lo presagió el sueño cuando atravesaba la tierra perforando el averno. No hablaba , no contestaba, , solamente aullaba cuando la picana le perforaba las zonas más lastimadas y sin embargo por el hecho de no ceder ante las concesiones que le pedían, le daba algo de valor para continuar acoquinado pero con la consigna de morir de pie y con la cabeza erguida como los caballos árabes.

En el curso de esos meses, Omar, descendió a varios estadios hasta alcanzar los yacimientos más profundos del sufrimiento humano. Cuando fue secuestrado , enceguecido con una venda  y sumido en un lugar desconocido, no imaginaría tantas caídas de su propio Vía Crucis. Las primeras semanas se inmolaba en un dolor agudo cuando se le representaban los suyos, eran los rostros sufrientes de su esposa de sus hijos y de quienes lo amaban. Todos desfilaban en su corazón atormentado y se revolvía en el autocoloquio  de pretender cambiar la realidad aciaga que desembocaba cuando dormía en sueños de libertades engañadoras, producto del deseo inmenso de salir de ese lugar de una vez por todas, Y para siempre reencontrarse con sus seres queridos.

No le importaba su propia vida, y así lo estaba escribiendo en el diario que luego de su muerte se encontró en el lecho de su muerte, sino la angustia de saber que los suyos lo estaban buscando y lo estaban esperando. Cuando sufría intensamente como lo experimentaba la soledad de su alma, transpiraba copiosamente y se impuso el código de cierto desahogo a horario, porque todos los días, aproximadamente a las 3 de la tarde, de aquel mundo al tanteo, sin calendario, día ni noche; comenzaba a gemir en silencio hasta alcanzar como si fuera un tenor del espanto, el llanto desencajado y cruel de quien le clamaba a Dios que lo sacara de ese lugar horrible. Durante dos meses lloraba todos los días casi a la misma hora, hasta que sus lamentos se fueron apagando con la pérdida de energías por el estado en que su ser iba quedando. Era como una necesidad fisiológica impuesta para llorar sin dejarse morir y aún cuando la tentación invadía su alma para pedir a Dios que le enviara la muerte, luego se acusaba con grandes sentimientos de culpa por estar pensando solamente en él y no en todos quienes lo amaban y lo esperaban.

Después de las lágrimas que un día también lo abandonaron, sobrevenían cortos lapsos de cierta euforia y buen ánimo, era como si su ser sacara recursos para seguir creyendo que la vida tenía la obligación de ser vivida sin temer  que hubiese causas para que todo terminara. Sin embargo el impulso por reaparecer sobre una nueva corteza anímica, era producto de su estado mental y cuando rezaba y terminaba creyendo  que aquel infierno algún día terminaría no podía evitar el pesimismo que lo llevaba al fatalismo de pensar que todo estaba terminado.

Después de tantas sesiones de tortura para sacarle información sobre estrategias militares, nombres y direcciones, él seguí tozudamente guardando silencio en un mutismo inquebrantable, para decir solamente , non posso, non debbio, non voglio. Durante mucho tiempo estas palabras fueron rutina para él como para sus torturadores.

Después vino el tiempo cuando los insurgentes cambiaron de estrategia para obtener algo de información porque el tiempo pasaba, el detenido se deterioraba irreversiblemente y no había resultados concretos. Además no faltaba el odio visceral de uno de los secuestradores que cuando estaba solo, sistemáticamente se ponía a orinar sobre la humanidad del militar que desde el pozo no tenía escapatoria al chorro de meada que caía a propósito en forma de lluvia. Esta práctica la venia haciendo desde el día que a Omar lo metieron en ese pozo y no dejó de hacerlo, inclusive en los últimos tiempos, siempre que estaba solo y le venían ganas, también defecaba sobre el cuerpo del secuestrado.

Sin embargo Omar, aparte de no saber absolutamente nada de lo que estaba sucediendo en el mundo exterior, reducido al hermetismo de su pozo, tampoco hubiera sospechado que los mismos militares estaban demonizándose, asesinando, secuestrando, matando sin juicio previo y haciendo desaparecer a miles de personas inocentes. Además, suponía que quizás creyesen que él se había quebrado ante la tortura y seguramente habían cambiado todos los códigos y tácticas contra el enemigo, por lo que deducía cabalmente que su vida ya no le servía a nadie.

Llegó un día cuando lo sacaron del pozo, pero no fue para torturarlo como se lo hacía sistemáticamente, actitud que lo sorprendió. Entonces escuchó la voz de un subversivo que trató de sacarlo de su testarudez, según él, disfrazada de heroísmo.

Le decían, Ud, es una persona valiosa, porque no cualquiera tolera lo que viene padeciendo. Deponga su actitud, porque nosotros también tenemos secuestrados, torturados y desaparecidos. Esta es una revuelta sucia, si nos dala información nosotros nos sacamos el peso de tenerlo aquí con vida y en estas condiciones. Lo tiramos en cualquier calle de Buenos Aires y cada uno a lo suyo.

Pero Omar descreía de todas aquellas ofertas porque intuía que les convenía matarlo una vez que le sacaran algo de lo que jamás iba a confesar, pero por primera vez durante meses se animó a decir: Déjenme aclara ideas y mañana hablo.

¡Perfecto! Dijeron, ha entendido el mensaje, bañen y denle ropa limpia al coronel y que tenga una buena cena.

Por primera vez luego de mucho tiempo Omar tenía sensaciones distintas por lo menos no se rascaba tanto las picaduras ni le dolían tanto las heridas ulceradas. Quizás sus penas tuvieron la vaga ilusión de que lo iban a abandonar. Estuvo pensando durante la noche si valía la pena hablar porque de todas maneras la información que tenía habría caducado y así estuvo divagando si no era necesario hablar cualquier cosa con tal de probar suerte y lo liberaran aunque sea con la muerte, actitud que le traía nuevamente sentimientos de culpa. De lo contrario seguiría en ese serpentario maldito sin posibilidades de cambiar la situación.

A la mañana siguiente cuando lo interrogaron pidió otro día más porque aludió estar muy confundido, por la desmemoria y otras excusas. Así le concedieron otro día y otro día más y logró pasarla mejor y que no lo interrogaran pero el artilugio llegaba a su fin. Cuando el lunes siguiente fue interrogado y continuó con la sanata de la mañana siguiente, hasta que sus raptores se sintieron burlados y lo picanearon como nunca antes lo habían hecho, de esta forma el estado de Omar que se había mejorado en esos días cayó nuevamente en un aspecto cadavérico. No comía y desde arriba le gritaban que comiera o le iban a meter la comida por el culo.

A partir de ese momento entró en otros estados psicológicos, mientras la calle estaba sorda al clamor sufriente de extremos ideológicos. Había victimarios y víctimas, miedo sometimiento y negación de aquel espanto reprimido. Pero negar, es prolongar.

No me dejan vivir y no me dejan vivir, decía Omar.

Sus últimos tiempos conllevaban cierta paz que expresan los moribundos y mientras ya o sentía los dolores, se pasaba casi todo el tempo escribiendo su diario al cual lo guardaba celosamente para no ser descubierto en uno de los pasajes escarpados del túnel convertido en su hogar desde hacia muchos meses.

En su libro hacía hincapié en lo mucho que amaba a los suyos y le había dedicado espacios especiales para cada uno de sus hijos, de su mujer y de algunas personas que consideraba importante tener en cuanta. Ahí contaba que nunca pudieron sacarle un solo nombre, una sola dirección, al menos un dato donde él hubiera comprometido la vida de alguien y lo escribía con orgullo porque relataba era lo único y mejor que podía heredar a sus hijos. En su diario cotaba que la historia juzgaría aquellos acontecimientos pero por las dudas, el moriría con la conciencia en paz de haber hecho lo correcto y que ponía como ofrenda su vida y su martirio en pos de que el futuro de la Argentina no repitiera los errores del pasado.

La muerte le llegó un día cuando debieron bajar para subir el cadáver y rápidamente abandonaron el lugar porque tenían información de que estaban próximos a ser descubiertos. De todas maneras para Omar ya sería irremediablemente tarde porque había perdido más de cuarenta kilos, estaba irreconocible y nadie nunca sabrá, aunque lo diga en su diario, el suplicio que debió soportar solamente por haber pertenecido a otra opinión

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