La pesadilla universal perfecta de la pandemia insertó los malos sueños en la realidad, los sueños sueños son, pero lo real es una pesadilla, y con la mente atada al desastre, el inconsciente sueña con serpientes o con vacunas que no llegan, o elucubra imágenes reales e imposibles como la que describe el gigantesco escritor rumano Mircea Cartarescu: “La enfermera que me puso la inyección era linda, rubia muy arreglada, pero su sola presencia me hizo sentir pánico… me quedaba esperando la inevitable humedad en la piel que iba a ser martirizada y después el impacto de la aguja clavada en la carne, poniendo siempre buen cuidado en que la punta tocara algún nervio, alguna vena, en hacerte un daño duradero… Por suerte esta enfermera se alternaba en el dispensario con otra, también difícil de olvidar pero por motivos muy distintos y es que en cuanto veías a esta mujer te llevabas un susto de muerte porque carecía de nariz… probablemente era la que mejor mano tenía… no sentía la aguja y volvía a casa animado y feliz”.

Un sueño literario de Cartarescu, que los módicos días de descanso frente al mar permiten leer, o más bien avistar, porque sus libros son inmensos, y la asociación con un mundo en el que llueven vacunas o no llueven nunca, y los temores que crecen y decrecen y los barbijos que ocultan labios y muecas permanecen.

La situación completamente alucinógena pero patente, y aprehensible en la vida psíquica, la enfermera buena, la enfermera mala, las fantasías y un fondo gris que predomina detrás de todos y de cada uno: la incredulidad en los que mandan.

Las escuelas vuelven, volverían ¿Volverán? La mayoría quiere que sí, una minoría que confunde militar con no estudiar pretende que no.

Los maleantes que fueron detectados in fraganti contando a mil manos el dinero que robaban para la Corona argumentan sandeces ante la justicia y nadie les cree, pero los que mandan fueron sus patrones, Y la sociedad eligió a los cleptócratas para administrar el dinero de todos.

La Argentina es una pesadilla dentro de la pesadilla universal. Pero no todo es horrible. Madres y padres argumentaron y argumentan para volver a clases, Insfrán iluminado como una fiera refulgente en su oscuridad cruel por las redes y los medios tuvo que dar un pasito atrás, y eso jamás había ocurrido en su prehistórica jefatura fosilizada pero vigente, el fallo que favorecía a Cristina Fernandez con el cobro apabullante de dos jubilaciones de privilegio quedó en suspenso, debidamente apelado y cuestionado.

No todo es avance de la impunidad. Aunque los intentos de avance son portentosos.

Abrazado a sus amigotes planetarios el gobierno quedó ya descolocado frente a Bidenque hará lo posible por cercar diplomáticamente al narco tirano Nicolás Maduro, en tanto que Vladimir Putin decidió encarcelar a su valiente opositor; Alexei Navalni. Como dato de color cabe apuntar que el doctor Sergei Maximishin, uno de los médicos que atendió a Navalni cuando fue envenenado, ha muerto súbitamente. Algunos amigos de la Vicepresidenta son así. Se les mueren los amigos de sus enemigos. ¡Qué mala suerte!

Aquí, a la vez, las convulsiones nunca cesan.

El campo por supuesto levanta vibrantes y expectantes sus antenas ante la eventualidad de mayores retenciones, la política dentada con voracidad y temor de derrotas factibles colocó a un juez militante en la justicia electoral bonaerense, y el oficialismo diverso pero unido en eso de la voluntad de poder a toda costa evalúa manipular las pasos según las cronologías cuasi astrológicas que pronostican mejores vientos para el oficialismo si se retrasan las PASO y las generales también.

No se juega a la ruleta rusa con el régimen electoral. Los tiempos del sufragio no debieran someterse a la arbitraria voluntad de los apostadores al pleno del triunfo perpetuo.

Un surtidor de males que partieron de los estómagos de murciélagos orientales nos lanzó a un terror mundial haciendo girar a todos como en un tornado -con vacuna por el momento monopólica y reducida en número en la Argentina-.

El coronavirus parece ronronear desde el centro de la tierra y brota como un géiser en los países donde la corrupción distribuye inmunización incierta y demorada.

A la vez, no hay vacuna aquí contra la inseguridad que mata con más saña que el virus. Ni contra la demagogia. Ni contra esa obsesión por prometer lo que no se va a conseguir, y por encubrir y proteger a los truhanes que buscan guaridas como los animales rastreros.

Quizás la memoria pudiera salvarnos y por eso, recordar a Abigail que ha muerto tras el martirio al que la crueldad y la estupidez la han sometido en su agonía, resulte útil para no repetir horrores e irreparables errores, Por eso los crápulas detestan la memoria.

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