La última ocasión en que Susana Freydoz (69) se vistió y maquilló con cuidado y elegancia para una fiesta fue la noche del 31 de diciembre de 2011. Ese mismo día, con el Año Nuevo ya en marcha, la mujer terminaría disparándole a su marido, Carlos Soria (62), flamante gobernador de Río Negro.

La historia de celos obsesivos, los años de hostigamiento mutuos, la furia de sus discusiones con amenazas de asesinatos y suicidios, constituyen parte de la historia tantas veces relatada.

A 10 años de aquella cena con desenlace fatal, Freydoz permanece hoy en la casa de una prima en Neuquén, con prisión domiciliaria y tobillera electrónica. No es ni remotamente la mujer que un día fue, cuentan a Clarín quienes la han visto. Freydoz siempre se mostró preocupada de su apariencia. Amante de las cremas caras, de los cuidados de su pelo, también dedicaba tiempo al ejercicio físico. Aquello perdió importancia.

Otros tiempos. Freydoz y su marido, Carlos Soria. Foto Archivo

Otros tiempos. Freydoz y su marido, Carlos Soria. Foto Archivo

Al principio, para la familia y sus mejores amigos, representó una dramática contrariedad entender que, en algún punto, Freydoz no había tomado conciencia de lo sucedido. Que había matado a su marido con una 38, que había sido condenada a 18 años de reclusión, que ya no caminaría por el Canalito de General Roca, que no recorrería los frutales de su lujosa chacra en Guerrico, en la que quedó fulminado Soria sobre una cama, que dejaría de ver a sus nietos cuando quisiera.

Y, finalmente, que su marido no sería gobernador ni ella Primera Dama, cumpliéndose de un modo tortuoso el deseo de su esposo de no llevarla a Viedma para vivir con otra mujer mucho más joven.

Algo en su mente se había quedado detenido. Esto explica que al ser llevada a principios de 2012 al pabellón psiquiátrico del hospital de Cipolletti todavía se quejaba por la escasa atención y la falta de máquinas para entrenar. Las enfermeras no la tenían entre sus pacientes preferidas.

Todavía hoy Freydoz no menciona “la macana” frente a sus hijos o los miembros de la Justicia que van a entrevistarla. Porque ella le dice así, “la macana”. Como si el homicidio hubiera caído del cielo.

La mirada perdida de Susana Freydoz, durante una de las audiencias del juicio en su contra. Foto Archivo

La mirada perdida de Susana Freydoz, durante una de las audiencias del juicio en su contra. Foto Archivo

Funcionarios judiciales y conocidos comentan a este diario que Freydoz, al referirse al asesinato de su marido, balbuceaba palabras como “fue el instante”, “el momento”, “pasó muy rápido”, lejos de poder elaborar una explicación más coherente. “Hoy, con la perspectiva de género presente, Freydoz hubiera recibido una pena bastante menor”, opina una autoridad judicial.

Su estado en la actualidad es calificado como “malo y empeorando”. Toma cuatro tipos de medicamentos entre antidepresivos, antipsicóticos y calmantes.

En su período de prisión, los funcionarios judiciales que iban a controlarla la descubrían muchas veces con el pelo revuelto, la mirada perdida y las ropas descuidadas. Incapaz de hablar.

En la última etapa en el Penal Federal de Ezeiza estudió materias de Sociología en un programa de la UBA y aprendió técnicas de artesanías. Pero la caída hacia lugares oscuros jamás dejó de estar presente.

En la noche del 12 de enero de 2020, fue trasladada desde esa institución hacia el domicilio de una prima en Neuquén capital. Es una casa cómoda aunque alejada del confort que supo disfrutar Freydoz en la época de dueña y señora de la chacra de Guerrico. Ese predio hoy está deshabitado.

Martín Soria, hijo de Freydoz y candidato a ocupar el Ministerio de Justicia, durante el juicio a su madre. Foto Archivo

Martín Soria, hijo de Freydoz y candidato a ocupar el Ministerio de Justicia, durante el juicio a su madre. Foto Archivo

Una vez por semana, su hija, María Emilia Soria –intendenta de General Roca y ex diputada nacional peronista–, le lleva a sus hijos y en ocasiones a los de su hermano Martín. El diputado nacional, y unos de los candidatos que suena para convertirse en el nuevo ministro de Justicia de la Nación, la visita un poco menos, porque pasa tiempo entre el Alto Valle y Buenos Aires. También es cierto que Martín Soria alguna vez reconoció que no sabía si iba a perdonarla por lo que hizo.

“Creo que llevar a mis hijos para que los vea es una forma de perdonar”, ha dicho Soria. “No puedo perdonar la pérdida de mi viejo, pero sí perdonarla a ella”, ha explicado en una rara conjetura emocional.

“Se habría matado en el mismo instante en que disparó a su marido si no es porque llegaba su hija”, indica una fuente de la investigación. “Ahora yo, yo”, se le escuchó gritar a Freydoz, palabras más o menos, mientras María Emilia le quitaba el arma y la encerraba en un baño.

Freydoz en una audiencia, acompañada por su hija María Emilia. La actual intendenta de General Roca va a visitarla con sus hijos y sobrinos. Foto Archivo

Freydoz en una audiencia, acompañada por su hija María Emilia. La actual intendenta de General Roca va a visitarla con sus hijos y sobrinos. Foto Archivo

En la cama agonizaba su esposo. Tenía una pequeña herida en el pómulo y debajo una mancha roja que se extendía sobre la tela blanca. Curiosamente, el cuerpo de Soria parecía el de una persona durmiendo. De su piel todavía caían alguna gotas de agua que le habían quedado de su reciente chapuzón en la pileta. Afuera el aire estaba fresco y limpio. El aroma a tierra del desierto cercano suele crecer en las madrugadas del Alto Valle.

“Ella ha pasado mucho tiempo fuertemente medicada, ida. Lo que la mantiene todavía aquí es la ilusión de ver a sus hijos y sobre todo a sus nietos. Su vida se fue con Soria, ser gobernador no era una meta de él sino de los dos, los dos iban a llegar a la gobernación, como pareja”, explica alguien que la ha frecuentado.

El 18 de abril de este año, Freydoz cumplirá 70 años. Una ocasión nueva para celebrar un número redondo. Tal vez entonces recupere una fracción del ímpetu que la caracterizó. De su sonrisa de propietaria de “todo lo que alcanzan a ver tus ojos”. Llegarán sus nietos y con ellos sus hijos, los testigos de la secuencia que siguió al crimen, y acaso ella se permita mostrarse maquillada y con un lindo vestido. A pesar de la sombra de la tragedia que cubre su existencia, no todos los días se alcanzan las siete décadas.

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