LA CONDICIÓN HUMANA VISTA DESDE UN PARTIDO DE TENIS.

 

La imaginación es reclamada constantemente por la realidad menesterosa que  apela a la novela por la perplejidad del mundo. El mito hace su irrupción cual  dragón que repta como las serpientes pero puede volar como el cóndor. Entonces nace la pretensión, ante la asimetría del avance tecnotrónico sobre lo axiológico, hay que apuntar hacia la turbulenta condición humana que paradójicamente en la era de las comunicaciones, tiene mala prensa.

Sirva de orientación al lector, el siguiente capítulo de Ferdydurke la obra de Witold Gombrowicz, que a mi criterio, textualmente, sería uno de los mejores retratos sobre la naturaleza homínica y femenina. La violencia de género, individual y estructurada desde los sistemas perversos, están produciendo regresiones alarmantes; ahora entre otras lacras ha aparecido la figura del femicidio. Entonces la existencia está en peligro cuando la vida, el mundo y el planeta han comenzado a dispersarse.

FILIMOR FORRADO DE NIÑO

A fines del siglo XVIII, un campesino, nacido en París, tuvo un niño; y este niño a su vez tuvo un niño, y este niño a su vez tuvo  un niño y luego hubo otro niño…y el último niño (como campeón mundial) jugaba un partido de tenis en la pista principal del Racing Club parisiense, dentro de un ambiente de enorme tensión y con el acompañamiento de incesantes y espontáneos truenos de aplausos.

Sin embargo (¡qué locamente traicionera es la vida!), cierto coronel de Zuavos, sentado en la tribuna lateral, de repente envidió el embriagador e impecable juego de ambos campeones y, ansioso de lucir sus posibilidades frente a los seis mil espectadores (tanto más cuanto que a su lado estaba su novia)…, disparó de improviso su revólver contra la pelota que volaba entre las raquetas. La pelota reventó y cayó.  Los campeones, privados así de la pelota, trataron durante algún tiempo de golpear contra las raquetas en el vacío; mas, viendo lo absurdo de sus movimientos sin objeto, se enzarzaron a golpes. Un trueno de aplausos se dejó oír entre los espectadores.

Y con eso, seguramente hubiera terminado el asunto. Pero acaeció también la circunstancia imprevista de que el coronel, en su excitación, olvidó, o a lo mejor no prestó bastante atención (¡cómo hay que prestar atención!) a los espectadores sentados en la tribuna del frente, llamada “tribuna solar”. Le pareció, no se sabe por qué, que la bala, después de atravesar la pelota, debía terminar su trayectoria; empero por desgracia, no la terminó…y en su carrera ininterrumpida alcanzó en el cuello a cierto industrial-armador. ¡La sangre brotó de la arteria atravesada!. La esposa del herido, bajo la primera impresión, quiso echarse sobre el coronel, quitarle la pistola, pero como no podía (estando aprisionada por la muchedumbre), aplicó sencillamente una bofetada a su vecino de la derecha. Y se la aplicó porque su indignación no podía explotar de otro modo y porque, en los más íntimos rincones de su subconsciente (dejándose guiar por una lógica puramente femenina), creía, que como mujer, podía permitírselo todo.

Se puso en evidencia sin embargo, que no era del todo así como se imaginaba, pues el abofeteado (¡qué inciertos son nuestros cálculos, qué imprevistos nuestros destinos!) era ni más ni  menos que un epiléptico secreto en estado potencial. El infeliz, bajo la conmoción producida por la bofetada, cayó en un ataque estallando como un géiser en convulsiones. ¡La desgraciada se encontró entre dos hombres, uno de los cuales echaba sangre y el otro espuma!. Un trueno de aplausos se dejó oír sobre el público.

Y entonces un caballero, sentado al lado, en un acceso de pánico, saltó sobre la cabeza de una dama que estaba sentada más abajo, la cual se irguió y abalanzó, saltó sobre la pista y lo arrastró en loca carrera. Un trueno de aplausos estalló entre los espectadores. Y así seguramente hubiera terminado el asunto. Sin embargo ocurrió todavía (¡todo, todo habría que preverlo, todo tenerlo en cuenta!) que no lejos estaba sentado cierto humilde soñador-jubilado que desde hacía años, en todos los espectáculos públicos, soñaba con saltar sobre las cabezas de las personas colocadas más abajo y sólo se contenía con esfuerzo. Arrastrado por el ejemplo, sin más tardar saltó sobre la dama que estaba sentada más abajo, la cual (era una empleadita recién llegada de Tánger), creyendo que así convenía, que era justamente lo correcto, que eran ésas las costumbres del gran mundo…también se abalanzó, tratando de no demostrar ninguna timidez en sus movimientos.

Entonces la parte más culta del público empezó a aplaudir con tacto para disimular el escándalo delante de los representantes  y delegaciones extranjeras. Empero, también eso fue mal interpretado, porque la parte menos culta del público tomó los aplausos como señal de aprobación….y también cabalgó sobre sus respectivas damas. Los extranjeros mostraban un asombro cada vez mayor. ¿Qué quedaba por hacer, pues a la parte más distinguida de la concurrencia?. Para disimular el escándalo, también cabalgó sobre sus damas.

Y, casi seguramente con eso hubiera terminado todo. Mas entonces un tal marqués de Filimor, sentado en el palco con su esposa y la familia de su esposa, de repente se sintió Gentelman; salió al medio de la pista con un traje claro de verano, pálido pero decidido, e inquirió con frialdad si alguien, y quien, precisamente quería ofender a la marquesa de Filimor, su esposa. Y arrojó a la cara de la muchedumbre un puñado de tarjetas de visita con esta inscripción: “ Philippe de Filimor” (qué cuidado debemos tener!,! qué difícil es la vida!, ¡qué peligrosa!). Y reinó un silencio de muerte.

Y, de súbito, no menos de treinta y seis caballeros comenzaron a acercarse a la marquesa al paso, montados a pelo sobre mujeres de raza, de tobillo fino, para ofenderla y sentirse gentelman, en vista de que el marqués, su esposo se había sentido gentelman. Pero la marquesa (¡no por Dios, que loca, que loca es la existencia!), por el susto abortó ¡y el vagido de un niño se sintió a los pies del marques, bajo los cascos de las mujeres piafantes!.

El marqués, de improviso forrado de niño, dotado y complementado de niño, mientras actuaba en forma particularmente adulta y como un gentelman, se avergonzó y se fue a su casa mientras un trueno de aplausos se oía entre los espectadores.   

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