Es muy curiosa la vocación despótica y nihilista del control militarizado de la calles y de la libertad. El grito histórico para detectar transeúntes infractores es gélido y mortal: “Alto!!! ¿Quién vive?”, deben rugir los guardias.

El problema son los vivos. Vivir es la transgresión.

Y los vivos deben detener su travesía por la vida para congelarse en la petrificación ordenada por los capitanes de lo inerte.

Frente a la vida se ordena “Alto”, frente a las escuelas vivas se determina un alto a la educación, y se lanzan invectivas contra los que nos salvan; los médicos, acusándolos de relajarse, supuestamente por atender cuadros ajenos al coronavirus.

Fue una infamia inolvidable contra ellos.

Se culpabiliza a los niños con discapacidades sentenciando que “no comprenden la gravedad de la situación sanitaria”.

Esa barbaridad fue enunciada, presuntamente,  en una situación de alteración. Pero, ¿se puede caer mas bajo?

Esos niños necesitan vitalmente de la escuela.

Quienes no comprenden son los que frente a su falta de imaginación para curar y resolver, gritonean de diversos modos “alto, quién vive”.

Celadores y preceptoras externas a las escuelas ordenan suspender la educación real.

Lanzan bombas de sofismas para atacar los derechos humanos de los niños.

Por ahora, navegamos por un riachuelo político sin luna ni estrellas que fluye hacia el centro mismo del autoritarismo, azuzando a las patrullas controladoras, que pretenden dominarlo todo cerrando escuelas y abriendo las compuertas para las vacunaciones acomodadas con los dos dedos en V.

Los centinelas detectan la voluntad de vivir y solo tienen una idea en esos cerebros vacíos: encerrar.

Los vigías habitan sus garitas represoras y se caracterizan por aborrecer la educación. Es difícil interpretar otra cosa.

Avanzamos hacia el fascismo del siglo XXI: adoctrinamiento, vigilancia, y dependencia del caprichoso arbitrio de una o de dos personas.  Nadie quiere contagiarse ni enfermarse.

Los padres -¿hay que aclararlo?- no quieren a sus hijos contagiados ni contagiadores.

La intención de suspender las escuelas tras un año de cerrazón es aviesa y generó dentro del panorama oscuro una buena noticia; un sector significativo de la sociedad se manifestó activamente en favor de las escuelas abiertas.

Aunque la baja política insiste con una utopía profundamente regresiva: detener los procesos evolutivos de las mentalidades desde los pupitres hasta el futuro.

La vía muerta elegida confluye en el adoctrinamiento o en el cierre.

Es la pretensión de abolir a Sarmiento quien escribió una verdad primordial: “Todos los problemas son problemas de educación”.

También se impone un alto irracional a la marcha dinámica de la economía exacerbando controles, cepos, burocracias e impedimentos.

Estamos construyendo una Muralla China interior, un Muro de Berlín interior, una cerrazón de la inteligencia y una apoteosis de la desinteligencia.

Si los datos ciertos exigen el cese de las actividades, la sociedad ya demostró que se autocontrola y se confina pese a los costos que eso implica. Pero en estos momentos todo suena a falta de brújula y a vocación atropelladora absurda.

Entre las sombras, como siempre, la vicepresidenta se resguarda del desgaste, y dispone levantar paredes para impedir y para atenazar.

Se divisa esa figura emergente de la baja política: el egoísta dadivoso.

Aquel que desde lo alto de su pináculo ofrece cuidarnos, pero que cuida sobre todo su cetro, aunque sea ilusorio y tutelado por Ella .

El Primer Magistrado cometió un lapsus sugestivo. Afirmó: “A mi se me puede atribuir cualquier cosa menos la vocación de dialogar y de forjar acuerdos”.

En realidad, simula dialogar, pero como se ha comprobado, al final no dialoga.

El fallido no pasó desapercibido.

Y agregó para sumar incertidumbre. “Vamos a liberar camas de otras patologías para enfermos de Covid”.

¿Que va a suceder con esos otros enfermos? ¿Habrá pacientes de primera y de segunda?

“A mi la rebelión no eh”, advirtió. Hay rebeliones que ya ocurrieron: la del Polo Obrero, la de los micros escolares, la de los gastronómicos, la de los Padres Organizados… ¿No volverán a rebelarse?

Se vislumbran brotes de desobediencia civil.

En ese arduo escenario detrás de los telones en ésta ocasión observa todo la egoísta dadivosa: habla en nombre del pueblo, asegura ayudar al pueblo, pero que nadie le toque el dinero mal habido.

La egoísta dadivosa y el egoísta dadivoso establecieron un matrimonio por inconveniencia que se desmorona en favor de Ella.

Y en ese derrumbe, por alguna extraña razón, ambos pretenden arrastrar las aulas, disolviéndose en su propio y enfermo drama destructor

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