La luz de las crueles provincias, podría haber dicho el difunto y entrañable escritor jujeño Hector Tizón, brilló siniestra y ciertos rayos artificiales aurolearon la violenta figura de Milagro Sala. Pero fue al revés. Son las luminarias progresistas de la capital las que se enfocan en ella y la beatifican, como si fuera el fantoche reencarnado de Tupac Amaru. La defienden y la describen como víctima propiciatoria de un malévolo plan para desgarrar sus alas de Santa.

Milagro Sala no solo está procesada, envuelta en abrumadoras pruebas por corrupción, por manejos discrecionales de fondos públicos y por agresiones diversas y concretas, sino que ahora es ariete de una locura repetida en favor de ella y junto otros embusteros. Milagro y los demás delincuentes convertidos en víctimas del lawfare, esa coartada retórica y retorcida para evadir los hechos más aberrantes.

Ahora, como es sabido, la Corte Suprema confirmó su condena por amenazar a policías.

Aumento así la inquina planificada del kirchnerismo contra el alto tribunal al que no trepidan en calificar de basurero de la democracia.

Sala está también en el ojo de la justicia por agredir e instigar agresiones de toda laya y siempre graves contra dirigentes que no se le sometían, y por el mayor desfalco cometido por ella y la Tupac Amaru; la causa “Pibes villeros”, donde detrás de la solidaridad habrían encubierto robos siderales del dinero público de por lo menos 60 millones de pesos, más allá de extorsiones y aprietes al por mayor.

Y hay mucho más; esclavitud sexual a la que sus cercanos habrían sometido a colaboradoras que, aterradas aún, sufren la estremecedora falta de sensibilidad porteña y oficialista frente a los abusos más siniestros y perversos.

La ministra de Seguridad Sabina Frederic, apologista histórica de Milagro Sala, sostiene claro la doctrina de lawfare, pero mientras se exhibe benevolente y grandilocuente defendiendo a la jujeña, Úrsula Bahilo murió acuchillada y desangrada. Acuchillada como si fuera una bolsa vacía por Matías Ezequiel Martínez, su “pareja”, un policía.

Uno de cada cinco femicidios en la Argentina es perpetrado por un integrante de las fuerzas de seguridad. Es del más urgente dramatismo resolver ese drama, Sabina, mucho más que militar el show en favor de la condenada Milagro.

Hay un mar de fondo. Lo hay con turbulencias subterráneas y volcanes incubando lavas hirvientes: la inflación creciente, la economía atenazada, la inseguridad de siempre y peor que siempre, la inacción sobre la seguridad, el Ministerio de las Mujeres Géneros y Diversidad que incluye la E pero no excluye los delitos contra las mujeres, y las vacunas que llegarían a granel pero que no terminan de llegar.

Hay una sensación ─más allá de la militancia ciega─ que se extiende bajo la forma de un escepticismo irritado: la percepción de una clase política gobernante, distante de la gente, blindando su poder y acelerando a fondo con la demagogia.

No todos merecen el mismo sayo, pero lo fáctico y vivencial es que los problemas no se resuelven, que por el contrario se ahondan.

La inflación ─la juzgo tan eterna como el agua y el aire─ desarticula todo proyecto, esclaviza, nos somete a todos corriendo detrás de papeles pintados que se despintan cada día más.

La Argentina es ese país inflacionario en el que hay policías que degüellan mujeres despertando iras eruptivas que parecen anestesiarse luego o disolverse en violencias laterales que no necesariamente determinan la concreción de la justicia real que todos necesitamos.

El país exhibe su rostro partido. Se nos parte la mitad de la cara, creando una plasticidad tallada en dos expresiones simultáneas. Hay una Argentina trágica, sí la hay, envuelta en sangre creciente de los inocentes, de las chicas inocentes, de los robados, de los estafados, de los saqueados y de los asesinados.

Y hay otro rostro de un mismo y bifronte rostro nacional: la solidaridad de muchos, la búsqueda del destino a través del trabajo, la necesidad profundísima de poner en marcha plena a la educación, el deseo de vivir en paz y con dignidad.

Escribo estas líneas frente al mar.

El mar parece ajeno a todo, testigo pasivo y ondulante de los dramas humanos.

Pero hay mar de fondo en el fondo del mar y entre las caracolas marinas argentinas algo vibra con indignación.

Y los indignados no estarán hundidos en el fondo para siempre.

La indignación sube con las mareas.

Y en algún momento los capitostes que estafan a cuatro manos la verán llegar.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here