La gente se te arrima con su montón de penas

Y tú las acaricias casi con un temblor…

Te duele como propia la cicatriz ajena:

Aquél no tuvo suerte y ésta no tuvo amor.

Me tomó 2 horas 15 minutos ver esta película y de puro guapo el mismo tiempo para volver a ver esta obra majestuosa, inmensa y tan “autorreferencial”. Filmada en Korea del sur y arrasadora de todos los premios. Mi interpretación: una familia indigente compuesta por padres y dos hijos adolescentes viven en los suburbios. No tienen proyectos, siempre les cortan los servicios y roban WI FI de una pizzería. La necesidad agudiza el ingenio y la picardía opera, entonces comienzan a invadir a una familia de la clase social más elevada.

El joven se hace pasar por maestro hasta enamorar a la adolescente. La hermana se mimetiza de psicóloga y comienza a atender al niño que ha visto un fantasma y con argucia se saca la bombacha dentro del automóvil y la deja en el asiento trasero; donde se sienta el dueño para que él sospeche que el chofer ha tenido relaciones en ese lugar. No soporta el olor del calzón, pero lo huele. Los dos hermanos convencen a los dueños de casa que hay que cambiar el chofer y subliminalmente lo meten a su padre.

Ahora el padre es chofer, el hijo profesor y la hija psicóloga, todos falsificados. Persuaden a la dueña de que la cocinera, alérgica a la pelusa del durazno es un peligro contaminante; la echan y ocupa el puesto la esposa y madre de este cuarteto de chantas. Empiezan a gozar de las mieles de la riqueza.

Los dueños de casa profesan el bostezo de los que tienen de más. El aburrimiento de los instalados sin desafíos, fatalmente aburguesados. Si los invasores ahora tienen de sobra lo que carecen, estos adinerados son carenciados por abundancia. La era tecnotrónica, la vida digital los empalaga de días iguales. Sin apremios a la vista, no viven, son vegetales adormilados. Claro mensaje: los revenidos, los que están en el subsuelo de la vida, los desahuciados padecen el mismo sopor de quienes están en la gloria derretida. En la sima y la cima, observamos que los extremos se tocan.

Aquí nunca existirá la empatía como refiere el tango: “me duele como propia la cicatriz ajena”, porque cuando piden clemencia como sucede con la pandemia, se encuentran con la indiferencia de las estatuas mojadas por la lluvia. Seguimos viendo la película. Los invadidos se van de campamento y los indigentes provisionalmente ocupan su lugar.

El chofer se desplaza como un dandi, el hijo hurga el diario personal de su alumna, la psicóloga y la madre igual. Golpea la puerta ante el estupor de todos, la empleada echada y pide que la dejen entrar porque se olvidó algo en el sótano. Baja, es una guarida despensa que parece una fortaleza y ante la demora, van y se encuentran con el fantasma. Es su marido, ahí lo tiene desde hace 4 años, escondido, psicótico, creador de su propio mundo. Otro mensaje, del boom de los celulares, él se comunica con el código morse. Hay peleas, los reducen. Prematuramente los dueños vuelven porque es un diluvio.

Al día siguiente sale el sol. Los dueños se dan el lujo de burlarse de las clases bajas inundadas y en el patio paradisíaco dan una fiesta invitando a sus iguales. Desatándose la tragedia.

Parecidos y conclusiones. Quienes son los parásitos?. Los indigentes que manipulan, se instalan y se resienten. Los dueños porque si bien pudientes, por falta de empatía y de proyectos, se hunden en la dolce vita, y también los que viven en el subsuelo, ya que viven de arriba de los que están arriba de ellos. Otro mensaje fantástico. El desprecio por el olor de las clases sociales bajas. El niño denuncia que el chofer y la cocinera tienen el mismo olor.

El jefe de familia le cuenta a su esposa que el nuevo chofer tiene olor, es un olor especial dice, que se percibe en el subte. Cuando le hace el amor a su esposa en el sillón le pide que se ponga la bombacha que dejó la psicóloga en el auto: porque ese olor me mata de placer; como expresando es olor de puta. En mis años de movilero yo he podido percibir esos olores: la pobreza tiene un olor especial, la miseria otro, el manicomio tiene su olor, como los hospitales y el que más me conmovía era el olor que sentía cuando tenía que hacer notas en la cárcel.  Y el olor de la cárcel de mujeres me llegaba hasta el alma.

Entonces vuelvo a lo autorreferencial, son parásitos los dirigentes duracel, porque nunca se van, son parásitos desde la oligarquía vacuna hasta los famosos gordos de la CGT, son parásitos los miles de asesores de nada y viven de arriba, son parásitos los estudiantes crónicos, que no se reciben en la puta vida, son  parásitos los presos reincidentes, los actores subsidiados que viven viajando a Miami y ahora se quejan porque no hay laburo no hay plata. Parásitos los que reciben planes y se niegan a trabajar, los que lucran con la Asignación Universal por hijo, ocupando el dinero para vivir sin laburar. Echan olor tanto los de arriba como los de abajo.

Estamos llenos de parásitos, recordemos para dar un triste ejemplo, el hijo del ex ministro Herman Gonzáles que se jubiló de privilegio a los 28 años. Parásitos son embajadores, cónsules, agregados comerciales, que no saben el idioma del país donde van y nunca hacen negocios para el país. Son parásitos de la alta sociedad los que pertenecen  a empresas, industrias que viven del estado, muchas veces adquiriendo obras sin licitación. Como el que le construyó la casa a un ex gobernador a cambio de la adjudicación directa sin licitación de un barrio. Nadir, la parte más baja y cenit la más alta de las sociedades, si constituyen parásitos tienen el mismo olor a bosta.

Hegel sostiene que la historia se presenta como tragedia y luego como comedia. Aquí es al revés porque la comedia del chantaje termina cuando el psicótico del subsuelo logra escapar, sale al patio y ante el estupor general le clava un cuchillo en el pecho a la dueña de casa quien llevaba la torta, el dueño con el chofer, que idearon los mismo pero como parodia observan horrorizados, la cocinera le atraviesa el cuerpo con un hierro caliente al psicótico, quien ya había cortado un brazo a la alumna.

Todos corren hasta que el chofer quien ya no aguantaba tanto resentimiento por el tema del olor, le atraviesa el corazón con un cuchillo al dueño de casa. Y se esconde para siempre en el sótano que ocupó el anterior “huésped”. Desde ahí se comunicará con el hijo a través del código Morse. Ambos alimentarán la ilusión de que un día comprarán esa casa para vivir como lo hizo la familia de la alta sociedad. Una utopía. Y ucronía, lo que podría haber sido y nunca fue.

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