Esta historia puede comenzar de la manera que cada uno quiera y en el momento que cada uno quiera. Incluso en los 90, con la privatización de Menem. Pero el final será siempre el mismo siempre: un zafarrancho.

Empecemos por lo que pasa en estas horas. El economista Guillermo Nielsen fue el negociador de la deuda externa en el gobierno de Kirchner. Lo iba a ser en el gobierno de Fernández pero Cristina lo barrió. Como premio consuelo le dieron la presidencia de YPF con un paquete de honorarios muy importante.

No dejaba de ser el hombre indicado para negociar la deuda de YPF con los bonistas, de unos US$ 6.200 millones. Y le tocó otra vez sapo: arrancó la tarea pero el largo brazo de Cristina lo acaba de sacar de la cancha. Esta vez, el premio consuelo será la embajada en Arabia Saudita. Para Nielsen, lo que fue notoriamente una degradación es “un nuevo desafío que me fuera ofrecido por el presidente de la Nación”. Ya somos grandes. Es un sapo bien grande.

Tampoco se puede creer que el Gobierno haya echado a un especialista en reestructuración de deuda justo cuando estaba reestructurando la deuda de la principal empresa del país. Obvio: el precio de los bonos de YPF se cayó a pedazosEs el más bajo desde que cotiza en Bolsa.

Había empezado a caerse cuando le ordenaron a Nielsen que incluyera en la negociación patear para adelante el pago de intereses de todos los bonos, incluidos los que vencen en 2047. YPF tiene sólo un vencimiento inmediato: un poco más de US$ 400 millones en abril. El mercado había comprendido la necesidad de refinanciar ese bono de 2021, pero se espantó cuando en la misma operación aparecieron todos los bonos y los intereses. El Gobierno piensa en modo electoral y quiere juntar toda la plata para gastar que pueda hasta octubre.

Nielsen, un massista que trabajó para la candidatura de Fernández, estaba rodeado y no para protegerlo, por un CEO que le habían impuesto y por La Cámpora. El CEO es Sergio Affronti, nombrado por Cristina a propuesta de Miguel Galuccio, que manejó YPF y hoy encabeza su propio grupo petrolero. Cristina lo hizo viajar de apuro a Cuba no bien Nielsen fue designado.

Un detalle que no es un detalle: Galuccio reunía dos cargos, presidente del directorio y CEO. A Nielsen le dejaron únicamente el directorio: los fierros fueron para Affronti. Con Santiago Carreras y Patucho Alvarez, La Cámpora controla la enorme caja de publicidad y marketing. De cajas y de esas cajas conocen como pocos.

Y como ni el cristinismo ni La Cámpora se privan de nada, el presidente de YPF que reemplazará a Nielsen será Pablo González, un santacruceño que menos de petróleo sabe de todo, pollo de de Carlos Zannini y ahora muy cercano a Máximo Kirchner.

Nada que sorprenda demasiado. En poco más de 20 años, YPF fue privatizada, argentinizada y reestatizada. Lo más grosero fue la nacionalización, un calco a gran escala de Ciccone. Con Kirchner detrás, la familia Esquenazi, del banco de Santa Cruz, le compró a Repsol el 25% sin poner un peso, con la plata de las utilidades de la propia YPF. La muerte de Kirchner frustró ese proceso que había iniciado Cristina como presidente.

Cuatro años después, ella decidió reestatizar. Habían provocado un desastre: sin inversiones, se descapitalizó la empresa y cayeron a pique la producción y las reservas y se perdió el autoabastecimiento. Por el 50% de YPF, Cristina y su ministro Kicillof le pagaron a Repsol US$ 5.000 millones cuando habían dicho que no iban a pagarle ni un centavo. Y todavía queda una deuda de un juicio pendiente en Nueva York.

En 2012, YPF valía US$ 10 mil millones. Hoy vale unos 1.450 y tiene una deuda de 8.500. Es la peor y más clara muestra de lo que la política puede hacer con el Estado.

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